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Estado y crisis en Brasil

 

Ruy Mauro Marini

 

Fuente: : Cuadernos Políticos n. 13, Ediciones Era, México, julio-septiembre de 1977, pp. 76-84. Se publica en Internet gracias a Ediciones Era.

Índice

El ciclo económico en Brasil

Los ciclos nacionales y la circulación internacional

El esquema de realización del subimperialismo

El papel del Estado en la crisis actual

Conclusiones

 

Una de las características de la sociedad dependiente es el considerable grado de autonomía relativa de que goza allí el Estado. En lo fundamental, ello se deriva de una ley general de la sociedad capitalista, según la cual la autonomía relativa del Estado está en razón inversa de la capacidad de la burguesía para llevar a cabo su dominación de clase; en otros términos, un Estado capitalista fuerte es siempre la contrapartida de una burguesía débil [1]. Pero, planteado así, esto no hace sino encauzar la investigación del problema, siendo necesario pasar a la indagación de qué es lo que determina esa debilidad de la burguesía. Haciendo de lado los factores históricos, que no pueden ser examinados sino en el marco de las sociedades capitalistas concretas, es posible indicar, en este sentido, algunos elementos generales que permiten orientar la solución del problema en países como los nuestros.

Uno de ellos se deriva de que, en dichos países, las estructuras precapitalistas, aunque articuladas e integradas bajo la dominación del modo de producción capitalista, son objeto de un proceso lento de absorción, mientras que, en condiciones de dependencia, el mismo modo de producción capitalista encuentra dificultades para generalizar la plusvalía relativa e impedir así la tendencia a la fijación de la plusvalía extraordinaria (lo que se expresa en obstáculos a la nivelación de la cuota de ganancia). En consecuencia, las fracciones burguesas dominantes, que corresponden al desarrollo objetivo del modo de producción, se encuentran inmersas en un conjunto de clases y fracciones de clases que se basan o en modos de producción distintos, aunque subordinados, o en fases más retrasadas del desarrollo capitalista [2]. Este contexto en que se enmarca la dominación burguesa en los países dependientes explica la debilidad que la caracteriza y responde en amplia medida del reforzamiento del Estado, fundando la autonomía relativa de éste respecto a la burguesía.

Desde otro punto de vista, nos encontramos con el hecho de que las burguesías dependientes se encuentran ligadas con la burguesía internacional y cada vez más integradas con ella. Esa ligazón y creciente integración no excluye, sin embargo, la diferenciación —y, en ciertos casos, incluso la oposición— de sus intereses respecto a esta última, fenómeno que se designa mediante la categoría de “cooperación antagónica” [3]. Las burguesías nacionales o, para evitar confusión, nativas, aun cuando optan conscientemente por su integración con la burguesía imperialista, tienen que apoyarse en el Estado, en tanto que instrumento de intermediación capaz de llevar a cabo este proceso sin que ello implique la destrucción pura y simple de la burguesía nativa. En esta calidad, actuando como intermediario en el proceso de convergencia de la burguesía dependiente con la burguesía imperialista, el Estado ve acentuarse aún más su autonomía relativa y, por ende, su capacidad de acción respecto a la economía dependiente.

Finalmente, en la medida en que la situación que acabamos de indicar implica que el Estado dependiente se encuentra referido también a la burguesía imperialista, las contradicciones que se establecen en el seno de ésta operan en el sentido de ampliar su autonomía relativa, ahora en relación a la misma burguesía imperialista. Los estudios sobre la dependencia, en la medida en que se formularon en un periodo en que la hegemonía norteamericana sobre América Latina, y aun a nivel mundial, era absoluta, obstaculizando contradicciones agudas entre la burguesía norteamericana y otras burguesías imperialistas, no han otorgado la debida importancia a este hecho. La actual crisis capitalista mundial, al agudizar las contradicciones interimperialistas, nos obliga a prestarle mayor atención. Tanto más que, como veremos más adelante, esas contradicciones no se desarrollan sólo en el plano externo a la economía dependiente, es decir, en el marco del mercado mundial, sino que se convierten, por efecto de la integración imperialista, en contradicciones internas de los países dependientes.

Así pues, desde cualquier ángulo que consideremos la autonomía relativa del Estado en nuestros países, ésta sólo se entiende como resultado de contradicciones de clases inherentes a la situación de dependencia. Es por tanto evidente que esa autonomía tiende a acentuarse al presentar una crisis en el proceso de reproducción de capital [4] en nuestros países, dado que toda crisis agudiza las contradicciones de clases. Por esta razón, al considerar las perspectivas de la actual crisis brasileña, nuestra atención se dirige preferentemente hacia el Estado, debido al margen de autonomía que la crisis le da para plantear un proyecto de superación de la misma.

