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Razón y sinrazón de la sociología marxista

 

Ruy Mauro Marini

 

Fuente: Teoría marxista de las clases sociales, Cuadernos de Teoría Social, Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Iztapalapa, División de Ciencias Sociales y Humanidades, Carrera de Sociología, México, diciembre de 1983, pp. 7-22.

 

Desde comienzos de la década pasada, el marxismo afirma su presencia en el campo de las ciencias sociales latinoamericanas y, en muchos países, llega a convertirse en corriente hegemónica en el plano universitario. Las consecuencias positivas que de allí se derivan para la formación de las jóvenes generaciones de estudiantes no dejan de tener su contrapartida negativa, ya que el nuevo status del marxismo ha sido pagado frecuentemente con concesiones al academicismo y al eclecticismo. Es útil, pues, reflexionar sobre el significado histórico del marxismo para plantearse la pregunta de por qué, a cien años de la muerte de Marx, su pensamiento da muestra entre nosotros de tanta pujanza. Me limitaré aquí al terreno de la economía política, que es donde él se situó para elaborar una obra plenamente acabada.

La economía política surge como expresión, en el plano de la conciencia social, de los complejos problemas de producción y distribución de la riqueza, acarreados por el advenimiento del capitalismo, así como de los conflictos de clases que ellos suscitan. Es cierto, como lo muestra Aristóteles, que en periodos históricos anteriores a la era capitalista se había registrado ya la preocupación por los fenómenos económicos. Sin embargo, esto se da en situaciones caracterizadas por el florecimiento de la economía mercantil, que anticipaban rasgos de la sociedad capitalista, pero en las que el carácter no dominante de las relaciones mercantiles no permitía el deslinde de este campo de conocimiento, con lo que la economía se mantuvo en la esfera de la filosofía.

Siendo un producto del capitalismo, que sólo cristaliza como ciencia cuando éste alcanza su pleno desarrollo, la economía política no espera la maduración de las condiciones de producción que le son propias para aparecer. De hecho, empieza a constituirse cuando el capitalismo aún se encuentra en fase de formación, en el seno de la sociedad feudal. Por otra parte, como un eslabón del pensamiento científico surgido de la concatenación de eslabones anteriores, ella es también un arma de la clase que personifica al modo de producción naciente, la burguesía, contra la que entra el proceso de disolución, la aristocracia terrateniente. Por ello, para captar el sentido del desarrollo de la economía política, conviene tener presentes las condiciones nacionales particulares en que se desarrolla el capitalismo.

El periodo manufacturero inaugura la era capitalista, en el siglo XVI, prolongándose hasta la revolución industrial, a fines del siglo XVIII. La importancia que adquiere el capital comercial contribuye a acelerar la disolución del modo de producción feudal, lo que se manifiesta en el aumento de la importancia del dinero en el desarrollo de la producción mercantil y en la quiebra de las viejas instituciones medievales, que comienzan a ser reemplazadas por la centralización política de las monarquías absolutas.

La manufactura florecerá sobre todo en Inglaterra. La expansión marítima proporciona allí una rápida ampliación del mercado, al tiempo, que acarrea un drenaje de metales preciosos, base para una mayor circulación dineraria. El ciclo de la revolución burguesa, que se abre en 1648 (Cromwell) y culmina en 1688-89, despeja el camino para el fortalecimiento de la burguesía. La supresión de los privilegios corporativos y las leyes de navegación dan libre tránsito al desarrollo del capitalismo en Inglaterra y preparan las condiciones para que sea allí donde se realice, en el siglo siguiente, la revolución industrial.

