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Congreso comunista cubano:

el poder popular, fórmula de solución

 

Ruy Mauro Marini

 

Fuente: Excélsior, México, 4 de enero de 1976.

 

El Primer Congreso del Partido Comunista de Cuba, realizado en La Habana la semana pasada, marca el ingreso de la Revolución Cubana a su etapa de madurez. Ello coincide con el fracaso de la política de aislamiento y bloqueo que Estados Unidos quiso imponerle. Los acuerdos de la OEA, de este año, ya indicaban esto; la asistencia al Congreso de más de 80 delegaciones extranjeras lo confirma.

La madurez de la Revolución Cubana se expresa en el carácter democrático del Congreso. Participaron en él casi 3,500 delegados, elegidos en el curso de un año de activa discusión, que permitió, por ejemplo, que de los 70 artículos que componen el proyecto de estatutos del partido, 47 de ellos fueran modificados. Hay que considerar, además, que el interés por los documentos del Congreso y su discusión fueron más allá del partido mismo: la mayoría de ellos fue ampliamente divulgada y analizada en las organizaciones de masas, como los sindicatos y los Comités de Defensa de la Revolución (CDR); sólo éstos cuentan con casi 5 millones de miembros, el 80% de la población mayor de 14 años.

 

La Constitución regirá este febrero

Es justo insistir en el carácter democrático del Congreso del PCC. Este es el elemento más destacado de sus conclusiones, que se plasma particularmente en el proyecto de constitución política, la cual —tras ser sometida a un referéndum nacional— deberá empezar a regir el 26 de febrero próximo. Su rasgo distintivo es el impulso a la participación del pueblo en el aparato estatal.

Todos los que han seguido la evolución del proceso cubano han podido darse cuenta de la curiosa mezcla que ha caracterizado su vida política después de 1959. Por un lado, la tendencia a la democracia directa, sin duda alguna real, pero —incluso por la masividad que distingue nuestras sociedades de las que la practicaron anteriormente, como la griega antigua— incapaz de resolver el problema de la participación popular. Por otro lado, y en parte como consecuencia de lo anterior, la tendencia a la centralización y al burocratismo, que afecta a la mayoría de las modernas sociedades socialistas.

Sin embargo, no podríamos quedamos en esta fórmula descriptiva, weberiana, que trata de explicar el burocratismo y la centralización en función de la masividad y complejidad de nuestras sociedades. Por lo menos en el caso cubano, se distinguen claramente tres factores que han actuado en este sentido: los problemas de seguridad nacional, creados por la política norteamericana hacia Cuba, y las urgentes dificultades económicas, derivadas parcialmente de la misma causa, así como la falta de preparación política de las masas.

Desde 1959, se inició, bajo diversas formas, la organización popular tendiente a garantizar la participación política de las masas. Pero la superación definitiva de la contradicción entre la democracia directa y el centralismo sólo podría darse en la medida que se resolvieran los problemas que la generaban. La fórmula encontrada ha sido la del poder popular.

No insistiremos en la cuestión de la seguridad. La afirmación de Cuba en el plano internacional es indiscutible y —salvo circunstancias que por lo menos ahora no se avizoran, como las que crearía una nueva guerra mundial— obliga a los Estados Unidos a plegarse ante la irreversibilidad de la primera revolución socialista en América Latina.

En el mismo sentido, la corrección de las estructuras económicas deformadas que heredó la Revolución y la obtención de tasas de crecimiento en el marco de estructuras renovadas son también un hecho. En su informe al Congreso, el primer ministro Fidel Castro indicó que el producto social sólo empezó a aumentar vigorosamente en la presente década: 10 por ciento en el periodo 1971-75, contra 3.9 por ciento en 1966-70 y sólo 1.9 por ciento en 1961-65.

Las tasas cubanas de crecimiento expresan efectivamente una elevación permanente del bienestar del pueblo en materia de alimentación, salud, cultura y esparcimiento. Es relevante señalar los logros obtenidos en el campo de la educación. La erradicación del analfabetismo, la gratuidad de la enseñanza a todos los niveles, la obligatoriedad de la misma hasta el sexto grado, la prohibición de trabajo remunerado a los menores de 17 años, la combinación de la formación teórica con el trabajo productivo —todo esto lanza las bases de lo que Lenin llamó de “revolución cultural” y planteó como condición necesaria para el ejercicio pleno de la democracia socialista.

 

Búsqueda de la Revolución Cubana

Es sobre esta base que se asienta el poder popular. Desde sus asambleas locales hasta la asamblea nacional (que deberá estar funcionando a fines del próximo año), la rendición de cuentas de los elegidos ante los electores, el mecanismo que permite a éstos revocar el mandato de los primeros, lo que reaparece ante nuestros ojos es el viejo sueño de los revolucionados parisienses de 1871.

Profundamente latinoamericana, la Revolución cubana se inserta también en la corriente libertaria que, desde hace más de un siglo, busca la fórmula capaz de asegurar el bienestar del pueblo y su más amplia participación en la vida política.