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Tiradentes, ayer y hoy

Ruy Mauro Marini

 

Fuente: El Día, Testimonios y Documentos, México, 15 mayo de 1968.

 

La historia de los pueblos es siempre una mezcla de fantasía y de realidad. El pasado 21 de abril marcó el 176° aniversario de la muerte de una de las figuras más legendarias de la historia del Brasil, el Tiradentes. Pero, más allá de lo que representa hoy para la imaginación popular, esa fecha simboliza un episodio decisivo en el proceso de formación de la moderna nación brasileña.

En efecto, la conspiración fraguada en 1789 en la capitanía de las Minas Gerais contra la Corona de Portugal, que pasó a la historia bajo el nombre de “Inconfidência Mineira” y de la cual resultó la ejecución pública del Tiradentes, tiene una doble significación. Por un lado, clausura una fase de la conversión de la América portuguesa en una nueva nación, fase que corresponde al llamado “ciclo del oro”. Por otro lado, se integra en la serie de lucha política que conducirán, treinta y tres años después, a la supresión del yugo colonial portugués y a la emergencia del Brasil a la vida independiente.

 

El “ciclo del oro”

El ciclo de la mineración de oro y diamantes por que pasa el Brasil en el siglo XVIII no interesa tan sólo a la historia de ese país, ni siquiera se refiere exclusivamente a sus relaciones con la metrópoli portuguesa. El oro brasileño que, por mediación de Portugal, se derrama entonces sobre el mercado europeo, desempeña un papel relevante en el desarrollo del capitalismo industrial en el viejo continente, particularmente en Inglaterra. Proporcionando la base necesaria para una expansión sostenida de los medios de pago, contribuye a ampliar las relaciones de trabajo asalariado y, por lo tanto, la superación de las antiguas relaciones feudales de producción. Asimismo, siendo el responsable por la depreciación constante del valor de la moneda, se traduce en bajas de salarios y de rendimientos fijos, que aceleran la concentración del capital en las manos de los grupos empresariales burgueses de la ciudad y del campo.

Para el Brasil, el florecimiento de la economía minera ochocentista tiene otras implicaciones. Antes que nada, desenvuelve en el centro geográfico del territorio brasileño de la época una zona de producción que vincula orgánicamente las dos áreas que la colonización había creado en los siglos precedentes: el área de la economía azucarera de exportación, ya en decadencia entonces, ubicada en el noreste y teniendo como centro de gravitación a los actuales Estados de Bahía y Pernambuco; y el área vicentina dedicada principalmente a actividades de subsistencia y a la ganadería, que partía de Río de Janeiro hacia el sur, y tenía a São Paulo como núcleo vital. La formación de la capitanía de Minas Gerais (1720), y el auge que allí gana la explotación minera, modifica sensiblemente esa situación; y se constituye en uno de los factores que explican por qué, al momento de la independencia, la antigua colonia portuguesa no sufrirá un proceso de fragmentación similar al que caracterizó a la América española.

En efecto, partiendo del altiplano mineiro, y remontando el territorio en el sentido de las vertientes de los ríos, de donde se extraía el oro y los diamantes, el ciclo de la mineración implicó el dislocar la colonización hacia el interior, con todo lo que ello acarreaba en materia de creación de una infraestructura de transportes, que conectara la región con los puertos más cercanos. Se comprende así que la antigua capital brasileña, la ciudad de San Salvador, en Bahía, debiese ceder su puesto a Río de Janeiro, mucho mejor para cumplir esa función. Por otra parte, tratándose de una actividad altamente especializada, y que luchaba incluso con escasez de mano de obra, la economía minera del altiplano no podía proveer su propia subsistencia, mas disponía del poder de compra suficiente para absorber, y aun inducir su creación en otras áreas; nace así un proceso intensivo de intercambio, que echa los cimientos de un mercado interno nacional y se constituye, por ello mismo, en elemento de importancia fundamental para la formación de la nacionalidad.

