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Subdesarrollo y Revolución

Ruy Mauro Marini

Fuente: Subdesarrollo y revolución, Siglo XXI Editores, México, (quinta edición) 1974, pp. 106-141.

Capítulo III. EL MOVIMIENTO REVOLUCIONARIO BRASILEÑO (1a. parte)

1. Vanguardia y clase

Subimperialismo y acumulación de capital

La superexplotación del trabajo

Las luchas de masas

La quiebra del reformismo

Renovación y herencia de la izquierda

Los supuestos de la lucha armada

 

1. Vanguardia y clase

La crisis coyuntural a la que se enfrentó la economía brasileña a partir de 1962 y la agudización de los conflictos sociales y políticos que le correspondió pusieron de relieve, con singular nitidez, las distorsiones estructurales que el desarrollo capitalista del país ha engendrado. Ello propició un deslinde entre los intereses de las distintas fuerzas que articulan la sociedad brasileña y condujo las luchas de clases a una aguda polarización. En consecuencia, la conciencia que se puede tener hoy de las estructuras y tendencias que caracterizan al proceso social de Brasil se ha ensanchado y profundizado considerablemente.

La importancia del período que analizamos aquí reside precisamente en que, al propiciar la clarificación de los intereses de clase de la burguesía y su cristalización en la política subimperialista, con toda la riqueza de matices que ésta implica, definió, por oposición, el carácter eminentemente socialista de los intereses propios de las clases que se le oponen, básicamente los trabajadores de la ciudad y del campo. Existe, sin embargo, una diferencia entre la démarche teórica, que permite captar y sistematizar las contradicciones básicas de la sociedad, y la comprensión que de tales contradicciones tienen las fuerzas sociales que las resienten; utilizando una terminología lukacsiana, la conciencia posible, que el momento histórico hace factible, no coincide necesariamente con la conciencia real de la sociedad. Ambos niveles de conciencia encuentran su punto de convergencia en la práctica política.

De no ser así, es decir, si la historia se cifrase en la correspondencia inmediata entre la formulación de los intereses de las clases y su práctica política, los problemas de estrategia y de táctica no tendrían lugar en ella y las cuestiones propias a la lucha de clases serían asunto, no tanto de las clases mismas, sino más bien de sus “minorías ilustradas”, de sus vanguardias. Como ello no se da, el marco de la actuación de la vanguardia está siempre determinado por el grado de correspondencia entre la conciencia que tiene del proceso histórico y la conciencia del mismo a que llegó la clase que representa. Ello significa, por un lado, que no es a partir de su propio nivel de conciencia como la vanguardia establece su práctica política; pero significa también que ésta va orientada precisamente a elevar el nivel de conciencia de la clase. La relación que se establece así entre la clase y su vanguardia constituye la dialéctica misma del desarrollo de ambas, desembocando en su fusión y afirmación como fuerza social autodeterminada, capaz de llevar a cabo una práctica política acorde con sus verdaderos intereses.

 

Subimperialismo y acumulación de capital

El desarrollo capitalista brasileño se ha caracterizado por las elevadas tasas de plusvalía, que, al reflejar un grado desproporcionado de explotación del trabajo, configuran de hecho una situación de superexplotación. La aceleración de la acumulación de capital de allí derivada implicó una concentración creciente de la riqueza en las manos de los propietarios de los medios de producción y la depauperación absoluta de las grandes masas. En términos de funcionamiento del sistema, ello se tradujo en el crecimiento constante de la capacidad de producción frente al debilitamiento correlativo de la capacidad de consumo del pueblo trabajador y, por ende, del mercado interno.

Hacia 1964, estas dos tendencias opuestas, aunadas a la declinación de la tasa de plusvalía, cuyas causas analizaremos más adelante, habían provocado una crisis económica y conducido al capitalismo brasileño a un impasse. Los que preconizaron entonces la adopción de una política de desarrollo autónomo, es decir, basada en la dinamización del mercado interno, no consideraron que la naturaleza misma de la acumulación no lo permitía. En efecto, para adecuar el desarrollo de las fuerzas productivas con el del sistema de producción, sería necesaria una verdadera revolución en la tendencia básica de la acumulación: invertir la relación entre la plusvalía y las remuneraciones del trabajo a tal punto que la expansión del consumo provocara un crecimiento más que proporcional de la industria productora de bienes de consumo en relación con el sector de bienes de capital, a manera de convertir aquélla en un mercado dinámico para éste. En otros términos, se proponía reducir drásticamente el ritmo de la acumulación, en aras de su futuro crecimiento, en el momento preciso en que, viendo que ésta se debilitaba, el capital exigía su intensificación.

El esquema subimperialista partió de las reivindicaciones del capital, proporcionándole facilidades para una mayor e inmediata explotación del trabajo y procurándole nuevas oportunidades de mercado. Para esto, tenía que actuar en un doble frente: complementar el mercado interno a través del consumo público y abrirle las puertas del mercado exterior. En el primer caso, y puesto que no se pensaba estimular el consumo popular, el complemento se centró menos en obras de beneficio social que en aquéllas relacionadas directamente con los intereses del capital, ya con el fin de crearle mayores facilidades a su reproducción, ya con el de absorber parte de lo que no podría destinarse al consumo popular. Algunas de ellas, como las inversiones en la ampliación del sistema de producción de energía eléctrica, cumplían con ambas finalidades, aumentando las disponibilidades energéticas y absorbiendo bienes producidos por diferentes sectores industriales; otras, como las compras de material bélico y el impulso dado a la industria aeronáutica, satisfacían sobre todo el segundo objetivo, al mismo tiempo que a las ambiciones propias de las fuerzas armadas, que son la columna de sustentación del esquema subimperialista.

En lo referente al mercado externo, las posibilidades de expansión, además de supeditarse a los intereses de los monopolios internacionales, que por ello eran llamados a participar más activamente en la superexplotación del proletariado brasileño, dependían de la capacidad de la burguesía para competir en los mercados exteriores. La hegemonía de los grupos vinculados a la industria pesada, en la coalición dominante, llevaba no sólo a que la expansión se orientara principalmente hacia economías en condiciones de absorber su producción, es decir, más o menos desarrolladas, sino también a que la industria liviana elevara su nivel tecnológico. En efecto, ésta se veía obligada a coadyuvar a la expansión externa mediante la adquisición de una mayor capacidad competitiva y, también, a convertirse en un mercado más dinámico para la industria de bienes de capital.

Dos ejemplos —la cuestión nuclear y la del café soluble—pusieron de relieve las dificultades que se habrían de superar en el plano externo a fin de que se implementara la política subimperialista. Con la primera, la posición del régimen militar brasileño, independientemente de los matices que le dieron el gobierno de Castelo Branco y el de Costa e Silva, fue la de atraerse una cooperación más estrecha de Estados Unidos con el propósito de aumentar el peso de su poderío militar, pero también la de dotar a la industria nacional de una superioridad efectiva sobre los países medianamente desarrollados (además de crear mayores perspectivas a la absorción de la producción pesada). Con el estímulo a la producción y exportación de café soluble, se observó cómo trataba el gobierno de promover la dinamización de la industria liviana, sin recurrir para ello a la ampliación del mercado interno. En ambos casos, los esfuerzos brasileños fueron obstaculizados por Estados Unidos mostrando así los límites dentro de los cuales estaban dispuestos a aceptar la política subimperialista.

Obviamente, esas fricciones no comprometían a la integración con el capital imperialista. Ésta seguía realizándose, como ponen de manifiesto la intensificación del proceso de asociación de capitales, el crecimiento extraordinario de la deuda pública externa, la extensión del control económico y tecnológico de sectores claves de la economía nacional por los grandes trusts extranjeros. Sin embargo, se constituyeron con motivo del descontento de la burguesía en relación con el gobierno militar, ya que ponían en evidencia que el proyecto subimperialista no se llevaría a cabo con la facilidad que se pretendiera. Esto se agravó aún más al surgir otros obstáculos de orden externo: desde la toma del poder por los militares, en junio de 1966, Argentina demostró una creciente hostilidad hacia el proyecto brasileño y, haciéndolo suyo también, forzó al régimen de Castelo Branco a un complicado juego diplomático en el cono sur y a bruscas modificaciones en los planes que se había trazado, con los inconvenientes de allí derivados.

Los obstáculos encontrados para la implementación del modelo subimperialista eran, hasta cierto punto, inevitables. Si provocan —como lo hicieron— diferencias entre la burguesía y el régimen militar, ello se debe antes que nada a que ese modelo, pese a que correspondía a la formulación sistemática de sus intereses de clase, surgiera de su representación ideológico-política, o sea, el equipo tecnocrático-militar que se hizo cargo del poder en 1964; en tanto clase, la burguesía sólo podía tener una conciencia parcial e incompleta de esos intereses, muy inferior en grado a la que ostentaba su representación y, en consecuencia, debía ser “convencida” de que el modelo expresaba la solución más adecuada a los problemas planteados por la acumulación. Para ello era necesario ofrecerle resultados inmediatos, y fue en esa medida como los obstáculos externos, retrasando la obtención de los mismos, provocaron un primer alejamiento entre las reivindicaciones burguesas y la política general del régimen.

