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La DC y la burguesía

Ruy Mauro Marini

 

Fuente: El reformismo y la contrarrevolución. Estudios sobre Chile. Ediciones Era, Serie Popular, México, 1976. Publicado originalmente en la revista Chile Hoy n. 2, Santiago de Chile, 23 al 29 de junio de 1972 [PDF]. Se publica en Internet gracias a Ediciones Era.

 

Las posibilidades de un acuerdo político entre la Unidad Popular y la Democracia Cristiana que se han esbozado en los últimos días plantean una serie de interrogantes. El reacomodo de las relaciones de clases en que tendría necesariamente que apoyarse ese acuerdo, sus alcances políticos y sus proyecciones, sus perspectivas de estabilidad, tales son algunas de las cuestiones que preocupan actualmente a los políticos y a los estudiosos del proceso chileno.

En realidad, un elemento central para encaminar la discusión de estos problemas es la caracterización de la Democracia Cristiana. Pareciera ser que su desempeño en el gobierno, las escisiones que desde 1967 han apartado de ella a sectores radicalizados de la pequeña burguesía y fracciones de su base popular, la oposición que, con distintos matices, viene haciendo al actual gobierno, todo esto la habría definido claramente como un partido burgués y, para algunos, como el partido de la burguesía. Sorprende así verla revitalizada, practicando una política y un lenguaje cuyo corte reformista va más allá de lo que se puede normalmente esperar de un partido de esa naturaleza.

Se ha dicho ya que existen burguesías inteligentes y burguesías que no lo son. La tentación suele a veces ser la de incluir a la burguesía chilena en el primer grupo y cerrar la discusión. Pero evidentemente la cuestión es más de fondo. Podremos abordarla por la relación entre las clases sociales y su representación política.

Esa relación no es siempre de identidad. La propiedad burguesa de los medios de producción no implica necesariamente el ejercicio directo del poder político. Es conocido el análisis de Engels a propósito de Inglaterra, donde el compromiso que la burguesía establece con la nobleza feudal la llevó a delegar en ésta el papel dirigente en el aparato del Estado. En consecuencia, las funciones partidarias que tenían que ver con la formación de cuadros y la gestión política de los intereses de la clase burguesa pasaron a ser desempeñadas por otra clase, en beneficio de la primera, es decir, en beneficio de la dominación real del capital sobre el trabajo.

Así como el fenómeno se puede dar hacia arriba, mediante un compromiso de la burguesía con la antigua clase dominante, se puede dar también hacia abajo, a través de un compromiso con la pequeña burguesía. No sería aventurado decir que éste es el caso de Chile. A través de las luchas desarrolladas principalmente después de los años veinte, la pequeña burguesía chilena logra no sólo hacerse un lugar en la escena política del país sino que se impone hasta cierto punto como gestora de los intereses de la burguesía. La actuación de CORFO desde su creación es un buen ejemplo de ello.

Esto podría explicar en cierta medida que la política del partido burgués por excelencia —la Democracia Cristiana— no corresponda siempre a los intereses inmediatos de la clase burguesa. Hecho constatable hoy día cuando confrontamos los planteamientos de la directiva democristiana con los que emiten las asociaciones patronales del tipo de la SOFOFA, ASIMET, Confederación y Producción y Comercio. Las diferencias que allí aparecen se podrían poner a cuenta del relativo margen de autonomía existente entre la clase social y su representación política.

Por válida que sea esta explicación, es a todas luces insuficiente. Primero, no nos dice por qué se produce ese relativo divorcio entre representantes y representados; segundo, no indica cuál es el contenido de la política en discusión; finalmente, deja sin solución el problema de saber si esa política responde o no a los intereses fundamentales de la clase.

El tema es muy vasto para agotarse aquí. Señalemos tan sólo algunos elementos para la discusión.

El hecho de que la autonomía relativa de una dirección política se traduzca en una relativa oposición entre ella y su base tiene que explicarse siempre a partir de lo que pasa en esa base. Son las contradicciones que se pueden dar entre distintas fracciones de la burguesía las que no sólo inducen formulaciones políticas divergentes a nivel de su dirección, sino que, al revestir un carácter más agudo, les impide resolver las contradicciones a nivel de la clase y somete a ésta al arbitraje de sus dirigentes.

Dicho en otras palabras: la fuerza de una dirección, si se refiere a su base, es siempre un resultado de la debilidad de esa base y es también, por ello mismo, debilidad hacia las demás clases a que ésta se enfrenta. En esta perspectiva, la vitalidad reformista de la Democracia Cristiana oculta en realidad concesiones hacia sus adversarios, y es esto lo que provoca la rebelión de sus aliados de oposición y de las organizaciones patronales.

Por otra parte, una política de concesiones no responde nunca a los intereses inmediatos de la clase, aunque sí pueda estar referida a sus intereses más profundos, más estratégicos. La fórmula "perder los anillos para no perder los dedos" expresa esa situación. ¿Sería el caso de la Democracia Cristiana hoy? Desde luego, ella lo cree así, cuando justifica sus conversaciones con la Unidad Popular afirmando que impide con ello el enfrentamiento social.

El hecho de que la DC no haya podido convencer de esto a sus aliados del Partido Nacional y a su base social, y, aún más, las divergencias que se verifican en el seno mismo del partido, indican que la opción de la directiva democristiana puede estar todavía sujeta a un cuestionamiento. Pareciera ser que la ausencia de Eduardo Frei (cuyo único pronunciamiento en el exterior sobre la materia ha sido más bien negativo hacia la política de la mesa directiva, aunque sin jugarse a fondo contra ella), al mismo tiempo que crea un mayor margen de maniobra para los negociadores, los deja también bajo una verdadera espada de Damocles.

Esa ausencia ha privado a los grupos patronales descontentos de un punto de referencia a partir del cual pudieran hacer cristalizar sus inquietudes y concretarlas en una alternativa política. Cualquiera que haya sido la intención del presidente de la SOFOFA al suspirar por un caudillo providencial, destinado a salvar a la burguesía de las penas a que se cree condenada, lo efectivo es que las distintas fracciones burguesas no disponen en este momento de otro liderazgo, que les entregue una perspectiva clara de acción. En estas circunstancias, no les va quedando, pese a sus forcejeos y protestas, sino someterse a la única dirección política de que disponen y esperar mejores tiempos para plantearse su remplazo.

Hasta tanto, y no hablemos de plazos, la directiva democristiana tendrá que aprovechar el sursis que se le da para llevar a cabo su tarea de convencimiento y convertir en fuerza política lo que no es ahora sino producto de la debilidad.

Vale la pregunta: ¿las fuerzas populares estarán dispuestas también a concederle un sursis?