La situación en Francia es distinta. Surgida la manufactura bajo el control del Estado, que extiende a ella los privilegios tanto como las limitaciones del monopolio corporativo medieval (Colbert), ella tendrá su desarrollo más coartado que en Inglaterra. La formación de una burguesía burocrática, infiltrada en el aparato estatal gracias al poder del dinero, y su alianza con la nobleza terrateniente conducen a la subordinación de la burguesía al Estado absolutista, al revés del enfrentamiento que presidió el ascenso al poder de la burguesía inglesa. Las guerras civiles de la Fronda, que terminan con el reforzamiento de la monarquía (Luis XIV), en el momento mismo en que, en Inglaterra, ésta se ve seriamente minada, consagran esa tendencia. El Estado francés asegurará durante largo tiempo la su­pervivencia de la economía corporativa, frenando el desarrollo del capitalismo en el campo y enmarcando la burguesía industrial en las grandes manufacturas de Estado.

 

Nacimiento de la Economía Política

La economía política surge simultáneamente en Inglaterra y en Francia, pero su desarrollo estará signado en cada país por las condiciones materiales que le son propias. William Petty (Aritmética política, 1699) y Boisguillebert (Detalle de Francia, 1697) pueden ser considerados sus verdaderos iniciadores [1]. Ambos plantean el tema central de la economía clásica: la teoría del valor, orientada desde un principio hacia la identificación del trabajo como elemento básico para la determinación del valor. Pero Petty vive una situación en que la burguesía depende para su expansión del capital dinero, acumulado sobre todo en el comercio: acepta, pues, con naturalidad esa forma específica de riqueza burguesa que es el dinero, aunque equivocándose en el análisis de su formación. Boisguillebert, sin embargo, aunque vaya más allá que Petty en su estudio del valor, ve al dinero como algo contrapuesto a los intereses tanto campesinos como manufactureros, del mismo modo que antagónico a la vieja clase señorial, en la que sigue reposando el poder político de la monarquía; justifica, pues, tan sólo como natural la forma burguesa de la producción, es decir, la generación de productos para el cambio en tanto que mercancías, pero rechaza su forma de circulación.

Esas diferencias de análisis se harán aún más evidentes cuando los fisiócratas franceses proclamen a la tierra como única fuente real de riqueza (o de excedente económico, noción que aparece con esa corriente). Siendo sobre todo una denuncia del papel parasitario que desempeñaba entonces la aristocracia terrateniente, la tesis fisiocrática era también una idealización de la pequeña producción mercantil, que echara hondas raíces en el seno de la estructura feudal francesa. El contraste es flagrante cuando comparamos esa afirmación con la de Adam Smith (La riqueza de las naciones, 1777), en el sentido de que es el trabajo la fuente básica de la riqueza. Smith privilegiaba así la producción manufacturera, la cual cumplía para los fisiócratas tan sólo una función de transformación, pero no de creación de valor.

Como quiera que sea, tanto en Inglaterra como en Francia, el énfasis central de la naciente teoría económica estaba en su noción de un sistema regido por leyes naturales propias, frente a las cuales no cabía ninguna intervención. El hecho de que esa tesis tuviera en Francia (donde la economía se encontraba agobiada por los reglamentos y controles impuestos por el Estado) una importancia política mayor (lo que implica que hayan sido los fisiócratas, y particularmente Quesnay, con su Cuadro Económico, quienes la hayan afir­mado de manera más tajante) no la hacía menos importante para el joven capitalismo inglés. Se explica así que Adam Smith reivindicara esa noción con singular energía.

Al afirmar la autonomía y la especificidad de lo económico, se echaban las bases para que su estudio adquiriera el status de verdadera ciencia, destinada a conocer sus mecanismos y leyes. Esa aspiración encontrará su mejor expresión con David Ricardo, cuyos Principios de Economía Política (1817) constituyen la coronación de los esfuerzos desarrollados por los economistas de los siglos precedentes y el punto de partida para nuevos planteamientos.

Ricardo corresponde a la etapa en que el capitalismo llega a su pleno desarrollo: la de la gran industria, hecha posible por la revolución industrial. Corresponde también al inició de la conversión del capitalismo en sistema mundial. Con la revolución de 1789, los obstá­culos políticos al nuevo modo de producción son eliminados en Francia y, mediante la expansión napoleónica, la burguesía victoriosa se extiende por toda Europa occidental, desde donde se irradia al resto del mundo.