 

La sociedad minera

Otras repercusiones tendría el desarrollo de la minería. Al revés de lo que pasara con el ciclo del azúcar, que, exigiendo una fuerte inversión inicial y un plazo relativamente largo de maduración de la misma, condujera al establecimiento de una aristocracia rural, de base rígidamente esclavista, el ciclo del oro va a llevar a una estructura social mucho más abierta y urbanizada. En efecto, el oro, como los diamantes, era de aluvión, lo que quiere decir que su explotación no demandaba una tecnología elaborada o un capital mínimo de gran magnitud; no implicaba siquiera la valorización de la tierra, puesto que, siendo corta la vida de un lavadero, no era la propiedad del suelo lo que contaba, sino más bien la necesidad del derecho de extracción (y la misma Corona portuguesa, reservándose el monopolio de las riquezas minerales, contribuía para que ello fuera así). El carácter móvil y los riesgos físicos que de allí derivaban hacían, por otro lado, que la familia no acompañase a su jefe, y se fijara en los centros urbanos.

Las oportunidades de enriquecimiento fácil que así se configuraban inducen un surto demográfico considerable, ya por desplazamientos internos de población, ya por la inmigración desde el continente europeo. Las estimativas indican que la población de la colonia había crecido muy lentamente en los siglos XVI y XVII (de 100 mil habitantes en 1600 pasará a un máximo de 300 mil en 1700), mas aumentó fuertemente en el siglo XVIII (cerca de 3 millones 250 mil personas en 1800). Una tercera parte, por lo menos, estaba constituida por negros esclavos; la población de origen europeo era aproximadamente de 30 mil personas en 1600, de un poco menos de 100 mil en 1700, y superior a un millón a fines del siglo XVIII, habiendo pues acelerado su incremento de manera extraordinaria.

Una de las características de la corriente inmigratoria consistía en que ya no se componía fundamentalmente, como antes, de miembros de las clases pudientes, que llegaban a la colonia armados de funciones o capital suficientes para prosperar, sino más bien de elementos de extracción social más humilde —habiendo contribuido fuertemente en este sentido la desorganización de las manufacturas portuguesas, acarreada por la penetración creciente de los productos ingleses en la metrópoli. Por otra parte, los mismos nativos pobres, los hombres libres en la sociedad azucarera del noreste habían llegado a constituir un problema social, por la falta de oportunidades de empleo, encontraban allí lugar en la estructura de producción. Los esclavos, finalmente, a diferencia de lo sucedido en el noreste, no constituyeron nunca la mayoría de la población y —recordando un poco lo que pasó en la Grecia antigua, cuando la expansión comercial— llegaban a veces a trabajar por cuenta propia, entregando al señor parte de lo adquirido y acumulando los medios necesarios para comprar su liberación.

En el marco de esa estructura social relativamente flexible, las actividades urbanas se dinamizan. El comercio era intenso en Vila Rica, capital de la provincia. Se desarrollaba también la artesanía, sobre todo la orfebrería, así como la forja y la fundición del hierro, con base en la abundante materia prima local. Finalmente, se expanden las manufacturas textiles, actividad tradicional e indispensable en aquellos lugares alejados de los centros industriales europeos.

 

Metrópoli versus Colonia

En la fase de la expansión azucarera brasileña, Portugal había desempeñado un papel decisivo, ya proveyendo la mano de obra y el capital necesario a la implantación de las unidades de producción, ya asegurando, en alianza con Holanda, el transporte y la distribución del producto en los mercados europeos. Después de instalada la estructura productiva en la colonia, ésta se demostró capaz de proveer una buena parte de su subsistencia, mediante la diversificación de la producción, al mismo tiempo que seguía dependiendo de la metrópoli para la venta de su mercancía. Vale decir que existía una complementariedad objetiva entre metrópoli y colonia, hecha aún más armónica en virtud de que Lisboa no interfería en las actividades de producción, limitándose a actuar en el área de circulación.

