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Subdesarrollo y Revolución

Ruy Mauro Marini


Fuente: Ruy Mauro Marini, Subdesarrollo y revolución, Siglo XXI Editores, México, (quinta edición) 1974, pp. 141-190.

Capítulo III. EL MOVIMIENTO REVOLUCIONARIO BRASILEÑO

(2a. parte)

2. Lucha armada y lucha de clases

Partido versus clase
Acumulación y lucha de clases
La nueva izquierda
Hacia la lucha armada
El gran viraje
El militarismo de izquierda
La crisis
El sentido de la crisis

 

2. Lucha armada y lucha de clases

El desarrollo reciente de la izquierda brasileña presenta dos características principales: de un lado, el quiebre de la ideología reformista y de la política de colaboración de clases, y, de otro, la emergencia de la lucha armada como criterio rector de la acción revolucionaria. Aunque estrechamente vinculados entre sí, estos dos fenómenos corresponden a momentos distintos del proceso político y contribuyen de manera específica a conformar la situación que atraviesan actualmente las organizaciones de vanguardia en el país. Trataremos de analizarlos aquí, en la inteligencia de que todo intento para aclarar la problemática a que se enfrenta hoy el movimiento revolucionario en Brasil representa un esfuerzo para encaminar su solución.

Partido versus clase

El reformismo y la colaboración de clases correspondieron a las condiciones del desarrollo capitalista brasileño en el período de posguerra y a los cambios de allí derivados para las relaciones de clases. Animada por una expansión ininterrumpida, la economía brasileña agotó, en esa fase, las posibilidades de la industrialización sustitutiva de importaciones en el renglón de bienes de consumo, con lo que el crecimiento de este sector de producción pasó a estar determinado por el aumento del mercado interno. Las condiciones para una acelerada reproducción del capital que allí existían se han visto así reducidas, lo que impulsó al capital a desplazarse hacia aquel sector de la economía en donde era posible seguir llevando a cabo la sustitución de importaciones —la industria de bienes intermedios, de capital y de consumo durables. Este proceso se cumplió sin que se modificara profundamente la estructura agraria del país, y mediante una participación creciente de los monopolios extranjeros en el mismo.

En la primera etapa de la industrialización, es decir, antes de consumarse el cambio de tendencia expresado por la dislocación de su eje dinámico para la industria pesada, se había observado un aumento relativamente importante del proletariado fabril, mediante la incorporación a la producción de efectivos de fresco origen campesino o desplazados del sector artesanal, y un incremento aún más acentuado de las capas medias, gracias a la expansión de los servicios públicos y privados. Efectuado el cambio de tendencia, hacia la mitad de los años cincuenta, el rasgo más saliente de la estructura social pasó a ser el crecimiento del contingente urbano de masas sin trabajo o de ocupación ocasional, así como la proletarización y la pauperización de las capas medias. Al propio tiempo, la burguesía industrial, que se había reforzado a lo largo de todo el período, aceleró su desdoblamiento interno, conformando dos capas que pasaron a oponerse de manera cada vez más visible: la primera, vinculada al gran capital nacional y asentada principalmente en la industria pesada, representaba una fracción reducida, dado su carácter marcadamente monopolístico, y marchaba rápidamente hacia la integración con los grupos extranjeros; la segunda, referida a las empresas medias y pequeñas, y teniendo como base exclusiva a la industria ligera, constituía una capa más numerosa y disponía de una relativa fuerza política, la cual se fue debilitando a medida que el país se adentraba en la década de los sesenta.

A esa estructura social urbana correspondía una estructura agraria caracterizada por el binomio empresas capitalistas-latifundios tradicionales, dominados éstos por una clase de grandes propietarios que derivaba de la renta de la tierra una parte importante de sus ingresos. El alto grado de concentración de la propiedad territorial hacía que esa cúspide se expresara en un grupo social estrecho, que descansa sobre una amplia base de trabajadores asalariados y de pequeños productores individuales, apareciendo estos últimos bajo distintas formas, que se reducen básicamente al minifundista y al arrendatario. La subordinación del latifundio tradicional a la economía de mercado llevaba a que las fronteras entre el obrero agrícola y el pequeño productor fueran imprecisas, y que el mismo trabajador las cruzase periódicamente en uno o en otro sentido; las grandes disponibilidades de mano de obra así obtenidas por los dueños de capital conducían a que el aumento de la producción agrícola, inducido por la expansión de la demanda urbana, se lograra mediante el empleo extensivo de la fuerza de trabajo, lo que se traducía en la más despiadada explotación de la población rural. Hacia fines de los años cincuenta, bajo el influjo de la agitación promovida en el nordeste por las Ligas Campesinas, la inmensa realidad de ese Brasil agrario empieza a influir en el desarrollo de las luchas políticas de la ciudad.

Tales luchas habían arreciado ya en la primera mitad de la década, movidas por los intereses de la burguesía industrial, que se enfrentaba a la burguesía agraria en lo referente a las prioridades de inversión —lo que repercutía tanto en el rumbo de la política cambiaria como en las decisiones relativas al gasto público, para dar algunos ejemplos. Simultáneamente, esa misma burguesía industrial se dividía en cuanto a la posición a adoptar frente al capital extranjero, principalmente el norteamericano, que embestía entonces sobre el prometedor campo de inversión representado por el Brasil. En el marco de esos conflictos, y provocado en cierta medida por ellos, irrumpió, a principios de la década de 1950, el movimiento nacionalista, entusiastamente apoyado por amplios sectores de la pequeña burguesía, el cual se proponía defender la alternativa de un desarrollo capitalista autónomo para el país y llevar a cabo algunas medidas de tipo democrático burgués que tal desarrollo parecía requerir, principalmente la reforma agraria.

Tras un momento de vacilación, la principal fuerza de izquierda, el Partido Comunista Brasileño, se adhirió al movimiento nacionalista. Definiendo su contenido en términos de una lucha antiimperialista y antifeudal, el PCB le señaló como cauce el camino pacífico, como instrumento las reformas y, como garante, el frente único de la burguesía con la clase obrera. La extremada juventud del proletariado brasileño, el carácter todavía fluido de las contradicciones entre el trabajo y el capital, y las condiciones favorables de la coyuntura económica hicieron de esa política todo un éxito: el PCB penetró fácilmente en los sectores obreros y medios, aumentó su área de influencia y se convirtió, para fines de la década, en una pieza importante del juego político brasileño.

Al decir que la política del PCB constituyó un éxito, la estamos considerando exclusivamente en la perspectiva desde la cual el Partido planteaba su participación en la lucha de clases: su propio fortalecimiento. En efecto, aunque trajo crecimiento y prestigio al Partido, lo encauzó hacia una dirección que no guardaba proporción con los fines inmediatos que él se proponía, ni con los objetivos estratégicos que, en tanto que organización marxista, deberían orientar su acción. La política nacionalista y reformista expresada por la burguesía industrial y respaldada por el PCB fue incapaz de impedir la embestida llevada a cabo por el imperialismo sobre la economía nacional y tampoco logró mejorar las condiciones de vida de las masas rurales. Bien al contrario, fue precisamente en el curso de los años cincuenta que los monopolios extranjeros —mediante los mecanismos de la asociación de capitales, del control financiero y de la subordinación tecnológica— ampliaron y consolidaron su dominación interna, mientras el campo se plegaba definitivamente a la hegemonía del sector capitalista más avanzado, con sede en las ciudades, agravando la explotación de los trabajadores. Con ello, el PCB no sólo contribuyó a agrandar el poderío del gran capital (hecho reflejado en el contenido cada vez más “desarrollista” y cada vez menos nacionalista y reformista de la política económica), sino que neutralizó el aspecto positivo que se derivaba de allí: la mayor concentración de la clase obrera, la cual no pudo traducirse en el surgimiento de una fuerza política independiente ante la burguesía; inversamente, gracias al proceso de domesticación llevado a cabo por la burguesía con apoyo del PCB, el proletariado fue relegado a una posición subordinada, convirtiéndose en una fuerza auxiliar de que se valían algunas fracciones burguesas en su lucha contra las demás.

La política del PCB, aunque aparentara ser un éxito para el Partido, representó en realidad un fracaso si se le enfoca a partir de los intereses de los trabajadores. Se planteaba así una contradicción entre el punto de vista del Partido y el punto de vista de la clase. Las razones profundas de esa contradicción tienen que ver con la naturaleza misma de la concepción teórica y de la práctica política reformista, adoptadas por el PCB.

Señalando como objetivo inmediato la obtención de reformas parciales en el sistema de explotación, mediante las cuales la clase reúne condiciones y acumula fuerzas para, en una segunda etapa, volverse contra el mismo sistema, el reformismo es una caricatura de la estrategia leninista y refleja una concepción irreal del desarrollo capitalista en nuestros países. En efecto, separa mecánicamente dos aspectos de la lucha revolucionaria del proletariado, los cuales están estrechamente vinculados, en el tiempo y en el espacio: la movilización independiente y orgánica de la clase por sus fines socialistas y el aislamiento progresivo del enemigo a combatir —la burguesía— mediante el arrinconamiento, la neutralización o la atracción a la esfera de la política obrera de las clases o capas que contribuyen a la mantención de la dominación burguesa. El elemento central de la estrategia leninista es siempre la formulación y la implementación de una política obrera, de lucha por el socialismo, y el enemigo a combatir, en última instancia, es la burguesía; simultáneamente, y con carácter táctico, esto es, con el fin de reforzar la línea estratégica central, se plantean combates parciales con otras fuerzas que integran el sistema burgués de dominación. Al perder esto de vista, el reformismo trastoca táctica y estrategia, confunde medios y fines, y acaba por poner en práctica una política de colaboración de clases que, al sacrificar la movilización independiente del proletariado, deja a éste sin conducción política, entregado al juego de apetitos que prevalecen en el interior del bloque dominante.

Del mismo modo como separa el momento táctico del tiempo estratégico y los erige en dos etapas sucesivas, esa política distingue mecánicamente las formas de explotación contenidas en el sistema capitalista, rubricándolas de feudales, capitalistas e imperialistas, de acuerdo a la apariencia que revisten. No se preocupa con ello de conocer los nexos reales que esas formas mantienen entre sí ni de determinar qué principio las articula. Muy al contrario, se agarra a la abstracción de un sistema capitalista puro, a un modelo ideal que no encuentra correspondencia en ningún sistema capitalista concreto existente, lo que lleva una vez más al reformismo a distinguir etapas sucesivas en lo que coexiste en un solo tiempo y a desdoblar su plan de lucha en varios tiempos. Entre el equívoco teórico y la desviación práctica se establece pues una simbiosis, cuyo resultado es dejar a los viejos partidos comunistas evolucionando a una distancia cada vez mayor de la línea que demarca el campo de la acción revolucionaria.

Del seno de la lucha de clases y ante el vacío de conducción que afecta a las clases trabajadoras brasileñas va a surgir la fuerza que se propone realizar esa acción —la izquierda revolucionaria. Ésta aparece, inicialmente, como una práctica política que, sin salirse todavía del marco institucional, se lleva a cabo fuera del control de la izquierda reformista —como es el caso de las Ligas Campesinas—, o como brotes de contestación ideológica al reformismo, cuyo primer fruto orgánico es la Organización Revolucionaria Marxista —Política Operária (POLOP)—, creada a principios de los años sesenta. Sin relación entre sí, estas dos tendencias se acercan posteriormente, sin llegar empero a fusionarse, al tiempo que, pese a que no se derivan de allí, tienen su desarrollo favorecido por el curso que asume la Revolución cubana. Sus raíces profundas deben buscarse en la dialéctica misma del desarrollo capitalista en Brasil, y su evolución ulterior, en la crisis coyuntural al que éste ingresa a partir de 1962. Los dos fenómenos no son, por lo demás, excluyentes: es la crisis coyuntural la que pone al desnudo la esencia del capitalismo brasileño y permite que se echen las bases de una teoría revolucionaria, que enmarcará el desarrollo de la nueva izquierda.

Acumulación y lucha de clases

Lo que el desarrollo capitalista brasileño exhibe crudamente, en los años sesenta, es el hecho de que se realiza con base en un proceso de acumulación de capital llevado a cabo en condiciones marcadamente monopolísticas de los medios de producción, condiciones éstas agravadas por los efectos que acarrea la incorporación de una tecnología ahorradora de mano de obra, importada de los países capitalistas centrales. Esto provocó una concentración acelerada de la riqueza en el polo capitalista de la sociedad y desempleo, subocupación y pauperismo en el polo que corresponde al factor trabajo, engendrando una situación contradictoria, en la que el crecimiento del excedente económico invertible se acompaña de una retracción relativa de las posibilidades de inversión. La crisis coyuntural de 1962 fue la primera expresión de este proceso; la política económica del régimen militar implantado en 1964, así como este mismo régimen, representó una segunda expresión, aquélla mediante la cual el gran capital trató de someter a su control la lucha de clases desencadenada por esa forma de acumulación.