Es conveniente observar que el análisis de la crisis en tanto tal no constituye el objeto de este trabajo, aunque el lector podrá darse cuenta de algunas hipótesis relativas a ella que se encuentran en la base de mi razonamiento. Sin embargo, lo que me preocupa aquí es el señalamiento de algunas tendencias que, a consecuencia de la crisis, se están abriendo paso en Brasil y que se expresan principalmente a través de la intervención del Estado. El examen de esas tendencias puede ser de interés para avanzar en la comprensión de los efectos que la crisis mundial está provocando en América Latina y de la influencia que éstos pueden tener en el desarrollo futuro de nuestros países. Tanto más cuanto que, al ser la economía brasileña una de las de mayor desarrollo relativo en el subcontinente, juntamente con las de México y Argentina, el análisis de sus reacciones ante la crisis mundial, o por lo menos de algunas que nos han llamado la atención, permite, aunque no sea sino por contraste, iluminar mejor las causas del ciclo depresivo que afecta hoy a la mayoría de nuestros países, así como las posibles respuestas que éstos pueden ofrecerle.

El ciclo económico en Brasil

Aclaremos, inicialmente, una duda que el lector puede plantearse. ¿Se encuentra realmente en crisis la economía brasileña, visto que su producto interno bruto aumentó en más de un 8 % en 1976? Lo primero a tener presente es que ese aumento del PIB el año pasado se dio ya en el marco de una desaceleración del crecimiento económico del país, iniciada en 1974 y acentuada en 1975. En una amplia medida, ese aumento se deriva de la movilización de la capacidad ociosa motivada por la recesión de 1974-75, no implicando pues que se haya registrado un monto considerable de inversiones productivas, capaces de asegurar el sostenimiento de la recuperación. Es más: el crecimiento del año pasado se realizó en contra de los objetivos establecidos por el gobierno, que no admitía un índice de aumento del PIB superior al 5 %, en vista de la acentuación de las presiones inflacionarias. En efecto, la inflación brasileña en 1976 fue superior al 40%, tras haberse situado en un nivel siempre inferior al 20 % en los buenos años del “milagro”, lo que ha obligado al gobierno a reforzar sus controles para garantizar este año una tasa de crecimiento más reducida y afirmar con esto su política antinflacionaria.

Esto dicho, entremos en materia. Lo que interesa destacar, antes que nada, es que la crisis de la economía brasileña, aunque influida por la crisis mundial, cuenta con sus resortes propios, que se encuentran ubicados en el sector industrial manufacturero. Recordemos que la industrialización en Brasil ha seguido la pauta general latinoamericana o, más precisamente, de los países latinoamericanos de mayor desarrollo relativo: iniciada en los años 20, se acelera tras el crack de 1929 y gana fuerte impulso con la guerra mundial. Hacia 1950, ese proceso ha conducido a un sector manufacturero ya consolidado y, a partir de entonces, la economía brasileña empieza a generar su propio ciclo económico.

Precisemos este punto. Al sostener que el ciclo económico brasileño tiene determinaciones propias, no pretendemos negar la fuerte influencia que sufre por parte de la coyuntura internacional, sino tan solo decir que dicho ciclo no constituye un mero efecto de ésta ni la refleja de manera mecánica. La actual crisis brasileña, por ejemplo, surge concomitantemente con el alza de los precios internacionales del petróleo, cuyo impacto en la economía brasileña es comprensible, si consideramos que ésta abastece menos del 20% del consumo interno con la producción nacional. Sin embargo, aunque la crisis petrolera no se hubiera abatido sobre el país, éste no habría dejado de experimentar la desaceleración de su crecimiento económico, e incluso de incurrir en un ciclo recesivo, hacia 1974.

Ello es así porque por entonces se agotaba el modelo de reproducción capitalista que se implementara en Brasil, durante la expansión de 1968-73, y se imponía una modificación del mismo, para asegurar una nueva fase expansiva. Ahora bien, el paso de un ciclo expansivo a otro implica necesariamente pagar el costo de la recesión. Éste es un elemento esencial a retener: los ciclos expansivos y recesivos de la economía brasileña no expresan simples variaciones coyunturales sino que apuntan a cambios estructurales en el modelo mismo de reproducción de capital prevaleciente en el país. En este sentido, las crisis que allí se verifican tanto cuestionan y destruyen elementos integrantes de ese modelo, que corresponden a la fase anterior, cuanto hacen surgir los nuevos elementos que determinarán su modificación en la fase posterior. La economía internacional juega en ese proceso un papel relevante, pero en tanto que factor internalizado por la economía brasileña, y no simplemente como un estímulo externo, viabilizado a través del mercado, como ocurría en la fase de la economía exportadora, que antecede a la de la moderna economía industrial.