Distinta será la situación configurada cuando el desarrollo de la minería. Antes que nada, la especialización misma de esta rama productiva y el poder de compra que genera en la colonia convierte a ésta en un mercado en expansión para los bienes importados, sobre todo manufacturas, que Portugal no estaba en condiciones de proveer. El papel que asumimos, pues la metrópoli [… falta una línea en el original impreso] valiéndose del monopolio colonial, será el de simple intermediario entre los centros manufactureros —esencialmente Inglaterra— y el mercado brasileño, con lo que se perfilará claramente como un parásito, cuya existencia no hace más que encarecer el precio de los artículos de consumo.

Por otra parte, mediante el sistema de concesiones y las consecuentes obligaciones fiscales, la metrópoli estará directamente presente en las actividades de producción. Su actitud es intolerante y rapaz: reservándose, inicialmente, un quinto de la producción total, acaba por fijar una cantidad determinada como mínimo a que debería ascender dicho quinto. De esta manera, el porcentaje pasaba a representar un valor absoluto, que tendió a fijarse según el máximo proporcionado al erario portugués por la colonia en la fase de auge de la explotación aurífera.

Ahora bien, ese auge duró poco, por el agotamiento de los precarios yacimientos disponibles, tanto de oro como de diamantes. En el afán de prolongar el ciclo, las expediciones exploratorias se internaron tierra adentro, rasgando la región en diferentes direcciones, conformando y consolidando la extensión territorial del Brasil actual. Ello no impidió que la exportación de oro, que, en su punto máximo (1750-1760) promediara los 2 millones de libras, declinase rápidamente, no alcanzando ya, hacia 1780, ni el millón de libras; la exportación de diamantes sigue la misma tendencia. La economía minera entrará definitivamente en decadencia y, hacia finales del siglo, no tendría ya mayor importancia en la vida económica de la colonia.

Así no lo vio, o no lo quiso ver, Portugal. Frente a la caída de los ingresos públicos provenientes de las imposiciones sobre el oro, reacciona, por un lado, tratando de liberar mano de obra para las actividades de mineración (en el momento en que la reducción de dichas actividades hacía ya excedente la mano de obra existente); por otro lado, endureciendo las medidas administrativas, como si la caída de la producción no fuera más que un problema policial. Así, en 1766, prohíbe las actividades de los talleres de orfebrería, y, en 1785, va todavía más lejos, suprimiendo las fábricas y manufacturas de todo tipo en la colonia. Al mismo tiempo, echa mano de un procedimiento conocido como la “derrama”, que consistía en la ejecución judicial y la confiscación de los bienes de quienes no estuvieran en condiciones de pagar los impuestos del oro.

 

La Inconfidência Mineira

La última “derrama” anunciada por Portugal, en 1789, constituye precisamente la causa inmediata la Inconfidência Mineira, movimiento conspirativo en el que se mezclan ideales políticos e intereses personales amenazados. Deficientemente planeado, carente de dirección y fallo en su organización, el movimiento arrastra, sin embargo, a personalidades representativas del medio cultural, político, militar y religioso de la capitanía, y —según algunos documentos sugieren— cuenta no solamente con el apoyo de comerciantes locales y de Río de Janeiro, como también con amplias simpatías populares. Se explica así que, alarmada por el curso de los acontecimientos, la metrópoli, al mismo tiempo que aplasta en su cuna a la conjuración, suspenda también la orden de la “derrama” y abandone definitivamente esa práctica en el futuro.

