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Subdesarrollo y Revolución

Prefacio

Ruy Mauro Marini

 

Fuente: Ruy Mauro Marini, Subdesarrollo y revolución, Siglo XXI Editores, México, (quinta edición) 1974, pp. VII-XXIII. Páginas iniciales [PDF].

 

Los cambios introducidos en la presente edición —además de correcciones de forma y actualización de datos— consisten en la inclusión de dos ensayos sobre el actual problema brasileño. Antes que modificaciones al contenido del libro, amplían y refuerzan mi análisis y conclusiones sobre el proceso puesto en marcha en Brasil en 1964, así como mi evaluación de sus implicaciones para América Latina. Ha sido sobre esa base como he podido intentar después una explicación teórica global de la dependencia latinoamericana [1].

No había, en efecto, razones para proceder de otra manera. La evolución de la ciencia social latinoamericana en los años recientes —pese a reincidencias frecuentes en antiguos errores— ha aportado elementos bastantes para invalidar una de las tesis que me esforcé aquí por combatir: la de que el régimen militar brasileño era un simple efecto de la acción de ese deus ex machina que representa para algunos el imperialismo norteamericano. No es en interés del imperialismo que hay que rechazar ese tipo de razonamiento, sino en el de las posibilidades de las masas explotadas en América Latina de abrirse camino hacia su liberación. Las consecuencias del conocido símbolo gráfico, que nos muestra al malvado Tío Sam manipulando sus marionetas, no pueden ser para el análisis político y la estrategia de lucha que de él debe derivarse sino denuncia lacrimosa e impotencia indignada. Para luchar contra el imperialismo, es indispensable entender que no es un factor externo a la sociedad nacional latinoamericana, sino más bien el terreno donde ésta finca sus raíces y un elemento que la permea en todos sus aspectos.

Respecto a las repercusiones del golpe militar de 1964 sobre la sociedad brasileña, muchas afirmaciones contenidas en este libro resultaron igualmente polémicas. Sin embargo, los que pretendían ver en el golpe militar un accidente sin mayores consecuencias para la misma, similar en cierta medida a otros que se habían producido allí anteriormente, han debido finalmente darse cuenta de su error. La amplitud y profundidad de los cambios que el régimen militar entonces implantado introdujo en la vida económica, social y política del país han orillado incluso a algunos estudiosos a posiciones que bordean ya la apologética —como cuando pretenden, por ejemplo, identificar ese régimen con la revolución burguesa brasileña [2]. A éstos, habría que recordarles que la revolución burguesa no se hace a costa de capas de la misma burguesía, como ha pasado en Brasil en 1964 y luego en 1968, sino contra las fuerzas que traban el desarrollo del capitalismo. Antes que una revolución burguesa, el proceso brasileño representa la derrota de las capas medias burguesas y pequeñoburguesas —y, desde luego, de las masas trabajadoras— ante el gran capital nacional y extranjero; éste no ha vacilado incluso, sobre todo en la primera fase del proceso, en aliarse a los sectores más reaccionarios del país, para imponerle su hegemonía. Y no podría ser de otra forma: la revolución burguesa corresponde a una etapa definida del capitalismo, marcada por el ascenso de una burguesía que se incluía todavía en una amplia medida en el movimiento popular; en la era del imperialismo, que vivimos hoy, todo movimiento auténticamente burgués no puede ser sino antipopular y, como tal, contrarrevolucionario.

Otras interpretaciones equivocadas del proceso brasileño suponían que el régimen militar acarrearía el estancamiento y aun el retroceso del desarrollo capitalista en el país; no faltaron, en esa línea, quienes acuñaran expresiones tan sofisticadas como erróneas como la de la "pastorización", que aludía a un regreso de la economía brasileña a la fase de producción y exportación de bienes primarios, con el consecuente bloqueo de la industrialización. Tesis como ésas se derrumbaron por sí mismas, ante el empuje del crecimiento industrial en Brasil, apoyado —antes que frenado— por el desarrollo de la producción de alimentos y materias primas para la exportación.