Echemos una ojeada retrospectiva a la evolución reciente de Brasil, para verificar y precisar estas aserciones. La economía industrial brasileña entra en su fase de consolidación, de madurez, en los años cincuenta, cuando se concluye la industrialización basada en la sustitución simple de importaciones, que consistía en la producción de bienes de consumo habitual. Se abre entonces una nueva fase de desarrollo, que consiste en la creación de la industria pesada, productora de bienes intermedios, bienes de capital y de bienes mixtos, como los han llamado algunos autores. Éstos se caracterizan por el hecho de que, aunque provengan de la industria pesada, se destinan al consumo individual; para dar un ejemplo, podemos tomar a la industria automotriz, cuya producción ostenta en su mayor parte ese carácter.

Considerando los veinte años del periodo de madurez de la economía brasileña, algunos autores han indicado que en él se registran con nitidez tres ciclos económicos, con una duración aproximada de cinco años [5]. El primer ciclo de expansión, va de 1957 a 1962, con tasas de crecimiento del sector industrial superiores al 9 % anual; se caracteriza por el desarrollo de la industria pesada, con la implantación de nuevas ramas, una de las cuales —la automotriz— desempeñará un papel relevante en los ciclos posteriores. El ciclo siguiente empieza en 1962 y termina en 1967, configurándose como un ciclo depresivo: junto a la caída en la tasa de formación de capital, el sector manufacturero se desacelera visiblemente, pasando a presentar una tasa anual promedio de crecimiento de sólo 2 por ciento; el aumento de la tasa de inflación, que en 1964 bordeaba ya el ciento por ciento, lleva al gobierno aplicar una política económica que agrava la tendencia recesiva y acarrea, como es natural en esa situación, una violenta centralización del capital.

El tercer ciclo corresponde al llamado “milagro” y se extiende de 1968 a 1973. Junto a un crecimiento del producto interno bruto que oscila en torno a un 10%, el sector manufacturero crece a tasas que superan el 15%, teniendo como eje la industria automotriz, la cual, con una producción aproximada de un millón de unidades el año pasado, ocupa actualmente el noveno puesto mundial en la rama. Junto a ella, y en muchos casos inducido por ella, se verifica un considerable desarrollo en la fabricación de maquinaria y equipo, en la industria naval, la petroquímica y la electrónica pesadas, así como la implantación de la industria aeronáutica. Se observa también la conformación de un nuevo sector económico, que coincide muchas veces con las ramas mencionadas, representado por la industria bélica o, para ser más precisos (toda vez que la producción bélica ligera es más antigua), la producción de armamento pesado.

A partir de 1974 empieza el actual ciclo recesivo, con la caída de la tasa de formación de capital y de los índices de crecimiento, así como el recrudecimiento de la inflación. Las predicciones oficiales establecen, como fecha posible de terminación del mismo, el año de 1979. Más importantes aún son las medidas que está tomando el capitalismo brasileño, y en particular el Estado, a las que volveremos más adelante, y que de hecho no pueden producir efectos antes de fines de la década.

Los ciclos nacionales y la circulación internacional

Indicamos anteriormente que los ciclos económicos brasileños se encuentran fuertemente influidos por la economía internacional, pero que ésta ejerce influencia en la medida en que su acción es internalizada por la economía de Brasil. Éste es el momento adecuado para precisar esta idea. En efecto, los ciclos expansivos de 1957-62 y 1968-73 están directamente vinculados a cambios significativos en la esfera de la producción, que implicaron fuertes masas de inversión de capital y, consiguientemente, importantes innovaciones tecnológicas. Un factor decisivo en este proceso lo constituyeron las inversiones extranjeras.

En los países dependientes, la esfera de la producción se encuentra estrechamente articulada con el flujo circulatorio de capital dinero y de capital mercancía (bajo la forma de medios de producción), originado en los países capitalistas avanzados. Ese doble flujo puede incidir mancomunadamente en el país dependiente, como ocurrió en Brasil en el periodo 1957-62, en el que predominó la inversión directa bajo la forma de importación de maquinaria y equipo, o desdoblarse para actuar de manera independiente, como sucedió en el periodo 1968-73, lo que examinaremos después. Pero, en cualquier hipótesis, ese flujo, una vez internalizado, constituye un factor determinante en la configuración del ciclo económico del país dependiente.