Indeseable, por cierto, ese distanciamiento no llegaba a ser un escollo importante para la implementación del modelo subimperialista. En lo referente a la burguesía, el problema más agudo se planteó cuando esa implementación puso al desnudo uno de los elementos constitutivos del modelo, el cual no representaba el interés general de la clase, sino de su capa superior: la concentración y la centralización del capital.

Tal como se planteó en un primer momento, la política económica del régimen militar exhibía, como elemento esencial, la rebaja forzosa del precio de la fuerza de trabajo. Ello interesaba a la burguesía en su conjunto, ya que, como vimos, el problema agudo que enfrentaba se refería a la tasa de plusvalía y, por ende, a la acumulación. Empero, interesaba, especialmente a sus sectores medios y pequeños, los cuales, disponiendo de una tecnología más atrasada, empleaban mayor cantidad de mano de obra y resentían en sus costos de producción de manera más directa las fluctuaciones de los salarios. A partir de su óptica limitada y parcial, estos sectores expresaron su adhesión a la política del régimen, sin preocuparse de analizar todas sus implicaciones.

Ahora bien, la depreciación forzosa a que se somete la remuneración del trabajo conlleva un debilitamiento del consumo popular. La generalidad de los sectores medios y pequeños se mueve en la esfera de los bienes de consumo no durable, y sufrió directamente la caída vertical operada en el poder de compra de las masas. Su situación sólo podría paliarse si dispusieran, mientras duraba la recesión, de fondos propios que los habilitaran a esperar mejores tiempos, o, en su defecto, de fuentes abundantes de crédito. Pero lo que pasó es que no disponían de tales fondos y el gobierno les cerró prácticamente el acceso al crédito, al mismo tiempo que les exigía, a través de medidas tributarias y arancelarias, renovar sus equipos. En otros términos, los empujaba irreversiblemente a la quiebra o a la absorción por grupos más poderosos.

La política gubernamental tenía su lógica, y obedecía tanto a los imperativos de la acumulación como al proyecto subimperialista. En lo concerniente al último aspecto, es obvio que la pretendida expansión comercial hacia el exterior tendría que apoyarse en una industria moderna, dotada de alto poder competitivo. Desde el punto de vista de la acumulación, tratábase fundamentalmente de propiciar la centralización de capitales en beneficio de las grandes empresas, poniendo coto a la dispersión de los mismos que se verificara en el período anterior, principalmente a partir de la segunda mitad de los años cincuenta, cuando, exhortado por la dinamización inflacionaria del mercado interno, las facilidades de crédito y la protección arancelaria, el capital se había reproducido en el seno de la más completa anarquía. Favoreciendo ahora su centralización, el sistema propiciaba la creación de empresas de bienes de consumo capaces de absorber la producción de la industria pesada, al mismo tiempo que creaba condiciones para presionar la declinación del valor de los salarios.

Tecnológicamente rezagadas y económicamente débiles, las empresas medias y pequeñas constituyen, sin embargo, la base del sector más amplio de la burguesía brasileña y ocupan la mayor parte de la mano de obra empleada. Es natural, entonces, que dispongan de un relativo poder de resistencia, que emplearon, reaccionando de acuerdo a las circunstancias, para obstaculizar la política gubernamental principalmente en lo referente a la política fiscal y crediticia. Utilizaron, incluso, su mayor vinculación con las masas trabajadoras, aunque sin arriesgarse a ir más allá de protestas demagógicas por las condiciones de vida que se le habían impuesto, una vez que la depreciación de los salarios era más que nunca —ante las dificultades que enfrentaban— condición indispensable para su supervivencia. Finalmente, trataron de agitar al sector más sensible a su influencia, las clases medias, en contra del gobierno.

Si la gran burguesía no apoyó resueltamente esa reacción, tampoco acudió en defensa del gobierno, dejándose neutralizar. Impaciente con los lentos progresos de la política subimperialista y habiendo logrado imprimir nuevamente a la acumulación un ritmo ascendente (lo que se afirma a partir de 1967), la capa hegemónica del capital no se inclinó precisamente por el abandono del esquema subimperialista en sí mismo, sino más bien por su aplicación con carácter menos ortodoxo. Tuvo lugar una cierta liberalización del crédito al mismo tiempo que se intentó flexibilizar la política salarial, sin que se supiera a ciencia cierta dentro de qué límites esa heterodoxia podría funcionar.

De hecho, lo que se verificaba era una adaptación, un ajuste, de la formulación más pura de los intereses del capital —el modelo subimperialista— al grado de conciencia que de ellos podía tener la clase que lo personifica. A una menor racionalidad en la cristalización de esos intereses correspondió una menor racionalidad en su expresión ideológico-política: el equipo tecnocrático-militar de Castelo Branco cedió lugar al de Costa e Silva, en el cual se mezclaron las reivindicaciones y los apetitos de los varios grupos y facciones que componen la clase burguesa. Simultáneamente, se intentó abrir el escenario político al libre juego de esas reivindicaciones y apetitos, mediante la formación de una auténtica oposición burguesa, el Frente Amplio, hacia el cual convergieron sectores económicos descontentos y grupos políticos marginados por los militares. La burguesía no tardaría incluso en plantearse la conveniencia de asumir otra vez el control directo del poder político y de poner nuevamente a los militares su posición de garantes del régimen de explotación de que se alimenta.

Pero el movimiento dialéctico de la sociedad capitalista tiene necesariamente dos polos. Los trabajadores se encargarían pronto de recordarlo al capital.

 

La superexplotación del trabajo

La producción y acumulación capitalista tienen, como mecanismo fundamental, la creación de plusvalía. Básicamente, ésta corresponde a la diferencia entre el valor producido por el obrero y la parte del mismo que le es devuelta, devolución que se hace en diversas formas, de las cuales la más general es el salario. Considerada desde el otro extremo, la plusvalía es la parte del valor producido por el obrero de la que se adueña el propietario de los medios de producción, o sea, el capitalista. La tasa de plusvalía consiste, pues, en la relación existente entre el valor de ésta —es decir, el que es apropiado por el capital— y el valor restituido al obrero, cualquiera que sea su forma.

Más que una relación entre productos, entre cosas, la plusvalía expresa una relación de explotación. En el marco de esa relación, el obrero, trabajando para obtener una remuneración dada, crea un valor correspondiente a la misma en un límite que es inferior a la jornada de trabajo a que se encuentra adscrito; en consecuencia, en el tiempo excedente al que corresponde estrictamente la reproducción del valor expresado por su remuneración, crea un valor excedente, una plusvalía. La relación entre esos dos tiempos de producción contenidos en la jornada de trabajo representa el grado de explotación a que se somete al obrero, grado que es, pues, igual a la tasa de plusvalía.

La acumulación de capital encuéntrase así determinada por la relación existente entre los dos tiempos constitutivos de la jornada de trabajo. Al llamar al primero, aquél en el cual el obrero reproduce su propio valor, tiempo de trabajo necesario, Marx partía del supuesto (y lo tomaba exclusivamente como supuesto) de que ese valor es igual al de los medios de subsistencia requeridos por el trabajador. Tenía con ello una intención política: la de mostrar que, aun en un marco de “justicia”, en el cual se restituye al obrero el valor que le corresponde, la relación entre éste y el capitalista no puede jamás dejar de ser una relación de explotación, que sólo desaparece con la supresión del capital mismo, o sea, con el socialismo. Pero se basaba también en el análisis de las tendencias objetivas del sistema, que se orientaban a la fijación del salario en función de las necesidades experimentadas por el obrero en términos de subsistencia. Ello implicaba que, toda vez que la intensificación de la acumulación depende de la existencia del tiempo de trabajo excedente, es decir, de la modificación de la relación entre los tiempos productivos en favor de éste, la correspondencia estable entre el valor del salario y la atención a las exigencias de subsistencia del obrero no permitía sino dos alternativas para incrementar la plusvalía: el aumento de la jornada de trabajo o, manteniéndose igual la jornada e incluso disminuyéndola, la reducción del tiempo de trabajo necesario. A estas alternativas básicas corresponden las categorías de plusvalía absoluta y de plusvalía relativa, siendo importante notar que la última corresponde a la desvalorización real de la fuerza de trabajo.

Las condiciones propias de las economía centrales, que no podemos analizar aquí, han contribuido a reglamentar la explotación del trabajo, sobre todo en lo referente a la duración de la jornada y a limitar, por lo tanto, sin eliminarla jamás, la producción de plusvalía absoluta. Las transgresiones a esos límites, en situaciones de crisis económica o en ramas de producción más atrasadas (atraso que se mide tanto en relación al grado de concentración del capital que allí se verifica, como por su distribución entre maquinaria, instalaciones y materias primas, de un lado, y salarios, de otro), constituyen más bien casos excepcionales, a los que se podría agregar la mayor explotación que se ejerce sobre grupos de trabajadores bajo el pretexto de discriminaciones raciales o religiosas. La regla general ha sido la intensificación de la explotación y, por ende, de la acumulación a través del abaratamiento real de la fuerza de trabajo, logrado principalmente por la reducción del valor de los bienes que requiere para su subsistencia. Con ello, la desvalorización constante de la fuerza de trabajo se ha constituido en un elemento decisivo en la producción y acumulación capitalista en las economías centrales, a tal punto que se podría afirmar que la historia del desarrollo capitalista es en ese sentido la historia de la depreciación del valor real de la fuerza de trabajo.

