Participantes

 

Contacto

 

Única razón de la gira:

HK compró el apoyo de Brasil en la OEA

 

Ruy Mauro Marini

 

Fuente: Excélsior, México, 7 de marzo de 1976.

 

La reciente gira de Henry Kissinger por Latinoamérica ha provocado cierta perplejidad. Se suponía que el viaje tendría por objeto la discusión de una serie de temas que preocupan al Departamento de Estado. Entre ellos, el problema del Canal de Panamá, la cruzada anti Cuba, la próxima reunión de la OEA, las relaciones comerciales con la región, los precios del petróleo y otras materias primas. Aunque se habló de todo un poco, no parece que se haya llegado a nada definitivo sobre ninguno de esos temas.

Por otra parte, la posibilidad de un nuevo tipo de relaciones entre Estados Unidos y América Latina —a que Kissinger aludiera al anunciar un “nuevo diálogo”, en la reunión de México, hace dos años— parece más distante que nunca. La impresión que dejó la gira es la de que el Departamento de Estado sigue acordando prioridad absoluta a las negociaciones bilaterales. Problemas como la ley de comercio exterior, firmada por el Presidente Gerald Ford a principios de enero, quedaron restringidos en el mejor de los casos a conversaciones con los gobiernos interesados.

La cuestión del Canal, que Panamá viene esforzándose por convertir en un tema de interés continental, fue mencionada sin mayores precisiones. Lo más nuevo sobre esto no se deriva del viaje de Kissinger, sino de una declaración del Departamento de Estado, el pasado día 2, en que se dice que no es inminente un acuerdo en torno a un nuevo tratado y que, en todo caso, Estados Unidos “salvaguardará sus intereses vitales” en la zona.

El acuerdo con los brasileños

El único resultado visible y novedoso de la gira fue el acuerdo con el gobierno brasileño, respecto a consultas mutuas sobre temas de interés bilateral y cuestiones de política internacional. Hay que preguntarse el porqué del acuerdo, una vez que no constituye precisamente un éxito diplomático ante el conjunto de América Latina y ni siquiera ante la opinión pública norteamericana. Sólo el diario chileno El Mercurio lo aplaudió sin restricciones. El mismo canciller de Costa Rica, Gonzalo Facio, cuyas manifestaciones ante Kissinger hicieron recordar el modo de conducta que tenían los dirigentes latinoamericanos ante Estados Unidos en el pasado, justificó el acuerdo, pero en términos moderados.

Los medios oficiales norteamericanos y el propio Kissinger han tratado de reducir las repercusiones del trato excepcional que Estados Unidos pasa a acordar a Brasil en América Latina. La verdad es que quedan puntos importantes por aclarar respecto a lo que concedió Kissinger al gobierno brasileño. Entre ellos, la cooperación amplia que se anuncia en el campo de la energía, incluida la nuclear.

EU asegura el apoyo carioca

Las interpretaciones que se han hecho respecto al trato preferencial dispensado a Brasil apuntan sin duda a razones de fondo. Se trata, en buena medida, de un esfuerzo de Estados Unidos por asegurarse el apoyo brasileño ante las presiones que, al parecer, harán los países latinoamericanas en la conferencia de la OEA, en junio próximo, en Santiago de Chile, en el sentido de negociar en un plano multilateral cuestiones de importancia; entre ellas, la contratación de relaciones económicas que favorezcan a las exportaciones de la región, cuya discusión ha girado en torno al concepto de “seguridad económica”, que Estados Unidos rechaza. En la misma línea, el acuerdo con Brasil garantiza —como lo ha declarado ya el gobierno brasileño— que este país se sumará a Estados Unidos en la oposición a la formación de bloques de países exportadores de materias primas y alimentos.

Pero podría haber motivaciones de mayor trascendencia para el paso dado por Kissinger en Brasil. Más allá de la influencia que ejerce la coyuntura electoral norteamericana, parece estar esbozándose en Estados Unidos una fuerte tendencia a desplazar las relaciones con la Unión Soviética desde el campo de la distensión hacia uno que se acercaría mucho al de la guerra fría. Esto impondría un realineamiento de fuerzas y una revisión de las alianzas militares, que tomara en cuenta los cambios ocurridos en el mundo en los últimos tiempos. Entre ellos, destaca la nueva correlación de fuerzas existente en África y el acrecentamiento allí de la presencia soviética (Angola aparece como el caso más espectacular, pero no el único), lo que confiere una mayor importancia estratégica al Atlántico Sur.

Estados Unidos se está endureciendo

Conviene recordar las recientes declaraciones del Presidente Ford. Éste no sólo ha descartado la noción de “distensión”, sino que ha insistido en que las relaciones norteamericano-soviéticas se enmarcan en una política de paz “basada en la fuerza”. El tono de su principal competidor a la candidatura republicana, Ronald Reagan, es aún más duro y no deja de ser significativo que, del lado de los demócratas, empiece a destacarse también un “duro”, el senador Henry Jackson.

Más reveladora, todavía, fue la alocución radiofónica, el pasado día 3, del canciller de Alemania Occidental, Helmut Schmidt. Tras insistir en que las relaciones entre Estados Unidos y la URSS tienen que basarse en un “equilibrio de fuerzas”, Schmidt señaló que esto implica que otros Estados se alineen en este esquema mediante acuerdos explícitos.