Pero esa expansión económica ha tenido otro efecto, tan nefasto como el anterior. Además de los ideólogos oficiales del sistema, algunos de sus críticos se han dejado impresionar demasiado por las cifras arrojadas por el llamado "milagro brasileño". Aunque denuncien lo que consideran como aspectos negativos del sistema, lo hacen desde una perspectiva liberal y pequeñoburguesa, que no permite captar las raíces mismas del "milagro". Así es como prefieren insistir en la mala distribución del ingreso (¡como si el capitalismo, y particularmente el capitalismo dependiente, pudiera proporcionar una buena distribución del ingreso!) antes que en la superexplotación del trabajo. Otros sostienen que no sólo a la compresión salarial, sino también a la productividad del trabajo, se debe la expansión económica, desconociendo que es la combinación de ambas la que motiva las elevadas cuotas de plusvalía vigentes en Brasil, sobre las cuales se sustenta la acumulación del capital interno y externo. Algunos llegan hasta a descartar el salario mínimo como instrumento de medición de la tasa de explotación, prefiriendo utilizar el salario medio, donde se mezclan las remuneraciones de los obreros y del personal técnico y administrativo. ¡Esto en un país donde la mayoría de la masa trabajadora alcanza con dificultad a mantenerse siquiera a nivel del salario mínimo y en el que las diferencias salariales entre las distintas categorías de trabajadores tienden a extremarse! [3]

Curiosamente, esos mismos críticos son los que rechazan con indignación la posibilidad de que en Brasil se presenten —como yo sostengo— problemas en lo que se refiere a la realización del capital. Invocando a Marx (aunque de hecho confundiendo Marx con Say), niegan, primero, que la realización del capital en una economía capitalista dependa fundamentalmente, del mercado de bienes de consumo corriente y, luego, haciendo caso omiso de la contradicción entre este argumento y el que sigue, vuelven a negar la existencia de tales problemas por el hecho de que, mediante una deciente productividad del trabajo y la integración progresiva de capas trabajadoras al consumo, el mercado interno brasileño puede seguir expandiéndose sin mayores dificultades.

Vayamos por partes. Lo primero que habría que señalar a esos autores (me refiero a los críticos del sistema, los ideólogos oficiales están haciendo su trabajo) es que —por poco importante que parezca a los intelectuales pequeño burgueses— la realización de los productos de consumo corriente constituye un motivo constante de preocupación para el capitalista; a esto responde el enorme desarrollo de la mercadotecnia y la publicidad comercial y, más aún, el giro de la economía burguesa, a partir de mediados del siglo pasado desde los problemas de la oferta o la producción hasta el hincapié en los problemas de la demanda [4]. Ello es así porque, por significativa que sea (y lo es cada vez más) la realización de mercancías bajo la forma de maquinarias e insumos industriales, ésta se encuentra referida, en última instancia, al mercado de bienes finales, en el cual desempeña un papel relevante la demanda de bienes de consumo corriente. Pretender separar la producción de la circulación y realización de las mercancías, so pretexto de que es la primera la que debe primar en el análisis, y subestimar en la realización del capital el papel que desempeña la demanda de bienes de consumo corriente, no sólo no es una posición marxista, sino que puede convertirse en instrumento útil a la apología del sistema. La realización del capital es, antes que nada, realización del capital-mercancía y constituye un elemento fundamental en el ciclo del capital; éste sólo la disocia en aquellos momentos en que se ve enfrentado a su propia ruptura: la crisis. Y, al fin y al cabo, es el fantasma de la crisis lo que espolea incesantemente la producción capitalista, arrastrándola cada vez más aprisa hacia el abismo que quiere evitar.

El argumento de que los problemas de realización no se presentarían en la economía brasileña por la integración de los trabajadores al consumo no resiste el menor análisis. Lejos de un desarrollo que integre capas crecientes de la población al consumo, sobre la base del aumento de la productividad del trabajo, lo que predomina en una economía dependiente como la de Brasil son las formas de la superexplotación del trabajo (agudizadas, esto sí, por el incremento de la productividad), que no sólo excluyen a esas masas del consumo, sino también del empleo productivo creado por la acumulación del capital. Es así como, según datos oficiales, la población de 10 años de edad y más aumentó, entre 1960 y 1970, en 17 millones de personas, de los cuales 7 millones se han insertado en la estructura del empleo; de éstos, menos de 4 millones han sido absorbidos por los sectores directamente productivos (cerca de 2.5 millones por la industria y el restante por la agricultura) y algo más de un millón de personas por los servicios vinculados a la producción (incluido el comercio, donde se oculta, como sabemos, buena parte del desempleo disfrazado); los demás se han ido a actividades improductivas, registrándose el caso de la burocracia pública, que, tras un crecimiento promedio de 20% en las tres décadas precedentes, prácticamente dobló sus efectivos en el período considerado [5].