Si consideramos los ciclos de la economía latinoamericana, observamos que, aunque influidos por la coyuntura internacional, no corresponden directamente a ésta. El caso brasileño es ilustrativo en este sentido. El primer ciclo expansivo mencionado, que empieza en 1957, coincide con la dinámica ascendente de la economía mundial. Sin embargo, aunque la expansión de la economía mundial se haya acentuado en la década de 1960, nos encontramos con un ciclo recesivo en la economía brasileña desde 1962, acompañando por lo demás una tendencia general de la economía latinoamericana. Un elemento que contribuye a explicar en buena medida esa situación es el movimiento internacional de capitales en los dos periodos considerados. En los años cincuenta, ese movimiento se encuentra ampliamente dominado por Estados Unidos, y se acentúa en él la exportación de capitales privados, realizada principalmente bajo la forma de inversión directa. Esa exportación de capitales privados se dirige prioritariamente a los países de América Latina y del Tercer Mundo, siendo un resultado de ella la implantación en Brasil de la industria automotriz, en la que el capital extranjero detenta un 90% del capital total invertido, con predominancia norteamericana.

En los años sesenta, la situación se modifica. El capital privado norteamericano, a la par que comienza a predominar sobre el capital público, desplaza su órbita hacia los países de Europa occidental, Canadá y Japón, invirtiendo la tendencia que había presentado anteriormente. Sin embargo, las inversiones realizadas en la década anterior seguían rindiendo, o comenzaban a hacerlo, provocando fuertes transferencias de capital de las naciones dependientes a Estados Unidos. Es así como las inversiones norteamericanas, entre 1960 y 1967, van a Europa occidental y Canadá en una proporción de 70%, mientras que en los ingresos norteamericanos por concepto de intereses, ganancias y regalías provenientes del exterior, los países dependientes participan en una proporción de 60% [6]. En síntesis: mientras el capital norteamericano se mueve hacia los países desarrollados, drena recursos de los países latinoamericanos y los descapitaliza, lo que permite entender buena parte de los problemas enfrentados por las economías de la región en ese periodo, en lo que a acumulación de capital se refiere.

A fines de la década, se modifica de nuevo el flujo internacional de capitales, en favor de Latinoamérica. La causa es el extraordinario boom financiero surgido desde mediados de la década, sobre la base del eurodólar; una de sus características más salientes es el predominio de los préstamos y financiamientos otorgados por la banca internacional respecto a las inversiones directas. Se entiende así que uno de los factores determinantes en el ciclo expansivo brasileño de 1968-73, el capital extranjero, haya asumido predominantemente la forma de préstamos y financiamientos y no de inversión directa, y que la participación de los capitales europeos, en particular de Alemania Federal, así como los japoneses, se haya incrementado de manera significativa. A la par de la disociación del flujo circulatorio internacional de capital dinero y capital mercancía, se registra, pues, la diversificación de sus países de origen, lo que tendrá consecuencias importantes en la economía brasileña, en el periodo de la presente crisis.

El esquema de realización del subimperialismo

Pero no sólo en las variaciones de la circulación internacional se encuentran diferencias significativas para los dos periodos expansivos de la economía capitalista brasileña que estamos considerando. Las diferencias se manifiestan también en el plano de la circulación interna, o más precisamente, de la circulación propia de la economía brasileña. Considerando que en ambos periodos se altera sustancialmente, como señalamos, el aparato productivo o lo que podríamos llamar modelo de acumulación, conviene orientar nuestra atención hacia los esquemas de realización de mercancías que prevalecen en ambos. En este sentido, es interesante observar que, mientras la expansión de 1957-62 se llevó a cabo con base en el mercado interno y se registró incluso, pese al crecimiento del comercio internacional, una regresión de la participación brasileña en el mismo, el segundo periodo expansivo, de 1968-73, presenta características distintas.

