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Producción estratégica y hegemonía mundial

Prólogo

 

Ruy Mauro Marini

 

Fuente: Archivo de Ruy Mauro Marini. Publicado en Ana Esther Ceceña y Andrés Barreda, Producción estratégica y hegemonía mundial, Siglo XXI Editores, México, 1995.

 

La década de los 80 marcó una inflexión acentuada en la vida latinoamericana. Bajo el impacto de la globalización económica y de los profundos cambios tecnológicos que se verifican entonces, los países de la región vieron inviabilizarse el patrón de desarrollo económico y social que habían adoptado después de la segunda guerra mundial. Este se basaba en una industrialización diversificada y centrada en el mercado interno, que tenía como resortes la subordinación al comercio exterior, el proteccionismo y una importante intervención del Estado en el proceso de acumulación del capital.

La acción estatal se manifestaba de muchas maneras: en la inversión directa en ramas básicas de producción; en complejos esquemas de financiamiento, incentivos y subsidios a las empresas nacionales y extranjeras y en políticas monetarias, fiscales, salariales y de control de precios, que favorecían la concentración del ingreso. Las alianzas de clases que sostenían a ese Estado nacional desarrollista lo llevaban a tratar de compensar el favorecimiento abierto del capital mediante un significativo gasto público en educación, salud, vivienda y previsión social.

Todo ello se ha visto cuestionado cuando las nuevas tendencias que se afirmaron en la economía internacional plantearon a los países latinoamericanos el imperativo de la apertura comercial; de la reducción del gasto público, en particular en los renglones sociales; del retiro del Estado de las actividades económicas, con la consecuente privatización de las empresas públicas; de la especialización productiva, sobre el supuesto de una mayor eficiencia y competitividad, aun a costa de una relativa desindustrialización, y del recurso indiscriminado al capital extranjero, principalmente privado.

Se derrumbaron así los parámetros que habían regido la vida económica y política de la región y que, enmarcados en el paradigma desarrollista, trataban de legitimarse en función de objetivos de progreso y justicia social. Los gobiernos y las clases dirigentes latinoamericanas se han ido plegando progresivamente a los postulados neoliberales, que ponen en jaque a los proyectos nacionales, alteran las bases en que se encontraba planteado el concepto de soberanía, obligan a la búsqueda de nuevos modos de inserción internacional, exigen la construcción de nuevos esquemas de alianzas de clases y apuntan a cambios en los sistemas de dominación.

El discurso democratizante que se impone, entonces, en América Latina se plantea establecer formas más amplias y regulares de representación política y proceder a la ampliación del sufragio, el perfeccionamiento del sistema electoral, la revitalización de la vida partidaria, el respeto a las libertades públicas y la defensa de los derechos humanos. Sin embargo, en la medida en que va de la mano con la adopción de la doctrina y las prácticas neoliberales, implica de hecho retirar a las grandes mayorías la posibilidad de incidir en la dirección de la economía, es decir, en la determinación de sus condiciones materiales de vida. Estas quedan libradas al juego del mercado, donde reinan sin contrapeso los sagrados derechos de la iniciativa privada, asegurados esto sí por el Estado, ya sea por su retiro de la vida económica y social, ya sea por transformaciones que independizan y hasta contraponen los poderes que lo constituyen. Esas transformaciones afectan tanto los poderes que tradicionalmente lo han conformado: el ejecutivo, el legislativo y el judiciario, como, al interior de cada uno, sus elementos componentes. Se forman así comisiones designadas ex profeso para cada problema que se plantea, órganos de verificación y contraloría sobrepuestos a la representación popular, bancos centrales autónomos, etc.

Un cambio de esta naturaleza, tan profundo y tan radical, que pone fin a toda una concepción sobre la relación entre economía y política y que se traduce en una visión absolutamente nueva del papel del Estado en la sociedad no podría realizarse sin una vasta labor ideológica. Ha sido, pues, necesario reorientar la reflexión que se aplica a la sociedad, mediante la subordinación de los intelectuales al nuevo orden, a través de mecanismos institucionales de castigos y recompensas, así como la revisión de los contenidos y la mecánica del sistema educativo, en particular para coartar la vocación crítica que habían desarrollado las universidades públicas y para establecer desde los primeros niveles los valores que se estiman deseables para los jóvenes. Eficiencia, capacidad competitiva y éxito profesional vienen así a reemplazar la valorización del conocimiento, el trabajo cooperativo y solidario y la dedicación a causas que trascienden la motivación puramente individual.