No es rigurosamente tal el caso de las economías capitalistas periféricas. Operando mediante un aumento desproporcionado de la fuerza de trabajo logrado, ya a través de la importación de mano de obra, ya de la aplicación de una tecnología ahorrativa de mano de obra, esas economías han llevado a cabo su proceso de acumulación fundamentalmente con base en la producción de plusvalía absoluta. Para ello concurre, en parte, la falta de reglamentación de las condiciones de trabajo, y por tanto la extensión irrazonable de la jornada productiva —lo que es cierto sobre todo para las masas trabajadoras del campo—; pero, también, la ruptura de la relación entre la remuneración del trabajo y su valor real, o sea, entre lo que se considera como tiempo de trabajo necesario y las necesidades de subsistencia planteadas efectivamente por el obrero. En otros términos, el aumento del tiempo de trabajo excedente tiende a realizarse sin alterar de hecho el tiempo de trabajo necesario, sino más bien dejando de restituir al obrero el valor que crea en el marco de este último; así, lo que parece ser plusvalía relativa es, a menudo, un caso anómalo de plusvalía absoluta.

Aclaremos un punto: el aumento del tiempo de trabajo excedente significa siempre una mayor explotación de la fuerza de trabajo; en este sentido, los trabajadores de las economías centrales se encuentran sometidos a una intensificación constante de su explotación. Sin embargo, es radicalmente diferente si el mayor grado de explotación corresponde a una disminución real del trabajo necesario, es decir, si se realiza sin que la remuneración del obrero caiga abajo de su valor, o si la extensión del trabajo excedente se hace a expensas del tiempo de trabajo necesario al obrero para reproducir su propio valor, o sea, para crear un valor equivalente al de los bienes indispensables a su subsistencia. En este último caso, la fuerza de trabajo se estará remunerando a un precio inferior a su valor real, y el obrero no estará sometido tan sólo a un mayor grado de explotación, sino más bien es objeto de una superexplotación.

Son muchas las implicaciones que se derivan de esto. Desde luego, el capitalismo basado en la superexplotación inviabiliza toda posibilidad de desarrollo autónomo y de relaciones laborales “justas”, planteando necesariamente la lucha de las clases que se le oponen en términos socialistas. En lo que se refiere directamente a la acumulación, en el primer caso, en que se busca la depreciación del valor real de la fuerza de trabajo, la mayor explotación del obrero conlleva la necesidad de abaratar los bienes necesarios a su subsistencia y, por lo tanto, bajar el costo de producción de los mismos, utilizando los demás mecanismos que influyen en el movimiento de los salarios (principalmente la relación entre la oferta y la demanda de fuerza de trabajo y la represión a las reivindicaciones salariales) como instrumentos auxiliares para mantener la relación entre la remuneración del trabajo y las necesidades de subsistencia del trabajador; en el segundo caso, cuando la fuerza de trabajo se remunera por debajo de su valor, son los mecanismos de presión sobre el trabajador los que pasan a primer plano, mientras que el abaratamiento de las mercancías requeridas para su sustento y de su familia pierde relativamente importancia, sólo volviéndose determinante en momentos excepcionales, en los que los mecanismos de presión no pueden operar prontamente.

Uno de esos momentos excepcionales fue vivido por el proletariado brasileño, en los años inmediatamente anteriores al golpe militar de 1964. La gran división que reinaba en las filas de las clases dominantes y los progresos que realizaban los trabajadores en concienciación y organización desarticularon los mecanismos de presión y (a raíz de la elevación del costo de la vida) provocaron una tendencia alcista en los salarios, que puso en jaque los cimientos mismos de la acumulación de capital en Brasil, es decir, la superexplotación del trabajo. Esto fue cierto incluso para aquellos sectores sobre los cuales la superexplotación se ha ejercido de la manera más brutal y desordenada, las masas rurales, que en un proceso febril de organización sindical y lucha reivindicatoria trataban de hacer realidad la reglamentación de sus condiciones de trabajo, que las fuerzas populares apenas habían arrancado de las manos a la burguesía (el Estatuto del Trabajador Rural fue aprobado por el Congreso en 1962).

La reactivación de la acumulación, en el marco trazado por el modelo subimperialista que se impuso en 1964, dependía así enteramente de la inversión de esa tendencia, o sea, de la reafirmación de la superexplotación del trabajo como mecanismo básico. La ley antihuelga, el llamado “tapón salarial” y los esfuerzos por retirar a los trabajadores el derecho a la estabilidad en el empleo se constituyeron en los puntos claves de la política económica del régimen militar, y se apoyaron en la disolución o en el control directo de los sindicatos por el gobierno, el desmantelamiento del liderazgo obrero existente y en la represión brutal de las organizaciones políticas que se habían puesto al lado de los trabajadores. El salario medio mensual, en el centro más industrializado del país, São Paulo, que aumentara progresivamente a partir de 1959, pasando de 8 298 cruceiros en este año a 9 611 en 1964, en términos reales, se redujo a 6 876 cruceiros en 1966, sufriendo, pues, en los dos últimos años considerados, una disminución de 15.6% (datos del DIEESE, en cruceiros antiguos).

Para ese triunfo del capital, concurrió decisivamente la extremada juventud del proletariado fabril brasileño, en tanto clase. Sometida a un proceso acelerado de crecimiento en la posguerra, particularmente en la segunda mitad de la década de 1950, la clase obrera brasileña no pudo, en efecto, disponer del tiempo ni de las condiciones necesarias para sacudir el yugo institucional e ideológico que le había sido impuesto por la burguesía, durante el “Estado Novo”. Fue hacia finales de la década de 1950 cuando se inició un proceso de asentamiento del proletariado fabril, que se conjugó con las presiones ejercidas sobre el costo de la vida por el alza de los precios agrícolas; ambos factores condujeron a las luchas reivindicatorias que cunden en los años previos al golpe militar. El proletariado entró en esa lucha armado con el mismo instrumental sindical heredado del “Estado Novo”, caracterizado por su desarticulación y su base estrecha, y encabezado por el mismo liderazgo corrupto que le dejara el varguismo. La reformulación de esas condiciones, mediante la formación de cuadros medios, más vinculados a la base, la unificación de directivas en el Comando General de los Trabajadores y la creación de sindicatos rurales, apenas empezaba, cuando el puño militar de la burguesía arremetió contra el movimiento obrero.

El hecho de que la clase obrera estuviera en los primeros pasos de su constitución como fuerza independiente repercutía también en la situación que privaba en lo que debería ser su representación política —las organizaciones de izquierda. Ahogadas por los contingentes que recibía de una pequeña burguesía en franco proceso de proletarización, esas organizaciones no superaban tampoco el marco en que se habían desenvuelto en la posguerra. La fragmentación a que se habían visto sometidas, en el curso de los primeros años de la década de 1960, no había rebasado todavía el límite en que podría conformarse un auténtico partido revolucionario, es decir, una estructura que expresara la fusión entre los cuadros políticos y los contingentes de masas, y que fuera entonces capaz de ponerse al frente de la lucha que libraban los trabajadores. La gran fuerza de la izquierda seguía siendo el viejo Partido Comunista, que, en comandita con los “pelegos” varguistas, obstruía a la nueva vanguardia el camino hacia la clase obrera y trataba de encauzar a ésta hacia una política de colaboración de clases. Con ello, las organizaciones de la izquierda radical, constituidas preponderantemente por estudiantes, intelectuales y profesionistas, buscaban, como campo de acción, los sectores más permeables a su propaganda radical: el movimiento estudiantil, principalmente, pero también los sectores campesinos más explotados (pequeños propietarios, aparceros, colonos y “posseiros”) y la masa creciente del subproletariado urbano, utilizando, en el primer caso, la fórmula de las “ligas campesinas”, que Francisco Juliao empleara con éxito en el Nordeste, y, en el segundo, las organizaciones de “favelados”. De esta manera, mientras el movimiento obrero veía su enorme potencial de lucha desviado por sus directivas reformistas hacia cuestiones meramente reivindicatorias y el apoyo político a una facción de la burguesía, las organizaciones de la izquierda revolucionaria, que sí se planteaban cambios estructurales y la modificación de las relaciones de poder, eran forzadas a limitar su base social a la pequeña burguesía y al subproletariado de la ciudad y del campo. Ese divorcio, fatal para el conjunto de los movimientos de masas, fue lo que facilitó la implantación del terror militar y permitió a la burguesía imponer soberanamente su ley al proceso de explotación a que somete el proletariado brasileño.

 

Las luchas de masas

No se puede afirmar legítimamente que la izquierda brasileña haya sacado de inmediato todas las consecuencias de la lección de 1964. En una amplia medida, siguió profundizando en la misma dirección que exploraba, antes del golpe militar: los reformistas vieron en éste una prueba más del poderío mítico con que se revisten el capital y sus agentes, tratando de este modo de buscar fórmulas de arreglo con éstos; los grupos revolucionarios reforzaron sus dudas acerca del potencial de la lucha de la clase obrera y se volvieron hacia la preparación de acciones guerrilleras, en el campo y en la ciudad, atribuyéndoles el carácter mágico de catalizador de las masas. Pero, lo que la izquierda brasileña no supo hacer conscientemente, se fue imponiendo por la dialéctica misma de la lucha de clases.