En efecto, el esquema de realización planteado por la dictadura militar y el gran capital, para esta fase de desarrollo que caracterizamos como subimperialista, se basó en tres elementos fundamentales [7]. El primero de ellos (que, cronológicamente, es el último, ya que sólo se configuró plenamente a partir de 1968, mientras que los demás ya se habían hecho visibles en el curso de la crisis de 1962-67) es el consumo suntuario. Ello se explica en la medida en que los sectores dinámicos de la economía brasileña, en el periodo, son aquellos que producen bienes mixtos: automóviles, aparatos electrodomésticos, etcétera, lo que hizo indispensable dinamizar el mercado interno. La superexplotación del trabajo en que se basa el modelo de reproducción, y que lleva a que, desde 1965, el salario real obrero se haya reducido a aproximadamente la mitad, no es obstáculo para ello. Más bien permite una redistribución regresiva del ingreso, no sólo en favor de la clase capitalista, sino también de las capas medias, conformando un mercado limitado pero dinámico para la producción de bienes mixtos y otros productos suntuarios. Esa acentuación de la brecha entre la esfera alta y la esfera baja de la circulación nacional implica, desde luego, que se agrava el divorcio entre el desarrollo del aparato productivo y las necesidades de consumo de las masas, rasgo inherente al capitalismo dependiente.

Un segundo elemento en la realización de mercancías del modelo subimperialista es la exportación y, en particular, la exportación de manufacturas. Es así como las exportaciones brasileñas totales pasan de aproximadamente 1 500 millones de dólares, a mediados de los sesentas, a más de 9 mil millones de dólares, el año pasado, según datos de la CEPAL, las exportaciones de manufacturas, que representaban en 1964 un modesto 7% de las exportaciones totales, llegaban en 1970 a un 15% y, en 1975, a un 30% del total. Conviene explicar aquí que este porcentaje se refiere exclusivamente a los productos manufacturados, ya que los semielaborados se contabilizan aparte y han sufrido poca variación, alcanzando cerca de un 10% del total en 1975. Algunos autores han confundido el problema, al mezclar estos datos, y han sostenido incluso la tesis errónea de que la participación de los semielaborados en el total de exportaciones no primarias no se altera, cuando de hecho desciende de un 40% en 1970 a un 25% en 1975 [8]. Como quiera que sea, el notable crecimiento de la exportación de manufacturas por parte de un país en que, como Brasil, amplias mayorías de la población no alcanzan los niveles mínimos de consumo confirma la tendencia apuntada anteriormente, es decir, la escisión entre la producción y las necesidades de las masas.

El tercer elemento del esquema de realización subimperialista, que es el que más nos interesa ahora, es aquel representado por el Estado. La importancia del gasto público en la economía brasileña puede estimarse si consideramos la relación que guarda con el producto interno bruto: en 1950, excluyendo los gastos derivados de las empresas gubernamentales, representaba un 20% del valor del PIB, mientras que en 1969 llegaba al 34%; en este último año, la relación subiría a 50%, si agregamos los gastos de las empresas gubernamentales federales, y aun sin incluir los gastos de las municipalidades y sus empresas [9]. Esto da una idea de la importancia del Estado como agente económico en Brasil y es razón suficiente para, en cualquier circunstancia, preocuparse de la política económica del gobierno, cuando se quiere analizar la economía de ese país.

El Estado ejerce parte de su influencia actuando sobre el capital privado. Tienen papel destacado, bajo este aspecto, las encomiendas públicas y las subvenciones directas o indirectas acordadas a las empresas privadas, con lo que orienta el desarrollo de éstas. Las subvenciones directas en Brasil representan más de la mitad del total de la recaudación del Estado por concepto de impuestos directos; las exenciones de impuestos concedidas a los exportadores de manufacturas, que constituyen subvenciones indirectas, corresponden al 50% del costo de producción de los artículos exportados. Pero si, desde este punto de vista, y lo mismo se podría decir de los mecanismos de crédito, el Estado ejerce una influencia considerable sobre el curso de la acumulación capitalista en Brasil, su papel pasa a ser decisivo si consideramos la acumulación como tal, es decir, la inversión.

La inversión estatal se realiza fundamentalmente para permitir la reproducción del capital privado, dirigiéndose ya a los sectores de infraestructura y servicios básicos, ya a nuevas ramas que no son todavía remunerativas o que exigen un capital mínimo demasiado elevado; en estos casos, el Estado opera muchas veces en asociación con el capital privado, sea para asegurarlo contra el riesgo, sea para crear el volumen de capital necesario para posibilitar la acumulación. El examen de la inversión bruta fija en Brasil, en 1969, nos muestra que el gobierno participó en su formación con un 34% y las empresas estatales con un 27%. El porcentaje total mediante el cual el Estado determinó la inversión fija ha sido de un 60%, quedándole al capital privado menos del 40%. [10]

El papel del Estado en la crisis actual

Es natural, por tanto, que, al plantearse una crisis cíclica como la que vive ahora Brasil, cuando se impone introducir cambios en el modelo de reproducción y, por ende, conformar sectores capaces de convertirse en centros dinámicos de un nuevo ciclo expansivo, sea necesario preguntarse hacia dónde apunta el Estado. Un examen somero de la política gubernamental en el periodo actual permite llegar a algunas conclusiones. En lo esencial, se puede afirmar que la política económica del régimen militar se orienta hoy hacia el desarrollo de dos sectores, estrechamente relacionados: el de la industria nuclear y el de la industria bélica pesada.

