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El fascismo hoy

Ruy Mauro Marini

 

Fuente: El reformismo y la contrarrevolución. Estudios sobre Chile, Ediciones Era, Serie Popular, México, 1976. Publicado originalmente en la revista Chile Hoy n. 41, Santiago de Chile, 23 al 29 de marzo de 1973 [PDF]. Se publica en Internet gracias a Ediciones Era.

 

Ante el fracaso de sus aspiraciones electorales, las clases dominantes se han dedicado a revisar su estrategia para enfrentar al movimiento popular y promover el derrocamiento del gobierno. El nuevo proyecto estratégico que empieza a perfilarse en el campo de la oposición es netamente fascista.

La tentación fascista no es nueva para la burguesía chilena. Empezó a abrirse paso desde 1971, al constituirse “Patria y Libertad” e iniciarse la propaganda en favor de las ideas gremialistas. Su penetración en sectores de los partidos tradicionales, en particular sus alas juveniles, se evidenció cuando los primeros grupos de choque nacionales y democristianos irrumpieron en las calles, durante la asonada de las ollas vacías. Tras un ascenso sostenido en los meses de agosto y septiembre de 1972, el movimiento fascista se planteó pasar al asalto del poder, a través del paro de octubre.

En relación con los objetivos que se proponía, el intento fascista de octubre se saldó con la más humillante derrota. Aún más, engendró resultados opuestos a los que perseguía: fortaleció la unidad de la clase obrera y amplió su influencia sobre el pueblo; resquebrajó a la Democracia Cristiana, agudizando las contradicciones entre sus dirigentes y sus bases; y precipitó el acercamiento que se venía gestando entre las fuerzas armadas y la Unidad Popular. El error cometido fue tan grande que la burguesía se vio forzada a pedir plazo para pagarlo: la Unidad Popular se lo concedió mediante el cambio ministerial de noviembre, pero el pueblo le presentó la factura el 4 de marzo.

La realidad, sin embargo, tiene siempre dos colores. A pesar de su fracaso, el fascismo alcanzó en octubre una nueva etapa de su desarrollo, al dar públicamente a luz al movimiento gremialista. La relación estrecha entre los dirigentes de éste y las organizaciones fascistas no constituye ningún secreto; fue incluso proclamada por el entonces secretario general de “Patria y Libertad”, Roberto Thieme, quien, poco antes de su desaparición, declaró a un corresponsal extranjero que Benjamín Matte y otros dirigentes gremialistas son miembros del consejo político de esa organización (Chile Hoy, 39).La declaración de Thieme no fue desmentida.

Las clases dominantes emprenden ahora la reelaboración de su estrategia. Esta comprende, en primer lugar, la unificación de mando de las huestes burguesas, más que nunca amenazadas en virtud de la desmoralización que las afecta y la exacerbación de sus divergencias, provocadas por el resultado electoral. Además de consolidar el bloque parlamentario opositor, requisito indispensable para que la izquierda pueda ser combatida a nivel del Estado, mediante la contraposición del Parlamento al gobierno, el proyecto estratégico de la burguesía incluye otro elemento: la integración de la representación gremialista al comando único, en igualdad de condiciones con los partidos tradicionales, los cuales deben abandonar sus pretensiones de “primar ciegamente sobre los gremios” y llegar con éstos a un “consorcio explícito o implícito” (El Mercurio, 10de marzo). En sucesivas declaraciones, dirigentes nacionales, como Sergio Onofre Jarpa y Juan Luis Ossa, y gremiales, como Jorge Fontaine, han abogado por lo mismo.

Este punto de vista disiente del que había expresado Thieme sólo en el sentido de que, para “Patria y Libertad”, el gremialismo debe primar sobre los partidos tradicionales. Menos hiperbólico que El Mercurio, Thieme ponía esto como condición necesaria para llegar a “un paro o cualquier otra cosa” y poder “decirle al señor Allende: Señor, ¡afuera!” A su modo de ver, el paro, o cualquier otra cosa, no podría ser programado “desde arriba”, sino que tendría que “nacer desde abajo, de la base”. Así es como el fascismo podría contar con la adhesión de las fuerzas armadas (lo que juega también un papel destacado en el esquema propuesto hoy por El Mercurio). Por otra parte, las organizaciones fascistas no se limitarían a trabajar en el sentido del paro, sino que lo apoyarían directamente, “sea defendiendo una radio democrática [sic], sea defendiendo el sistema de abastecimiento, sea defendiendo los centros vitales del país”.

La diferencia señalada entre el esquema de “Patria y Libertad” y el de El Mercurio demuestra que la discusión entre los centros políticos de la burguesía en cuanto a los detalles de su estrategia aún no ha sido agotada. Hay otras diferencias. Aunque un nuevo paro, bajo condiciones políticas y orgánicas más favorables que el de octubre, siga polarizando su atención, no es seguro que los centros dirigentes de la burguesía compartan el apuro de Thieme, cuando señalaba, como estrategia “a largo plazo”, la preparación del paro para “dentro de los próximos sesenta días de la elección”. Es posible que los sectores burgueses más lúcidos no sólo se den más tiempo, sino que relativicen el paro como forma fundamental de lucha en esta etapa del proceso.

Si se trata de dar “una batalla junta por junta [de vecinos], centro por centro [comunal], manzana por manzana” (Qué Pasa, n. 99, en comentario político basado en declaraciones de Guillermo Chadwick, jefe de la División de Organizaciones Comunitarias del Partido Nacional, y Mario Cisternas, secretario general del Departamento de Poblaciones de la Democracia Cristiana), los plazos tendrán que ser más largos. Y si se considera, como sostiene esa misma revista, que será sobre la base de esa batalla que tendrá lugar “todo enfrentamiento futuro, sea éste ideológico o físico”, las formas de lucha serán más variadas, independientemente de que tengan el paro como objetivo.

Lo que importa retener de la discusión a que se asiste actualmente en el campo de la burguesía es que en ella destaca, como rasgo sobresaliente, la afirmación del proyecto fascista. Es decir, la combinación de la lucha parlamentaria y extraparlamentaria, centrada en la constitución de un movimiento de masas reaccionario. La izquierda tiene que sacar de esto las debidas consecuencias, y la más importante es que la característica básica del periodo abierto el 4 de marzo reside en la agudización de la lucha entre la burguesía y la clase obrera por atraer a sus respectivos campos a las amplias masas del pueblo. En esa lucha, lo principal es la unidad revolucionaria, una agitación y propaganda redobladas y el desarrollo de las organizaciones populares bajo influencia proletaria.