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Joao Goulart: el fin de una era

 

Ruy Mauro Marini

 

Fuente: El Sol de México, México, 9 de diciembre de 1976.

 

La historia del Brasil moderno, posterior a la revolución de 1930, se encuentra ampliamente dominada por la figura de Getulio Vargas. Caudillo del movimiento revolucionario que echó abajo a la “vieja república”, cupo a él la tarea de definir el reordenamiento de fuerzas que cristalizaría en el “Estado Novo” de 1937. Más allá de sus similitudes formales con el fascismo italiano, el “Estado Novo” era la consagración de la alianza entre las antiguas clases dominantes, ligadas a la exportación de bienes primarios, con la nueva burguesía industrial, en el marco de un régimen que tenía como apoyo social a la pequeña burguesía y el proletariado urbanos.

Depuesto en 1945, Vargas regresaría triunfalmente al poder en las elecciones de 1950, las primeras que dieron la victoria a un candidato de la oposición. Allí, le esperaba una nueva tarea: encabezar la ofensiva de la burguesía industrial por reducir la participación en el Poder de las viejas clases dominantes y poner diques a la embestida del capital extranjero sobre el campo de inversión representado por la industria manufacturera. La derrota personal que sufrió fue convertida por Vargas en victoria política, en 1954, al oponer su dramático suicidio a un nuevo intento de golpe militar en contra suya, al mismo tiempo que, en un mensaje al pueblo, daba carta de ciudadanía al movimiento nacionalista brasileño.

En su segundo periodo de gobierno, Vargas se esforzará por dar a ese movimiento un carácter programático y orgánico, sobre la base de una alianza entre la burguesía industrial y la numerosa clase obrera que la industrialización de los últimos 20 años hiciera surgir. El hombre a quien confió ese encargo era un joven de 30 años, desconocido en la política brasileña y originario, como Vargas, del estado de Río Grande del Sur: Joao Goulart. La impetuosidad demostrada por éste en el cumplimiento de su misión le valió la ira de las fuerzas conservadoras y lo forzó a renunciar a su puesto de ministro del Trabajo y a exiliarse en Uruguay, en 1953.

Goulart regresaría a Brasil, en 1955, para ser elegido vicepresidente de la República, en las elecciones que —fuertemente influidas por el fantasma de Vargas— darían la primera magistratura a Juscelino Kubitschek. Heredero legítimo del varguismo, volvería a reelegirse a la vicepresidencia en 1960, pasando a ocupar el cargo junto al nuevo presidente, Janio Quadros, quien venía de las filas de la oposición. La renuncia de éste a los siete meses de gobierno conduciría finalmente a Goulart, tras una crisis que puso al país al borde de la guerra civil, a la Presidencia de la República. Un plebiscito llevado a efecto en 1963, para devolverle poderes quitados a raíz de dicha crisis, representó de hecho su confirmación en el cargo, por una mayoría sin precedentes en la historia de Brasil.

El gobierno de Goulart correspondió al auge del movimiento nacionalista y populista, que se iniciara en Brasil en la década de los cincuenta, así como a su estruendosa derrota. El intento de lograr lo que Vargas no había podido alcanzar: un frente popular amplio, bajo la hegemonía de la burguesía industrial, que asegurara el desarrollo de un capitalismo autónomo en el país, no podía ya concretarse en los años sesentas. Las dos condiciones que suponía: reformas estructurales profundas, particularmente la agraria, y la contención de las presiones de los grupos multinacionales por modelar en su provecho la estructura productiva brasileña, chocaban ya con intereses fuertes en la misma burguesía industrial. El movimiento popular en que Goulart trató de apoyarse desplazó, pues, su eje hacia la pequeña burguesía radicalizada y los sectores organizados de la clase obrera, e incorporó a las masas trabajadoras del campo, tendiendo hacia la ruptura del propio sistema. La respuesta del conjunto de la burguesía, sustentada por Estados Unidos, fue la contrarrevolución militar de abril de 1964.

Desde entonces aunque siguiera teniendo cierta gravitación en medios políticos brasileños, Goulart fue excluido del juego político. Exiliado en Uruguay, y luego en Argentina, ha muerto el pasado día 6 de un síncope cardiaco, a los 56 años de edad. Lo precedió pocos meses antes, Juscelino Kubitschek, privado como él de sus derechos políticos por el régimen militar.

La muerte de Kubitschek dio motivo para renovadas manifestaciones de la oposición popular contra la dictadura y, revolviendo antiguas heridas, agudizó el descontento respecto a ésta. La de Goulart tendrá seguramente efectos similares. Particularmente en su estado natal, Río Grande del Sur, en donde, en las elecciones municipales de noviembre pasado, el único partido legal de oposición se llevó el 50% de la votación, sobre la base de una campaña contra la legislación de excepción, en favor de las libertades democráticas y por la amnistía a los presos políticos.

No es menos cierto, sin embargo, que el desaparecimiento de dos de los tres ex presidentes que simbolizan una época en la historia política de Brasil muestra que se trata de una época definitivamente enterrada. Los doce años de régimen militar han correspondido a cambios radicales en la sociedad brasileña, tanto en el plano político como social, los cuales no logran todavía expresarse, dada la férrea dictadura a que se encuentra sometido el país. Pero –hecho claramente visible desde hace años—pugnan por subir a la superficie, sacudiendo la camisa de fuerza que representa el régimen militar.

En las luchas obreras contra la superexplotación del trabajo, en la acción de los estudiantes en pro de las libertades democráticas, en la presión de los trabajadores del campo por la tierra y mejores condiciones de trabajo, en las tensiones que el fin del “milagro económico” hacen aflorar en la misma burguesía, está naciendo una nueva realidad social, un nuevo Brasil. El parto será quizá lento y doloroso, pero ya ha comenzado. El Brasil que de allí emergerá —el ejemplo de España es elocuente— podrá constituirse en causa de muchas sorpresas.