Frente a las exhortaciones a una lucha armada, en la que no se le ofrecía otra participación que la de fuerza auxiliar, logística, y que representaba en la práctica dejar a la burguesía con las manos libres para superexplotarla, la clase obrera se aprestó a defenderse, con las armas que históricamente había aprendido a manejar. Privados de sus sindicatos, los trabajadores se entregaron a un lento proceso de reorganización, centrado alrededor de lo que constituía el pilar de la política burguesa: la ley antihuelga, el “tapón” salarial, la estabilidad en el empleo. En esa labor árida, despojada de los atractivos con que el radical pequeñoburgués reviste su concepción de la lucha revolucionaria, pero, por demás consecuente para que los reformistas pudieran apoyarla, la clase obrera forjó el instrumento que le permitió afirmarse otra vez en la lucha de clases, a escasos tres años del golpe militar: el comité de empresa.

El proceso de reorganización emprendido por la clase obrera no difirió en mucho del que llevaron a cabo otros sectores combativos del movimiento de masas. Aunque aceptaran muchas veces la propaganda de la izquierda revolucionaria en favor de la lucha armada, como se dio marcadamente en el movimiento estudiantil, esos sectores obraron instintivamente en el sentido de abrir cauces a la reaglutinación de sus fuerzas, con el fin de poder actuar, en tanto movimiento de masas, en el plano político. El catalizador de esa reaglutinación fueron siempre reivindicaciones inmediatas (la nueva ley de organización estudiantil, conocida como Ley Suplicy, la mengua de asignaciones presupuestarias a la educación, el problema de los candidatos excedentes a la Universidad, en el caso de los estudiantes; los problemas de salario y de empleo, la defensa del precio de sus productos, en lo referente a los trabajadores rurales y a los campesinos), que ponían en jaque aspectos de la política gubernamental y conducían a la denuncia de la dictadura de clase en sí misma. Ello hizo que la “contrarrevolución preventiva” de 1964 entrara en su cuarto año de existencia en medio de un nuevo ascenso de la lucha de masas, que contrariaba las esperanzas de pax militar que la burguesía había puesto en ella.

La señal de partida la dieron los estudiantes. A fines de marzo de 1968, al acercarse la conmemoración del aniversario del golpe militar, la Unión Nacional de Estudiantes empezó a movilizar sus fuerzas, con base en reivindicaciones puramente estudiantiles (como, por ejemplo, la rebaja de precios en los comedores escolares). Era una trampa que tendía a la dictadura, y ésta no supo eludirla: en los primeros actos, la policía mató a tiros a un joven de 17 años, provocando una ola de indignación en todo el país. De norte a sur, las manifestaciones de masas —ahora no sólo estudiantiles— estallaron, a lo que el gobierno contestó lanzando la policía y el ejército contra el pueblo. Ello no obstó para que el sepelio del joven asesinado diera motivo, en Río de Janeiro, a una marcha de 100 mil personas, la mayor manifestación antigubernamental desde el golpe militar. En São Paulo, Belo Horizonte, Brasilia, Porto Alegre, Salvador, Recife, Fortaleza, en todas las grandes ciudades brasileñas las manifestaciones callejeras se repitieron, dando lugar a enconados choques con las fuerzas represivas.

Mientras la rebeldía estudiantil obtenía una gran repercusión, teñida de simpatía, en la prensa burguesa, algo más grave hacía su aparición en el ascenso de las luchas de masas: la resistencia abierta de la clase obrera. Mencionamos ya que, desde 1965, los trabajadores se habían lanzado a una ardua y paciente labor de reorganización, utilizando fundamentalmente a los comités de empresa y, cuando las circunstancias lo permitían, volviendo a posesionarse de sus sindicatos. Señalemos, de paso, que los dos aspectos no se excluían, ya que los comités actuaron tanto en contra de los sindicatos intervenidos por el gobierno o controlados por los “pelegos”, como sirvieron de trampolín para la reconquista de los mismos. En esa labor, se destacaron los sectores más avanzados de la clase, dotados de una mayor conciencia y de una tradición de lucha más acentuada, particularmente los trabajadores metalúrgicos.

Desde 1967, éstos dieron motivos de preocupación al gobierno, al amenazar con un paro general en pro de un aumento salarial de 60%, y lo llevaron incluso a dar un paso atrás en las promesas de liberalización que hiciera a principios del año, al asumir la presidencia el mariscal Artur da Costa e Silva. Pero, si la reacción gubernamental fue capaz de contener la explosión del movimiento obrero en aquella época, no lo pudo hacer al desencadenarse las luchas de masas de 1968. En efecto, esa explosión se inicia con la huelga metalúrgica de Belo Horizonte, que se prolongó por varias semanas; avanza con las manifestaciones del primero de mayo (cuyo hecho más notable fueron los acontecimientos de São Paulo, en donde trabajadores y estudiantes expulsaron de la plaza pública a las autoridades gubernamentales y promovieron su propio mitin); y culmina en julio con la huelga metalúrgica de Osasco, en la periferia de São Paulo, cuando por primera vez en décadas, los trabajadores se posesionaron de las fábricas y del sindicato, enfrentándose en abierta lucha con las fuerzas de la represión.

Desde entonces, de manera menos espectacular, pero firme, el proletariado fabril desenvuelve una resistencia tenaz contra la desvalorización de sus salarios, teniendo al frente a los obreros metalúrgicos (quienes vuelven a la huelga otra vez, en Minas Gerais, en octubre, movilizando 20 mil trabajadores, el doble de los efectivos que habían intervenido en la huelga de abril), pero arrastrando a otros sectores, como el de los obreros textiles e incluso a los grupos más combativos de la clase media asalariada, como los empleados de bancos. En lo referente a los trabajadores rurales, se observaba un proceso similar, aunque menos rápido y más limitado, ya que los enfrentamientos en el campo no se veían siempre enmarcados en la reorganización de sus asociaciones de lucha, desmanteladas en 1964. Sin embargo, al lado de los conflictos espontáneos por la tierra, se asistía también a la acción decidida de los sindicatos rurales, allí donde se habían reestructurado, principalmente en algunos estados del Nordeste, como Pernambuco y Maranhão.

Los esfuerzos de la clase obrera para afirmarse de nuevo como polo dinámico de las luchas de clases apenas empezaban, y exigían tiempo para fructificar. De inmediato, su efecto fue despertar la confusión entre las filas de la burguesía (de lo que se aprovechó el gobierno para disolver el Frente Amplio), llevándola a pasar de la ofensiva a una táctica de hostigamiento con relación a los militares. Para ello, siguió brindando un discreto apoyo al movimiento estudiantil, al mismo tiempo que se valía de todo pretexto para hacer sentir al gobierno su ineficiencia —ya se tratara de la crisis de la industria azucarera, ya de los asaltos a bancos y cuarteles promovidos por organizaciones de izquierda. Su propósito evidente era el de ahondar las grietas surgidas en las fuerzas armadas, en relación con su participación directa en el poder, para introducir por allí la cuña de su “movimiento civilista”.

Era cierto que la agudización de las luchas de clases en 1968 empezaba a repercutir en las fuerzas armadas. En una gama de actitudes, que iba desde el favorecimiento de una “restauración democrática” hasta la militarización definitiva del aparato del Estado, cundía la división. El descenso progresivo del movimiento de masas, a partir de octubre, que puso a las facciones burguesas en mayor libertad para maniobrar, acabó por conducir a los sectores militares “duros”, con base principalmente en la oficialidad joven, a tomar la decisión de actuar rápidamente, con el fin de comprometer al conjunto de las fuerzas armadas con su posición. Una crisis parlamentaria artificialmente provocada y el amparo concedido por la Suprema Corte a algunos de los líderes estudiantiles más conspicuos pusieron de manifiesto la rebelión de la burguesía, o por lo menos de sus representantes más directos. Los militares duros se valieron de ello para lanzarse a un pronunciamiento, que amenazaba en última instancia al mismo grupo instalado ya en el poder, no dejándole a éste otra alternativa que la de, desencadenando un golpe de arriba hacia abajo, cohonestar el pronunciamiento de la base. La promulgación del Acta Institucional número cinco suspendió la Constitución promulgada en 1967, cerró el Congreso, acalló la prensa y redujo a la impotencia a la Suprema Corte. No era tanto la izquierda el objetivo de los militares: era la misma burguesía.

El 13 de diciembre de 1968 pone a Brasil bajo el signo de una aparente paradoja: el régimen militar, que se aboca a la defensa del capital, se niega a someterse a la clase que personifica a éste. La irracionalidad de la sociedad burguesa brasileña, que engendrara la dictadura de clase de 1964, la condujo finalmente a plantearse la supresión de sí misma y, retirando su dominación política del ámbito de la lucha de clases, a intentar transferirla a los cuarteles. Con ello, cayó el último velo que cubría el poder burgués, el cual exhibe ahora sin sombra de pudor lo que constituye su esencia: la fuerza.