Ambos sectores se constituyeron en centros de interés de la actual dictadura brasileña desde sus inicios. Ya en 1966, cuando se negociaba en México lo que vendría a ser el Tratado de No Proliferación Nuclear para América Latina, o Tratado de Tlatelolco, la conducta de la delegación brasileña, oponiéndose a todo lo que pudiera limitar el desarrollo de la industria nuclear en Brasil, con carácter bélico o no, puso en evidencia lo que sería una constante de la política de la dictadura militar en la materia [11]. Tras esforzarse por obtener la cooperación norteamericana para la conversión de Brasil en potencia nuclear, y luego de Francia, en el periodo en que la política gaullista buscaba también la independencia nuclear ante Estados Unidos, los militares brasileños lograron finalmente su objetivo con el acuerdo de cooperación nuclear firmado el año pasado con Alemania Federal. Contemplando una inversión global de aproximadamente 5 mil millones de dólares, para la concreción de un programa que prevé la instalación de ocho centrales nucleares, una planta de enriquecimiento de uranio y una de producción de plutonio, ese acuerdo no sólo pondrá en manos de Brasil el  dominio del ciclo completo de la tecnología nuclear, sino que representará la apertura de un amplio mercado para la producción pesada brasileña, ya que se estima que la industria nacional aportará el 70% de los materiales y equipos necesarios al complejo nuclear. Observemos, de paso, que el financiamiento otorgado por Alemania Federal es equivalente al monto total del capital extranjero que ingresó en Brasil, por concepto de inversión directa, en el ciclo expansivo de 1957-62.

El segundo sector hacia el que apunta la política del gobierno es la creación de lo que éste mismo llama “complejo industrial-militar”. Los primeros pasos en esta dirección se dieron desde 1965, concretándose en enero de 1966 con la creación del Grupo Permanente de Movilización Industrial (GPMI), que integra a militares y empresarios de los grandes centros industriales del país [12]. También en este campo el gobierno militar mira preferentemente hacia Europa occidental, existiendo ya programas de fabricación de tanques, aviones, helicópteros, submarinos y misiles contratados con Francia, Italia, Inglaterra y Alemania Federal. La denuncia del acuerdo de cooperación militar con Estados Unidos, a que procedió unilateralmente en fecha reciente el gobierno brasileño, tiene como propósito dejarle a éste las manos libres para impulsar con más fuerza los planes relativos al complejo industrial-militar. Ya se ha decidido incluso la ubicación del mismo, en la zona industrial de Belo Horizonte, en el estado de Minas Gerais, donde se encuentra instalado un complejo de industria pesada con capitales europeos, entre los cuales están los grupos alemanes Krupp y Mannesman y el grupo italiano Fiat. Uno de los objetivos explícitos del gobierno, al plantearse la constitución del complejo industrial-militar, es la exportación, habiendo ya antecedentes en este sentido en relación a Bolivia, Paraguay y Chile, así como países del Medio Oriente y África.

Conclusiones

Estas orientaciones que se están haciendo presentes en la política económica brasileña, en la perspectiva de desbloquear la acumulación capitalista a través de la creación de nuevos sectores dinámicos, tienen muchas implicaciones. Destacaremos tres, en esta oportunidad. En primer lugar, el señalamiento de que la crisis capitalista mundial, cuyo resorte vital está constituido por el enfrentamiento entre las grandes potencias capitalistas, no ha tan sólo precipitado la crisis económica brasileña: le brinda también a Brasil la posibilidad de superarla. En efecto, tanto en lo referente a la energía nuclear como en relación a la industria bélica, el Estado brasileño se vale hoy de la feroz competencia establecida entre Estados Unidos y Europa occidental, en particular Alemania, así como Japón, para asegurar la captación de recursos proporcionados por el flujo circulatorio mundial de capitales, medios de producción y tecnología. Brasil no superará de este modo, la dependencia; pero, al diversificar su articulación con la economía capitalista mundial, se abrirá espacio para llevar adelante su proyecto de desarrollo industrial y, sobre la base de éste, su afirmación como potencia media en el esquema mundial de reparto del poder. En otros términos el Estado brasileño se sirve de las contradicciones interimperialistas para garantizar la realización de su proyecto subimperialista.[13]