Para comprender el sentido de la dinámica social brasileña a principios de la década pasada, hay que considerar inicialmente la situación de la burguesía. La diferenciación de los sectores de producción, motivada por el desarrollo de la industria pesada, y la asociación progresiva de los grupos burgueses vinculados a ésta con el capital extranjero, no hicieron sino acusar la estratificación interna de la clase. Hasta entonces, la acumulación capitalista se había basado en la explotación extensiva de la mano de obra, mediante la incorporación de más trabajadores a la producción o la extensión de la jornada de trabajo. El motor de la acumulación era, pues, la plusvalía absoluta [1] y el marco en que se llevaba a cabo era la concentración de capital, con lo que el reparto de la plusvalía total estaba determinado por la dimensión misma del capital invertido, manteniéndose así dentro de límites aceptables para los distintos estratos burgueses.

La introducción de nuevas técnicas de producción, que acompañó al doble fenómeno del surgimiento de la industria pesada y de la penetración masiva de capitales extranjeros, cambió esa situación: incidiendo directamente en la productividad del trabajo, proporcionó una plusvalía extraordinaria a los grupos burgueses que participaron de ese proceso. La consecuencia de esto fue acelerar la concentración del capital en beneficio de estos grupos y en detrimento de aquéllos que debieron seguir utilizando la tecnología tradicional.

Sin embargo, ello no se tradujo de inmediato en fuertes tensiones internas, por dos razones. La primera se debió a que el desarrollo logrado por el gran capital, principal beneficiario de la nueva tecnología, se hizo en una esfera distinta a aquélla en que actuaban los capitales medianos y pequeños, ya que se dirigió, como señalamos, a los renglones donde se abrían mayores posibilidades de sustitución de importaciones, y, por tanto, de mercado; al hacerlo, creó nuevas oportunidades de expansión a los capitales de menor porte, como sucedió, por ejemplo, con la industria automotriz, a cuya sombra surgieron empresas de autopiezas cuya dimensión no sobrepasaba a la media. La segunda razón residió en que, aun cuando el gran capital actuó en la misma esfera que los demás, no trató de desplazar a los capitales de menor capacidad productiva: se limitó a realizar la plusvalía extraordinaria, es decir, aumentó su cuota de ganancia sin amenazar la supervivencia de las empresas más rezagadas; así, por ejemplo, en el sector textil, el abanico salarial existente no variaba significativamente según el tamaño y el grado de tecnificación de las empresas, y tampoco variaban los precios de los productos llevados al mercado.

De esta manera, pese a que la nueva etapa del desarrollo capitalista brasileño se caracterizaba por una acelerada concentración del capital en favor de una reducida fracción de la burguesía, generaba efectos secundarios que permitían a la burguesía en su conjunto aprovecharse de la expansión de allí derivada y enmascaraba así para los demás sectores burgueses la posición desventajosa en que iban quedando. La euforia desarrollista de la segunda mitad de 1950 reflejó esa situación e hizo posible que el enfrentamiento entre las distintas capas burguesas se realizara en un clima de cordial liberalismo. El mismo gobierno que dispensaba con una mano favores al movimiento nacionalista, permitiéndole cristalizarse ideológicamente (a través de instituciones como el Instituto Superior de Estudios Brasileños, creado por Juscelino Kubitschek), abría de par en par, con la otra mano, las puertas de la economía nacional al capital foráneo (al dar plena vigencia a la Instrucción 113, que concedía amplias facilidades y ventajas a las inversiones extranjeras). Por otra parte, una vez que el capitalismo era todavía capaz de crear nuevos campos de inversión, la cuestión de las reformas se mantenía en un segundo plano para la conciencia burguesa, lo que impidió que se tomara al respecto cualquier iniciativa.

Más que secundarios, estos efectos de la concentración de capital eran pasajeros y, acabarían por poner a la economía en una encrucijada. En efecto, la concentración no implicaba tan sólo un drenaje de plusvalía hacia aquella fracción de la burguesía que tenía asiento en la industria pesada: implicaba también, como vimos, que esa gran burguesía aumentara sus ganancias sin cambiar el modo de producción que las condiciones técnicas de las empresas más rezagadas establecían; con ello, se bloqueaba la transformación de la plusvalía extraordinaria en plusvalía relativa, única manera de elevar el nivel de la acumulación en su conjunto, y se impedía la misma reproducción ampliada del sistema. Es por lo que, llegado un cierto momento, los distintos mecanismos de reproducción del capital vigentes en el sistema se mostrarían irreconciliables y surgiría la necesidad de homogeneizar las formas de explotación del trabajo en toda la economía.

Ahora bien, la dinámica propia de la industria ligera configuraba una tendencia rigurosamente opuesta. Frente a la mayor capacidad del gran capital para apropiarse tajadas crecientes de la masa total de plusvalía, las capas burguesas inferiores reaccionaban mediante la elevación de la plusvalía absoluta (es decir, intensificando la superexplotación del trabajo); aunque esto beneficiara al gran capital, les proporcionaba a ellas mayores ventajas, puesto que, por el hecho mismo de disponer de una tecnología inferior, empleaban más mano de obra. Así, al tratar de extender al conjunto de la economía su modo de acumulación, el gran capital iría a chocar con la resistencia tenaz de los grupos vinculados a la mediana y a la pequeña empresas.

El conflicto no tardaría en estallar. El comportamiento de estos grupos llevaba a que la industria liviana se mostrara incapaz de crear condiciones dinámicas para la realización de la producción de la industria pesada, lo que se constituyó en un factor limitativo de la expansión de ésta, impidiéndole incluso evolucionar hacia formas de producción más sofisticadas. Copadas sus posibilidades de inversión en este campo, el gran capital se volvió hacia atrás, es decir, fue a buscarlas allí donde el margen de elevación de la plusvalía relativa era todavía amplio —la industria ligera. La dialéctica misma de la acumulación capitalista la llevaba así a pasar, después de una fase acelerada de concentración de capital, a una fase de centralización y a amenazar la posición de las empresas menores, rompiendo la complementariedad de intereses que había prevalecido hasta entonces entre las diversas fracciones de la burguesía.

La coyuntura política registró esa situación de manera aparentemente contradictoria, cuando, después de la euforia desarrollista de la década de 1950 y tras la derrota electoral de las corrientes dirigidas por el reformismo, se constituyó, a principios de 1961, el gobierno encabezado por Janio Quadros. Apoyado por un conjunto heterogéneo de fuerzas, Quadros se encaminó en el sentido de conformar un poder bonapartista, capaz de imponerse como árbitro en la política nacional. Sin embargo, como se verifica siempre en estos casos, la línea central de la acción gubernamental iría a corresponder a los intereses de la gran burguesía en hacer avanzar la centralización del capital, promoviendo simultáneamente la integración definitiva del gran capital nacional al capital extranjero. Por otra parte, el gobierno manifestaría su intención de reformar las estructuras de la economía brasileña, subrayando sin embargo que lo haría sin aceptar cualquier tipo de presión de masas.

La reacción de los grupos burgueses a quienes no convenía esa política se dará a partir de allí. Por un lado, harán su oposición al gobierno con base en los planteamientos nacionalistas, con el fin de dificultar la integración al capital extranjero, y por otro, necesitados del apoyo de las clases populares, tratarán de frenar la afirmación política de Quadros mediante el estímulo a las presiones de las masas en pro de sus reivindicaciones económicas y políticas. La división de las fuerzas burguesas favorecía así al movimiento de masas, el cual adquirirá un dinamismo creciente, que se traduce en el fortalecimiento del reformismo.

Ese fortalecimiento era, sin embargo, engañoso. La manera como las distintas capas burguesas se habían beneficiado de la industrialización implicaba, para las masas trabajadoras y la misma clase media asalariada, desventajas evidentes. Además del deterioro constante de su nivel de vida, contrapartida necesaria de la elevación de la tasa de plusvalía absoluta, su nivel de empleo también se resintió. En efecto, la restricción de las oportunidades de empleo, en las áreas en que el gran capital generalizara el uso de técnicas más sofisticadas de producción, sólo en parte pudo compensarse con la expansión verificada en la pequeña y en la mediana empresas. La misma concentración de capital en favor de las unidades productivas más tecnificadas condujo a que, aun en el período que correspondió a la euforia desarrollista, la fuerza de trabajo fuera arrancada de sus condiciones vegetativas de subsistencia, y viniera a gravitar en cantidades siempre más ponderables en torno al capital, sin que éste le proporcionase oportunidades suficientes de inserción en el aparato de producción. Este fenómeno, que caracterizaba al conjunto de la economía brasileña y que incidía también en el campo, fue responsable de que se produjera, en ese entonces, el aumento vertiginoso de masas sin trabajo o de ocupación ocasional.

El dinamismo febril verificado en la economía industrial, gracias a los frentes de inversión que el desarrollo del gran capital creaba para sí y para las capas capitalistas inferiores, enmascaró entonces la gravedad del fenómeno, una vez que permitía a uno o más miembros de la familia lograr esa inserción. Sin embargo, la estrecha correspondencia entre el desarrollo del gran capital y el proceso de concentración llevó, como señalamos, a que los grupos burgueses más rezagados hicieran jugar con fuerza siempre creciente el mecanismo de la plusvalía absoluta, en lo que fueron imitados por los sectores agrarios. El grado de explotación del trabajo tendió así a intensificarse, principalmente en las zonas rurales, en donde era menor el poder de discusión de los trabajadores.

En el momento en que la concentración del capital llevó a acentuarse el proceso de centralización del mismo, esto no sólo condujo a una mayor presión burguesa sobre las masas en el sentido de aumentar la plusvalía absoluta, sino que, siendo un resultado de la pérdida de dinamismo de la economía, hizo que la restricción a las oportunidades de empleo se extendiera a todos los sectores. Las contradicciones de clase se agudizaron y buscaron una forma de expresión política, hecho visible ya en la campaña electoral de Quadros y en la derrota sufrida por las corrientes reformistas en las elecciones presidenciales de 1960.

La derrota del reformismo evidenció un hecho de gran trascendencia, que habría de acentuarse rápidamente: el de que las masas trabajadoras empezaban a deslindar sus reivindicaciones de los intereses propiamente burgueses y a ganar autonomía de acción. Al contrario de lo que creyó entonces el reformismo, el apoyo popular a la candidatura de Quadros no fue tan sólo el fruto de una confusión provocada por la demagogia de éste, sino un resultado de la búsqueda de expresión política por parte de las masas. En efecto, el acento que pusiera la campaña reformista en el nacionalismo había sido captado por éstas como lo que realmente era: la expresión ideológica del conflicto interburgués, cuya resolución no les abría mayores perspectivas. Carentes de otra alternativa, las masas se volvieron hacia Quadros, quien, respondiendo al apremio del gran capital en el sentido de romper los límites con que chocaba su expansión, enfatizaba la necesidad de las reformas estructurales.

El ascenso de Goulart a la presidencia, con base en una amplia movilización de masas en 1961, tras la renuncia intempestiva de Quadros, revistió la forma de un auge reformista, pero estaba signado por una creciente radicalización de las mismas. Con ello, se configuraba una situación en la que los intentos hechos por el reformismo para acaudillarlas en función de planteamientos nacionalistas acaban por tener que plegarse a las reivindicaciones económicas que ellas planteaban. Los sectores de la burguesía que habían apoyado a Goulart, se dieron progresivamente cuenta de esto y empezaron a retirarle su apoyo. Al hacerlo, lo llevaron a depender cada vez más de la dinámica del movimiento de masas. La radicalización de corrientes reformistas, principalmente de las que se identificaron con el liderazgo de Leonel Brizola, acabó por acercarlas cada vez más a la fuerza que buscaba representar sus intereses más legítimos, es decir, a la joven izquierda revolucionaria.

La nueva izquierda

Considerando exclusivamente a las fuerzas que seguirán jugando un papel importante a lo largo de la década de 1960, el espectro de esa izquierda era, al momento del golpe militar de 1964, bastante variado. Además de la POLOP (las Ligas llegaron a organizarse efímeramente en el Movimiento Radical Tiradentes, pero entraron progresivamente en un proceso de desintegración), habría que destacar a la Acción Popular, que agrupaba a los católicos de izquierda; al PC del Brasil, una escisión del PC Brasileño, que adoptara, más por razones de supervivencia que de principios, una posición prochina; y una corriente nacionalista de izquierda, expresada principalmente por Leonel Brizola, ex gobernador de Río Grande do Sul.