Porque no hay que creer que el régimen militar se desligó realmente del humus en que finca sus raíces, el capital. La defensa del sistema de explotación impuesto a las clases trabajadoras sigue siendo la razón de ser de la dictadura, en la medida en que allí se origina y se justifica la institución militar misma. Sin embargo, volviéndose contra la clase a que sirve, ésta trasvasa los intereses del capital por razones de seguridad nacional: intenta imponer así a la burguesía, con carácter permanente, una justificación ideológica que ella aceptara en 1964, en la inteligencia de que se trataba de un expediente provisional, destinado a garantizar la supervivencia del sistema. Lo que no deja de ser significativo de la simbiosis operada entre los intereses de la burguesía y los de la elite militar, a que condujo la problemática propia a la acumulación capitalista en Brasil.

 

La quiebra del reformismo

El capitalismo brasileño emerge, pues, de la crisis coyuntural, iniciada en 1962, definitivamente subordinado a la hegemonía del gran capital y convertido en una sociedad militarizada, en la que los viejos mecanismos de dominación burguesa —desde el sistema de partidos hasta el control ideológico sobre las masas— han sido sustituidos por la violencia abierta, encamada en las fuerzas armadas. Con ello se altera radicalmente el marco en que se lleva a cabo la lucha de clases y se pone a las vanguardias de izquierda frente a condiciones de lucha que no guardan ya relación con las que prevalecían hasta 1964 y que, aunque en proceso constante de debilitamiento, lograron todavía cierta vigencia en los años subsecuentes. Las implicaciones que se derivan de ahí para el movimiento revolucionario deben ser correctamente estimadas, si pretendemos garantizarle su victoria.

El punto de partida para plantear la problemática a que se enfrenta hoy la izquierda consiste en ver que, si cambiaron las condiciones de actuación con que contaba, han cambiado también sus condiciones internas. No se trata, exclusivamente, de un resultado circunstancial. Por importante que haya sido, 1964 no fue sino un momento de un proceso que se inicia a fines de la década de 1950 en el seno de la izquierda, el cual se desarrolló en dos planos: el ideológico y el organizativo.

La cuestión ideológica, que domina la dinámica de izquierda en los primeros años de los sesenta, comienza en el seno de las filas marxistas y se irradia después a los sectores nacionalistas y católicos. Su tema central era el papel que podría caber a la burguesía en la revolución brasileña y, en último término, el carácter de dicha revolución. La negativa en reconocer a la burguesía, en tanto clase, un papel efectivo en el proceso y la afirmación de un polo socialista en la izquierda, decididamente hostil a los planteamientos reformistas del Partido Comunista brasileño (polo representado entonces por el grupo “Política Operária”), acaban por poner en tela de juicio la política de colaboración de clases, que éste patrocinaba en nombre de la clase obrera.

Sin embargo, las circunstancias previas a 1964, caracterizadas por la demagogia del gobierno de Goulart y por el ascenso desordenado del movimiento de masas, no favorecían el desarrollo de ese polo revolucionario, ni tampoco el deslinde entre las diferentes tendencias prevalecientes en las esferas más próximas a él. Seguían allí confundidos problemas elementales, como el de la definición de las fuerzas revolucionarias, en los que la izquierda se dividía entre una concepción imprecisa, expresada en el vocablo “pueblo”, en el que cabía todo, y una afirmación netamente clasista, que entendía la revolución como la lucha de los trabajadores de la ciudad y del campo. En consecuencia, las cuestiones candentes de estrategia y de táctica apenas podían rozarse, y se referían más bien a la posición a adoptar frente a la burguesía, específicamente frente a Goulart, que propiamente a las tareas concretas que planteaba la movilización popular en términos de lucha revolucionaria. El tema mismo de las formas de lucha quedaba en la sombra: la izquierda revolucionaria recelaba, más que preveía, la reacción de las clases dominantes, lo que la llevaba a hablar de la imposibilidad de una revolución pacífica, sin entregarse de hecho a la preparación de la lucha armada. Los raros intentos que se hicieron en este sentido revelaron una total incomprensión del proceso que se vivía en Brasil, puesto que, procurando montar focos guerrilleros, desviaron cuadros y recursos hacia tareas que el ascenso de las luchas de masas en el país no planteaba; su fracaso era inevitable.

El pronunciamiento militar de 1964 asestó un golpe mortal a la corriente reformista. Naturalmente, ésta no amaneció muerta el 1º de abril; siguió defendiéndose, y todavía lo hace. La reacción brutal de las clases dominantes y su dictadura abierta, expresada por el régimen militar, le retiraban sin embargo posibilidades serias de supervivencia. El bastión del reformismo, el viejo PCB, de escisión en escisión y sujeto a una sangría permanente en sus bases, acabó por convertirse en un cascarón vacío; su programa actual es una mezcla abigarrada de posiciones y expresa tan sólo su incapacidad para dar una respuesta a la problemática de las luchas de clases en el país.

Paralelamente, la izquierda revolucionaria tendía a la homogeneización de sus supuestos (el tránsito de la Acción Popular desde el existencialismo cristiano a un marxismo de corte chino es harto significativo) y se lanzaba a extirpar las raíces que el reformismo echara entre las masas. En los años que transcurrieron entre el golpe militar y las luchas de 1968, dichas raíces fueron efectivamente arrancadas y se proporcionó a las masas un marco de referencias completamente renovado. Si los movimientos populares anteriores a 1964 se caracterizaron por la aceptación de los valores burgueses de legalidad y democracia formal, el de 1968, aun cuando levantó reivindicaciones democráticas, en oposición a la dictadura militar, se movió siempre en el ámbito del rechazo a las fórmulas burguesas vigentes, en el sentido de la edificación de una democracia social, y en los sectores más avanzados, de una democracia socialista. Basta con recordar la ocupación de fábricas por los metalúrgicos de Osasco para darse una idea del enfrentamiento clasista que subyacía a la dinámica de las masas. El factor ideológico que propiciara, en el pasado, los avances de la lucha popular (el antigolpismo de 1955, del que resultó el gobierno de Kubitschek; el movimiento en pro de la legalidad, que impidió el golpe militar de 1961) y que condujera a la derrota de 1964 (cuando se esperó en vano que el representante legítimo de la legalidad burguesa, Goulart, hiciera valer sus prerrogativas), desapareció de la política brasileña.

Pero la victoria ideológica de la izquierda revolucionaria tenía sus implicaciones en la esfera organizativa. En efecto, la identificación entre el reformismo y el PCB le planteó, desde un principio, la necesidad de proceder al desmantelamiento del viejo partido, como una condición para allanar su trayectoria hacia las masas y, simultáneamente, capitalizar toda una labor de formación de cuadros que aquél había cumplido. Ello presentaba sus inconvenientes: el PCB constituía la única estructura partidaria efectiva de izquierda. Su derrumbe significó, necesariamente, la irrupción de una tendencia dispersadora, excéntrica, en la que la multiplicidad de organizaciones se encontraba en razón directa a su incapacidad operacional.

El problema era particularmente serio. Guardián de una ideología falsamente identificada con el marxismo, pero sólida, el PCB había podido encauzar hacia una cierta política incluso a los núcleos más recalcitrantes de la izquierda revolucionaria. La pérdida de su posición dominante en el seno de la izquierda dejó a ésta sin un centro de gravedad ideológico y político. Los años subsecuentes a 1964 se caracterizarán por una aguda lucha ideológica, librada ahora dentro de la izquierda revolucionaria, y por esfuerzos para definir una estrategia global frente a la dictadura. La homogeneización de sus supuestos ideológicos, si fue buena para establecer un nuevo marco de referencias para la acción de las masas, no lo era para limar las diferencias entre las concepciones particulares del proceso brasileño que enarbolaban las distintas facciones, ni mucho menos para unificar criterios en cuanto a las tareas prácticas que se derivaban de allí. Aun el hecho de que el marxismo se afirmó como base ideológica común de todas ellas no era suficiente, dada la diversidad de elementos que, en tanto movimiento histórico, el marxismo envuelve.

 

Renovación y herencia en la izquierda

Dos factores concurrieron para agravar la situación. El primero, circunstancial, consiste en la fuerte renovación experimentada por las organizaciones revolucionarias, en lo que a cuadros se refiere. En este sentido, las diferencias entre la izquierda brasileña de 1964 y la de 1969 son tajantes, menos en lo que respecta a la cantidad (difícil de medir, en virtud de las condiciones de estricta clandestinidad que rigen actualmente el reclutamiento) que a la calidad. A diferencia, en efecto, de las motivaciones que inducían a la militancia de izquierda antes de 1964, relacionadas en gran parte con razones de prestigio y con la radicalización de la política nacional, en la que estaba comprometido el mismo gobierno, la adhesión a una organización revolucionaria es, hoy día, fruto de una decisión meditada y valerosa. Aquél que la toma arriesga su seguridad personal, la de sus amigos y la de su familia. La militancia no es ya una pose, es una opción vital. Ello explica, en una amplia medida, la seriedad y la madurez que caracterizan al joven militante brasileño, si se le compara con el que tipificaba su género antes de 1964, además, naturalmente, de la agudización de las luchas de clases en el país y su repercusión en la conciencia revolucionaria.