El nuevo sistema económico triunfante tendrá en Ricardo su gran teórico. Pero, desde un principio, ese sistema pone al desnudo la explotación despiadada del proletariado, que es su fundamento, y los desajustes cíclicos entre la oferta y la demanda que, revistiendo el carácter de crisis, constituyen su modo de desarrollo. Es así, como, al mismo tiempo que, llegado a su periodo de auge, el capitalismo ve madurar con Ricardo su economía política, encuentra también sus primeros contestatarios.

 

Ciencia y lucha de Clases

Una de las críticas más duras partirá de la escuela económica francesa y se realizará bajo la inspiración de la pequeña burguesía, que tradicionalmente la orientará, a través de los Nuevos Principios de Economía Política (1819), donde Sismonde de Sismondi planteaba su teoría del subconsumo. Ésta se basa en la fórmula de Ricardo, en el sentido de que el valor de los salarios tiende a igualarse a lo mínimo de subsistencias requeridas por el obrero. Esa tendencia de los salarios, sostenía Sismondi, restringe, por un lado, la capacidad del mercado y lleva, por otro, a un aumento delas ganancias, lo que conduce al incremento de las inversiones en maquinaria, etc.; en consecuencia, crece la oferta de productos al mismo tiempo que disminuye su demanda en el mercado.[2]

Paralelamente a la crítica de Sismondi, se desarrolla en Inglaterra la corriente conocida como “izquierda ricardiana”, que criticaba al capitalismo mediante la radicalización de los planteamientos del propio Ricardo. Thomas Hodgskin (Economía política popular, 1827), John Gray (Ensayo sobre la Felicidad Humana, 1825), William Thompson (La distribución de la riqueza, 1824) y John Francis Bray (Males y remedios del trabajo, 1839) son sus nombres más expresivos. Entre los puntos centrales del pensamiento de Ricardo, los autores de esa corriente destacarán la teoría del valor, la teoría de la distribución de la renta y la teoría del salario.

Será Marx, sin embargo, quien planteará las principales cuestiones que la economía clásica no había podido resolver y les dará una solución en la perspectiva de negación del sistema. A partir del replanteamiento de la teoría del valor y con base en su gran aporte a la teoría económica —la teoría de la plusvalía—, Marx rebasa el punto a que había llegado la ciencia de los clásicos y saca definitivamente a la economía política del campo de la burguesía.

Pese a ello, la economía política marxista es la heredera legítima de la economía clásica. Como lo señala Maurice Dobb [3], la economía no-marxista se mueve hoy día en un marco de referencias totalmente distinto al que creó la economía clásica y que se continuó en el marxismo. La moderna ciencia económica no-marxista se deriva fundamentalmente de las corrientes que surgen en la segunda mitad del siglo pasado, en torno a Menger, Bohn-Bawerk, Wiesser y, principalmente, Jevons, que desembocan en la actual teoría de la utilidad marginal. En ella, a diferencia de la economía clásica, el énfasis ya no está en la oferta o la producción, sino en la demanda, y se ha cambiado el macroanálisis por el microanálisis, mientras se valoriza el enfoque psicológico.

Las nuevas tendencias que marcan el desarrollo de la ciencia económica de la burguesía se deben, en última instancia, a la superación relativa del periodo crítico que representará la primera mitad del siglo XIX para el capitalismo y su evolución hacia un floreciente capita­lismo competitivo, hasta 1880, cuando comienza la gestación de su etapa imperialista. En este contexto, la elevación de los patrones de consumo y el crecimiento de la producción suntuaria (cuya demanda depende, en efecto, del factor psicológico y dará lugar a una gigantesca actividad comercial centrada en la psicología del consumidor), aunados al progresivo control que los monopolios ejercen sobre la oferta, han significado nuevas exigencias por parte de la burguesía en materia de conocimientos económicos prácticos. Por otra parte, el carácter revolucionario que el marxismo imprime a la economía política la hace indeseable a un sistema en el que el crecimiento del proletariado y el deslinde cada vez más visible de sus contradicciones de clase trabajan en el sentido de limitar la investigación científica.