La característica general de todas esas tendencias era la de abrir cauces orgánicos a la polarización hacia la izquierda que se producía en el movimiento de masas, principalmente en los sectores de clase media, lo que dio una posición privilegiada en todas ellas a elementos provenientes de la pequeña burguesía, principalmente estudiantes, profesionales y militares. Sin embargo, esa hegemonía pequeñoburguesa no debe oscurecer el hecho de que, en mayor o menor grado, esa izquierda se vinculaba a sectores importantes de campesinos, en el nordeste, y también en el centro-sur; a fracciones de las masas urbanas sin trabajo o de ocupación ocasional, en el centro-oeste; y a las capas subalternas de las fuerzas armadas, como los sargentos y, en grado más significativo, los marinos. Esa base de masas llegaba incluso a la mediana burguesía y aún más —allí donde era menor el control del PCB— a la misma clase obrera.

Se verificaban así, de hecho, las premisas de un amplio movimiento revolucionario, con su propia base de masas y su vanguardia política. Es por lo tanto natural que, al, encontrarse ante el hecho consumado del golpe militar, llevado a cabo con notable facilidad, esa vanguardia política y las mismas masas se preguntasen, perplejas, cómo se había producido. La primera respuesta —la crítica a la política del PCB— tenía naturalmente su validez, principalmente por el efecto inhibitorio que dicha política ejerció en la clase obrera. Pero no era suficiente, sobre todo si consideramos que, hasta el momento del golpe, el PCB, por cuestionado y combatido que fuera, se computaba en los cálculos de la izquierda revolucionaria, principalmente como un factor de contención de la derecha. La ligereza con que se presentó al PCB como el único culpable de la derrota tendría efectos sumamente negativos en el desarrollo ulterior de la izquierda revolucionaria, una vez que cerró el camino a una discusión más profunda de sus propios errores.

Una segunda línea de explicación está basada en la división que reinaba entonces entre las filas de la izquierda. En cierta medida, trátase de un hecho real. Sólo vistas en su perspectiva histórica, las corrientes políticas más poderosas, en términos de movilización popular, pueden ser incluidas en el núcleo de la izquierda revolucionaria: en el curso de los sucesos que precedieron al golpe, Brizola se enfrentaba a la desconfianza, por parte de ésta, y el más ligero desplazamiento hacia la izquierda dejaba envueltos en la misma desconfianza a los que quedaban atrás.

Sin embargo, por graves que fueran los problemas que creaba el sectarismo, no hay que exagerar su alcance. En el terreno de la práctica política, esa actitud se desvanecía en una amplia medida, permitiendo que se conformaran los dos grandes bloques en que se dividía entonces la izquierda —el reformista y el revolucionario—; los enfrentamientos intergrupos en el seno del bloque revolucionario, si le restaban eficiencia, no le impedían ejercer su influencia en el curso de los acontecimientos, del mismo modo como el conflicto interbloques no privaba a la izquierda en su conjunto de tener presencia en el plano político. Basta recordar, al respecto, esa expresión de coexistencia pluralista que representó el Frente de Movilización Popular, auténtico parlamento de las izquierdas, así como la acción común que éstas pudieron emprender en circunstancias críticas, como por ejemplo en octubre de 1963, cuando Goulart intentó implantar el estado de sitio.

Las razones del fracaso de la izquierda para enfrentarse con éxito a la coyuntura política han de buscarse, por tanto, a un mayor nivel de profundidad y serán ellas las que nos permitirán comprender por qué no logró contrabalancear el peso del reformismo y enfrentarse con éxito al golpe militar. En último término, esas razones se reducen a su incapacidad para captar la esencia del proceso que estaba viviendo y afirmar allí una estrategia global de acción. En la medida en que visualizaron aspectos parciales de ese proceso, desde perspectivas limitadas, las distintas fuerzas de izquierda tendieron a plantearse antagónicamente en la lucha de clases, sin poder constituir pues el bloque unido que la situación creada en 1964 les exigió.

Señalamos ya que el factor principal que caracteriza a la coyuntura brasileña a principios de la década fue la irrupción del movimiento de masas en la vida política, en la cual reinara hasta entonces soberanamente la burguesía. Ese hecho mismo acarreaba como consecuencia el fortalecimiento del reformismo, es decir, de la tendencia que procura afirmarse en la esfera de la política burguesa con base en la dinámica de las clases explotadas. Pero la recíproca era también verdadera: la aceleración de la dinámica de las masas restaba al reformismo cualquier viabilidad, en tanto que fórmula de solución a los problemas planteados por la lucha de clases, y apuntaba necesariamente hacia una salida revolucionaria. La tarea de la izquierda consistía en facilitar esa transición, proporcionando al movimiento de masas la conducción política necesaria.

Entre los grupos que intentaron entonces crear condiciones para ello, se destaca sin duda la POLOP. Por un lado, realizó una seria labor de formación de cuadros, que benefició ampliamente a la mayoría de las organizaciones que actúan en el presente en Brasil. Por otro lado, su elaboración teórica y la lucha ideológica que libró contra el reformismo ejercieron considerable influencia en las concepciones de la mayoría de esas organizaciones, además de haber contribuido a la ola de escisiones que sufrió el PCB hacia 1967. Si tales razones no bastaran para justificar su estudio, habría otra más, decisiva: al pretender sistematizar un cuerpo de ideas sobre la revolución brasileña, la POLOP acusó mejor que cualquier otra los principales aspectos de la concepción que subyacía a la práctica política de las distintas fuerzas y abrió una tradición teórica que marca profundamente la actual izquierda revolucionaria de Brasil, incluso en sus desviaciones. Los elementos centrales a considerar en este análisis serían básicamente los siguientes: a) la cuestión del carácter de la revolución brasileña; b) la determinación de las clases revolucionarias y sus aliados; y c) la forma que asumiría el proceso revolucionario en las condiciones concretas del país.

En lo referente al primer punto, cupo a la POLOP plantear por primera vez el carácter socialista de la revolución brasileña, iniciando una discusión que permanece todavía encendida en el seno de la izquierda, a través de la actual controversia entre revolución socialista y revolución de liberación nacional. En aquel entonces, el planteamiento de la POLOP se encaminaba directamente a cuestionar la concepción reformista que, al hablar de revolución antiimperialista y antifeudal, le confería necesariamente a la revolución un carácter democrático-burgués. De allí se derivaba la tesis reformista del frente único entre la burguesía y la clase obrera, principal blanco de los ataques de la POLOP, que percibía claramente que, dadas las condiciones de atraso político que primaban en el proletariado, ese frente conducía a la inevitable subordinación de la clase a la política burguesa.

No insistiremos aquí en el ultraizquierdismo de la POLOP, que la llevó, para retirar al reformismo su principal punto de apoyo, es decir, el concepto de una burguesía nacional antiimperialista y antifeudal, a desconocer los conflictos internos que se estaban produciendo dentro de la clase burguesa. En efecto, si esto le impidió muchas veces a la organización sacar partido de la coyuntura política, representó un error de táctica, más que un error estratégico. Muy pronto, ese concepto sería negado por los sucesos mismos de 1964, y las contradicciones interburguesas, así como los conflictos entre la burguesía y el imperialismo, mostraron ser lo que realmente son: factores secundarios que sólo un movimiento revolucionario maduro puede explotar en beneficio propio.

Más importante para la acción práctica en aquel entonces, y para el desarrollo futuro de la izquierda revolucionaria, fue el hecho de que la POLOP aceptara la concepción generalizada en toda la izquierda respecto a la forma del proceso revolucionario, que privilegiaba a la ciudad en relación al campo y concebía ese proceso como una insurrección de masas dirigida por la clase obrera. La aceptación de esa concepción influenció definitivamente la práctica de la POLOP, en dos sentidos.

En primer lugar, le impidió preocuparse de su propio aparato armado. Desde su punto de vista, la lucha armada se entendió siempre como un levantamiento de masas urbanas, apoyadas por las capas militares inferiores. No preveía la posibilidad de una lucha prolongada, que implicaría necesariamente un aparato militar partidario capaz de desencadenar acciones de guerrillas urbanas y rurales. Lo máximo a que llegó la organización fue a la previsión de una estructura semiclandestina, que le permitió ser la única fuerza capaz de continuar operando con relativa eficiencia en el período inmediato al golpe militar.

En segundo lugar, ese planteamiento estratégico llevó a la POLOP, en la medida en que se preocupó solamente de penetrar en la clase obrera, a centrar su actuación precisamente en el terreno que le era más desfavorable: el proletariado industrial de las grandes ciudades, en donde eran fuertes las posiciones del PCB. La organización facilitó así su propia neutralización y no supo sacar partido de lo que la experiencia estaba mostrando, esto es, que progresaba más rápidamente en sectores como el campesinado, los estudiantes y los obreros no organizados, subempleados o cesantes, principalmente cuando estos últimos se ubicaban fuera del eje más industrializado de Río y São Paulo. Sólo en las fuerzas armadas, donde la influencia del PCB se encontraba en declinación o era inexistente, la POLOP obtuvo cierto éxito, aunque debió enfrentarse a la competencia de Brizola.

Sin disponer de aparatos armados y carente de una base de masas significativa, la POLOP debió escudarse detrás de sus principios, para lograr afirmarse en el seno de la izquierda. Sus relaciones con las otras fuerzas estuvieron, pues, signadas por una gran intransigencia, cercana al dogmatismo e indudablemente sectaria. Con ello, lo que constituía su consigna táctica inmediata —el frente político revolucionario, capaz de contrabalancear el peso del reformismo— se vio seriamente perjudicado.

Los principios políticos que no logran una concreción práctica acaban por dejar de ser una guía para la acción para convertirse en factores inhibitorios. Es por lo que, aunque planteara correctamente la necesidad de un frente de la izquierda revolucionaria, que incluyese a todas las organizaciones y tendencias a la izquierda del PCB, la POLOP sólo en una escala muy limitada contribuyó a su formación. La escasa fuerza política de que disponía dificultó la aplicación de su línea frentista, ya porque reducía el alcance de su influencia, ya porque producía en la misma organización una sensación de inseguridad. Sin embargo, principal limitación de la POLOP para favorecer la aglutinación de la izquierda revolucionaria (lo que constituía, sin embargo, la única alternativa de enfrentar las maniobras golpistas de la derecha) se debió principalmente a su incapacidad para profundizar sus aciertos teóricos y convertirlos en una estrategia global de acción, que respondiese a las exigencias de la lucha de clases en lo político y en lo militar.

Al plantear el carácter subordinado del movimiento campesino a la ciudad, la POLOP puso como premisa lo que constituía más bien un resultado. La radicalización de los trabajadores del campo, aunque determinada por la marcha de las contradicciones engendradas por la acumulación de capital en la industria, como bien lo vio la POLOP, era más acentuada que la radicalización de las masas urbanas, por varias razones. Desde luego, era allí donde la explotación del trabajo presentaba características más brutales, dado que la codicia despertada en los terratenientes y empresarios capitalistas por la expansión de la demanda urbana los llevó a arrancar del trabajador asalariado y del pequeño productor un excedente económico sin relación con el aumento real de la producción. La interferencia creciente de intermediarios en el drenaje de esa producción para el mercado urbano tenía su contrapartida en la captación de una parte significativa de la plusvalía por la burguesía mercantil e impulsaba a los terratenientes y empresarios a resarcirse de esa pérdida descargándola sobre el campesino. Aun cuando el pequeño productor cedía su producción directamente a los grupos mercantiles, esto no mejoraba su situación, en virtud de la debilidad de su posición frente a éstos.

Las reivindicaciones de la masa campesina, tanto en lo referente a la supresión del pago de la renta, como en lo que hacía a salario y empleo —frecuentemente mezcladas, además, dada la fluidez de las fronteras entre el obrero agrícola y el pequeño productor— se desencadenaban pues, con singular vigor y se radicalizaban rápidamente. Dicha radicalización resultaba parcialmente de la rigidez de las estructuras de dominación en el campo, que convertían cualquier reivindicación en fuente de violentos conflictos. Pero se debía también a que los trabajadores rurales, a diferencia de los obreros de la ciudad, no habían tenido hasta entonces ninguna participación política, quedando así al margen de la dominación ideológica e institucional que la burguesía había impuesto a la ciudad. El movimiento campesino venía, pues, signado por una gran combatividad, pero prácticamente, sin pasado político. Plantearse de inmediato su alianza con la clase obrera constituía una abstracción, aún más irrealizable cuando se pretendía dirigirlo a partir de las concentraciones obreras de las grandes ciudades. Insistir en esa formulación, como lo hizo la POLOP, era rehuir el trabajo concreto de organización de las masas rurales, el cual, como lo mostraba la experiencia, se realizaba en términos eminentemente locales.