Sin embargo, las condiciones que imprimen un carácter heroico a la opción del militante responden también de la tendencia a extremar sus consecuencias: no le basta con actuar revolucionariamente, tiene que hacerlo de manera arriesgada y, las más de las veces, violenta. La indignación misma —ese sentimiento revolucionario, como dijo Marx— que lo impulsa a la acción, lo conduce a exigir de ésta resultados palpables que la justifiquen. El resultado es, en parte, el de impulsar a la izquierda hacia la acción directa —que se explicaría mal, sin embargo, en términos exclusivamente psicológicos— pero sobre todo el de exponerla a un desgaste continuo de sus efectivos, grave sobre todo cuando incide a nivel medio y de dirección, ya que dificulta tanto la continuidad del trabajo de las organizaciones, como las afecta en su capacidad de elaboración teórica.

Este último aspecto merece atención. Conviene recordar que la inmadurez de la clase obrera —como mencionamos— facilitó en el pasado la aplicación de los controles ideológicos e institucionales que le impuso la burguesía, con lo que no se generó el impulso necesario a la formación de una vanguardia política de orientación netamente proletaria. El oscurantismo cultural vigente en sociedades como la brasileña, marcadas por el sello de la superexplotación del trabajo, tampoco contribuyó a conformar una capa intelectual armada del instrumental teórico capaz de permitirle el análisis científico de la sociedad explotadora; bástenos con señalar que el marxismo nunca ha llegado a ser una disciplina de estudio aceptada en las universidades, y que recién apareció una traducción de El Capital al portugués. Habría que considerar, en fin, el desmantelamiento periódico de las vanguardias de izquierda, en las fases de represión de la política nacional, que imposibilitó la creación de una tradición teórica y de militancia, llevando inversamente a que las grandes olas de renovación de la izquierda partieran prácticamente de cero, casi sin tomar en cuenta a experiencia acumulada por las generaciones anteriores en la lucha de clases. Fue, específicamente, el caso de la renovación de los sesenta, que sólo en escala muy reducida pudo aprovechar la experiencia del movimiento comunista brasileño, el cual tenía, empero, para entonces, 40 años de existencia. Todo ello, sumado al desgaste continuo que sufren las organizaciones en materia de cuadros, dificultó considerablemente a la izquierda la elaboración de una teoría de la sociedad brasileña capaz de fundamentar una estrategia y una táctica adecuadas al proceso real de la lucha de clases.

Dijimos, sin embargo, que para la situación actual concurre un segundo factor. Trátase de algo mucho más decisivo y que responde a la naturaleza misma de la izquierda: su raíz de clase. Por accidentada que haya sido la evolución del movimiento revolucionario en Brasil, y pese a las interrupciones que ha sufrido, su origen se remonta a principios del siglo. Bajo el influjo de la ideología anarcosindicalista, traída por los inmigrantes extranjeros, obreros en su mayoría, toma forma entonces una vanguardia política íntimamente vinculada al despertar de las luchas proletarias. La fundación del Partido Comunista, en 1922, corresponde a la cristalización organizativa de esa vanguardia, en el marco de una aguda radicalización de la política nacional, que culminaría con los sucesos de los años treinta.

El movimiento que condujo a la revolución de 1930 correspondió, en términos de clase, a una división en el seno de la oligarquía y al ascenso de las clases medias, que han sido las que le dieron su contenido propiamente popular. El desarrollo del proceso político lleva a éstas hacia una polarización a derecha y a izquierda, a la que no escapó su espina dorsal: el movimiento tenentista, que regimentaba a la oficialidad joven del ejército. El ala izquierda del tenentismo, vanguardia de las clases medias radicales, acabaría por fusionarse con el recién creado Partido Comunista. No cabe aquí un análisis detallado de esa vanguardia pequeñoburguesa. Bástenos con señalar que, en lo referente a liderazgo popular, sobrepasaba en mucho al Partido. Joven aún, carente de bases y de cuadros, éste se vio prácticamente ahogado por el asalto de la pequeña burguesía radicalizada, la cual en poco tiempo se posesionaba de los puestos clave del aparato partidario y le imponía su propia ideología, disfrazada de marxismo, pero esencialmente conservadora.

Tras la represión que sufrió durante el “Estado Novo”, el PCB resurgiría, en la posguerra, ampliamente beneficiado por el prestigio adquirido por la Unión Soviética en el mundo occidental. En nueva oleada la pequeña burguesía, en la que destacaban intelectuales y militares, avasalló otra vez al Partido. Los progresos logrados por éste junto al proletariado no fueron suficientes para neutralizar la influencia pequeñoburguesa: la clase obrera, en proceso de formación, resentía todavía la tutela de la burguesía y carecía de una tradición de lucha independiente (recordemos que sólo conquistará de hecho el derecho de huelga en 1953, después de haberse visto privada de él por casi veinte años). La dirección partidaria no encontró, pues, ningún obstáculo para aliarse a los líderes charros que el “Estado Novo” impusiera a los trabajadores y, al contrario, se vio prácticamente impulsada a hacerlo; si ello le abría al Partido amplias posibilidades de penetración en la masa obrera, le imponía también un marco extremadamente limitado de actuación, llevándolo de hecho a no impugnar el liderazgo ideológico e institucional ejercido por la burguesía.

El breve período de rebelión antiburguesa, al que ingresó el PCB después de 1947, cuando la agudización de las relaciones internacionales y la implantación de la guerra fría (que llevó al gobierno del mariscal Dutra a considerarlo ilegal), lo orilló a una posición ultraizquierdista, cristalizada en el Manifiesto de 1950. Es cierto que un análisis detenido de este documento nos mostraría que el izquierdismo se daba más a nivel de las palabras que de las concepciones políticas, ya que el revolucionarismo de que hacía profesión de fe se matizaba convenientemente con la transposición de conceptos, como el de una burguesía nacional al estilo chino, que sólo parcialmente correspondían a la realidad brasileña y al carácter que asumía entonces la dominación imperialista. Sin embargo, en la práctica, la línea de 1950 condujo al Partido al aislamiento, debilitando considerablemente su posición en el escenario político. La tabla de salvación le fue extendida una vez más por la pequeña burguesía, quien, respondiendo a los intereses más apremiantes del capitalismo brasileño en la época, desarrolla el movimiento nacionalista, que recibe su bautismo de fuego en la campaña por la nacionalización del petróleo, en los primeros años de los cincuenta. Renuente en un principio a darle su apoyo, el Partido acaba por adherirse incondicionalmente al movimiento nacionalista, hasta convertirse en su principal abanderado, para la segunda mitad de la década. La colaboración de clases, que la fraseología radical del Manifiesto de 1950 encubría, se convierte entonces abiertamente en la línea política general del movimiento comunista.

La dirección del PCB ha sustentado siempre que las críticas que recibió de la nueva izquierda marxista, a principios de los sesenta, se hacían a partir de posiciones ultraizquierdistas, que implicaban una ruptura con las masas. Independientemente del hecho de que en parte eran producto de una ausencia de vinculación real con las masas, las desviaciones en que incurrió la nueva izquierda se explicaban más bien por la fuerza de reacción que ésta tenía de oponer a la manera como el PCB planteaba la cuestión del frente de clases. Incapaz de entender que, como Marx y Engels ya habían dicho un siglo antes, para luchar contra un enemigo común no se precisa ninguna unión especial, y haciendo caso omiso de la consigna leninista —batirse juntos, marchar separados— la alianza de clases propuesta por el Partido consistía de hecho en convertir a la clase obrera en retaguardia de la burguesía, así como en poner al frente unido de clases bajo la égida del mismo gobierno. Aun las huelgas políticas de 1962, que podrían pasar como manifestaciones de la lucha independiente de la clase obrera, se dieron, bajo la dirección asociada del PCB con el liderazgo charro, como expresiones de incondicional apoyo a Goulart. El proletariado brasileño llegó, así, a 1964, enteramente desarmado, con su suerte entregada a la correlación de fuerzas que pudiese prevalecer en el seno de las clases dominantes y, más específicamente, del ejército.

La quiebra de la política de colaboración de clases y la ascensión de las corrientes revolucionarias que disputaban al PCB la hegemonía en la izquierda iniciaron una nueva etapa en la política brasileña. Esa etapa no se limitaría, sin embargo, a evidenciar los errores de la línea política del viejo Partido: a lo largo de su desarrollo puso de manifiesto que, bajo nuevos ropajes, la izquierda no cambiaba su naturaleza y seguía siendo, antes que nada, una vanguardia de clase media. La diferencia estriba en que, si el viejo Partido trató, no tanto de orientar y dirigir la lucha de masas hacia la consecución de fines revolucionarios, sino de utilizarla como fuerza de apoyo a su política de transacción y de compromiso, la actual izquierda renuncia a todo diálogo con las clases dominantes y se dispone a atacarlas de frente, dando por sentado el apoyo de las masas. En ambos casos, las vanguardias sustituyen a la clase; en ambos casos hablan en su nombre, sin escuchar primero lo que ésta dice.