No hay ciencia si no hay crítica. Pero, llegada a un cierto punto de su desarrollo, la burguesía ya no puede aceptar una crítica que se vuelve contra ella misma y su dominación de clase. Es por lo que, iniciada y desarrollada por la burguesía, la economía política pasó, tan pronto como el capitalismo hizo madurar los antagonismos de clase, a manos del proletariado. En el curso de este movimiento, se presenta como crítica de la economía política clásica, es decir, arma decisiva en la lucha teórica del proletariado contra la burguesía, y como teoría de la economía capitalista, o sea, explicación sistemática de las leyes propias al modo de producción que consagra la explotación del trabajo por el capital.

 

De la economía política clásica a la sociología burguesa

La ruptura a la que es llevada la economía política clásica y que configura, en la segunda mitad del siglo XIX, la economía marxista, por un lado, y la nueva ciencia económica burguesa, por otro, será también responsable del surgimiento de la sociología. Esta aparece, pues, como una ciencia eminentemente burguesa, destinada a ocuparse de los fenómenos sociales, que los economistas burgueses abandonaban. Su fundador es Augusto Comte, quien la erige en ciencia especial, sin llegar a hacerla madurar. Tras el intento de Herbert Spencer, en Inglaterra, para vinculada a la biología mediante la aplicación a lo social de los postulados evolucionistas de Darwin [4], la sociología cristalizará en la obra de Emilio Durkheim en Francia, y alcanzará su culminación con Max Weber, en Alemania. Su desarrollo ulterior quedará profundamente marcado, en la metodología y en el contenido, por esos dos autores.

Dos rasgos principales presiden la formación de la nueva disciplina: su reivindicación de lo social, como objeto específico de estudio, y su pretensión de estudiarlo exclusivamente con base en la observación empírica.

La primera característica implicaba un cambio radical en la manera cómo se venía desarrollando la teoría social hasta entonces. Parte integrante de las grandes creaciones filosóficas de la Ilustración, en el siglo XVIII, la teoría social había tenido su destino estrechamente ligado al de la economía política. Es así como en Quesnay, con su cuadro económico, y en Ricardo, con su teoría de la distribución del ingreso (para citar dos ejemplos extremos), se encontraba implícito un análisis de las clases sociales. Pero es sobre todo en los modelos de organización social, que propondrán los socialistas primitivos, que esa unión se afirmará de manera más visible. El “sistema industrial” de Saint Simon representa la culminación de esa tendencia y proporciona todo un plan de reorganización social y política fundado en la industria.

El abandono de esa tendencia, al acercarse la mitad del siglo XIX, no es accidental. Tanto la economía clásica como las doctrinas socialistas primitivas expresaban, en última instancia, los intereses de una burguesía en ascenso y tendían naturalmente a encarar el capitalismo como el advenimiento de un nuevo orden social de igualdad, libertad y abundancia (en lo que continuaban los ideales de los filósofos de la Ilustración). Ello cambiaría progresivamente, a medida que, consumada la revolución industrial el nuevo sistema económico hiciera aparecer las secuelas de proletarización de amplios sectores de la pequeña burguesía y de las crisis económicas periódicas, que le son propias, al mismo tiempo que pusiera en evidencia la explotación del trabajo en que se funda.

Señalamos ya cómo, en la economía política, se alza la crítica de Sismondi y de la izquierda ricardiana, que expresa los puntos de vista (todavía imbricados y confusos) de la pequeña burguesía y del movimiento obrero. Esa crítica, que llevaría finalmente a que la economía política no encontrase otra vía de desarrollo que la teoría revolucionaria de Marx, condujo a un profundo cambio en el cuadro de problemas y en el marco metodológico de la disciplina académica, de que resultaría la moderna ciencia económica.