El mismo carácter abstracto de sus planteamientos, que le impidió explotar las potencialidades del movimiento campesino, llevó a la POLOP a quedar al margen del movimiento obrero. Señalamos ya que la organización eligió como campo de batalla precisamente el terreno que el PCB, junto con la maquinaria gubernamental, había logrado ocupar. La obstrucción que el reformismo hacía a su penetración en el movimiento obrero podía ser, sin embargo, flanqueada de dos maneras: mediante el trabajo político en las capas más bajas del proletariado, como los trabajadores de la pequeña industria y las masas urbanas sin trabajo o de ocupación ocasional, en los grandes centros, y a través de la movilización de los trabajadores de las zonas industriales periféricas, sobre todo el nordeste y el extremo sur.

La subestimación de la población subempleada o desocupada representó una equivocación imperdonable. Su confusión se debe en lo esencial al propósito deliberado de la ideología burguesa para presentar a esa parte del proletariado como una “masa marginal”, que estaría “cercando” las ciudades en búsqueda de su “integración” al sistema. Las comillas se justifican, si consideramos que esa masa nace del movimiento propio a la acumulación de capital, en un sistema que exuda desocupación por todos sus poros, y sigue estrechamente vinculada al mismo. No hace falta recurrir a argumentos de orden teórico para desmitificar ese engendro de la ideología burguesa: la simple constatación empírica nos muestra que una porción significativa de esa masa está constituida por obreros no calificados, que trabajan en la construcción y en la pequeña empresa, o constituyen un ejército de reserva para éstas, y que otra parte importante se destina a la prestación de servicios mal remunerados, principalmente de carácter doméstico. Es cierto que el grado de miseria material y moral que allí prevalece la hace más propensa que cualquier otra capa de la población a pasarse al lumpen proletariado; pero no es menos cierto que lo que aparece como delincuencia o vicio es la manifestación de la violencia y de la desesperación, y la pone, por ello mismo, en la antesala de la revolución.

El otro flanco, quizá el más decisivo, que la clase obrera abría a la penetración de la izquierda revolucionaria estaba constituido, como dijimos, por los trabajadores industriales de los centros periféricos, tanto desde el punto de vista geográfico como del económico. Insertos en subsistemas de producción, sometidos a un constante drenaje de plusvalía en beneficio del complejo industrial de Río de Janeiro y São Paulo, los obreros de esos centros eran objeto de una explotación más fuerte, al propio tiempo que sufrían en menor grado la incidencia de los controles burocráticos del gobierno y del PCB. Ofrecían así una mayor permeabilidad a la influencia de la izquierda revolucionaria, pero su importancia iba más allá de esto: dado el carácter local del trabajo campesino, y el hecho de que éste se realizara en general a partir de los centros urbanos más próximos, los obreros de esas zonas tendían a ser el instrumento natural para concretizar la unidad obrero-campesina; era particularmente el caso del nordeste y, en cierta medida, de Minas Gerais y del centro-oeste. Por otra parte, representaban un factor de importancia decisiva en el marco de una correcta estrategia militar para la revolución brasileña, como pasaba sobre todo con la región sur.

Para comprender este último aserto, es útil tener presente que el proceso brasileño presentó rasgos que lo acercaron a la concepción insurreccional de la POLOP, tales como la creciente movilización obrera y las rebeliones militares, llegando —en el levantamiento de los marinos, en marzo de 1964— a una confraternización entre trabajadores y militares que permitió a la prensa burguesa evocar el fantasma de los soviets. Sin embargo, se estaba lejos de contar con verdaderos soviets y las semejanzas que el Brasil de entonces haya presentado con la Rusia de 1917 eran más aparentes que reales. Haciendo a un lado incontables diferencias la especificidad brasileña descansaba en este elemento esencial: el proletariado industrial de la zona más desarrollada —el triángulo Río-São Paulo-Minas— no sólo continuaba controlado por los reformistas, sino que había sido cercado por un dispositivo militar y civil cuidadosamente preparado por los sectores que preparaban el golpe militar. Estos tuvieron fuertes razones para hacerlo.

Condicionadas como están por las estructuras económicas y sociales, las crisis políticas suelen repetir su configuración general, hasta que cambia la base objetiva que las determina. Con ocasión de la renuncia de Janio Quadros, en 1961, las fuerzas armadas habían ensayado un golpe de Estado para impedir la toma de posesión de Goulart en la presidencia, golpe que se había visto frustrado por el levantamiento que encabezara Brizola, con el apoyo de parte del ejército, en el extremo sur, y por la debilidad de las posiciones golpistas en el triángulo central. 1961 pudo haber sido el 1905 de la revolución brasileña, pero fue la burguesía quien lo aprovechó. En abril de 1964, los militares se apoyaron firmemente en el triángulo central, contando con la solidaridad activa de los gobiernos estatales, y se dispusieron a enfrentar la resistencia del sur.

El éxito de la maniobra mostró de inmediato que era efectivamente del sur de donde se podía partir para la deflagración de la guerra civil en el país y todas las atenciones se volcaron hacia aquella dirección. Fue cuando se evidenció la debilidad del planteamiento estratégico de la izquierda: no habiendo explotado las posibilidades revolucionarias del sur, la iniciativa quedó, ya ni siquiera en las manos de Brizola, sino en las de Goulart, el único que —dado el grado de conciencia de las masas— podría haber reivindicado la legalidad constitucional para deslegitimar el golpe de Estado. Goulart no lo hizo y el golpe triunfó.

Los militares no tenían todavía un mes en el poder cuando se inició el vuelco estratégico de la izquierda revolucionaria. Una vez más, cupo a la POLOP adelantarse a los acontecimientos que marcarían la dinámica de la izquierda en los años siguientes. En un documento emitido por su dirección nacional, a fines de abril, la organización planteaba la guerra de guerrillas como el camino a seguir después del cambio político verificado, al tiempo que volcaba sus recursos para instalar en el país el primer foco guerrillero. La izquierda revolucionaria brasileña había entrado en una nueva etapa.

Hacia la lucha armada

La reconversión de la estrategia de las organizaciones de la izquierda revolucionaria a la guerra de guerrillas y el prestigio que ésta adquirió a los ojos de las bases radicalizadas del PCB fue algo por demás rápido para que implicara una real maduración política y una revisión efectiva de los planteamientos teóricos que se habían manejado hasta entonces. En una amplia medida, el vuelco que se verifica entonces representa más bien un movimiento de autodefensa: enfrentada a la dictadura abierta del gran capital nacional y extranjero, insegura de su propia fuerza, desmoralizada ante el proletariado y, al mismo tiempo, decepcionada porque éste, pese a la falta de conducción política, no había reaccionado contra el golpe de Estado, la izquierda revolucionaria descargó la total responsabilidad de los acontecimientos sobre el reformismo, en particular sobre la dirección del PCB, y se protegió detrás del escudo de la lucha armada. Hizo jugar así el mismo principismo que la POLOP utilizara antes. En último término, era la desconexión con el movimiento de masas y las nuevas dificultades que la represión gubernamental creara para superarla, lo que llevó a la izquierda revolucionaria a renunciar al trabajo inmediato de organización de la resistencia obrera y campesina contra la política de superexplotación que el gobierno aplicaba, y a tomar al foco guerrillero como tarea política central.

Dijimos que ello no implicó una revisión radical de sus bases teóricas. En efecto, el terreno se encontraba ya preparado, por la manera como la POLOP utilizara a la Revolución cubana contra el reformismo, esforzándose simultáneamente por legitimar su propia concepción insurreccional. La Revolución cubana se presentó, en esa perspectiva, como un proceso en el que el foco guerrillero aparecía como un catalizador del movimiento urbano de masas, y se coronaba con la insurrección obrera expresada en la huelga general. Una vez que el objetivo del foco era el proletariado industrial, y no el campesinado, éste se ubicaba en el esquema general como simple zona social de inserción de la guerrilla; de esta manera, tanto se subestimaba la dinámica propia al movimiento campesino, como se ponía poco énfasis en la lógica interna de la guerra de guerrillas, entendida como una forma de guerra civil revolucionaria y, por lo tanto, como manifestación superior de la lucha de clases. Al contrario, el foco guerrillero se tomaba como un elemento ejemplar para el movimiento de masas y, en la visión particular de la POLOP, un factor de cohesión de las vanguardias revolucionarias dispersas.

Era natural, por tanto, que la preparación del foco guerrillero asumiera el carácter de una empresa eminentemente técnica. Para enfrentarla, la izquierda revolucionaria, al no haber desarrollado sus propios aparatos armados, dependería de los cuadros formados en el interior del aparato militar del Estado, y se encontraría en este sentido con una cierta disponibilidad, en virtud de la depuración a que el gobierno sometía dicho aparato. La ventaja inicial de la POLOP, hasta 1965, consistió precisamente en que pudo contar con esos cuadros, lo que le dio un margen de superioridad sobre las demás organizaciones. Éstas no tardarían, sin embargo, en entrar en la competencia, la cual resultó finalmente favorable a la corriente nacionalista revolucionaria, de inspiración brizolista.

El Movimiento Nacional Revolucionario, en el que se organizaron los grupos brizolistas, se crea en 1966 y estaba constituido esencialmente por ex militares, principalmente sargentos y marinos, expulsados de las fuerzas armadas después del golpe de Estado, así como por elementos civiles de clase media, por lo general profesionales y estudiantes. Casi toda la izquierda revolucionaria y aun sectores enteros del PCB lo apoyaron inmediatamente. Su objetivo central y, podría decirse con muy poca exageración, su plataforma política se cifraban en la instalación del foco guerrillero, destinado a iniciar la lucha armada en contra del régimen. La tesis difundida por la POLOP, en el sentido de que el foco guerrillero debería actuar en el corazón mismo de la economía industrial brasileña a fin de cumplir mejor su papel de catalizador del movimiento de masas urbanas, y los estudios exploratorios hechos por esa organización, llevaron a que la zona elegida fuera la sierra de Caparaó, ubicada en la zona limítrofe entre los estados de Río de Janeiro y Espíritu Santo.

La guerrilla de Caparaó obtuvo gran publicidad a mediados de 1967, cuando, detectada prematuramente por los servicios de la represión, fue cercada por las fuerzas armadas y se rindió sin combatir. La insuficiente preparación de los participantes, el carácter inhóspito de la región, la falta de disciplina y organización, la ausencia de apoyo logístico y de trabajo político en la zona fueron algunos de los factores señalados para el fracaso de la empresa del MNR. De allí derivaron algunas consecuencias importantes. La primera de ellas es que el fracaso de Caparaó se atribuyó en una amplia medida a la influencia que los antiguos sectores populistas habían tenido en la experiencia; dada la asociación que se hacía entre populismo y burguesía nacional, esto jugó desfavorablemente con relación al reformismo, pese a que el PCB en tanto que partido no se había comprometido con la tentativa de Caparaó. Por otra parte, dicho fracaso debilitó enormemente al MNR y lo redujo a su núcleo más combativo, básicamente los cuadros militares. Todo ello contribuyó a reforzar la posición de las organizaciones revolucionarias dentro de la izquierda, que el desarrollo del movimiento brizolista había debilitado considerablemente.

Este reforzamiento se vio acentuado por la visible declinación del PCB en los frentes de masas. Conviene tener presente que, después de 1964, preocupada con el desencadenamiento de la lucha armada, la izquierda revolucionaria no asumió, sino lateralmente, su responsabilidad en la reorganización y en la conducción del movimiento de masas. Sin embargo, desarrollándose en estrecha conexión con el movimiento estudiantil, que ha sido tradicionalmente su principal fuente de reclutamiento, pudo aprovecharse de las condiciones relativamente favorables que primaban en él, dado el carácter menos intenso que allí asumía la represión gubernamental. De todos los sectores del movimiento de masas, el frente estudiantil fue el que, tras el golpe militar, presentó un mayor dinamismo y registró más agudamente la declinación del reformismo, en favor de las tendencias expresadas por la AP y la POLOP.