Aunque no falte documentación sobre la Inconfidência, y existan incluso buenos estudios sobre la materia, la fantasía histórica ha retocado considerablemente su imagen. En una amplia medida, y tal vez involuntariamente, se le han dado rasgos que acercan el martirio de Tiradentes a la pasión de Cristo. Esto aparece ya en la reducción de los conjurados a 13, cuando el proceso judicial alcanzó a 29 personas (de las cuales tres murieron en el curso del mismo) y las condenas, a once; es visible también en la elección de un Judas, el coronel portugués Joaquim Silvério dos Reis, a pesar de que la historia registra por lo menos dos nombres más de denunciantes; se cristaliza en fin en el retrato de Tiradentes, con su túnica blanca de condenado, su pelo largo y las largas barbas de profeta bíblico.

 Es, en efecto, en la caracterización del alférez Joaquim José da Silva Xavier, apodado el Tiradentes, que la leyenda adquiere toda su dimensión. El examen de los hechos tiende a mostrar que ese humilde oficial —que tenía también la profesión de dentista (de donde el apodo: “sacamuelas”), explicable por su antigua profesión de artesano orfebre— fue en la conjura más un enlace y un agitador, que un dirigente o un organizador. Éste es, empero, el papel que le ha atribuido la historia.

La actitud de la Corona portuguesa en el proceso judicial contribuyó, sin duda, para ello, ya que lanzó toda su fuerza represiva contra ese eslabón más frágil de la cadena conspirativa: a todos los condenados indultó con el exilio, a él lo condenó a “la muerte natural para siempre”, en la horca, al descuartizamiento, y a la exhibición pública de sus restos, para escarmiento. También es verdad que, según los autos del proceso y los testimonios la época, la serenidad y la firmeza de que hizo alarde Tiradentes en la prisión y en la muerte, dejaron honda impresión en la mente del pueblo y le valieron el título de “mártir de la Independencia”. Como quiera que sea, el Tiradentes se ha convertido, póstumamente, en la figura máxima y en el símbolo mismo de las aspiraciones brasileñas a la libertad.

 

El mito y la realidad

Se pasa muchas veces por alto el hecho del que, en su planteamiento programático, los Inconfidêntes estuvieron por debajo de algunos movimientos precedentes, ya que, si postulaban la separación de Portugal y la institución de la república, la afición de sus elementos más cultos por el ideario de los revolucionarios franceses no fue suficiente para llevarlos a preconizar también la supresión del régimen esclavo. Por otra parte, la doble meta que proponían —independencia y república— sólo progresivamente fue aceptada por la ideología oficial brasileña, ya que la independencia lograda en 1822 no condujo a un régimen republicano, sino a una monarquía. La consigna republicana de la Inconfidência tuvo que esperar, pues, hasta 1889, o sea un siglo, para ser reconocida oficialmente.

Las características del movimiento de 1789 explican que haya sido visto normalmente con desconfianza en las esferas gubernamentales, y que las corrientes políticas de vanguardia lo hayan siempre tomado como bandera en contra del status quo. Fue lo que ocurrió a mediados del siglo pasado, en el reinado de D. Pedro II, cuando la monarquía intentó inútilmente oponerse al movimiento de opinión republicana, fuerte principalmente entre la juventud universitaria, que buscó reavivar la memoria del Tiradentes construyéndole un monumento en Río de Janeiro. Es lo que pasa en nuestros días, cuando el actual régimen militar se molesta visiblemente siempre que las manifestaciones de homenaje al Tiradentes se salen del marco oficial, y enfatizan el carácter liberador y anticolonialista de la Inconfidência Mineira.

Es por lo que, a casi dos siglos de su muerte, el Tiradentes continúa amenazadoramente erguido frente a las fuerzas de la explotación y de la opresión. En la historia, la fantasía suele ser, en efecto, más real que los hechos mismos, ya que, al reivindicar su pasado, el pueblo lo rehace a la medida de sus luchas presentes, proyecta sobre él sus esperanzas y sus aspiraciones, y lo convierte en acción. Más que conservar la historia, se preocupa con hacerla, y es como la transforma en fuerza viva de cambio, en partera de un mundo mejor.