El curso seguido por el socialismo es distinto, puesto que allí la contestación era ya dominante. Es así como a la dura crítica con que Fourier (contradiciendo el optimismo de Saint-Simon) somete el capitalismo, se sumará en poco tiempo la misma escuela saint­simoniana, a través de Bazard. Denunciando la explotación de la masa trabajadora por el capital, el caos generado por la competencia capitalista y la propiedad privada en que reposaba todo el orden social, la nueva teoría social dejaba en claro que era la base económica del sistema lo que habría que cambiar para poder aspirar a un modo de vida más justo y más feliz [5]. El que, en su mayoría, los socialistas primitivos no hayan llevado a sus últimas consecuencias el análisis económico y su pretensión de adoptar la vía del ejemplo (v. g., los falansterios de Fourier) para motivar a la sociedad a proceder a su propia transformación, no ocultaban el hecho de que en virtud de los rumbos que tomara, la teoría social se había vuelto incompatible con los intereses de la burguesía. La afirmación ulterior del marxismo en el seno del movimiento socialista vendría a confirmar esa situación.

Así, en el momento en que la economía burguesa se centraba en el estudio pretendidamente técnico de las cuestiones de asignación de recursos, distribución, etc., la ideología burguesa experimentaba la necesidad de, separando lo económico de lo social, constituir el estudio de este último en una disciplina autónoma. La primera condición para el surgimiento de una ciencia sociológica especial —el objeto de estudio— estaba por tanto dada. Y no será por acaso que Comte atacará duramente a los economistas, tildándolos de “espíritus anticientíficos, puros retóricos que sólo pueden desviarnos de la verdadera ciencia”.[6]

Quedaba por llenar otra condición fundamental, creación de un método sociológico específico. Aunque Comte no llegue a cumplir esta tarea, que será en una amplia medida la labor que realizará Durkheim, es él quien da la pauta para su realización, al insistir en necesidad de sustituir la especulación por la observación. El mismo Durkheim lo reconoce, cuando, al abocarse al propósito de “caracterizar y definir el método que se aplica al estudio de los hechos sociales”, escribe: “Un capítulo del Curso de filosofía positiva, esto es pues, prácticamente, el único estudio original e importante que tenemos sobre el asunto”.[7]

Marcuse señala, con razón, que el positivismo en las ciencias naturales, es decir, el estudio de la realidad con base en la observación empírica, había sido, en la lucha de la burguesía contra el orden feudal, una posición revolucionaria. Aplicado, empero, al estudio de la sociedad por la sociología comtiana, “se limitará a los hechos del orden social existente y, aunque sin rechazar la necesidad de la corrección y el mejoramiento, excluirá todo impulso que tienda a derrocar o a negar este orden. Como resultado de esto, el interés conceptual de la sociología positiva será apologético y justificador” [8]. Aunado al relativismo teórico de Comte, que excluye la posibilidad de emitir juicios de valor sobre los fenómenos estudiados, la sumisión a lo que él consideraba “dinámica evolutiva” de la sociedad, le permitirá a Comte afirmar que todo lo que hace a la sociedad puede tratarse “sin emplear una sola vez la palabra perfección, la cual se ve reemplazada para siempre por el término puramente científico de desarrollo”.[9]

Habría que agregar que el problema de la perfección no se plantea en efecto para Comte, en la medida en que éste toma a la sociedad existente (es decir, a la sociedad burguesa) como la “normal”, lo que hace que todos los procesos que amenazan con subvertirla le aparezcan necesariamente como desórdenes del ser social, desviaciones o perversiones que apenas confirman la normatividad de lo “normal”. Es así como, al proclamar la extensión a la sociedad del “principio de Broussais (las enfermedades consisten “en el exceso o defecto de la excitación de los diversos tejidos por encima o por debajo del grado que constituye el estado normal”) [10], Comte pretende descartar la revolución como un fenómeno de patología social, que no altera la validez de las normas sociales vigentes [11]. Lo que lleva a Canguilhem a concluir: “Al afirmar de manera general que las enfermedades no alteran los fenómenos vitales, Comte justifica su afirmación de que la terapéutica de las crisis políticas consiste en volver a conducir a las sociedades su estructura esencial y permanente, en tolerar sólo el progreso dentro de los límites de variación del orden natural que define la estática social”.[12]