Una circunstancia excepcional estimuló el desarrollo del movimiento estudiantil. La política económica del régimen militar, desde un principio se orientó abiertamente en el sentido de afianzar la posición del gran capital nacional y extranjero, que era particularmente fuerte, como vimos, en la industria de bienes de consumo durable y de producción ¡En el esquema ideado por el equipo tecnocrático-militar del mariscal Castelo Branco, el problema de la realización de la producción de estos sectores, en las condiciones de debilidad que afectaban a la industria de bienes de consumo, se resolvería mediante la exportación y las compras del Estado, siendo que esta segunda orientación llevó al gobierno a estimular la reconversión de la industria pesada hacia la producción bélica. El resultado de ese modelo subimperialista de desarrollo era el estrangulamiento de la pequeña y de la mediana empresa, así como la aplicación a la clase media asalariada de las duras condiciones de salario impuestas al proletariado.

La reacción de las capas más bajas de la burguesía, aliadas a la clase media, provocó el remplazo de Castelo Branco por el mariscal Costa e Silva, en enero de 1967. La ulterior recuperación económica dio a esos sectores mayor impulso y les hizo creer que había llegado la hora de superar lo que consideraban un régimen de emergencia, hecho para un período de crisis, en favor de las instituciones previas a 1964, que les aseguraban una participación más efectiva en el poder político. Disponiendo de importantes órganos de prensa, de asientos en el Congreso y en el judiciario, de puestos e influencias en el aparato burocrático y militar del Estado, dichos sectores, apoyados por el PCB, siguieron presionando al nuevo gobierno en el sentido de proceder a la redemocratización del país. Las fisuras que este proceso abrió en las estructuras monolíticas de poder que Castelo Branco tratara de implantar favoreció ampliamente el ascenso del movimiento de masas. En particular, benefició al movimiento estudiantil que, aunque se hubiera reorganizado bajo la égida de la izquierda revolucionaria (principalmente la AP, sectores disidentes de la juventud del PCB y la POLOP), constituía, por su mismo origen de clase, una proyección de las clases medias.

A la desmoralización del reformismo y al ascenso del movimiento de masas, que enmarcan el desarrollo de la izquierda revolucionaria en 1967, viene a agregarse un tercer factor, de orden internacional: el impacto de la obra de Régis Debray, que la Casa de las Américas divulga a principios del año, y la conferencia de la Organización Latinoamericana de Solidaridad (OLAS). La esquematización de la experiencia cubana y su generalización a América Latina, así como el aliento a aplicar su ejemplo, llegaban a las organizaciones revolucionarias en el momento en que, reforzadas por la plétora de cuadros que les había proporcionado la quiebra del MNR y la radicalización de la juventud universitaria, y enfrentadas a una realidad social en efervescencia, debían asumir la responsabilidad de abrir a las masas una alternativa política al reformismo. A fines de 1967, tienen lugar en São Paulo las primeras acciones armadas.

El gran viraje

El año de 1968 se caracteriza en Brasil por una violenta eclosión de las fuerzas sociales, que, contenidas por la represión gubernamental, habían empezado a repuntar a fines del período de Castelo Bramo y mantuvieron una tendencia ascendente a lo largo de 1967. Desde las esferas burguesas, en donde la oposición al gobierno militar se delineaba cada vez más nítidamente, hasta las grandes manifestaciones estudiantiles y la movilización de sectores de vanguardia de la clase obrera, la vida política ostenta un gran dinamismo. Entre los puntos altos del proceso, habría que mencionar, en el mes de abril, los sangrientos choques entre estudiantes y las fuerzas represivas, en todo el país, así como la huelga metalúrgica de Minas Gerais, que se prolonga por más de una semana; el “Primero de Mayo rojo”, cuando la masa reunida en la plaza central de São Paulo, donde debería tener lugar un acto oficial, expulsa a pedradas de la tribuna a los representantes gubernamentales y promueve su propio mitin; la “marcha de los cien mil”, manifestación multitudinaria en Río de Janeiro, en el mes de julio, que confiere al dirigente estudiantil carioca, Vladimir Palmeira, una dimensión de líder político nacional; la huelga de los metalúrgicos de Osasco, en la zona industrial de São Paulo, también en julio, en la que los obreros llegan a la ocupación de fábricas; y la segunda huelga metalúrgica de Minas Gerais, en octubre, en la que participa toda la masa trabajadora de ese sector en aquel estado y que coincide con la huelga general de los empleados bancarios de Belo Horizonte.

Pero 1968 fue algo más que el resurgimiento del movimiento de masas; fue sobre todo la aparición de un movimiento de masas cualitativamente distinto, en la medida en que, expresando el desencanto de la pequeña burguesía con el régimen militar, se desarrollaba totalmente fuera de los marcos reformistas y se encontraba incluso más próximo de la vanguardia revolucionaria. Los cambios verificados en la izquierda, a partir del último trimestre de 1967, habían creado las condiciones para ello, al tiempo que traducían la conmoción que se verificaba en su soporte social paralelamente a la liquidación de la base orgánica del reformismo en el seno de las masas, la izquierda revolucionaria pasó por una intensa transformación, que hizo estallar la vieja estructura heredada del período anterior a 1964. La principal consecuencia de esa transformación fue que la izquierda entró a participar de las luchas políticas en una situación organizativa más bien caótica, que no le permitió proporcionar al movimiento de masas un centro de gravedad capaz de llenar el vacío dejado por el PCB.

Así pasó con la POLOP, que se escindió en tres partes, de las cuales una conservó por poco tiempo la antigua sigla, hasta fusionarse con sectores rebeldes del PCB, formando el Partido Obrero Comunista (POC), que reivindicaba la línea de la vieja organización, aunque acentuando sus aspectos obreristas; otra, la escisión de São Paulo, se fusionaría rápidamente con los remanentes del MNR, dando lugar a la Vanguardia Popular Revolucionaria (VPR), una de las organizaciones político-militares más activas e influyentes del período subsecuente; y la tercera, la escisión de Minas Gerais, que comprendía además a elementos de Río de Janeiro, constituiría el Comando de Liberación Nacional (COLINA), de carácter también político-militar.

Dado su peso numérico y su importancia política, la desintegración del PCB asumió características aún más acentuadas. De allí se originaría, teniendo como epicentro al Comité Universitario de São Paulo, la organización de corte eminentemente político-militar que encabezó Carlos Marighella, y que tomaría algún tiempo después la denominación de Acción de Liberación Nacional (ALN). Una segunda organización nacida de ese proceso fue el Partido Comunista Brasileño Revolucionario (PCBR), encabezado por las fracciones rebeldes de Río de Janeiro, que seguían a Mario Alves y Jacob Gorender, miembros del Comité Central, y que intentó poner de pie una línea revolucionaria de trabajo de masas. Finalmente, habría que mencionar el importante fenómeno de las disidencias comunistas, que agrupaban a nivel estadual y en forma floja a las bases juveniles del Partido, de las cuales las más importantes fueron la DI de São Paulo, que proyectó el dirigente más popular del movimiento estudiantil paulista, José Dirceu, y la DI de Guanabara (Río de Janeiro), a la que pertenecía Vladimir Palmeira. El viejo PCB, privado de bases y reducido a sus elementos de derecha, que se reagruparon alrededor del antiguo secretario general, Luis Carlos Prestes, quedó convertido en un cascarón vacío y se desplazó aún más hacia la órbita de la política burguesa, a través de su integración al llamado “Frente Amplio”.

Beneficiándose inicialmente de la quiebra del PCB, el PC del Brasil no tardaría en verse afectado también por la tendencia renovadora. El Ala Roja, que se constituye allí con carácter fraccional, acaba por separarse, acusando al principal representante del maoísmo brasileño de interpretar las tesis chinas sobre la burguesía nacional de manera tan equivocada que lo llevaba a tener una línea política francamente reformista. Mientras tanto, la ola renovadora trascendía al ámbito marxista y llegaba a la AP, donde asume una configuración específica, manifestándose como el tránsito desde el existencialismo cristiano que la caracterizara hacia un marxismo de corte chino, como suele suceder con las organizaciones de la izquierda católica que se radicalizan. Posteriormente tiene lugar allí la escisión de un sector leninista que dio lugar, juntamente con elementos provenientes del PCB, al Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT).

El cuadro que llega a presentar la izquierda brasileña es aún más complejo que el que se esboza aquí. Su rasgo dominante es la multiplicidad de organizaciones y el trasvasamiento constante de cuadros, sin que la variedad ideológica presentase la misma riqueza. Las diferencias entre los distintos grupos, cuando se los considera en las tendencias en que se inscribían, eran más bien de matices, y sólo se acusaban claramente cuando se referían a problemas operacionales y organizativos.

Sin embargo, no habría que menospreciar esas diferencias. Enfrentada a un ascenso del movimiento de masas, que se desarrollaba fuera de la esfera de influencia del PCB, la izquierda revolucionaria se veía llamada a asumir la responsabilidad de su liderazgo. La ola de escisiones se explica en una amplia medida por las divergencias que se presentaron dentro de las organizaciones existentes en cuanto a la manera de enfrentarse al problema de la movilización de masas, es decir, en cuanto a los métodos de acción mediante los cuales la izquierda podría marcar su presencia junto a las masas e imprimirles el sello de su conducción. En la medida en que representa la mediación entre la línea teórica y la práctica política, el problema de la organización tenía necesariamente que presentarse.

Ello es particularmente claro en las organizaciones de tipo político-militar, como la VPR, la ALN y el COLINA. No cabe duda que fueron esas organizaciones, que pregonaban su desprecio por los “teóricos” y que ponían en primer plano las cuestiones prácticas de la lucha armada, las que más innovaciones trajeron a la izquierda brasileña, en lo referente a formas de organización. Para hacerlo, tuvieron que atacar la ortodoxia que en esa materia defendían tanto el PCB como el PC del Brasil y la POLOP, y que la AP, por su falta de tradición marxista, no llegaba a cuestionar.

La gran herejía organizativa se debió a Marighella. Reaccionando contra el monolitismo del viejo PCB e impresionado por las tesis de Debray en contra del partido como estructura válida para la lucha armada en América Latina, Marighella opta por una organización extremadamente flexible, una verdadera federación de grupos. Aunque la práctica lo haya forzado a evolucionar después en el sentido de fortalecer los nexos orgánicos, él nunca abandonó su concepción de que la organización estaría formada por grupos operativos autónomos, vinculados exclusivamente a la coordinación central e independiente del movimiento de masas. El criterio de integración de esos grupos era su propia práctica armada, lo que minimizaba todo referente a la discusión ideológica.

La concepción de Marighella era, en realidad, fruto de un agudo olfato político. Intuyendo que la gran debilidad de la izquierda revolucionaria era su fraccionamiento y que todo intento de afirmar en aquel momento una línea política definida equivalía a acusar el particularismo de quien lo hacía, trató de constituirse en un centro de aglutinación, rehusando poner a la discusión política como fundamento de la organización. Por otra parte, ya con el propósito de captar a los cuadros más combativos de la izquierda, cuya disposición de lucha no aceptaba cortapisas, ya por ser ésta su idea del papel que debía cumplir la vanguardia revolucionaria, adoptó como táctica el enfrentamiento directo con el régimen.

El marighellismo constituyó sin duda la expresión más acabada de la manera como amplios sectores de la izquierda encararon el avance del movimiento de masas. 1964 dejará ya la idea de que, si hubiesen contado con una conducción decidida, las masas se habrían opuesto al golpe de Estado. En 1968, las organizaciones político-militares no querían repetir lo que consideraban el error de 1964; las masas habían despertado y el papel de la vanguardia era señalarles certeramente el enemigo a golpear: las fuerzas armadas. El régimen militar era tomado como un cuerpo extraño a la realidad social brasileña, un engendro del imperialismo que el pueblo debía expeler de la misma manera como se estaba haciendo en Vietnam con las tropas invasoras norteamericanas.

Ello explica que, pese a su tesis de la guerra prolongada, la izquierda brasileña no se haya preocupado de disponer de bases sólidas en la ciudad y en el campo antes de asestar golpes al régimen y que, en vez de preparar la guerra, se limitara a dar el ejemplo del combate en una lucha que consideraba ya iniciada. El uso amplio que se hizo entonces de la terminología militar y la adopción de los esquemas estratégicos establecidos por los teóricos de la guerra revolucionaria reflejaron una cierta visión del proceso brasileño, que los hechos sólo en parte confirmaron.