No sorprende, pues, que uno de los terrenos en que los cambios de los 80 incidieron de manera más decisiva haya sido el de la investigación en economía y, en general, en ciencias sociales, lo que afectó también a la industria editorial que le corresponde. Si, desde el ascenso del desarrollismo cepalino, en los años 50, hasta las pujantes corrientes de ideas y los enconados debates a que se libraron, en los 70, el pensamiento latinoamericano avanzara ininterrumpidamente en sentido ascendente, su movimiento a partir de los 80 se ha caracterizado por el desconcierto y el retroceso. Las discusiones teóricas, los intentos audaces de interpretación, los análisis novedosos, las valientes reivindicaciones políticas y éticas que lo habían caracterizado y que impactaban incluso la elaboración intelectual de los grandes centros, han prácticamente desaparecido del escenario, en los últimos diez años. En su lugar, han proliferado estudios eminentemente empíricos, guiados por paradigmas y procedimientos metodológicos importados de los grandes centros.

No es difícil comprender que la quiebra de los patrones económicos, políticos e ideológicos que se ha producido en América Latina afecte su producción teórica, tanto más que ella se ha dado concomitantemente al derrumbe del marco que rigió las relaciones económicas y políticas en la posguerra. La fase que estamos viviendo debe necesariamente implicar la investigación concienzuda de lo que ha ocurrido, en los diferentes planos de la vida social, el examen de los factores reales que determinan las relaciones de fuerza que prevalecen en el mundo y la consideración de las transformaciones económicas y tecnológicas que allí se verifican, con el propósito de explorar los nuevos modos de inserción que nos permite la economía mundial y los patrones de desarrollo que, en ese marco, nos será posible plantear. Para llevar a cabo esa tarea, se impone que nos armemos teórica y metodológicamente y, sobre todo, que recuperemos los ideales de progreso y justicia social que han dado vida a lo mejor del pensamiento latinoamericano.

Es en esta dirección que apunta el trabajo que, con el título Producción estratégica y hegemonía mundial y bajo la coordinación de Ana Esther Ceceña y Andrés Barreda Marín, presentamos aquí. Con base en una exhaustiva investigación empírica y atendiendo a las exigencias de rigor teórico metodológico y enfoque crítico, este trata de producir conocimiento sobre las determinaciones reales en las que las potencias mundiales y los bloques económicos emergentes asientan su poderío.

Tal como se explicita en el capítulo introductorio, el estudio busca dar cuenta de determinados sectores clave o estratégicos de la economía mundial, es decir, de aquellos que contribuyen de manera decisiva para explicar los cambios en las condiciones de producción. El esquema mismo de exposición ya sugiere el marco de análisis: la relación instrumentos de trabajo-materias primas y auxiliares-fuerza motriz, en que se plasma el proceso de trabajo, articula los capítulos referentes a la industria electro informática, a la extracción y aleación de metales y a la producción de energéticos. Lo que sostiene esa relación: la fuerza de trabajo, lleva al estudio de un aspecto fundamental de su reproducción, que se concreta en el capítulo dedicado a la producción de alimentos, mientras su organización y explotación se examinan cuando se trata de cuestiones atinentes al estatuto del obrero en el contexto del proceso productivo.

El análisis así condensado de la economía mundial permite acercarse ya a las relaciones de fuerza que están allí presentes, principalmente en tanto que muestra el poderío relativo que, en tanto que unidades económicas, ostentan los Estados nacionales. Pero, y eso es particularmente cierto en el mundo globalizado en que vivimos, los Estados nacionales son sólo una dimensión de la investigación: es indispensable abordar el tema de las empresas multinacionales, como se hace en el capítulo 8.

En síntesis, el trabajo que presentamos destaca por el esfuerzo que realiza para investigar determinaciones fundamentales de la moderna economía capitalista, recurriendo al arsenal teórico metodológico de la economía política marxista y valiéndose de una amplia y actualizada bibliografía, que privilegia estudios e informes de organismos especializados y de agencias internacionales, los cuáles revisten, en una investigación de esta naturaleza, mayor confiabilidad. Se trata, pues, de un libro que constituye una contribución valiosa al conocimiento del proceso que estamos viviendo y un incentivo a los investigadores latinoamericanos a retomar su tradición creativa y crítica, en el estudio de las realidades que conforman las opciones que nuestros países tendrán que hacer en este fin de siglo.