Hemos visto ya cómo se presenta el problema de las remuneraciones; no insistiremos en ello y tampoco, por ahora, en el carácter regresivo de la distribución del ingreso. Señalemos tan sólo que los índices mismos de la producción industrial indican que, tomando los años de 1964 y 1970 como términos de comparación, ramas como la de material de transporte saltaron de 92.4 a 225.2, mientras que industrias de bienes-salario, como la textil, bajaban de 101.6 a 97.2 y la de vestuario y calzado se mantenía prácticamente estancada, en torno a 113. ¡Es difícil imaginar a las capas trabajadoras que, según nuestros autores, se estarían integrando al consumo, contribuyendo a dinamizar el mercado de automóviles, por ejemplo, antes que el de bienes de consumo corriente! La verdad es distinta: el sistema económico impuesto en Brasil por el gran capital nacional y extranjero agrava cada vez más sus rasgos monstruosos, particularmente el aumento del ejército industrial de reserva, bajo la forma de desempleo abierto o disfrazado, y el divorcio entre la estructura productiva y las necesidades de consumo de las amplias masas, volcándose la primera hacia el mercado mundial.

Ha sido a partir de esa visión de las cosas como he planteado, para el caso de Brasil, el concepto de subimperialismo. No pudiendo cerrar los ojos al expansionismo comercial brasileño, algunos de los críticos del sistema ya mencionados han buscado tergiversar el problema, recurriendo incluso, sin inhibiciones al mismo Lenin. La exportación de manufacturas —declaran doctamente— no caracteriza al imperialismo; éste se define por el control de fuentes de materias primas, el reparto del mundo y la exportación de capitales. Aún más, agregan: la exportación de manufacturas llevada a cabo por Brasil no responde a problemas de realización creados por el estrechamiento relativo del mercado interno, sino a la necesidad de remunerar al capital extranjero invertido, en forma directa o indirecta, en la economía brasileña.

Este tipo de argumentación obliga, antes que nada, a deshacer los equívocos que implica y a restablecer la verdad de los hechos. Afirmar que la exportación de productos manufacturados no basta para caracterizar al imperialismo es, desde luego, una perogrullada. Para demostrarla, nuestros críticos no necesitarían siquiera recurrir al ejemplo de las economías industriales clásicas, en su fase preimperialista: les bastaría indicar que uno de los factores que ha actuado en favor de la industrialización latinoamericana, en su primera etapa, fue justamente la exportación de manufacturas; para ello, no tendrían sino que echar una ojeada a los índices de exportación de textiles, calzados y otros bienes-salario desde América Latina, durante la década de 1940, cuando las economías avanzadas se encontraban absorbidas por el esfuerzo de guerra. Señalemos, de paso, que esto deja mal parada a la tendencia a identificar la industrialización en nuestros países, durante esa primera etapa, exclusivamente con la sustitución de importaciones.

Sin embargo, aun las perogrulladas pueden resultar peligrosas si se dan en abstracto. No es bastante decir que la exportación de manufacturas no caracteriza al imperialismo e ignorar que uno de los rasgos propios del imperialismo es precisamente la agudización de la competencia por mercados. ¿Sería posible que el salto dado por las exportaciones brasileñas totales, que, entre 1964 y 1973, pasaron de menos de 1500 millones de dólares a más de 6 mil millones, siendo que las manufacturas, que no sumaban en valor siquiera 100 millones de dólares (cerca de un 7% del total) se elevaron a 1 800 millones de dólares (casi un 30%), sería posible que esa expansión se hubiera llevado a cabo sin una agresividad creciente hacia el exterior del capital nacional y extranjero que opera en Brasil? ¿No llama la atención que, tan sólo entre 1968 y 1970, las exportaciones de manufacturas hacia Sudamérica hayan evolucionado de 182 millones de dólares a 284 millones, dándose casos —como el de Paraguay— en que la cifra inicial se multiplica por dos? ¿Tampoco deja de ser significativo que las exportaciones globales hacia África, en esos tres años, hayan pasado de 39 millones de dólares a 60 millones y que, en países como Mozambique (por pequeños que sean los datos absolutos), las cifras sean, respectivamente, de 92 mil y 968 mil dólares? Si relacionamos esa expansión comercial con el dinamismo de la estructura industrial brasileña (que desfavorece, como vimos, a las industrias de bienes-salario) y la incapacidad del sistema para incorporar a las masas a la producción y el consumo, entendemos mal el porqué de tanta resistencia a admitir la existencia de problemas de realización en el interior de la economía de Brasil.

