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Se acabó el milagro económico brasileño

 

Ruy Mauro Marini

 

Fuente: Excélsior, México, 1° de febrero de 1976.

 

El llamado “milagro económico brasileño”, que arrojó tasas anuales de crecimiento del producto nacional del orden del 10 por ciento entre 1968 y 1973, se apoyó en gran medida en el sector externo. Además de un acelerado crecimiento de las exportaciones, tanto de bienes primarios como de manufacturados, contó con considerables ingresos de capital extranjero privado y un sustancial aumento de la deuda pública.

Desde 1974 se observó la desaceleración del ritmo de crecimiento, la cual se hizo patente el año pasado, cuando la economía no alcanzó siquiera la mitad del promedio de la tasa de aumento anual obtenida en los años del “milagro”. Entre los indicadores más significativos de la crisis que se esboza está la balanza de pagos, que tuvo en 1975 (con base en las cifras correspondientes a 11 meses) un déficit de 7,000 millones de dólares en la cuenta corriente.

El año pasado casi no hubo crecimiento

Pese a que los ingresos de capital extranjero (financiamientos e inversiones directas), alcanzaron los 5,000 millones de dólares en 1975, ello no fue suficiente para limitar el déficit. Sólo las amortizaciones e intereses de la deuda externa se llevaron cerca de 2,500 millones. Por su parte, mientras las importaciones aumentaban sensiblemente en valor por efecto de la inflación mundial, el valor de las exportaciones creció sólo del 8.3 por ciento respecto al año anterior (el mismo indicador señala un crecimiento de 28.2 por ciento en 1974 y, de 55.3 por ciento en 1973).

Este comportamiento insatisfactorio de las exportaciones se debió en buena medida al peso que tuvieron en ellas los productos primarios. En efecto, las manufacturas participaron con cerca del 40 por ciento del total, quedando lo demás por cuenta de los bienes primarios, de los cuales cinco (soya, café, mineral de hierro, azúcar y cacao) respondieron por más de la mitad de los ingresos totales.

Se entiende mal, así, que el régimen brasileño haya reaccionado tan fuertemente en contra de las declaraciones sobre las perspectivas de 1976, hechas por el coordinador de la Asesoría Económica del Ministerio de Hacienda, Augusto Jefferson de Oliveira Lemos, a fines del año pasado. Entre otras cosas, éste afirmó que, para 1976, la inflación deberá ser del orden del 20 por ciento y el déficit comercial de mil millones de dólares, mientras que la tasa de crecimiento del producto caerá a cero. Todo ello significando el fracaso del II Plan Nacional de Desarrollo. Estas declaraciones le costaron el cargo.

Sin embargo, las mismas autoridades económicas han confirmado por lo menos la gravedad de la situación a que aludía el funcionario, al tomar un conjunto de medidas orientadas a regularizar la balanza de pagos, defender el nivel de las divisas y reducir al máximo el déficit de la balanza comercial. Según el influyente O Estado de São Paulo, respecto de tales medidas, “todo lo demás, incluso las tasas de desarrollo, en 1976 y en los años siguientes, será secundario”.

Las señales de crisis del modelo de crecimiento económico se dan en una coyuntura en la cual arrecian las manifestaciones de crisis política. Ésta, que no debiera de presentarse hasta 1978, año de elecciones parlamentarias y de renovación de gobernadores estatales, amenaza con estallar en 1976, cuando se realizarán en todo el país elecciones municipales.

La mala actuación del partido oficial, Alianza Renovadora Nacional (ARENA), en las elecciones parlamentarias de 1974, contra la oposición, el Movimiento Democrático Brasileño (MDB), todavía no ha sido digerida. Forzado a representar al gobierno y a alejarse, por tanto, de un electorado cuyas reivindicaciones chocan cada vez más con lo que éste puede ofrecerle, el ARENA se ve amenazado con una rotunda derrota electoral este año. Esta perspectiva tiende a producir divisiones internas en el partido, generando corrientes que embisten contra el gobierno y exigen autonomía en su acción política.

Supuesta amenaza comunista interna

Paralelamente, crece el malestar en las Fuerzas Armadas. Ante el ascenso de la oposición civil y las vacilaciones del gobierno, los altos mandos militares desatan una nueva “caza de brujas”, con el propósito de unir a las Fuerzas Armadas ante una supuesta “amenaza comunista interna” y restaurar el prestigio del régimen frente a los sectores empresariales. Es en este marco que se produce el relevo del jefe del segundo ejército, con sede en São Paulo, general Eduardo D’Avila Melo, quien se había destacado por la represión y el asesinato de presos políticos.

El régimen militar brasileño, que había hecho del crecimiento económico su bandera, empieza a resquebrajarse desde el momento en que se vuelve difícil mantener el ritmo de ese crecimiento. Ello coincide con el cansancio del país tras casi doce años de dictadura. Es natural, pues, esperar que se acentúe la lucha política en Brasil en el curso de este año y no sería sorpresa que ella empezara a asumir connotaciones espectaculares.

Es extraño que un país como Brasil, beneficiado por un amplio régimen de ríos muy favorable, no haya desarrollado más aún un sistema moderno de riego para la agricultura. Países como Japón, cuya área útil equivale a la del estado de Sergipe, utilizan mucho el riego artificial y consiguen producir cerca del 35 por ciento de los alimentos que consumen.

Sin minusvaluar al estado de Sergipe, se puede imaginar lo que ocurriría si dependiese el país de él para abastecerse en esa misma proporción, considerando que las poblaciones brasileña y japonesa casi se equivalen.

Las agriculturas más desarrolladas hace ya mucho que aprendieron que el hombre debe reducir al mínimo su dependencia en relación con la naturaleza y sus caprichos. Aquí entre nos, entretanto, hasta los proyectos más ambiciosos —para los que se ha llamado la atención, el interés y las inversiones de los empresarios del sur— tropiezan con problemas y dificultades.

El costo de una hectárea regada es alto, la convivencia entre la agricultura de subsistencia y la agricultura tecnificada, con buen grado de mecanización, es motivo de discusiones interminables. No falta quien quiera condenar al interior de Brasil al atraso, alegando que así se mantendrán fuera de las ciudades mayores contingentes humanos.

La experiencia ha demostrado que el aumento de zonas plantadas y la modernización de la agricultura terminan reabsorbiendo a los liberados por la máquina y por la introducción de nuevas tecnologías. Las sequías —cuando las legiones de hambrientos aumentan repentinamente— deberían funcionar por sí solas como un elocuente elemento de convencimiento.

En este caso, el gobierno es la clave de los programas de riego debido al elevado costo de las inversiones que son necesarias. Falta acción en este sentido. Y es urgente.