Esa confirmación se dio sobre todo en la caja de resonancia propia a la izquierda revolucionaria: el movimiento estudiantil. El prestigio ganado allí por las organizaciones político-militares no sólo impulsó al estudiantado a desarrollar nuevas formas de lucha en el enfrentamiento callejero con la represión, sino que engrosó los contingentes de las mismas organizaciones. La penetración en el movimiento obrero fue mucho menos sensible, pero los sectores más combativos de la clase, y por lo tanto los que hicieron notar más su presencia, se dejaban claramente sensibilizar por las organizaciones político-militares. El carácter naturalmente violento de los conflictos en el campo, jugaba a su vez en favor de los que veían en marcha el proceso de la guerra revolucionaria. Se estableció así una simbiosis entre el clima general de radicalización política y la práctica de lucha armada de las organizaciones político-militares, en el marco de la cual los dos fenómenos se influenciaban por capilaridad pero seguían un curso paralelo.

Enfrentadas al dinamismo vibrante de los grupos político-militares, las demás organizaciones tuvieron poca capacidad de respuesta. Partidarias ellas mismas de la lucha armada y sensibilizadas también por el ascenso de masas, centraron sus críticas en lo que consideraban métodos militaristas y crearon una dicotomía más bien peligrosa entre las acciones armadas y el trabajo de masas. Su desventaja era evidente, en la medida en que no tenían que ofrecer sino los métodos tradicionales y cuasi artesanales de trabajo de masas, totalmente inadecuados a la fase de acelerada radicalización política que se vivía. Fueron los grupos político-militares los que conservaron, pues, la iniciativa, llevando a que, ante la urgencia de conducción política que el curso ascendente del movimiento de masas planteaba, la izquierda se limitase a intensificar el ritmo de su propia práctica de lucha armada.

El militarismo de izquierda

Los sucesos de 1968 sacudieron fuertemente los cimientos de la dominación de los militares. Bajo el liderazgo de la pequeña burguesía, que el movimiento estudiantil había movilizado y que multiplicaba sus iniciativas contra el régimen, gracias sobre todo a las posiciones que ocupaba en los partidos políticos, en el Congreso, y en los medios de comunicación, así como en los círculos intelectuales y artísticos, los sectores de la burguesía descontentos con la política económica pasaron a presionar al gobierno para lograr una mayor liberalización política, procuraron obtener el apoyo norteamericano, confiando en el interés de Estados Unidos en debilitar al monolítico interlocutor militar, y entraron a maniobrar en los cuarteles. El malestar que cundía en la baja oficialidad empezó a ser azuzado por las distintas fuerzas opositoras, quienes esperaban hacer jugar en beneficio propio las fisuras que se acusaban en el dispositivo de sustentación del gobierno.

El golpe militar del 13 de diciembre puso en evidencia el verdadero carácter de las contradicciones que se desarrollaban en las fuerzas armadas. La insatisfacción de la oficialidad joven, con la que tanto había especulado la oposición burguesa, se orientaba en efecto contra la debilidad del gobierno y exigía un reforzamiento de la política de mano dura sobre los sectores civiles. El Acta institucional número 5, decretada por el gobierno a raíz de los conflictos suscitados con la Suprema Corte y el Congreso, confería al mariscal-presidente poderes discrecionales, concentrando en sus manos todas las facultades de decisión política y llegando incluso a retirar a la Suprema Corte la prerrogativa de juzgar la constitucionalidad de los actos gubernamentales.

Autonomizándose de la clase que representa para mejor servirla, el régimen militar centró inicialmente su poder de fuego sobre los sectores rebeldes de la burguesía. El documento titulado Contra-Revolución, emitido por la oficina de la Presidencia de la República el 19 de diciembre, con el fin de justificar las medidas de excepción adoptadas por lo que las fuerzas armadas llaman la “Revolución”, decía explícitamente, después de presentar su versión de los hechos acaecidos en 1968, que éstos “demuestran, más allá de toda duda, en las proporciones y dimensiones evidenciadas, que el movimiento de falsos estudiantes, de muchos políticos activos, de personas privadas de sus derechos [políticos], del clero autodenominado progresista y de parte de algunos de los responsables de los medios de difusión, estaba dirigido exclusivamente a subvertir el orden interno, lo cual configuraba una contrarrevolución en marcha”. Se hacía igualmente referencia al terrorismo, añadiéndose que “la subversión puesta en marcha en Brasil” se hallaba “dentro de la línea recomendada por la conferencia de solidaridad latinoamericana llevada a cabo en La Habana en 1967, sobre la lucha armada como único camino para conquistar el poder”.

La confusión que se establecía entre la oposición burguesa y la acción de la izquierda revolucionaria era deliberada, una vez que permitía al régimen ejercer sobre la burguesía una represión sin precedentes en el país. Un gran número de políticos e intelectuales quedaron con sus derechos políticos suspendidos, otros fueron encarcelados, algunos tuvieron sus bienes confiscados. El Congreso fue disuelto, la Suprema Corte y las universidades expurgadas, la prensa censurada, al tiempo que los principales diarios de la oposición cayeron bajo la férula del gobierno; la Iglesia pasó a ser objeto de creciente hostilidad. Simultáneamente, se intensificó la represión que ya se ejercía contra las organizaciones revolucionarias, llegándose a un grado extremo de violencia y crueldad.

El golpe de Estado de 1968 tiene varias implicaciones. Por un lado, representa la sumisión forzosa y definitiva de las capas inferiores de la burguesía a la dictadura del gran capital, implantada en 1964. Privadas de expresión política y aterrorizadas por la reacción que sus intentos de rebeldía habían desencadenado, esas fracciones burguesas renunciaron a la pretensión de pugnar por sus intereses específicos y se acurrucaron temerosas junto a la bota que las había castigado. A partir de entonces, las divergencias interburguesas pasan a tener un alcance limitado en la vida política nacional.

Por otro lado, el golpe lleva a cabo la supresión de los restos del aparato institucional previo a 1968, que había sufrido ya profundas modificaciones en los cuatro años anteriores. Las instituciones que sobreviven al sablazo de 1968, y que podrían hacer pensar en una república parlamentaria burguesa, tales como los partidos políticos, el Congreso, las cortes de justicia, constituyen meras apariencias, cuyo contenido real es el de coadyuvar al ejercicio del poder militar. El verdadero nervio político del país pasa a ser definitivamente el ejército y será en los cuarteles donde se decidirán en adelante los destinos del capitalismo brasileño.

La tercera implicación del golpe de 1968 es la aplicación hasta las últimas consecuencias de la doctrina de la guerra antisubversiva, que había inspirado la acción de los militares desde 1964. Siguiendo los postulados de los teóricos franceses y norteamericanos de la guerra revolucionaria, el gobierno brasileño se dará como tarea la eliminación física del movimiento revolucionario, sin preocuparse del impacto de sus medidas sobre la opinión pública nacional e internacional y del aislamiento que ello le pudiese acarrear. La brutalidad de la represión policial-militar en Brasil, las detenciones en masa, la aplicación indiscriminada de la tortura, los asesinatos y los campos de concentración para los presos políticos se derivan directamente de los métodos utilizados por el ejército francés en Argelia y por el norteamericano en Vietnam. La novedad del caso brasileño consiste en que dichos métodos no son el fruto de la ocupación extranjera, ni siquiera de la dominación de una minoría étnica, como en África del Sur, sino que los utiliza el mismo gobierno nacional. El mejor parangón para el Brasil actual sería, en este sentido, la Alemania nazi.

Las organizaciones revolucionarias han debido enfrentarse a un grado de represión que supera ampliamente al que habían sufrido antes de 1968. Peor aún, lo han hecho en condiciones en que el movimiento de masas entraba en una fase de reflujo, retirándoles la base con que habían contado y amenazando con dejarlas sin periferia, es decir, totalmente a descubierto ante las acciones de aniquilamiento emprendidas por el gobierno. Disponían de una sola ventaja táctica: la urgencia de éste por lograr rápidos resultados. En la llamada guerra antisubversiva, la fase de aniquilamiento tiene que ser necesariamente corta y coronada de éxito, para permitir al enemigo pasar a la etapa de conquista de bases sociales, en las condiciones que su eventual victoria le permita dictar. En el Brasil pos-1968, la izquierda no se preocupó por rehuir la acción del gobierno para frustrar su campaña de aniquilamiento, sino cuando ésta ya le había costado muy caro. La actitud de la izquierda se debió a razones que tenían que ver tanto con su situación interna como con factores objetivos que empezaron entonces a actuar.

Cuando se produjo el golpe de 1964, la izquierda revolucionaria encaró los acontecimientos como un accidente de la lucha de clases, cuya principal responsabilidad cabía al reformismo, y se limitó a izquierdizar aún más sus planteamientos. En 1968, el movimiento de masas, si no bajo la conducción de la izquierda revolucionaria, por lo menos más sensible a su conducción que a cualquier otra, sufrió una derrota aún más terrible si se considera lo difícil que le fue rearticularse y su gran independencia en relación con la política burguesa. Sin embargo, al no poder tomar como responsable de esa derrota al reformismo, la izquierda le atribuyó el carácter de una fatalidad de la lucha de clases, es decir, lo encaró como si fuera el producto necesario e inevitable de los movimientos de masas en la situación creada por el régimen militar. Esto influiría seriamente en su actuación ulterior.

Es de hecho a partir de 1969 que el fenómeno del militarismo de izquierda gana toda su dimensión. Sin poder contar con el factor político que la movilización de masas introducía en la vida nacional, las organizaciones político-militares plantean sus acciones armadas no ya como estimulante y ejemplo para las masas, sino como destrucción; directa de las bases de sustentación del poder militar. La caracterización del período en términos de guerra revolucionaria se generaliza, y allí la izquierda aparece simultáneamente como destacamento de vanguardia y como cuerpo de ejército. Las dificultades para mantener esa situación y la imposibilidad de levantar a corto plazo el movimiento de masas harán incluso emerger tesis como la relativa a las dos etapas de la guerra, de las cuales, en la primera, la responsabilidad en la lucha cabría enteramente a la izquierda, y sólo en la segunda podrían las masas intervenir. Ante la apatía creciente de las masas urbanas, esas organizaciones darán nuevo énfasis a la guerrilla rural, la cual, alejadas como están las organizaciones del problema campesino, seguirá siendo para ellas una cuestión técnica de inserción de los destacamentos armados en el campo.

El ritmo de las acciones armadas se intensifica de manera extraordinaria en el curso de 1969, hasta el punto máximo representado por el secuestro del embajador norteamericano en Río de Janeiro, en el mes de septiembre. La acción, en la que participaron elementos de la DI de Guanabara (que tomó entonces el nombre de Movimiento Revolucionario 8 de octubre —MR-8— en homenaje a un grupo operativo emanado de ella y desmantelado por la represión poco antes) y de la ALN, mostró con toda fuerza las características que había asumido en Brasil el enfrentamiento izquierda-gobierno: de un lado, la audacia y la decisión evidenciadas por las organizaciones político-militares; del otro, el trato brutal que, indiferente a la reprobación internacional, el gobierno dio a los prisioneros canjeados por el embajador, y la violenta represión que desencadenó en el país, hiriendo indiscriminadamente a elementos de izquierda, simpatizantes periféricos y simples ciudadanos.

La ferocidad de la represión tuvo su importancia para la evolución de la izquierda. La gran mayoría de los cuadros pasaron a vivir en la clandestinidad, dependiendo de la organización para sobrevivir, y residiendo en “aparatos”, es decir, casas o departamentos mantenidos por ella, una vez que ya no podían contar con la hospitalidad de simpatizantes o “aliados”. Además de repercutir negativamente en la vida política interna y en la práctica del centralismo democrático, ello agravó el aislamiento de la izquierda, de profunda significación para las condiciones existenciales de los cuadros, y su alejamiento progresivo de las masas. El resultado fue el afianzamiento de la tendencia al militarismo y el hecho de que los militantes se volvieron más y más detectables por la represión, que los iba a encontrar seriamente quebrantados y aptos a prestar a la tortura la colaboración psicológica que ésta requiere para ser eficaz.

A medida que se estrechaba el círculo de la represión y que la izquierda, desvinculada de las masas, no podía recurrir al reclutamiento de nuevos cuadros en escala significativa, se impuso la práctica del frente de trabajo y de la fusión. Las fusiones realizadas como medida de autodefensa y carentes, por lo tanto, de real contenido político, mostraron ser ineficientes, tendiendo a desembocar en nuevas escisiones. El caso más representativo fue el de la fusión VPR-COLINA, y algunos grupos menores, que dio lugar a la Vanguardia Armada Revolucionaria-Palmares, organización que se escindió en el curso mismo del congreso de fusión, a fines de 1969. De allí se originó la nueva VPR, cuya figura más destacada fue el ex capitán del ejército Carlos Lamarca y que llegó a ser la fuerza más representativa de la corriente militarista, y la organización que conservó el nombre de VAR-Palmares, cuya línea era una transición entre el militarismo y las nuevas formas que el trabajo de masas plantea hoy día en Brasil.

