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Estados Unidos y la coyuntura internacional

 

Ruy Mauro Marini

 

Fuente: El Sol de México, México, 30 de diciembre de 1976.

 

Los fracasos experimentados en materia de política exterior, particularmente en el sudeste asiático y el cono sur africano, así como los problemas creados por las dictaduras militares latinoamericanas están llevando a los círculos dirigentes de Estados Unidos a plantearse una modificación de la política hacia América Latina, mediante el recambio de las dictaduras militares abiertas por democracias “viables”, restringidas. Pero, además de sus propios fracasos, Estados Unidos debe tornar también en cuenta otros factores que la crisis económica está configurando en el plano internacional.

Uno de ellos es que su principal socio en la mantención del orden capitalista: Alemania Occidental, no comparte enteramente sus métodos. Desde 1974, el entonces canciller y líder de la socialdemocracia alemana, Willy Brandt, diseñó una estrategia distinta, a la que llamó “alianza por la paz y el progreso social”. Su aplicación en Portugal, Grecia, España e Italia ha resultado relativamente exitosa y, recientemente, ha sido la socialdemocracia alemana la que medió para que Kissinger pudiera intentar una rectificación de su política africana. La influencia de la socialdemocracia alemana en el concierto de fuerzas que actúan en Latinoamérica recibió su consagración definitiva en el congreso que la Internacional Socialista llevó a cabo, a mediados del año, en Caracas.

Otro factor a ser ponderado por Estados Unidos, y que influye considerablemente sobre la socialdemocracia alemana, es la situación de Europa occidental, particularmente la mediterránea. Allí es evidente que no es posible “administrar” la crisis sin el consentimiento de la clase obrera y —lo que parece cada vez más probable— sin que se le otorgue alguna representación a nivel gubernamental a los partidos obreros, en especial los comunistas. Ya Carter debió aceptar esa realidad, a la que Kissinger-Ford se oponían con furia, pero tiene que sacar sus consecuencias: gobiernos europeos con participación obrera hacen aún más difícil mantener la política norteamericana en los cauces de la contrainsurgencia, en los términos en que ha sido planteada desde principios de los años sesentas.

El tercer factor a considerar, sin lugar a dudas el más importante, es el reforzamiento de la posición soviética. Actuando con la suficiente habilidad como para evitar una confrontación directa con Estados Unidos, la URSS ha sabido aprovechar las dificultades norteamericanas para ampliar su campo de influencia. Los fracasos de Washington en Asia y África han reforzado a los soviéticos, que maniobran ahora en sentido de recuperar posiciones en el Medio Oriente. También el vuelco de la política china, tras la muerte de Mao Tsetung, parece beneficiar, por lo menos a mediano plazo, a Moscú. La misma superación de la crisis en el mercado mundial de granos, con el aumento en las disponibilidades de la propia Unión Soviética y otros países (véase la dificultad que tiene actualmente Argentina para colocar en el mercado mundial sus ocho millones de toneladas de trigo), reduce la importancia de uno de los instrumentos de chantaje que manejaba Estados Unidos respecto a los rusos.

Hay indicios, por lo demás, de que la URSS tiende a proseguir, y aun a intensificar, la ofensiva discreta pero efectiva que ha asumido en el último periodo. Ya a mediados del año, Mijail Suslov, miembro del Politburó del PCUS, declaraba que “el internacionalismo proletario es el fundamento y la condición de la victoria del movimiento comunista”. A propósito del problema de Angola, la prensa soviética atacó a los que “confunden la coexistencia pacífica con la aprobación del statu quo del sistema capitalista”, añadiendo: “La distensión no anula ni modifica las leyes de la lucha de clases”.

Dos elementos respaldan la política soviética. Primero, la firmeza de su economía, donde destaca la recuperación agrícola (una producción superior a 220 millones de toneladas de cereales prevista para este año) y el desarrollo de su industria energética (un aumento de 7% en la producción de petróleo en 1975, mientras la producción norteamericana caía en un 4.7% en el mismo periodo). Segundo, el afianzamiento de sus posiciones en Europa oriental, cuya importancia para los soviéticos fue puesta de manifiesto por la gira que allí realizó Brezhnev, a fines del año; entre los resultados más significativos de éste, se encuentra el acercamiento entre Belgrado y Moscú.

Todo ello cambia los datos sobre los que se basaba la política exterior norteamericana, desde la década pasada. Hay que hacer frente, ahora a una situación internacional en que es mayor el peso de las fuerzas que, de una manera o de otra, representan los intereses de la clase obrera. La rigidez de Kissinger, el Pentágono y la CIA, además de resultar demasiado costosa para una economía en crisis y de mostrarse poco eficiente, no puede mantenerse so riesgo de continuar llevando a la diplomacia norteamericana a fracasos irreversibles, como los de África y Asia. Es lo que explica que los círculos dirigentes más lúcidos de Estados Unidos estén buscando, mediante la fórmula de la democracia “viable”, una política más flexible y eficaz para América Latina.

Lo que hay que preguntarse es en qué medida esa fórmula es aplicable, bajo cuáles supuestos, y qué implicaciones tiene para las fuerzas de izquierda y progresistas latinoamericanas.