En segundo lugar, es digno de notar el hecho de que la diversificación de sus relaciones de dependencia con la economía capitalista mundial repercuta en Brasil mediante la diversificación de su estructura productiva, implicando incluso la redistribución regional de la misma, con lo que da lugar a la emergencia de nuevas contradicciones interburguesas en el país. Es así como la implementación de la industria nuclear y bélica abre perspectivas desiguales a la industria pesada ya instalada en el país, agudizando allí el proceso de centralización del capital, al mismo tiempo que, tal como se encuentra planteada, reproduce en el seno mismo de la economía brasileña las contradicciones interimperialistas que se dan en el plano mundial. En este sentido, es significativo que el desarrollo de los nuevos sectores dinámicos que se propone desarrollar Brasil esté basado en capitales europeos y japoneses, y no norteamericanos, y tenga asiento preferente en la región de Minas Gerais, y no en la de São Paulo. Los conflictos políticos que tienen lugar hoy en el país se explican, en amplia medida, por la ampliación del margen de maniobra que de allí resulta para el Estado brasileño en la implementación de un proyecto subimperialista y la oposición que la política gubernamental encuentra por parte de la gran industria paulista, donde ocupa papel destacado el capital norteamericano.

Finalmente, habría que considerar las consecuencias que tendrán en la esfera de la realización los cambios planteados para el modelo de acumulación de capital, en el caso de que se realicen plenamente. Como indicamos anteriormente, el esquema de realización de la economía brasileña, en su fase subimperialista, se encuentra sustentado por el consumo suntuario, el mercado mundial y el Estado. Cuando analicé por primera vez ese esquema, hace algunos años, señalé que el primer elemento de sustentación: el consumo suntuario, aparecía como el más precario, mientras que el más sólido, y el único viable a largo plazo, lo constituía el mercado mundial. Sin embargo, la válvula de escape para los problemas de realización planteada por la economía brasileña —problemas que, obviamente, se agravan en los ciclos recesivos— la constituye el Estado, cuyo papel como promotor de demanda es prácticamente ilimitado, siempre que no se alteren significativamente las condiciones en que se opera la reproducción del capital, es decir, mientras no sea puesta en jaque la superexplotación del trabajo.[14]

Estas indicaciones adquieren particular validez en las actuales circunstancias. De mantenerse el nuevo proyecto económico levantado por el capitalismo brasileño, el consumo suntuario será inevitablemente sacrificado en aras del consumo estatal (el único que, desde el punto de vista del mercado interno, puede sostener la producción bélica). No quiere esto decir que el consumo suntuario desaparecerá: se mantendrá para los grupos de altos ingresos y deberá incluso dinamizarse otra vez, en el marco de una eventual recuperación, aunque sobre una base más estrecha; pero habrá revelado sus límites y será inadecuado para la creación de la demanda requerida por los nuevos sectores dinámicos. Por otra parte, a menos que se opere en el marco de una economía autárquica, como lo fue la economía de guerra nazi, el Estado no puede funcionar como principal factor de creación de demanda. Se impone más bien encontrar una salida natural para la producción de los sectores dinámicos, la cual sólo puede ser proporcionada por el mercado mundial. El papel que cabe el Estado es complementar y, en su oportunidad, suplir las deficiencias de ese mercado, pero no remplazarlo.