El hincapié puesto en el expansionismo comercial para contradecir la idea del subimperialismo revela, por lo demás, desconocimiento de hechos. ¿Acaso la política expansionista brasileña en América Latina y África, además de la búsqueda de mercados, no corresponde al intento de asegurarse el control de fuentes de materias primas —como el hierro y el gas de Bolivia, el petróleo de Ecuador y las colonias portuguesas en África, el potencial hidroeléctrico de Paraguay— y, aún más, al de cerrarles las posibilidades de acceso a las mismas a posibles competidores, como Argentina? La ofensiva brasileña sobre esos países y la amenaza que pesa sobre Venezuela y Argentina, así como sobre África, ¿no corresponden al propósito de obtener, dentro del actual reparto del mundo, zonas de influencia e imponer incluso la hegemonía de Brasil en el Atlántico Sur? La exportación de capitales brasileños, principalmente a través del Estado (lo que nos muestra a la Petrobrás criolla, convertida en Brazilian Petroleum, bregando por ingresar al cártel internacional del petróleo, así como un incremento constante de los préstamos públicos al exterior), pero también asociados a grupos financieros extranjeros, para explotar las riquezas de Paraguay, Bolivia y las colonias portuguesas de África, para dar algunos ejemplos, ¿no se presenta como un caso particular de exportación de capital, planteado en el marco de lo que puede hacer un país dependiente como Brasil?

En estos términos, resulta poco fundada la tesis de que la expansión externa de Brasil estaría motivada por la necesidad de remunerar al capital extranjero invertido en el país. Es obvio que, como cualquier país importador de capital y tecnología, Brasil debe contar con un margen de divisas suficiente como para hacer frente al pago de royalties, amortizaciones, intereses y a la remesa de beneficios al exterior. Conviene, sin embargo, tener presente que, más que a través de las divisas aportadas por la exportación, ese problema se resuelve precisamente en la medida en que los ingresos de capital extranjero sean superiores a sus salidas [6], lo que plantea la exigencia de atraer y retener ese capital y, por tanto, de ofrecerle ganancias compensadoras y campos para su acumulación y realización. Esto es lo que explica por qué empresas como la Volkswagen, pese al boom de su producción automotriz entre 1966 y 1973, haya desplazado capitales hacia la producción ganadera para la exportación, así como por qué se están formando consorcios financieros brasileño-extranjeros para operar en América Latina y África. El hecho de que, una vez ingresado al país, el capital extranjero tenga que salir al exterior, sea para realizarse en tanto que mercancía, sea para convertirse en capital productivo, muestra cuán endeble es el argumento de que el expansionismo brasileño no está motivado por problemas de mercado interno [7]. ¡Si se sigue esa pendiente, se acabará por sostener que, en la fase de la economía exportadora, la producción cafetalera brasileña se dirigía al mercado mundial más por gusto que por necesidad!

Finalmente, hay que considerar que —a diferencia de lo que se viene diciendo— la característica central del imperialismo no es ni la exportación de manufacturas o de capitales ni el control de fuentes de energía y materias primas ni el reparto del mundo. Éstas son más bien las manifestaciones que asume la economía capitalista al pasar a la fase de los monopolios y del capital financiero, como lo han señalado no sólo Lenin, sino también Bujarin, Hilferding y demás autores marxistas que se han ocupado del tema. Sería bueno, en este sentido, tener presente el acelerado proceso de monopolización (vía concentración y centralización del capital) que tuvo lugar en Brasil en los últimos diez años, así como el extraordinario desarrollo del capital financiero, principalmente a partir de 1968. Aun haciendo a un lado a las bolsas de valores, que en su mejor momento (1969) hicieron circular emisiones de capital por el valor de más de 5 mil millones de cruceiros, pero que no han podido mantener ese ritmo, es necesario no olvidar el papel desempeñado por el sistema bancario en el curso del "milagro", y en especial de los bancos de inversión, cuyos depósitos pasaron de mil millones de cruceiros en 1969 a 5 mil millones en 1971, arrojando en este año tasas de ganancia cercanas al 30%.