La sociología empírica de Durkheim no se aparta, en lo fundamental, del cauce trazado por Comte. Encontramos en él el mismo rechazo a la economía política (en la cual, “la parte que cabe a la investigación científica es muy restringida”) [13] y el mismo positivismo relativista (“la primera regla de observación y la más fundamental es la de considerar a los hechos sociales como cosas”, y su corolario, “tomarlos por sus características exteriores comunes”, etc.) [14] que se aplica también a la relación entre lo “normal” y lo “patológico” (“un hecho social es normal para un tipo social determinado, considerado en una fase determinada de su desarrollo, cuando se produce en el promedio de las sociedades de esta especie, consideradas en la fase correspondiente de su evolución”) [15]. Sólo en el curso de su desarrollo, la sociología se enfrentará al problema de la objetividad absoluta planteada por Durkheim, destacándose en este terreno Max Weber, para quien la objetividad sólo existe después que se ha determinado el objeto de estudio, pero no se da en su punto de partida [16]. Será Weber también quien intentará reconciliar la economía y la sociología, en su Economía y Sociedad, con la pretensión de crear una “sociología comprehensiva”.

 

Teoría marxista y análisis sociológico

A la nueva ruptura que se producía así en la teoría social, con la formación de la sociología, el marxismo respondería como lo hiciera en el campo de la economía, afirmando de manera enfática la sociedad como totalidad y rechazando por tanto la posibilidad de constituir ciencias especiales para su estudio. En este sentido, y considerando una ciencia especial aquella que tiene un objeto de estudio, un marco teórico y un método propio, no existe, en rigor, una sociología marxista: existen tan sólo problemas sociológicos que el marxismo, en tanto ciencia, estudia. Sólo el uso corriente asumido por la palabra “sociología” ha llevado a que se pudiera hablar de una sociología marxista.

En efecto, lo social es para el marxismo una dimensión de análisis, el plano de la sociedad en que se manifiesta lo que constituye para él un tema permanente de preocupación: la lucha de clases. La clase es la categoría sociológica por excelencia del marxismo y la lucha de clases su objeto de estudio. Pero las clases no flotan en el vacío, tienen sus raíces fincadas en el humus de la economía, es decir, en las relaciones que los hombres establecen en el proceso de producción de sus condiciones materiales de existencia. La economía es la base de la sociedad, aunque la sociedad sea mucho más que la economía; en su instancia más elevada, es política e ideología.

Esa visión totalizadora del marxismo, que lo opone netamente a la visión parcelaria de las ciencias académicas burguesas, se completa con el marco metodológico en el que él opera. La simple aplicación de la observación empírica de la sociedad, como base para la extracción de principios generales, es para él inadmisible, una vez que el desarrollo de la sociedad difiere radicalmente del desarrollo de la naturaleza: en ésta, los factores que actúan son “todos agentes inconscientes y ciegos”, a diferencia de lo que se da en la sociedad, donde “nada acaece sin una intención consciente, sin un fin propuesto”. Por otra parte, el análisis estático es incompatible con el método marxista, la dialéctica, “que enfoca las cosas y sus imágenes substancialmente en sus conexiones, en su concatenación, en su dinámica, en su proceso de génesis y caducidad”.

En resumen, lo que se llama hoy “sociología marxista” no se puede confundir bajo ningún pretexto con la sociología burguesa: la expresión sólo es válida en la medida en que alude a la investigación sociológica marxista. A diferencia de la sociología burguesa, la sociología marxista rechaza cualquier pretensión de erigirse en ciencia especial, y no se diferencia en el seno de la ciencia marxista ni por su marco teórico ni por su metodología, sino tan sólo por el tipo de problemas que privilegia y por la consiguiente diversificación de su aparato conceptual y operacional.

Pero, antes de cualquier otra cosa, la sociología marxista es ciencia marxista, esto es, un enfoque totalizador de la realidad social, que pone en primer lugar el estudio de las condiciones objetivas en las cuales los hombres hacen su historia y que se da como objetivo servir a la transformación radical de esas condiciones.