El proyecto económico del capitalismo brasileño, en su actual fase recesiva, tiende pues a reafirmar las tendencias subimperialistas y, simultáneamente, en absoluta concordancia con su dialéctica interna, a avanzar en el sentido de una economía aún más excluyente y selectiva que la que emergió en el marco del actual régimen militar. En efecto, al restablecerse el dinamismo económico del país, en el ciclo de 1968-73, se observó que las grandes masas quedaban excluidas de las posibilidades de consumo brindadas por el nuevo modelo de reproducción capitalista, con lo que se agravaba la escisión entre la esfera alta y la esfera baja de la circulación y se ratificaba, como fenómeno permanente, lo que algunos habían supuesto que era un efecto pasajero del cielo depresivo. Los que así pensaban, saludaron con entusiasmo el surgimiento del consumo suntuario y se hicieron ilusiones sobre su extensión a sectores cada vez más amplios, que incluyeran a las masas trabajadoras [15]. El actual ciclo recesivo no puede por menos que hacerles ver que la economía dependiente, en tanto que economía de la superexplotación, se mueve siempre en el sentido de agudizar el divorcio de la producción respecto a las necesidades de consumo de las masas y, así, a excluir antes que a incluir parte de ellas en la esfera alta de circulación. En el curso de la crisis actual, los grupos medios e inferiores de la pequeña burguesía, que habían logrado participar en algún grado de esa esfera, están siendo expulsados de ella y muchos de esos grupos ya no podrán escaparse del círculo de hierro de la esfera baja, aun en la hipótesis de que, superada la crisis, el capitalismo brasileño ingrese en un nuevo ciclo expansivo.

Aunada a las contradicciones interburguesas que la crisis está haciendo estallar y a la desesperación de las masas trabajadoras, que, tras una ligera mejoría en sus salarios —que también despertó ilusiones respecto a un cambio de tendencia en la materia—, sufren otra vez la degradación de sus condiciones de vida, la reacción de la pequeña burguesía ante la situación aparece en estos momentos como el principal factor de inestabilidad política en Brasil. Por el papel estratégico que ocupa en el sistema de dominación, la pequeña burguesía, al esbozar su movimiento de insurgencia, actúa como detonante y prefigura una agudización de las luchas de clases en el país, en este final de década. En definitiva, será el curso que tome la lucha de clases y los resultados que arroje lo que hará viable el nuevo proyecto del capitalismo brasileño o sumergirá a éste en una crisis que, rebasando las fluctuaciones de coyuntura y provocando cambios estructurales profundos en el país, le abra finalmente al pueblo brasileño el camino de su liberación.

 

Notas

[1] Véase mi ensayo, en colaboración con Paulo Speller y Ana Rius, The Brazilian University, Brazilian Studies/Latin American Research Unity (LARU), Toronto, Canadá, 1977, mimeo.

[2] Analicé parcialmente este fenómeno para el caso chileno, en El reformismo y la contrarrevolución. Estudios sobre Chile. Ed. Era, México, 1976, parte II, cap. 1.

[3] Véase mi libro Subdesarrollo y revolución. Ed. Siglo XXI, México, 1974, 5a. ed. aumentada, pp. 60 ss.

[4] Actualmente, se tiende incorrectamente a remplazar el concepto de reproducción del capital, que engloba el conjunto del ciclo del capital, por el de acumulación, que es mucho más restringido y no comprende siquiera íntegramente la fase de producción.

[5] Entre otros, Albert Fishlow, “Alguns reflexões sobre a política econômica brasileira após 1964”, en Estudos Cebrap 7 (S. Paulo), enero-marzo de 1974, pp. 6-65, y Edmar L. Bacha, “Issues and Evidence on Brazilian Recent Economic Growth”, Development Discussion Paper, n. 12, Harvard Institute of International Development, febrero de 1976.

[6] Ministerio de Industria e Investigación de Francia, La división internationale du travail. La Documentation Française, París, 1976, vol. I, p. 55.

[7] Para un desarrollo de este tema, véase Subdesarrollo y revolución, cit., parte IV.

[8] Datos de Economic Survey of Latin America 1975. Nueva York, 1976.

[9] Datos citados por Werner Baer y otros, “As modificações do papel do Estado na economía brasileira”, Pesquisa e planejamento econômico. n. 3 (4), Río de Janeiro, diciembre de 1973, pp. 898 y 905.

[10] Ibíd., p. 904.

[11] Sobre la participación brasileña en las negociaciones de Tlatelolco, véase mi artículo, en colaboración con Olga Pellicer de Brody, “Militarismo y desnuclearización en América Latina; el caso de Brasil”, en Foro Internacional, n. 29, México, julio-septiembre de 1967.

[12] Véase Subdesarrollo y revolución, cit., pp. 69 ss.

[13] Se pueden encontrar mayores precisiones sobre la relación entre el Estado y el subimperialismo en mi artículo “La acumulación capitalista mundial y el subimperialismo”. Cuadernos Políticos, n. 12, México, abril-junio de 1977, y en Subdesarrollo y revolución, cit.

[14] Véase Subdesarrollo y revolución, cit., parte IV.

[15] Entre otros, Fernando Henrique Cardoso y Pierre Salama. Una crítica de esta posición se puede encontrar en mi artículo citado en la nota 13.