Todo ello está mostrando que la discusión se encuentra mal planteada y que hay que definir con más precisión los términos en que ella debe darse. La teoría leninista del imperialismo —ella misma un desarrollo de la economía política marxista destinado a explicar las nuevas tendencias del capitalismo mundial a principios del siglo— es un punto obligado de referencia para el estudio del subimperialismo, pero no puede ser invocada para impedir que ese estudio se lleve a cabo. Y no lo puede, entre otras razones, porque está referida al imperialismo, no al subimperialismo. A riesgo de aburrir al lector, remachando argumentos que se detallan en este libro, me veo forzado a replantear, aunque sea someramente, el marco en el cual el problema debe ser correctamente analizado.

Al desarrollarse la industria en la economía dependiente, esto se hace, en lo fundamental, para sustituir importaciones destinadas a las clases medias y altas de la sociedad. Con el propósito de asegurar el dinamismo de esa estrecha franja de mercado (que corresponde, en general, al 5% de la población total y a la cual se suman sectores del estrato del 15% inmediatamente inferior), se le traspasa poder de compra retirado a los grupos de bajos ingresos, es decir, a las masas trabajadoras —lo que es posible por el hecho de que éstas, sometidas a la superexplotación, perciben remuneraciones por debajo del valor real de su fuerza de trabajo. Por otra parte, a fin de aumentar la cuota de explotación —y por ende de plusvalía— con base en la mayor productividad del trabajo, se recurre a la importación de capitales y tecnología extranjeros; éstos se encuentran referidos a patrones de consumo accesibles tan sólo a los grupos de altos ingresos, con lo que se mantiene la tendencia a la compresión del consumo popular y se acentúa el divorcio entre la estructura productiva y las necesidades de consumo de las masas.

La absorción de técnicas modernas de producción por economías basadas en la superexplotación empeora la situación de los trabajadores, al expandir en ritmo acelerado el subempleo y la desocupación, o sea, al aumentar el ejército industrial de reserva (condición sine qua non para mantener la superexplotación del trabajo); a ello se refiere la categoría de "marginalidad", que preocupa cada vez más a los científicos sociales latinoamericanos. Desde otro punto de vista, e independientemente del progreso técnico, la superexplotación actúa por sí misma en el sentido de agudizar la concentración del capital (en la medida en que convierte parte del fondo de salarios en fondo de acumulación de capital), provocando como contrapartida la depauperización de las masas.

En el plano de la producción, ese tipo de industrialización opera en el sentido de ampliar constantemente las brechas que se van estableciendo:

a) entre las industrias dichas "dinámicas" (productoras de bienes suntuarios —en las condiciones latinoamericanas— así como de bienes intermedios y equipos destinados a esa producción) y las industrias "tradicionales" (productoras de bienes de consumo corriente o, para ser precisos, bienes-salario);

b) entre las grandes empresas, en su mayoría extranjeras o ligadas al capital extranjero, y las empresas medianas y pequeñas. Las primeras predominan, numéricamente, en las ramas dinámicas y las segundas en la tradicionales.

El proceso de acumulación en condiciones de superexplotación, o sea el proceso de acumulación dependiente, agudiza así la concentración y la centralización del capital (la monopolización), beneficiando simultáneamente a las ramas industriales que se separan del consumo popular. En otras palabras, la realización del capital tiende a reducir su relación con el mercado interno.