 

Notas

[1] Marx, Contribución a la crítica de la economía política, Ediciones de Cultura Popular, México, 1974, p. 54­-58.

[2] El planteamiento de Sismondi sobre las crisis no se compadece con la teoría marxista, en la medida que desconoce el papel que juega el capital constante en la formación de la demanda, es decir, el hecho de que las inversiones en maquinaria y equipo, así como en materias primas, crean también demanda.

[3] Economía política y capitalismo, México, Fondo de Cultura Económica, 1966.

[4] La relación entre el pensamiento de Spencer y los intereses de la burguesía inglesa del siglo XIX es evidente. Así, Spencer considera que “el primer requisito para lograr éxito en la vida es el ser un animal robusto”, por lo cual “una nación de animales robustos es la primera condición para la prosperidad nacional”. (Citado por L. Volpicelli, Industrialismo y Deporte, Bs. As., Paidós, 1967, pp. 105-106). Cuanto esta concepción correspondía al capitalismo competitivo de la Inglaterra de entonces lo revela el mismo Spencer, al señalar que no se trataba ahí tan sólo del “éxito de una guerra”, que depende también “del vigor y coraje de los soldados”, sino más bien del éxito económico y comercial, que “depende de la fuerza de los productores” (Ibídem).

[5] “La masa obrera —escribía Bazard— se encuentra hoy explotada por aquellos cuya propiedad utiliza... Todo el peso de esta explotación recae sobre la clase trabajadora, es decir, sobre la inmensa mayoría constituida por obreros. En estas condiciones, el obrero se ha convertido en descendiente directo del esclavo y del siervo. Como persona es libre y no está ya atado a la tierra, pero es ésta toda la libertad de que dispone. Sólo puede existir en este estado de libertad legal bajo las condiciones que le impone una pequeña clase, a quien una legislación surgida del derecho de conquista ha otorgado el monopolio de la riqueza, junto con el poder de disponer a su capricho de los instrumentos de trabajo”. Citado por Herbert Marcuse, Razón y revolución, Madrid, Alianza, 1971. p. 325.

[6] Citado por Georges Gurvitch, Tres capítulos de historia de la sociología: Comte, Marx y Spencer, Buenos Aires, Nueva Visión, 1971, p. 21.

[7] Les régles de la méthode sociologíque, París, PUF, 1960, p. 1.

[8] Obra citada, p. 332.

[9] Citado por Marcuse, obra citada, p. 344.

[10] Cfr. Georges Canguilhem, Lo normal y lo patológico, Buenos Aires, Siglo XXI, Argentina, 1971, p. 25. Canguilhem acota: “Por tanto, las enfermedades sólo son efectos de meros cambios de intensidad en la acción de los estimulantes indispensables para el mantenimiento de la salud”.

[11] “...el organismo colectivo, en virtud de su complicación superior, entraña perturbaciones todavía más graves, variadas y frecuentes que las del organismo individual. No temo afirmar que el principio de Broussais tiene que ser extendido hasta allí, y con frecuencia lo he aplicado en ese terreno para confirmar o perfeccionar las leyes sociológicas. Pero el análisis de las revoluciones no podría aclarar el estudio positivo de la sociedad, sin la iniciación lógica que a este respecto resulta de los casos más simples presentados por la biología”. Citado por Canguilhem, obra citada, p. 27.

[12] Ibídem, p. 39.

[13] Les Régles..., obra citada, p. 26.

[14] Ídem, capítulo II, pp. 15-46.

[15] Ídem, p. 64. Véase todo el capítulo dedicado a las “Reglas relativas a la distinción entre lo normal y lo patológico”.

[16] “La idea fundamental de Weber es que los juicios de valor sólo intervienen en la elección y la construcción del objeto. En consecuencia, es para él posible estudiar el objeto de manera objetiva e independiente de los juicios de valor, pues los elementos eliminados (para la construcción del objeto) carecen de importancia”. Lucien Goldmann, Las ciencias humanas y la filosofía, Buenos Aires, Nueva Visión, 1970, p. 38.