Los frentes de trabajo, constituidos en función de acciones aisladas de mayor envergadura o de coincidencia real de línea y métodos de lucha, han revelado ser más fructíferos. Gracias a ellos, la gran atomización de la izquierda brasileña se vio considerablemente aminorada, configurando algunos bloques o tendencias de importancia: el eje VPR-ALN, al que se sumó después el MR-8; el eje VAR-Palmares-PRT-POC (que sufrió después una nueva escisión, que tomó de nuevo la denominación de POLOP); y el eje AP-PC del Brasil, el más sólido de todos, debido a su senda adhesión al maoísmo.

Basta mirar ese cuadro para que salte a la vista que la aproximación entre las organizaciones iba más allá de meras conveniencias operacionales. En efecto, los tres bloques señalados divergían entre sí en cuanto al carácter de la revolución, las fuerzas motrices del proceso revolucionario y las formas de lucha que éste implicaba. Al reseñar estas particularidades, conviene tener presente” que ello induce necesariamente a simplificaciones, que no dan cuenta de las diversidades que aparecen en el interior de cada tendencia, al tiempo que omiten los puntos de contacto que pueden existir entre las organizaciones que integraban diferentes tendencias.

Es así como la VPR y la ALN (el MR-8 evitó inicialmente enfrentarse al problema y, cuando lo hizo, esto se dio en el proceso de acentuación de sus divergencias con el bloque, que culminó con su separación) caracterizaban a la revolución brasileña como una revolución de liberación nacional, lo que las llevaba a enfatizar sus rasgos antiimperialistas en detrimento de la definición precisa de las clases sociales comprometidas en el proceso. Ambas organizaciones defendían la guerra de guerrillas como forma dominante de lucha, y privilegiaban el papel del campesinado. En la formulación teórica de los supuestos en que se basaba su práctica, la VPR fue más lejos que la ALN, que se vinculaba más a la práctica empirista de Marighella. En consecuencia, mientras la ALN evitaba la discusión propiamente ideológica, y sostenía en general las tesis más clásicas del marxismo, como la que se refiere a la hegemonía de la clase obrera, documentos de la VPR aplicaron al Brasil muchos de los planteamientos marcusianos sobre el aburguesamiento del proletariado industrial, y llegaron incluso a afirmar la cuasi inexistencia de la clase obrera y el papel revolucionario o decisivo que allí cabría a las masas urbanas llamadas “marginales”, así como al campesinado. Ambas organizaciones se caracterizaron por la realización de acciones armadas de gran efecto propagandístico.

Las organizaciones que integraban el segundo bloque constituían la tendencia socialista propiamente dicha, por defender el carácter socialista de la revolución y el papel hegemónico de la clase obrera en todas las fases del proceso. La principal divergencia entre ellas residía más bien en su posición frente a la cuestión de la guerra de guerrillas —y, pues, al campesinado— que, aunque todas propugnaran en general, adquiría mayor o menor énfasis en sus planteamientos, según se tratara, por ejemplo, de la VAR-Palmares o del POC. El origen político-militar de la primera la inclinaba, también, más fuertemente hacia las acciones armadas, pero todas preconizaban la realización de acciones directas vinculadas estrechamente a los intereses propios de la clase a que se dirigían, y tendían a concentrar sus efectivos en la ciudad.

La tesis de la revolución popular que defendía el bloque maoísta estaba más cerca de la concepción de liberación nacional, pero, basado en un análisis de clases más preciso, destacaba con mayor nitidez el papel que se atribuye allí a la burguesía nacional. La hegemonía de la clase obrera era defendida con mayor calor por el PC del Brasil que por la AP, aunque ambos grupos hayan dado tradicionalmente una gran importancia al trabajo campesino; ello se debe a su definición de la guerrilla como forma principal de lucha, aunque ninguno de los dos la planteara como tarea inmediata. Sin embargo, el rasgo distintivo de las dos organizaciones fue su opción en favor de un trabajo de masas más tradicional, realizado pacientemente a partir del grado de conciencia de la masa y en una perspectiva de largo plazo así como su condena formal a la práctica armada de las organizaciones político-militares.

El bloque maoísta se caracterizó en ese periodo por el acrecentamiento sistemático de su base de masas, fenómeno que sólo el POC, y a mucha distancia de él, registró también, y por lo que se podría llamar el “populismo de izquierda”; sin embargo, pese a la gran identidad existente entre las organizaciones que lo integran, el distinto origen de las mismas tuvo incidencia en su práctica. Así, el PC del Brasil, que nace de una escisión de los grupos stalinistas del viejo PCB, demostró más sectarismo que la AP en sus relaciones con las demás fuerzas de izquierda, al mismo tiempo que una mayor flexibilidad para adecuarse a los marcos legales de trabajo de masas impuestos por el régimen militar. El PC del Brasil llegó incluso a ocupar puestos sindicales de importancia, después de 1968, y se ha acercado en ciertas ocasiones a los remanentes de la oposición liberal burguesa y pequeñoburguesa.

Inversamente, surgida de la izquierda cristiana y mucho más joven en tradición y en cuadros, la AP maduró en el trabajo de masas —estudiantil primero, campesino y obrero después— y evolucionó hacia una práctica revolucionaria siempre más pura. De la política de infiltración en el gobierno, que preconizó y practicó antes de 1964, la AP pasó, después del golpe de abril, a una abierta oposición al régimen y se radicalizó progresivamente, hasta llegar al marxismo. Su trayectoria desde entonces estuvo marcada por una visión mecánica de la relación vanguardia-masa, propia de los grupos maoístas en América Latina, que la llevó a exigir la integración de sus militantes al trabajo productivo (posición que sometió posteriormente a autocrítica), y que le ha costado a veces la pérdida de cuadros o bases enteras, que se desprenden de la esfera de la vanguardia y se incorporan al movimiento de masas; el caso más significativo es el del “Grupão” (Grupón), un importante núcleo de obreros de avanzada que actuó en la zona industrial de São Paulo y que nació de una ex base de la AP. De todas maneras, y sin entrar aquí en el mérito de su línea política, la evolución de la AP anticipó un esfuerzo de identificación con las masas que la crisis actual de la izquierda brasileña exige de todas las organizaciones revolucionarias.

La crisis

Para muchos militantes, la crisis por la que pasa actualmente la izquierda brasileña se reduce a cuestiones técnicas de resistencia a la represión policial-militar, o a los problemas operacionales a que se enfrenta para desarrollar su práctica política, o aun a las diferencias ideológicas que enarbolan sus distintas tendencias. Para otros, que plantean más críticamente la situación de conjunto que caracteriza al país, esa crisis es antes que nada un resultado de la baja que afecta hoy día al movimiento revolucionario y al mismo movimiento de masas. El problema es sin embargo, mucho más profundo: vivimos actualmente la crisis de un liderazgo de clase y el tránsito del proceso brasileño a una etapa cualitativamente diferente.

La trayectoria de la izquierda brasileña en la última década fue, en efecto, la trayectoria de una clase, la pequeña burguesía, y la manera particular como ésta vivió los cambios estructurales que se verificaron entonces en el capitalismo brasileño. Polarizándose en función de los conflictos interburgueses que la centralización del capital acarreó, la pequeña burguesía llegó dividida a 1964: mientras una parte significativa de los grupos que la componen apoyaron entusiastamente a la política del gran capital, desfilando por las calles antes y después del golpe militar, amplios sectores de ella se desplazaban progresivamente de la influencia del PCB y otros liderazgos reformistas moderados y se agrupaban en torno al liderazgo más radical de Brizola, Julião y de la misma AP, y alimentaban la dinámica de los grupos más extremistas, cuya mejor expresión era la POLOP. La capitulación de la oposición burguesa, en 1964, y la subordinación progresiva de las capas más bajas de la burguesía al gran capital, conducen a la pequeña burguesía radicalizada a extremar sus posiciones, al mismo tiempo que los sacrificios impuestos por la política económica la llevan en su conjunto a alejarse del régimen. La crisis del reformismo se hace entonces visible y expresa el desplazamiento del eje de la alianza de la pequeña burguesía desde los estratos capitalistas inferiores hacia las masas trabajadoras de la ciudad y del campo.

Independizada así de la tutoría burguesa, la pequeña burguesía, cuya expresión más dinámica fue el movimiento estudiantil, se vio convertida en la fuerza hegemónica del movimiento popular. Sin embargo, inserta en una sociedad fuertemente polarizada, en la que las distancias que la separan de los trabajadores son singularmente amplias, carecía de vínculos reales con las masas populares. Cuando éstas reclamaron una efectiva conducción política, la pequeña burguesía no supo hablarles sino a través de sus actos y procuró guiarlas con su ejemplo al enfrentamiento directo con el régimen.

1968 marca el momento culminante de la hegemonía pequeñoburguesa sobre el movimiento de masas; pero también su fracaso. El deterioro progresivo de las condiciones de actuación de la izquierda revolucionaria, en el período subsecuente, resultó, como señalamos, de que no aprovechó una cierta ventaja táctica que podía explotar con relación al régimen. La izquierda aceptó el enfrentamiento directo y se encontró de pronto aislada, expuesta a los golpes del enemigo. Pero la separación de su base social sólo en parte se debe al hecho de que la izquierda se hubiese adelantado; se deriva más bien del hecho de que dicha base retrocedió. Al mirar en torno, la izquierda se dio cuenta de que la pequeña burguesía se había quedado atrás y asistía como simple espectadora a los combates que ella libraba.

La abdicación de la pequeña burguesía a su puesto de lucha fue parcialmente una victoria de la campaña de aniquilamiento lanzada por el régimen. Cuando llamaba al enfrentamiento, la pequeña burguesía esperaba que fuera una pequeña batalla, en la que la clase obrera ocuparía la primera línea de fuego. Sin embargo, el proletariado apenas empezaba a organizar sus fuerzas cuando el régimen contratacó. La pequeña burguesía abandonó el terreno, sin preocuparse de su vanguardia, que sí se mantuvo en el frente de combate.

Sería incorrecto creer, sin embargo, que fue sólo el miedo lo que hizo retroceder a la pequeña burguesía. Mencionamos ya que nuevos factores objetivos hicieron sentir su presencia en el Brasil de 1969, los cuales influyeron decisivamente en la configuración política en cuyo marco la izquierda revolucionaria debió actuar. Dichos factores se derivaron directamente de la adaptación a la que procedió el régimen del modelo subimperialista de desarrollo, formulado en el período de Castelo Branco, y que sufriera los primeros cambios desde la ascensión de Costa e Silva a la Presidencia de la República.

Recordemos que el problema estructural de la economía industrial brasileña reside en el desajuste entre el sector de bienes de capital y el de bienes de consumo, y que ello dio lugar, a principios de la década, a una grave crisis coyuntural. En el planteamiento del equipo tecnocrático-militar de 1964, la crisis coyuntural constituía el primer objeto de preocupación, y la medida más eficaz empleada en este sentido fue la rebaja forzosa de los salarios, mediante una política altamente lesiva a los sectores que viven de remuneraciones, inclusive la pequeña burguesía asalariada. El debilitamiento inevitable que esto trajo al mercado interno no preocupó mayormente al régimen militar: la perspectiva de explotar el mercado externo, mediante una alianza con los monopolios extranjeros, le parecía sumamente promisoria. Se esperaba que dichos monopolios abrieran a la burguesía brasileña los mercados controlados por ellos, a cambio de las facilidades que les daría ésta para superexplotar conjuntamente al proletariado nacional. Paralelamente, se asignaba al Estado un papel complementario en la atención a las exigencias de realización, planteadas por la gran industria.

Entre 1964 y 1968, se persiguió la concretización de esa alianza, con relativo éxito. Sin embargo, como mostramos, la lentitud con que los resultados se iban alcanzando y las dificultades surgidas para acelerarlos reforzaron la posición política de los sectores burgueses más débiles, a quienes esa política no convenía, y condujeron al remplazo de Castelo Branco. Con el nuevo gobierno, el modelo subimperialista, sin ser abandonado, sufrió adaptaciones que se centraron sobre todo en mayores facilidades de crédito a la mediana empresa, así como en la formulación de una política moderada de subsidios y exenciones de impuestos en su favor, lo que le permitió a ésta reactivar sus negocios. El Estado asumía el costo de esa política, descargándolo, por vía de la inflación, sobre la masa trabajadora.