Desde el punto de vista del mercado, o la circulación de mercancías, ese tipo de industrialización conduce, en efecto, a una desproporción creciente entre la producción y el consumo. Los problemas de realización que de allí se derivan tienden a resolverse mediante:

a) la intervención cada vez mayor del Estado en la creación de mercado, a través de obras de infraestructura, de interés social (vivienda, etc.) y, en determinadas condiciones, de la compra de armamentos (lo que provoca sea el estímulo a la producción privada de armamentos, sea la inversión estatal directa en ese sector);

b) la distribución regresiva del ingreso, a fin de aumentar el poder de compra de los grupos altos, y

c) la exportación de manufacturas. Esta última tendencia implica que la esfera de circulación del capital generada por el sector industrial se desplaza hacia el mercado mundial, haciendo revivir bajo nueva forma la antigua economía exportadora de bienes primarios.

La industrialización dependiente, tal como se le ha descrito, presenta a nivel global dos características básicas:

a) es desigual, es decir, da lugar a diferentes grados de desarrollo industrial (y por ende de composición orgánica del capital) en los países dependientes, y

b) reorienta hacia el sector industrial de esos países el capital extranjero, en virtud de las elevadas cuotas de plusvalía que allí se presentan, así como de la posibilidad que ofrece a los países avanzados de exportar hacia ellos ya no sólo bienes de consumo corriente, sino también bienes intermedios y de capital.

Se observa, así, el surgimiento de una nueva división internacional del trabajo, que transfiere —desigualmente, téngase presente— etapas de la producción industrial hacia los países dependientes, mientras los países avanzados se especializan en las etapas superiores; simultáneamente, se perfeccionan los mecanismos de control financiero y tecnológico de estos últimos sobre el conjunto del sistema. La circulación del capital a escala mundial se intensifica y se amplía, al mismo tiempo que se diversifica su acumulación. Sin embargo, siguen actuando las tendencias a la concentración y a la centralización, propias de la acumulación capitalista, aunque ahora también en beneficio de naciones de composición orgánica intermedia. A esto corresponde, desde el punto de vista estrictamente económico, el subimperialismo.

El subimperialismo se define, por tanto:

a) a partir de la reestructuración del sistema capitalista mundial que se deriva de la nueva división internacional del trabajo, y

b) a partir de las leyes propias de la economía dependiente, esencialmente: la superexplotación del trabajo, el divorcio entre las fases del ciclo del capital, la monopolización extremada en favor de la industria suntuaria, la integración del capital nacional al capital extranjero o, lo que es lo mismo, la integración de los sistemas de producción (y no simplemente la internacionalización del mercado interno, como dicen algunos autores).

Desde el primer punto de vista, se puede señalar que, entre más de ochenta países dependientes considerados, sólo alrededor de seis ostentan un producto bruto en el cual la producción industrial incide en una proporción cercana al tercio —lo que apunta a una composición orgánica más alta, en principio; entre éstos, en América Latina, se encuentran Brasil, Argentina y México. Sobre el segundo punto, es en esos países donde se observa —paralelamente a un agravamiento de las características anteriormente señaladas respecto a la industrialización dependiente— un mayor desarrollo de los monopolios y del capital financiero, en estrecha conexión con el proceso de integración al capital extranjero.

Hemos dicho ya, en otras oportunidades, que la concreción histórica del subimperialismo no es una cuestión meramente económica. La existencia de condiciones propicias a su desarrollo no asegura de por sí a un país su conversión en un centro subimperialista. Sin embargo, sí se puede afirmar que el subimperialismo corresponde al surgimiento de puntos intermedios en la composición orgánica del capital a nivel mundial, a medida que éste progresa en la integración de los sistemas de producción, así como a la llegada de una economía dependiente a la fase del monopolio y del capital financiero. Igualmente se puede identificar a Brasil como la más pura expresión del subimperialismo, en nuestros días.

Para concluir este prefacio, habría que reiterar la importancia del estudio del subimperialismo para el desarrollo del movimiento revolucionario latinoamericano. Parece ser una ley de la historia que el predominio de una nación sobre otros pueblos confiere a los movimientos políticos que éstos emprenden un carácter unificador. Así fue en Latinoamérica misma, donde las guerras de liberación del siglo XIX se llevaron a cabo en el marco establecido por España y Portugal. En una amplia medida, el hecho de que las colonias españolas, al revés de lo que pasó con Brasil, hubieran conformado una multiplicidad de estados nacionales, al revés de los tres o cuatro que debieran de haber formado, se debe, entre otras causas, a las insuficiencias de su desarrollo económico —que se mantuvo por lo general centrado en torno a una explotación de minerales que anunciaba las futuras economías de enclave— y a la debilidad del control ejercido hacia el interior por los centros político-administrativos creados por la metrópoli.

