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Elecciones en Colombia: crisis de la democracia

parlamentaria en Iberoamérica

 

Ruy Mauro Marini

 

Fuente: Excélsior, México, 25 de abril de 1976.

 

Con ocasión del reciente golpe militar en Argentina, los observadores señalaron con alarma que sólo dos países de Sudamérica conservan todavía formas de gobierno democrático-representativas: Venezuela y Colombia. Los resultados de las elecciones municipales y departamentales que se efectuaron en Colombia el domingo pasado, han venido a mostrar que las razones de preocupación son mucho más serias.

En ellas, el abstencionismo se elevó a 77 por ciento. Poco más de 2 millones, de los 9 millones 500 mil electores (ellos mismos representando a menos de la mitad de la población) concurrieron a las urnas. Es una tendencia que se agrava: en las elecciones de hace diez años, la abstención fue del 71 por ciento.

La democracia en América Latina

La democracia representativa de tipo parlamentario no es una creación latinoamericana. Su paternidad corresponde a los países de Europa Occidental y Estados Unidos, es decir, a aquellos que toman primero la senda del capitalismo. Cuanto más se retrasa el desarrollo capitalista, más difícil es también la afirmación plena de esa forma política: ella será más vigorosa en Inglaterra y Estados Unidos, en el siglo pasado, que en Francia y aún más en Alemania.

Al acceder a la independencia, los países latinoamericanos se orientan progresivamente hacia un régimen similar, en lo formal, al de los países avanzados. El proceso es lento y sólo a partir segunda mitad del siglo XIX vemos configurarse plenamente ese régimen, en Chile; otros países le seguirán los pasos. La base social en que reposa es, sin embargo, distinta a la de Europa y Estados Unidos. Las fuerzas que actúan en el plano político, en ese entonces, son las oligarquías terrateniente y minera, al lado de una naciente burguesía mercantil en las ciudades. A una y otra van a corresponder los partidos políticos que operan en la escena oficial: conservador y liberal, con sus variantes según el país.

El desarrollo de la economía exportadora latinoamericana engendra, a fines del siglo, el crecimiento urbano, acompañado de la formación de grupos medios ligados a la industria y a los servicios, así como un naciente proletariado industrial. El fenómeno se acentúa en los países de economía ganadera y minera. No sorprende así que las nuevas fuerzas sociales se organicen primero, políticamente, a través del radicalismo, en países como Argentina y Chile. En otros países, su destino es distinto: en Uruguay, por ejemplo, las fuerzas sociales ascendentes son asimiladas por uno de los partidos oficiales; en Brasil, quedan al margen de la vida política hasta 1930.

Latinoamérica en la posguerra

Es hasta el final de la segunda guerra mundial que el modelo de la democracia parlamentaria surge como una aspiración de las clases dominantes latinoamericanas. Influye para ello el hecho de que, para esa época, ya la región había caído bajo la influencia norteamericana y que Estados Unidos apareciera como el gran vencedor del conflicto; se tomó poco en consideración que el otro gran vencedor fuera la Unión Soviética y esto quedaría luego enterrado bajo las tensiones de la guerra fría. Pero hubo otras razones: el desarrollo, en las dos décadas precedentes, de la industria y el mayor poder adquirido por la clase empresarial urbana, los nuevos grupos medios y el proletariado industrial.

Sin embargo, las excepciones eran todavía muchas. Uno de los países de mayor gravitación en la región, Argentina, encauza su vida política por otra vía, la del peronismo. En Bolivia, tras dramáticos sucesos militares y una revolución, el régimen representativo que se   instaura tiene poco que ver con el contenido de las democracias parlamentarias europeas o norteamericana. Por causas distintas, éste es también el caso de Paraguay.

Como quiera que sea, son los diez años que siguen a 1955 los únicos en que la democracia parlamentaria logra extenderse a casi toda América Latina; el último bastión en caer es Venezuela. Ésa es la época de la ideología desarrollista, de las aspiraciones de despegue inspiradas en Rostow, pero también del populismo. Y éste, a diferencia del radicalismo de los años veintes, tenía otro significado: no incorporaba sólo a fuerzas que tendían y podían asimilarse al régimen democrático parlamentario, sino a otras que no lo podían hacer. Tal era el caso de las masas campesinas y artesanas desplazadas por el desarrollo industrial y arrojadas al desempleo abierto o disfrazado que, marginadas de la vida económica, difícilmente podían insertarse en la vida política oficial.

La causa de las dictaduras militares

La inestabilidad de los regímenes democráticos parlamentarios de América Latina, que acabaría por dar paso a las dictaduras militares que imperan hoy en casi todo el Cono Sur, nace de allí. Pero no es ésa su única causa: a lo largo de los sesentas, surge y se desarrolla un nuevo grupo dominante, cuya base económica está en las empresas multinacionales y en el sector empresarial nacional asociado a ellas. La lucha de ese grupo por imponer sus intereses específicos a los demás —participen éstos o no en la vida política— es lo que determina, la caída en cadena de las democracias parlamentarias en el continente y la inestabilidad creciente de las que van quedando.

El contenido real que está detrás de la fachada democrática colombiana, puesto en  evidencia por las cifras electorales, explica tal vez el milagro de que ésta haya podido resistir hasta ahora a la presión militar. Su carácter excluyente dispensaría, en cierta medida, la dictadura abierta de las Fuerzas Armadas. Pero este mismo hecho, en que se exhibe la indiferencia e incluso la hostilidad de las masas del pueblo al régimen vigente, no constituye para éste ninguna garantía de solidez y permanencia.