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Ruy Mauro Marini

 

Fuente: El Sol de México, México, 9 de noviembre de 1976.

 

En la mañana del 27 de septiembre pasado, en São Paulo, chocaron dos camiones del servicio de transporte urbano de pasajeros, 52 personas quedaron heridas y los dos motoristas sufrieron fracturas en las piernas.

Esta pequeña nota de periódico oculta una terrible realidad. A tal punto que ante los frecuentes accidentes de tránsito provocados por vehículos de transporte colectivo, la Delegación Regional del Trabajo de São Paulo decidió investigar las condiciones de trabajo en las empresas concesionarias. Entre mediados de septiembre y mediados de octubre, la DRT aplicó 159 multas a los empresarios, por abuso contra la jornada de trabajo de los choferes. Se habían registrado casos en que, sumadas a las ocho horas reglamentarias, las horas extraordinarias arrojaban jornadas totales de hasta 17 horas.

La respuesta a la fiscalización de la DRT no se hizo esperar, como denunció el sindicato de los trabajadores del ramo. Para burlarla, los concesionarios han impuesto el sistema de la doble tarjeta de control: una, que permite al motorista acreditar ante la empresa el total de horas trabajadas realmente; otra, en la que consta una jornada normal de ocho horas, para ser exhibida a los funcionarios de la DRT. Con ello, los motoristas pasan a hacer dos turnos de ocho horas en la misma jornada, que cuentan como jornadas independientes. Dejan así de recibir el 20% de pago suplementario que ameritan las horas extras (2 horas por jornada, de acuerdo a la ley), además de los beneficios sociales correspondientes al segundo turno.

La prolongación de la jornada de trabajo representa un grave problema para los trabajadores brasileños, y no sólo del transporte. Los empresarios no se limitan a las horas extras (al ser admitidos en una empresa, los obreros deben firmar por lo general un documento en que se obligan a realizarlas, siempre que la empresa lo requiera) y a la violación franca y abierta de las normas legales que rigen la jornada, sino que recurren a otros métodos.

El gobierno militar ha legalizado, mediante autorización expresa en cada caso, el trabajo en domingos y días festivos. En junio de 1975, la Firestone de São Paulo logró de la DRT una autorización de este tipo, que no hacía sino regularizar una situación de hecho, existente desde hacía dos años. En julio último, ante la queja presentada por el sindicato de trabajadores, la DRT ratificó la medida, aunque concediendo que la empresa debería hacer las “excepciones necesarias”. En la misma ocasión, el sindicato protestó también contra las jornadas de 12 horas impuestas por la empresa.

En la rama metalúrgica, se ha puesto en práctica un expediente ingenioso, que consiste en la rotación de turnos. El obrero trabaja dos semanas en el turno diurno y dos en el nocturno. Al terminar el periodo de turno diurno, el obrero abandona, por ejemplo, el trabajo a las 19 horas del sábado, pero, en vez de regresar el lunes por la mañana, debe volver al trabajo a las 19 horas del domingo. Son 12 horas, que mensualmente, tiene que regalar a la empresa, sin ninguna compensación.

Entre los efectos provocados por jornadas de trabajo agotadoras, los especialistas brasileños señalan los accidentes de trabajo. Brasil, que se complace en presentar en donde puede cifras aventajadas, no se queda atrás en este particular. En 1973, sobre una población trabajadora de 11 millones de personas, señalada por el Instituto Nacional de Previsión Social, hubo un millón 600 mil accidentados, o sea, un 15%. Los datos para São Paulo, más detallados, muestran que dos terceras partes de los obreros accidentados son víctimas de incapacidad temporal o definitiva. Cuando no se mueren, desde luego.

Pero no sólo la prolongación de la jornada es causa de accidentes de trabajo: hay que considerar también la intensificación del ritmo de trabajo. Entre las nuevas empresas que dentro de la política de atracción de capital extranjero se han instalado está la Fiat, cuya planta fue construida en Betim, en el estado de Minas Gerais. La empresa responsable de la construcción, Barbosa-Roscoe, debió acelerar, entre enero y junio de este año, el ritmo de los trabajos, para cumplir con el plazo fijado. En este periodo ingresaron en el hospital local, accidentados, 930 trabajadores de dicha empresa, registrándose 142 casos de invalidez y 3 muertos.

No fue tan sólo sobre la base de la inversión extranjera, de la expansión comercial hacia el exterior y los bajos salarios que Brasil realizó su “milagro económico”, de corta duración. Mucho debieron pagar por él con sus vidas y su integridad física. Y lo peor es que el fin del “milagro”, ya reconocido, lejos de mejorar la suerte de los trabajadores, no está haciendo sino agravarla.