En la fase de la integración de los sistemas de producción, que el imperialismo promueve hoy, si es cierto que se echan las bases para la revolución mundial, como previó Marx, no lo es menos que ésta pasa por las mediaciones establecidas por particularidades regionales, que determinan su curso y limitan su amplitud. Como quiera que sea, los procesos que tienen lugar hoy día en el sudeste asiático, en el Medio Oriente o en África negra nos están mostrando que las corrientes revolucionarias tienden a rebasar los marcos nacionales y arrastran consigo a pueblos enteros. La aplicación a esas regiones del concepto de subimperialismo, particularmente por Andre Gunder Frank y Samir Amin, parece contribuir a aclarar la naturaleza de esos procesos, aunque quede todavía un largo trecho a recorrer antes que el subimperialismo se convierta allí en un elemento explicativo eficaz.

No pasa lo mismo en América Latina. Sea porque ha sido ella la primera región donde el problema se planteó, sea porque aquí el fenómeno, a través de Brasil, adquirió peso y dimensión, el subimperialismo ha pasado a desempeñar un papel determinante en el curso del proceso político de nuestros pueblos. Respuesta de la reacción nacional y extranjera al ascenso de las luchas de clases en la región que se inicia con la Revolución cubana, la afirmación y la proyección externa del subimperialismo brasileño se ha dado parí passu con la agudización de las luchas populares en otros países, particularmente los que están en su zona de influencia más directa: Uruguay, Bolivia, Chile y, en cierta medida, Argentina. Desde 1965 se inició la presión de Brasil sobre Uruguay, considerado por los ideólogos del régimen, juntamente con la Guyana, como un punto de primera prioridad en su esquema continental de seguridad; en 1971, cuando los movimientos populares alcanzaban su punto más alto, Brasil desató su gran ofensiva, que, además de afectar radicalmente la situación uruguaya, favoreció la caída de los gobiernos de Torres en Bolivia y de Allende en Chile. Paralelamente, la presencia brasileña se acentuaba en Ecuador y se proyectaba hacia Portugal y África.

Lo mismo que la noción de subimperialismo, la actuación brasileña en el exterior ha dado lugar a posiciones encontradas por parte de las fuerzas políticas y los intelectuales latinoamericanos. Conviene hacer sobre ello algunas consideraciones. La influencia del subimperialismo brasileño no se da autónomamente, sino que se encuentra articulada con la de Estados Unidos, aunque ostente un cierto grado de autonomía e iniciativa respecto a este país. Esto se ha visto claramente cuando, en 1971, mientras Estados Unidos se inclinaba hacia una política más moderada respecto al gobierno de Torres, Brasil propugnaba —y logró imponer— una política más dura. Los acontecimientos bolivianos de 1971 revelaron además lo esencial de la estrategia contrainsurreccional que se aplica hoy en América Latina, la misma que adoptaron las fuerzas golpistas en Brasil en 1964 y que se puso en práctica después en Chile: preparar una sólida base de apoyo para la contrarrevolución (el triángulo Río-Minas-São Paulo, en Brasil; la provincia de Santa Cruz, en Bolivia, y las provincias sureñas de Chile), capaz de permitir el golpe de Estado fulminante o una correlación de fuerzas favorable en el caso de que el intento de golpe desembocara en la guerra civil.

Esta flexibilidad táctica está ya indicando que el éxito de la contrarrevolución depende, en última instancia, de la situación interna del país. En Chile, como en Bolivia [8], la intervención brasileña y norteamericana debió pasar a través de ésta y, en consecuencia, era a las masas chilenas, sus partidos y el gobierno de la Unidad Popular que cabía pronunciar la última palabra sobre la decisión del proceso que habían puesto en marcha en 1970. Como quiera que sea, la derrota a la que fue llevado el pueblo de Chile, así como el de Bolivia y Uruguay, le ha costado sufrir en carne propia los métodos de explotación y opresión que se han aplicado en Brasil. La supresión de todas sus conquistas sociales y políticas, las matanzas, la tortura, la rebaja de salarios, la extracción forzosa de plusvalía a que están siendo sometidos los trabajadores chilenos son suficientes para demostrar la gravedad de la amenaza que representa para los pueblos de América Latina la existencia de un sistema como el subimperialismo brasileño, que exporta necesariamente la superexplotación y el terror.

