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El precio de la austeridad norteamericana

 

Ruy Mauro Marini

 

Fuente: El Sol de México, México, 2 de noviembre de 1976.

 

En la reciente reunión del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, en Manila, el secretario del Tesoro norteamericano, William Simon, hizo notar su presencia. Simon empezó echándole la culpa de la actual crisis internacional al alza de los precios del petróleo. Se abstuvo de señalar que ésta benefició ampliamente a las empresas multinacionales que operan en el ramo. Es así como, según Visión, entre las diez mayores empresas del mundo, en 1975, ocho eran petroleras. De las ocho, seis son norteamericanas.

“Un país con déficit (de pagos) considerables —continuó Simon, austeramente— debiera partir hacia un programa de estabilidad interna, acompañado por modificaciones en la tasa de cambio acordes con las fuerzas del mercado”. Se olvidó de agregar que, desde 1950, Estados Unidos empezó a arrojar déficits considerables en su balanza de pagos, sin preocuparse de la estabilidad interna, y llegó a la devaluación del dólar veinte años después. Fue sobre la base de la emisión de dólares que tenían como contrapartida una reserva de divisas en franca contracción, como medró el eurodólar y la euromoneda en general, dando lugar a una expansión de la circulación mundial de dinero sin respaldo efectivo. El resultado de la existencia de ese capital-dinero en busca de aplicación ha sido la gigantesca deuda externa que pesa hoy sobre los países dependientes y semicoloniales, esa misma deuda que fue objeto de la severa crítica de Simon.

Pero no es sólo la deuda el fruto de la expansión del capital financiero. En su estela, como siempre, ha florecido la especulación más desenfrenada. El caso reciente de la libra esterlina es aleccionador. Basta que un grupo de especuladores venda libras para comprar marcos alemanes para que la moneda inglesa se desplome, el marco se revalúe (proporcionando a los especuladores las ganancias esperadas, hasta la próxima operación, a costa del yen, del franco o quién sabe qué moneda) e Inglaterra tenga que presentarse, como cualquier país del llamado Tercer Mundo, a disputar con éste los préstamos del FMI.

Pagan los países del Tercer Mundo, pero pagan también por supuesto, los obreros ingleses. Allí está la Confederación de la Industria Británica, organización patronal, con un programa de acción listo para ofrecer al gobierno laborista. La CIB exige reformas en favor del capital y en detrimento del consumo; la elevación de la productividad obrera, acompañada naturalmente de frenos a las demandas salariales; una reducción de los impuestos directos; y un corte de más de 3 mil millones de libras esterlinas en los gastos públicos, en los próximos tres años, obviamente a costa de la disminución de los gastos sociales.

Estas son, prácticamente, las mismas exigencias que el FMI ha hecho a Inglaterra para concederle el solicitado préstamo de 3,900 millones de dólares. Las mismas que hace a los países dependientes que enfrentan idéntica situación. Que se recuerde el caso de Perú, que comentamos la semana pasada.

Ante la dificultad de encontrar con qué cubrir los hoyos de la balanza de pagos, y ante el costo creciente que acarrea la inflación exportada por los países capitalistas avanzados, mediante la elevación de los precios de sus manufacturas, los países dependientes buscan abrir campos de inversión al capital extranjero público y privado, al costo que sea, para lograr así las deseadas divisas. Las recientes andanzas de Brasil por Europa Occidental y Japón son un buen ejemplo de ello. Sólo con este último país, Brasil contrajo compromisos de inversiones por 3,500 millones de dólares para los próximos tres años, que llegarán a 8 mil millones en 1985.

¿Es buena la solución? La deuda externa brasileña era, en marzo de este año, de 22,500 millones de dólares y creció, respecto a marzo de 1975, en un 30%. Si se amortiza en los plazos previstos, Brasil deberá pagar hasta 1984 un 80% del total, o sea, aproximadamente, 18 mil millones, calculados sobre la base de marzo último. De aquí hasta allá, es difícil predecir a cuánto llegará el endeudamiento externo del país y qué nuevos gravámenes acarrearán los compromisos que se vayan estableciendo, de acuerdo con lo que acaba de concertarse con Europa y Japón.

Cuando William Simon, cerrando con broche de oro su intervención en Manila, se opuso a cualquier aumento de los techos hasta ahora vigentes en el FMI para créditos al Tercer Mundo, no podía dejar de saber qué estaba haciendo: apurar a los países dependientes para que sigan más aprisa el tranco de Brasil.