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Tras del cuartelazo: Argentina compite

con Brasil por el favor norteamericano

 

Ruy Mauro Marini

 

Fuente: Excélsior, México, 4 de abril de 1976.

 

El carácter incruento del golpe militar argentino y la parquedad de los militares en la promulgación de medidas de gobierno han hecho dudar a algunos círculos políticos e intelectuales de América Latina respecto de la significación del nuevo régimen. Al escribirse este artículo, no se conocían siquiera los lineamientos económicos que el gobierno militar pretende imponer al país. La perplejidad se ha acentuado por la actitud diferenciada que el gobierno adoptó frente al Partido Comunista —que ha sido suspendido y no proscrito, como las agrupaciones de extrema izquierda— y el apoyo crítico que éste le ha brindado.

Existen, sin embargo, elementos suficientes de juicio para evaluar la situación argentina. Las primeras medidas de gobierno y las declaraciones del ya Presidente de la República, teniente general Jorge Videla no difieren de las que presidieron la instalación de regímenes como el de Brasil, Uruguay, Bolivia e incluso Chile. Allí está la disolución del Congreso, la proscripción de actividades políticas, la afirmación del poder militar por sobre cualquier otra instancia, como lo demuestra la camisa de fuerza impuesta a la prensa.

Asimismo, está puesta la base sobre la cual el nuevo gobierno asentará su política externa, al romper con el bloque tercermundista y proclamar su alineación con “el mundo occidental y cristiano”. Por si hubiera dudas, las excelentes relaciones establecidas con Estados Unidos y el apoyo de las agencias financieras bajo control norteamericano al nuevo régimen, antes incluso de que éste anunciara su programa económico, indican claramente la posición de éste en el plano internacional.

La actitud ante el Partido Comunista no puede sorprender a nadie. El problema en Argentina no lo constituye el Partido Comunista sino el peronismo de izquierda y las organizaciones que desarrollan la lucha armada. Es justamente respecto a éstos que el régimen militar ha definido con más claridad su política, erigiendo a la represión como línea maestra de su programa de gobierno. Esto ha sido ya anticipado por el mismo general Videla cuando encabezó la delegación argentina que asistió a la Segunda Reunión de Ejércitos Americanos, llevada a cabo en Montevideo, a mediados del año pasado.

El hecho de que el golpe en sí no haya dado lugar a una represión salvaje como la de Chile tampoco es excepcional. Salvo en Bolivia, cuando el derrocamiento del presidente Torres dio ligar a enfrentamientos armados, los golpes militares en América Latina no suelen ser sangrientos, aunque si den lugar a una represión brutal, en la que la tortura tiene papel destacado. Tal ha sido el caso de Uruguay, Brasil y la misma Argentina, en 1966. Ello se debe a que, en su mayoría, los militares se enfrentan a regímenes ya desmoralizados, sin apoyo popular, tanto por sus propios errores, como por la cuidadosa preparación política que precede al golpe.

Ecos de la visita de H. K.

Conviene también tener presente que el análisis de un suceso político no puede limitarse al hecho en sí, tal como se presenta, sino que debe considerar los factores y circunstancias que lo han determinado. Con la sola excepción de Perú, las dictaduras militares que han surgido en los últimos doce años en el Cono Sur tienen características comunes. Expresan la afirmación sobre el conjunto de la nación de los intereses propios a un sector dominante, constituido por los grandes grupos financieros e industriales ligados a los sectores clave de la producción, así como de las compañías extranjeras, principalmente norteamericanas, que operan en el país y a las cuales dichos grupos se encuentran enlazados.

No es por acaso que los puestos gubernamentales —empezando por las carteras ministeriales— que corresponden a la gestión de la economía se atribuyan, no a militares, sino a tecnócratas y, en muchos casos, a representantes directos de la gran empresa asociada con el capital extranjero. Se conforman así regímenes tecnocrático-militares cuyo propósito es reordenar a la economía y la sociedad en beneficio de una minoría, lo que implica herir profundamente no sólo los intereses de la inmensa mayoría trabajadora, sino también a los de amplios sectores medios, incluso empresariales. El ministro argentino de Economía, José Alfredo Martínez de la Hoz, es un hombre de esa categoría y no es difícil adivinar los lineamientos de la política económica que establecerá.

Señalemos, finalmente, que en el caso argentino —como lo reveló Excélsior en su oportunidad, al publicar un documento encomendado por los militares golpistas a su asesoría— influyen en el cambio de gobierno los logros de Brasil en su política expansionista, sancionados por el acuerdo de consultas mutuas firmado con Estados Unidos, con ocasión de la visita de Henry Kissinger a ese país. La tradicional rivalidad entre los militares argentinos y brasileños ha agudizado el efecto en Buenos Aires del espaldarazo norteamericano a Brasilia. Tal como ocurrió en 1966, Argentina se prepara ahora para repetir el intento de emular a su vecino y cubrir así la brecha que se ha ido ampliando entre los dos países, en beneficio de Brasil.