Y, sin embargo, los sucesos chilenos de 1973 amenazan con volverse para el subimperalismo brasileño en una victoria pírrica. El alto grado de organización y conciencia a que habían llegado los obreros y el pueblo de Chile, la presencia de una izquierda revolucionaria que ha sabido madurar en las acciones armadas y en la lucha de masas, los lazos de solidaridad y acción común que se están estableciendo entre ella y otras vanguardias del Cono Sur, todo ello está creando las premisas para el inicio, en América Latina, de una amplia contraofensiva revolucionaria y popular, que ponga término a la oleada reaccionaria desatada en la última década. Fábrica por fábrica, ciudad por ciudad, país por país, empieza a forjarse, sobre la base de quince años de lucha, un movimiento revolucionario que sabrá liquidar en nuestra América las formas monstruosas de dominación que nos ha impuesto el gran capital nacional y extranjero.

R. M. M.
Mayo, 1974.

Notas

[1] Véase Dialéctica de la dependencia, Ediciones Era, México, 1973.

[2] Esta tesis fue sustentada por Fernando Henrique Cardoso en el Seminario sobre Clases Sociales y Crisis Política en América Lati­na, organizado por el Instituto de Investigaciones Sociales y la Fa­cultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México, realizado en Oaxaca, en junio de 1973.

[3] Entre 1966 y 1970, el 40% de los trabajadores ubicados en la parte más baja de la estructura del empleo industrial en Brasil vio reducirse su participación en la masa de salarios pagados del 19 al 15.5%, mientras la participación del estrato del 10% más alto se elevaba del 30 al 37.5%; cfr. Carlos Luis Guedes, Contribuição ao estudo da distribuição da renda no Brasil, Universidad de São Paulo, ESALG, 1972, mimeo. Por otra parte, según datos de una encuesta publicada por O Estado de São Paulo, del 21 de noviembre de 1972, el salario promedio de los profesionales en la industria paulista era de 20 cruceiros por hora, para los de nivel superior, y de 9.66 cruceiros por hora, para los de nivel medio; en cambio, el salario mínimo más elevado de São Paulo (la escala salarial en Brasil contempla niveles diferenciales por región) era tan sólo de 1.30 crucei­ros por hora; citado por Paul Singer, "Desenvolvimento e repartição da renda no Brasil", Debate & Crítica, revista semestral de ciencias sociales, São Paulo, núm. 1, julio-diciembre de 1973.

[4] Sobre este punto, véase mi artículo "Razón y sinrazón de la sociología marxista", Sociedad y Desarrollo, CESO-PLA, Santiago de Chile, núm. 3, julio-septiembre de 1972.

[5] Tabulações avançadas del censo demográfico, Instituto Brasi­leiro de Geografia e Estatística, Río de Janeiro, 1971.

[6] Pese a que las remesas al exterior de rentas del capital extran­jero pasan de 191 millones de dólares en 1964 a 403 millones en 1971, los ingresos al país por concepto de inversiones directas e indirectas (préstamos y financiamientos) se elevan de 288 millones de dólares a 2 037 millones, haciendo que la situación de las transac­ciones corrientes de la balanza de pagos pasara de un déficit de 102 millones de dólares a un superávit de 1 287 millones en los años considerados. Datos de los Anuarios Estadísticos de Brasil y de Conjuntura Econômica, Río de Janeiro, septiembre de 1972.

[7] ¡Y no los habría en un país donde, entre 1960 y 1970, el 5% más rico de la población aumentó su participación en el ingreso global de 27.3 a 36.3% mientras el 80% más pobre bajaba la suya de 45.5 a 36.8% manteniéndose relativamente estacionaria la del grupo intermedio de 15% de la población (cerca de 27% de participación)!

[8] El caso de Uruguay es distinto, ya que allí Brasil estaba dis­puesto a llegar a la invasión pura y simple, como lo indica el llamado "plan de 30 horas", revelado al público por el ex embajador de Argentina en Brasil, Osiris Villegas.