El fenómeno no es exclusivo de Brasil. Corresponde más bien a las sociedades latinoamericanas en las cuales la superexplotación del trabajo no sólo contribuye a limitar la capacidad teórica de las vanguardias revolucionarias, como ya señalamos, sino también abre un abismo entre las grandes masas, sumidas en la ignorancia, y la pequeña burguesía, cuyo único privilegio social efectivo es el acceso a la cultura. Cuando además de esto, la explotación económica va aunada a la diferenciación racial, como es el caso más general, el distanciamiento entre la pequeña burguesía y las masas se acusa. El resultado, en su forma más reaccionaria, es un profundo desprecio por las multitudes miserables e incultas, y, en su aspecto progresista, el deseo de redención de las mismas, que oculta mal lo que hay de común entre las dos actitudes: elitismo y paternalismo.

En Brasil, mientras existió un campo de intereses comunes entre la burguesía y el proletariado, esto condujo a la vanguardia pequeñoburguesa al reformismo y a la política de colaboración de clases. El desarrollo de las contradicciones entre el trabajo y el capital, al propio tiempo que favoreció la emergencia, a la derecha, de un equipo tecnócrata militar, que se hizo cargo de la defensa del capital, tendió a hacer cristalizar, en el remolino ideológico y organizativo que se produjo en la izquierda, un fenómeno similar: una concepción tecnocrática y militarista de la lucha de clases, que cobra tanto más fuerza cuanto más se agudizan las contradicciones que le dieron origen y que penetra la mayor parte de las organizaciones existentes. Su importancia en la dinámica del movimiento revolucionario brasileño exige que nos detengamos en su análisis.

 

Los supuestos de la lucha armada

El punto de partida de esa concepción es la idea de que la lucha de clases en el país ha desembocado en una guerra revolucionaria y que es en función de ello que se habrán de determinar los criterios de la práctica política. El concepto de guerra revolucionaria, tal como se plantea hoy en Brasil, rebasa el de la guerra civil revolucionaria, en el sentido de que —además de ser una lucha a muerte entre las clases explotadas y las fuerzas que apuntalan al régimen de explotación, en las que se incluyen tanto las clases dominantes internas como la burguesía imperialista y que es lo que define la guerra civil revolucionaria en los países capitalistas periféricos— presentaría dos elementos particulares: su carácter prolongado y su realización mediante el enfrentamiento de dos ejércitos, el del pueblo y el de la reacción. En las condiciones existentes en Brasil, ello implica suponer: primero, que el divorcio creciente entre los intereses de las masas trabajadoras y los del capital ha repercutido directamente en la conciencia de las masas predisponiéndolas a la actuación revolucionaria; y, segundo, que el régimen militar no sólo representa un hecho irreversible, sino que su política represiva irá en constante aumento.

Veamos el primer supuesto. Las luchas de masas de 1968, como señalamos, representaban el punto de recuperación del movimiento popular, tras el descenso experimentado a raíz del golpe militar. Su examen muestra claramente que, independientemente de presentar un patrón de radicalismo no sólo superior al que prevalecía antes de 1964, sino cualitativamente distinto, se han distinguido por su carácter estratégico netamente defensivo. Desde luego, una estrategia defensiva no excluye el empleo de tácticas ofensivas; sin embargo, el único caso en que se verificó el intento de adoptar una táctica ofensiva —el del movimiento estudiantil— fue también aquél en que se observó una desviación del enfrentamiento clasista hacia el hincapié en reivindicaciones meramente democráticas, que se centraron en la denuncia de la represión —con lo que el movimiento se ponía, de hecho, en la defensiva. Es significativo que haya sido en torno a esa bandera —la denuncia de la represión— que los estudiantes hayan logrado una efectiva movilización popular, que decreció tan pronto procuraron encauzarla hacia el enfrentamiento directo con el régimen; ello se puede medir fácilmente a través del número siempre menor de participantes en las manifestaciones callejeras que siguieron a la “marcha de los 100 mil”, hasta llegar a los choques de grupos aislados con la policía, en los meses de septiembre y octubre. En los demás sectores del movimiento de masas, las luchas se libraron a raíz de reivindicaciones económicas y profesionales, evolucionando progresivamente hacia un enfrentamiento con las fuerzas de la represión, momento en el cual —el caso de Osasco es elocuente— se cerró la posibilidad de lograr una extensión de la movilización de masas. Señalemos que estimaciones hechas por la misma izquierda en relación con las fuerzas obreras que entraron en combate indican que éstas no sobrepasaron mucho el 2% del proletariado fabril brasileño.

En esta perspectiva, el movimiento de 1968, además de presentar un carácter estratégico defensivo, fue limitado en términos de regimentación de fuerzas. Con ello se está lejos de contarse con una actuación resuelta de las masas en contra del régimen de opresión y de explotación a que se las somete. Aunque no lo admita conscientemente, la estrategia de la mayoría de las organizaciones de izquierda lo confirma: sin renunciar a su interpretación de la realidad actual en términos de guerra revolucionaria, plantea de hecho la formación de pequeños grupos armados, en la ciudad y en el campo, con el propósito de levantar el espíritu de lucha de las masas; lo que equivale a admitir que éstas no se encuentran todavía preparadas para la acción. El espíritu de heroísmo y de sacrificio, que en último término es un reflejo del elitismo y del paternalismo propios a la pequeña burguesía, acentúa esa tendencia, reflejándose no sólo en la actuación de las organizaciones, sino también en la psicología del militante, predispuesto ya, como señalamos en este sentido.

La consecuencia es una dicotomía entre el trabajo político y el militar, o, en otros términos, entre el trabajo de masas y la acción directa, que se opera constantemente en detrimento del primero. Al proyectar como realidad concreta el resultado de una percepción teórica —la contradicción antagónica entre el trabajo y el capital— la izquierda tiende a plantarse en el futuro del proceso político, en la guerra de clases, sin preocuparse de las tareas presentes que lo harán posible; actúa, así, en función de su nivel de conciencia, no del que poseen las masas. Considerándose ya involucrada en la guerra revolucionaria, se coloca como tarea inmediata la conducción militar de las clases explotadas, pero, como no espera que éstas intervengan en el combate en un primer momento, acaba por referir a sí misma, y no a las masas, los problemas de la lucha armada. El resultado es la sobrestimación de los aspectos puramente organizativos, que conduce a un perfeccionamiento técnico extremado de las organizaciones, cuyo grado de desarrollo se aleja considerablemente del que se va logrando a nivel de las masas.

Es obvio que para ello concurre la existencia del régimen militar y de la política represiva que éste aplica. Aquí, a diferencia de lo que pasa con el primer supuesto analizado, que toma como presente lo que solamente es el futuro de la lucha de clases, opera un mecanismo opuesto: las condiciones de actuación se consideran dadas a largo plazo y se piensa en el futuro exclusivamente en término de lo existente. Sin embargo, la evolución del régimen militar ha revelado contradicciones entre éste y la burguesía, así como fluctuaciones en la intensidad de la represión. Es cierto que su evolución ha conducido a una afirmación más decidida del régimen frente a la burguesía, y que al debilitamiento de la represión siguió normalmente un refuerzo de la misma. En este sentido, se puede hablar de una tendencia progresiva, que podría justificar la expectativa de la izquierda, sobre todo si consideramos que la dialéctica misma del desarrollo capitalista brasileño, agudizando las contradicciones sociales, descarta la posibilidad de una liberalización política efectiva y estable.

No obstante, no es lo mismo la tendencia profunda del desarrollo de una sociedad y las formas mediante las cuales ella se abre paso. La cooperación antagónica, que rige el proceso de integración del capitalismo brasileño a la economía imperialista, se reproduce en las relaciones propias a la esfera política dominante: ello quiere decir que la fusión entre la burguesía, en tanto clase, y la elite militar es el resultado hacia el cual se orientan las relaciones de poder (lo que no implica necesariamente que el régimen militar sea la única forma de expresión del fenómeno, bastando con observar la forma que asume un bloque militar-burgués mucho más sólido que el brasileño —el de Estados Unidos—); pero quiere decir también que allí se originan contradicciones internas que, sin poner en jaque lo esencial del proceso, abren constantemente fisuras en la estructura de dominación. La importancia que tienen esas fisuras para la dinámica del movimiento de masas la muestran los acontecimientos de 1968. Así como la estructura de dominación se refuerza en función de las contradicciones internas que va generando, al movimiento revolucionario le debe pasar lo mismo: en el primer caso, el reforzamiento implica una mayor cohesión del bloque burgués-militar, gracias al sometimiento o la eliminación de las facciones recalcitrantes; en el segundo, consiste en el estrechamiento de los nexos orgánicos de la izquierda con las masas trabajadoras, simultáneamente con la atracción o la neutralización de capas o grupos que se constituyen todavía en soportes de la estructura de dominación. Es en este sentido que las contradicciones internas de las clases dominantes contribuyen a polarizar la lucha de clases y a crear, entonces, el marco para la guerra civil revolucionaria en el país.

Al perder esto de vista y al preocuparse exclusivamente con el epifenómeno que representa el régimen militar, la izquierda se ha dejado impresionar demasiado con los logros de la estructura de dominación en materia de técnica organizativa. Naturalmente, ante la represión sistemática llevada a cabo por el régimen militar, la izquierda tenía que responder con la construcción de un aparato clandestino capaz de hacerle frente, pero sin olvidar un solo momento que la finalidad de tal aparato es la de permitirle llevar adelante su trabajo de agitación y organización de las masas. Obrar de otra manera sería tomar el medio por el fin y representaría hacerle el juego al régimen, cuya preocupación central es precisamente la de suprimir la práctica política de las masas.