Los sucesos internos de 1968 y la recesión norteamericana, que se esboza entonces para afirmarse el año siguiente, determinan la acentuación de esa tendencia, que desplazaba el énfasis de la política económica desde el comercio exterior hacia el Estado, sin que aquél haya sido jamás abandonado. Simultáneamente, a medida que se acentuaba la captación parasitaria de recursos estatales por las distintas capas burguesas —lo que, además de representar el precio que pagaba el régimen por su sumisión, creaba la necesidad de darles condiciones internas de realización— la pequeña burguesía pasó a recibir una parte más significativa de los beneficios de la superexplotación del trabajo, al tiempo que se le asignaba el papel de generadora de demanda para la producción de bienes de consumo.

Es importante detenernos en la composición de esa producción. Una parte de ella viene de la industria ligera modernizada, que había sido forzada a elevar su nivel tecnológico, ya con el fin de aumentar su poder de competencia en el mercado externo, ya con el de proporcionar un mercado más dinámico para la producción interna de bienes de capital. Pero una parte cada vez más significativa proviene de la misma industria pesada, que, al encontrar dificultades para seguir expandiéndose hacia el exterior, reorienta su producción en el sentido de la fabricación de bienes de consumo durable, destinados al mercado interno. Ambos sectores exigían, pues, la ampliación de la capacidad de consumo de la pequeña burguesía, más precisamente de sus estratos más altos, lo que motivó su inesperada incorporación al bloque social beneficiario de la política económica.

El nuevo brote reformista, que se observa actualmente en Brasil, refleja en gran medida la neutralización política de la pequeña burguesía y el acercamiento progresivo de algunos sectores de ésta al bloque dominado hegemónicamente por la gran burguesía. Con base en facciones militares y en corrientes de la antigua izquierda reformista, esa tendencia política maneja eslóganes nacionalistas nuevos y viejos, y se esfuerza por revivir mitos populistas que se creían ya enterrados. Esto se armoniza con la intención del gobierno de pasar de la fase de aniquilamiento de la izquierda a la de captación social, para lo cual echa mano tanto del fútbol como de la demagogia antiimperialista, de la manipulación de los medios de difusión como de la censura impuesta a editoriales y universidades. En medio de fluctuaciones de intensidad, que reflejan las contradicciones internas de las mismas fuerzas armadas, se trata por otro lado de localizar la represión al movimiento revolucionario, sin que ello implique disminuir su violencia en las áreas en que incide.

De este proyecto de recuperación de la base social de apoyo al régimen, queda desde luego excluido el campesinado. La participación de la burguesía terrateniente en el bloque dominante ha significado que se mantengan las estructuras de explotación en el campo, cuyos rasgos brutales se han acusado aún más en virtud del aumento de mano de obra. En efecto, entre los problemas que el régimen militar debió atacar, a mediados de la década, para recuperar y ampliar los niveles de la cuota de plusvalía en la industria, estaban la elevada participación en el ingreso que la manipulación de los precios otorgaba al sector agropecuario, y el efecto de esa especulación en los salarios urbanos. Simultáneamente al control de los precios agrícolas, el régimen se preocupó entonces de crear incentivos al aumento de producción y lo hizo mediante el abaratamiento forzoso de la mano de obra rural.

Ese abaratamiento se logró mediante distintos procedimientos. Uno de ellos fue la intensificación de la mecanización y la extensión del sector pecuario, lo que, reduciendo aún más las oportunidades de trabajo en el campo, aumentó la oferta de trabajo y deprimió el nivel de las remuneraciones. Otro, la aplicación de la legislación laboral existente, que fija el mínimo salarial y concede beneficios sociales al trabajador, estableciendo además normas para los regímenes de arrendamiento y aparcería. Como esto se hizo en condiciones de extrema represión de la organización sindical en el campo y del aumento de la oferta de trabajo, que debilita el poder de discusión del trabajador, el resultado de esta última medida fue el de provocar despidos en masa de asalariados, así como el desalojo de colonos y aparceros que, constituyéndose en jornaleros dichos “volantes”, fueron a engrosar el caudal humano que debe vender su fuerza de trabajo al precio fijado por el terrateniente. Arrancada de la gleba, esa masa superexplotada se agolpa en torno a los centros urbanos del interior de São Paulo, de Minas o del Nordeste, de donde sale a prestar servicio al terrateniente en las fases estacionales de trabajo, tendiendo a constituirse así en una capa intermedia entre el proletariado urbano y rural.

Las condiciones de explotación creadas por el capitalismo brasileño en la ciudad no han sido mucho más benignas. En la fase de transición de la política económica, entre 1967 y 1968, el régimen pensó en proceder a una cierta liberalización salarial, después del llamado “tapón” aplicado por Castelo Branco. El curso que tomó sin embargo el proceso, basado en la producción de bienes de consumo suntuario para las capas de ingresos más altos, y la necesidad de crear una real capacidad de demanda por parte de dichas capas, implicó mantener la redistribución regresiva del ingreso, en detrimento de las masas trabajadoras y en favor de los estratos sociales superiores. La contención salarial, afianzada por la represión al movimiento obrero, y la inflación han desempeñado un papel importante en este sentido y desembocaron en una baja considerable del poder adquisitivo del proletariado.

La situación de la clase obrera se ha visto agravada por el deterioro del ritmo de creación de empleos en la economía. Sea en la fase en que privilegió el mercado externo, sea en la que enfatizó el mercado constituido internamente por las capas de altos ingresos, el capitalismo brasileño acentuó su contradicción fundamental, es decir, su incapacidad para proporcionar a las masas trabajadoras condiciones adecuadas de incorporación al proceso productivo. Inversamente, mediante el uso de tecnología ahorradora de mano de obra y la regulación de la producción, vuelta posible por el proceso de monopolización, la economía restringió progresivamente esa incorporación, degradando aún más la condición proletaria.

En estas circunstancias, a todo lo que puede aspirar el régimen militar, al pretender crear una base social para la dominación del gran capital, no va más allá de la incorporación de la pequeña burguesía al esquema de poder. Aun las capas bajas de la clase media quedan excluidas de ese proyecto, y la inutilidad de éstas desde el punto de vista del modelo capitalista que se quiere implementar hace más bien previsible que se mantenga la degradación de su situación material, que se ha observado en los últimos años. Finalmente, tratándose del proletariado urbano y rural, las pretensiones del régimen se limitan a procurar embrutecerlo a través de la propaganda, una vez que debe seguir reprimiendo sus reivindicaciones más elementales.

Creer que el reformismo puede adquirir hoy día en Brasil un real significado político para los trabajadores es, pues, ignorar la lógica implacable de la lucha de clases. Aplastado por la superexplotación que se le ha impuesto y proscrito de la vida institucional y política del país, el proletariado brasileño no puede tener otra expresión política que no sea revolucionaria. Su situación objetiva coincide con la crisis que vive la vanguardia revolucionaria, y que resulta de la pérdida de la base social pequeñoburguesa que la había respaldado. Ambas condiciones que se dan por primera vez en forma combinada, hacen aparecer como necesaria y viable la creación de un verdadero partido proletario en el país.

El sentido de la crisis

La izquierda llega a ese momento profundamente transformada. Al enfrentarse a las tareas que planteaba la realización de la lucha armada, se ha depurado internamente y ha forjado una nueva militancia, cualitativamente distinta de la que le dejara el periodo anterior. La lucha armada representó aún más para la izquierda: fue su declaración formal de que ella no aceptaría las reglas del juego impuestas por los militares. Independientemente del voluntarismo en que incurrió, esto le permitió encarar seriamente la lucha clandestina, la única que la vanguardia política del proletariado puede librar en las actuales circunstancias.

La acción implica siempre el riesgo de la desviación; sólo la inacción da garantías seguras a la ortodoxia. En el caso brasileño, la acción de la izquierda acarreó desviaciones, que han tenido consecuencias en su desarrollo. Sin embargo, ha sido su práctica de lucha armada lo que permitió a la izquierda romper con los métodos tradicionales del trabajo de masas, así como reunir los elementos necesarios (humano, técnico, organizativo) para hacer frente a las tareas que plantea la lucha de clases. Si la izquierda revolucionaria constituye actualmente una alternativa política para las clases trabajadoras —y ella es la única alternativa que les queda— esto se debe precisamente a las modificaciones que ha sufrido.

La opción hecha por la burguesía en favor de una dictadura abierta de clase no deja a la acción política de la vanguardia y al proceso de la lucha de clases sino el camino de la lucha armada. Lo que se impone, pues, a la izquierda brasileña no es el abandono de este método de lucha ni siquiera una autocrítica por haberla entablado en el momento en que lo hizo. Los que le achacan la responsabilidad del golpe militar de 1968 son los mismos que la acusaron de haber provocado el de 1964, es decir, los que desearían una lucha de clases sin lucha y quizá sin clases.

Más allá de ser un instrumento de acción de que se vale la vanguardia, la lucha armada es una forma general de la lucha de clases. Ésta reviste dicha forma siempre que se da la ruptura entre el movimiento de masas y el sistema de dominación, lo que tiende a configurar una situación de guerra civil más o menos larga. Esta situación, planteada en Brasil desde 1964 y vuelta irreversible después de 1968, lleva a que, aun cuando en las fases de reflujo del movimiento de masas la lucha armada de la vanguardia aparezca como un fenómeno sin raíces en la sociedad, sea ella la que exprese de manera más pura el grado de agudización a que llegaron las contradicciones de clases en esa sociedad.

No es por lo tanto ese espejismo lo que debe preocupar a la izquierda, sino el hecho de que la misma izquierda se deje confundir por él. Sus sectores militaristas que, al no encontrar respuesta inmediata a sus acciones armadas por parte de las masas, deciden que éstas no tienen ahora ningún papel que jugar, reproducen a la inversa la misma actitud de sus sectores “masistas”, que condenan a la lucha armada en nombre de un trabajo de masas de tipo tradicional y que las condiciones vigentes hacen poco efectivo. Como decía Lenin, en un movimiento revolucionario las desviaciones de izquierda son siempre, en última instancia, desviaciones de derecha.

La crisis de la izquierda brasileña es la crisis de la base social en que se apoyaba, pero es también una crisis ideológica. En estas circunstancias, la izquierda está obligada a vivirla hasta sus últimas consecuencias, agotando todas las instancias de la autocrítica y llegando al desgarramiento extremo de la lucha interna. Sólo así podrá enfrentarse al desafío que le plantea la lucha de clases: la organización de las masas explotadas para la guerra contra la dictadura del capital.

En el curso de ese proceso, la izquierda se encontrará con que su práctica reciente ha forjado las armas que le permiten atacar esa tarea. El temple de sus cuadros, el dominio de los secretos de la lucha clandestina, la creación de estructuras organizativas flexibles, todo ello la pone en posición ventajosa para impulsar la nueva etapa de su desarrollo. Etapa que al fin y al cabo, se define por la realización de lo que la vanguardia persiguió incansablemente durante todos estos años: la fusión de las ideas revolucionarias con el movimiento de las amplias masas explotadas de Brasil.

 

Notas

[1] Es útil recordar aquí que la producción y acumulación capitalistas tienen, como mecanismo fundamental, la creación de plusvalía y que ésta expresa la diferencia entre el valor producido por el obrero y la parte del mismo que le es devuelta, devolución que toma generalmente la forma de salario. Desde otro punto de vista, la plusvalía corresponde a la parte de la jornada de trabajo en la que el obrero, habiendo producido un valor igual al de los bienes que necesita para su subsistencia (tiempo de trabajo necesario), trabaja gratuitamente para el capitalista (tiempo de trabajo excedente).

Cuando la plusvalía aumenta, se altera la relación entre esos dos tiempos de la jornada de trabajo, es decir, crece la parte del tiempo de trabajo excedente; ese aumento de la plusvalía se dice absoluto cuando implica la extensión de la jornada de trabajo, y relativo cuando, sin que se altere necesariamente la jornada, disminuye allí el tiempo de trabajo necesario. Es posible identificar todavía una modalidad de aumento de la plusvalía, aquélla en que ésta se origina de una reducción del salario que no corresponde a una disminución real del tiempo de trabajo necesario. Este caso tiende a ser excepcional en los países capitalistas avanzados, pero reviste un carácter generalizado en países capitalistas atrasados, como el Brasil, donde configura una situación de superexplotación del trabajo. En el texto, exclusivamente para fines de simplificación, se toma la expresión plusvalía absoluta también para designar esta última modalidad.