Defender la necesidad del trabajo de masas no significa rechazar la actuación de pequeños grupos. La más notoria de ellas, el terrorismo urbano, es perfectamente combinable con el trabajo de masas, siempre y cuando no se sustituya a éste y no tienda a convertirse en elemento central de la actuación revolucionaria; ello implicaría actuar a espaldas de las masas y llevaría necesariamente al aislamiento de la vanguardia. Hablemos claro: el aislamiento no vendría tanto —como sostienen los reformistas— del que los métodos terroristas “asustan” a las masas, sino de que no las comprometen directamente en la acción y las transforman en espectador pasivo de un combate, en el que a lo sumo pueden dedicar su simpatía a uno de los bandos, pero no intervenir en su desarrollo. Y es la práctica política de las masas, no lo olvidemos, el objetivo último de la actuación de la vanguardia, así como el único camino mediante el cual pueden ambas convergir hacia la formación de una verdadera fuerza revolucionaria.

Se impone, pues, rehuir cualquier razonamiento en abstracto sobre las formas de lucha, y referirlo siempre al criterio de su efecto sobre las masas. Planteado de esta manera, y excluidas por lo tanto las acciones sin propósito propiamente político, como las que se destinan a la obtención de recursos y armas, el terrorismo es válido esencialmente como un instrumento de efecto moral y su función es similar a la que cumple una guerra de guerrillas: sembrar la confusión en el ejército enemigo y desmoralizarlo, mientras fortalece el espíritu de lucha de las masas por la confianza que les inspira su vanguardia.

Por lo demás, conviene señalar que los riesgos que presenta el trabajo entre las masas en las fases de aguda represión no tienen tan sólo compensaciones a largo plazo. Al contrario de la convicción alimentada por muchos de los jóvenes militantes izquierdistas, en el sentido de que, al arriesgar la vida, es preferible hacerlo con un arma en la mano, el trabajo de masas es el medio más seguro para contener la represión policiaca y militar: ésta, en efecto, no se acentúa en las fases de ascenso del movimiento de masas, sino en su fases de descenso, cuando las fuerzas populares carecen de suficiente capacidad de contestación. Limitándonos a hechos recientes, las luchas brasileñas de 1968, la revolución de mayo en Francia, el movimiento estudiantil mexicano de 1968, las luchas de masas de 1969 en Argentina ofrecen múltiples ejemplos que confirman esa aseveración. Explotar al máximo las posibilidades de agitación y organización que las ofensivas populares crean, al orillar a la reacción a la actitud defensiva, y echar con ello las bases para mantener la continuidad de la labor revolucionaria cuando, frente al descenso del movimiento de masas, la reacción vuelve a tomar la ofensiva, tal es el principio básico del trabajo de la izquierda entre las masas, en el marco de una estrategia defensiva como la que imponen las condiciones de lucha vigentes actualmente en Brasil. Es en la medida en que logra prolongar las fases tácticas ofensivas y acortar los períodos de receso como la izquierda acelera el cambió estratégico cualitativo, es, decir, el que permite pasar a una estrategia ofensiva: a la guerra civil revolucionaria.

A lo largo de ese proceso, no cabe a la izquierda la responsabilidad de tomar sobre sus hombros las tareas de las masas, ni tampoco de intentar imponerles formas de lucha que no sean producto de la dinámica de éstas. Para el movimiento revolucionario, no existen recetas teóricamente buenas; el único criterio válido es la lucha concreta que llevan a cabo las clases revolucionarias. “El marxismo —escribió Lenin— se distingue de todas las formas primitivas del socialismo en que no liga el movimiento a una sola forma determinada de lucha. El marxismo admite las formas más diversas de lucha; además, no las ‘inventa’, sino que generaliza, organiza y hace conscientes las formas de lucha de las clases revolucionarias, que aparecen por sí mismas en el curso del movimiento.” Y subraya: “El marxismo, en este sentido, aprende, si puede decirse así, de la práctica de las masas, lejos de pretender enseñar a las masas las formas de lucha inventadas por ‘sistematizadores’ de gabinete.”

Estas consideraciones nos remiten necesariamente al problema de la guerrilla rural, que la izquierda se planteó desde la derrota de 1964. Por alejadas que se encuentren hoy de la concepción estrictamente “foquista”, principalmente en lo que se refiere a la distinción tajante entre la lucha urbana y rural que planteó Debray, las organizaciones revolucionarias de Brasil reflejan en muchos aspectos las deficiencias dialécticas de que se resienten las formulaciones de ¿Revolución en la revolución? Ello es cierto sobre todo en lo relativo a la preeminencia del criterio técnico en la orientación de la actuación de la vanguardia en el campo, en detrimento del criterio político, error que aun el recurso a los planteamientos de Mao Tse-tung no ha podido corregir. En efecto, al hacer hincapié en los aspectos técnicos que envuelve la preparación de la guerrilla rural, la izquierda brasileña se olvida de que éstos son secundarios. El decir secundarios no significa que no sean de vital importancia para el éxito de la operación, sino que no deciden por sí la realización de la misma; para dar un ejemplo, la elección de la zona de acción no puede subordinarse primariamente a sus características topográficas y logísticas, sino más bien a las condiciones políticas que ahí prevalecen. Como puntualizaba Clausewitz: “Sería un contrasentido subordinar el punto de vista político al militar, porque la política es lo que engendra la guerra; ella es su inteligencia y la guerra su instrumento, no al revés.” El mismo Clausewitz distinguía con gran lucidez los niveles en que actúan los criterios políticos y los criterios técnicos: “Es obvio que la política no entra profundamente en los detalles de la guerra; no se establecen puestos avanzados, ni se conduce una patrulla en función de la política; pero ella ejerce una influencia decisiva en la elaboración de los planes de guerra y frecuentemente inclusive en el dispositivo de las batallas.”

En Brasil, la extensión del capitalismo en el campo engruesa constantemente las filas del proletariado agrícola, y tiende a engendrar, ya sea una acción organizada en pro de reivindicaciones de empleo y de salario, ya la violencia espontánea por cuestiones inmediatas de supervivencia. En estas condiciones, sólo en donde el trabajo entre las masas no puede prescindir del respaldo de las armas se justifica el foco guerrillero. Y aun allí, es necesario considerarlo en su justa medida, es decir, no tanto como el embrión de un posible ejército revolucionario, sino más bien como lo que verdaderamente es: un instrumento de propaganda armada, que repite, en cierta medida, una experiencia familiar en la lucha de clases brasileña, la de la Columna Prestes. Esto no quiere decir que el foco guerrillero no pueda ser también la base de un ejército revolucionario: hacer hincapié en ello ahora, desde este punto de vista, sería, sin embargo, jugar sobre el futuro, profetizar que el proceso brasileño será similar al de China —para lo que habrían de concurrir muchos factores, principalmente la intervención decidida del imperialismo norteamericano. Por verosímil que parezca esa intervención, no lo es todavía en la situación a que nos enfrentamos en este momento, ni llegará a serlo mientras no se lleve a cabo la tarea fundamental de la vanguardia revolucionaria: realizar en la práctica el frente de los trabajadores de la ciudad y del campo.

Cabría señalar aquí que la identificación de la lucha armada con la actuación de comandos urbanos y de destacamentos guerrilleros en el campo hace caso omiso de las experiencias más visibles que, en materia de violencia, nos han proporcionado las luchas de clases en años recientes. Además de los conflictos por la tierra, que son una constante en regiones económicamente rezagadas o en proceso de asentamiento demográfico, la violencia de masas estuvo presente en Río de Janeiro, en la huelga general de julio de 1962, así como en Brasilia, en 1964, en forma muy similar a lo que constituye ya una tradición en el nordeste: el asalto a tiendas de alimentos en las ciudades y pueblos del interior por masas hambrientas, que se desplazan en busca de trabajo. En ambos casos, tenemos acciones espontáneas del subproletariado urbano y rural, que se agotan en sí mismas, por falta de perspectiva política. La marcha inexorable del capitalismo brasileño no puede sino agudizar esa tendencia, pero la izquierda está obligada a imprimirle el carácter de una forma de lucha conscientemente revolucionaria.

No existe, de hecho, ninguna razón para identificar la lucha armada con ésta o con aquella forma de actuación de la vanguardia, ni mucho menos con este o aquel sector de las clases explotadas. La lucha armada corresponde a una forma general de la lucha de clases, aquélla que se afirma en la etapa en que las clases revolucionarias, tras adquirir conciencia y organización mediante una serie de combates parciales, se deciden a pasar a la ofensiva y a arrancar de las manos el poder político que detenta el capital. El papel de la vanguardia no es el de anticiparse a las masas, ni siquiera el de intentar dirigirlas en todos sus movimientos, como si se tratara de regimientos jerárquicamente dispuestos. El papel de la vanguardia consiste en luchar al lado de los trabajadores, allí y cómo éstos se lanzan al combate, esforzándose por elevar su nivel de conciencia y por desarrollar las formas de organización que ellos mismos se dan. Ante todo, su papel es el de proporcionar a las clases revolucionarias una dirección política, mediante la cual las luchas parciales que ahora se libran se encaucen progresivamente hacia el asalto directo al bastión de la burguesía.