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La unidad de América Latina

 

Ruy Mauro Marini

 

Fuente: El Sol de México, México, 20 de enero de 1977.

 

La percepción de América Latina como una unidad susceptible de ser analizada globalmente y de encarar soluciones también globales, es un fenómeno relativamente reciente, propio de la posguerra. Un factor decisivo para ello fue la aceleración que se verificó entonces en el proceso mundial de descolonización, que —al conllevar la toma de conciencia de su situación por parte de lo que se ha dado en llamar después de Tercer Mundo— acarreó modificaciones en el campo de las ciencias sociales. El concepto mismo de subdesarrollo y las teorías que sobre él se edificaron se dan en ese contexto.

No fue la descolonización, sin embargo, el único factor. Papel también relevante desempeñó la adopción de la doctrina geopolítica por Estados Unidos, como fundamento de su política internacional. Esa disciplina, que vino a remplazar lo que se conocía como geografía política y que ganara rango oficial con el nazismo, proporcionó a los estrategas norteamericanos el marco para el diseño de su política en un mundo dividido entre dos grandes bloques. Progresivamente, la geopolítica sería asimilada también por las élites dirigentes latinoamericanas, en especial los militares.

Habría que considerar finalmente qué condiciones objetivas, derivadas del desarrollo económico latinoamericano, favorecían la percepción de esa unidad. La desorganización de la economía mundial capitalista, que comenzara con la guerra de 1914 y siguiera su curso con la crisis de 1929 y la segunda guerra, no sólo había impulsado la industrialización en la región —o, para ser más exactos, en algunos países de ella— sino que estimuló el comercio intrarregional. Este atravesó un periodo particularmente próspero durante la segunda guerra.

Por otra parte, hacia los cincuentas, el problema que se planteó a las jóvenes burguesías industriales latinoamericanas sobre cómo ajustarse a la nueva estructura del comercio mundial y al proceso de internacionalización del capital, promovidos por las metrópolis capitalistas, forzó la búsqueda de soluciones comunes. En el plano diplomático, la iniciativa pionera cupo a Brasil, con la llamada “Operación Panamericana”; en el económico a la ALALC. Pero el esfuerzo principal, en esos años, se volcó hacia el campo científico e ideológico, cumpliendo allí actuación destacada la CEPAL.

La unidad latinoamericana, tal como se percibió entonces, correspondía a una concepción profundamente ingenua. En efecto, se la daba por supuesta cuando era un proceso que apenas comenzaba, rompiendo la vinculación satelitizante que privara entre los distintos países latinoamericanos antes de la guerra con las metrópolis imperialistas. Además, ignoraba que esa América Latina, que se quería ver como una totalidad simple, era un cuerpo complejo, atravesado por contradicciones internas y caracterizado por desarrollos desiguales y a veces conflictivos, de sus partes integrantes.

La toma de conciencia de esa realidad sólo se dio en la segunda mitad de los sesentas y tuvo sobre las ciencias sociales un impacto similar que el que había tenido la concepción ingenua. Es cierto que el nuevo enfoque que pasó a predominar en las ciencias sociales latinoamericanas: el de la dependencia, tendió inicialmente a privilegiar, y muchas veces a generalizar sin base suficiente, los aspectos comunes de las formaciones socioeconómicas de la región. Pero, desde un principio, se observó en los análisis de la dependencia la preocupación por la diversidad interna del proceso latinoamericano, lo que se trató de captar sea mediante el uso de procedimientos formales de clasificación tipológica, sea a través de la utilización de conceptos que, como el de subimperialismo, trataban de captar la dinámica económica y política del subcontinente.

Cuánto se ha avanzado la comprensión de la realidad latinoamericana, tomada en su unidad y en su diversidad, lo muestra el énfasis que se pone hoy en los aspectos contradictorios y simultáneamente interdependientes, que la caracterizan. Ese énfasis tiende incluso a incurrir en exageraciones, estableciendo dicotomías simplistas, que pretenden oponer bloques que no llegan a serlo (como el supuesto antagonismo entre los países del Pacto Andino y los de la Cuenca del Plata. Y hasta arribar a planteamientos de opciones extremas que se estarían dando en Latinoamérica, como por ejemplo entre democracia y fascismo.

La realidad es que, al proceder así, se están privilegiando los aspectos conflictivos de un proceso en el cual se abren paso tendencias más profundas. Son esas tendencias lo que hay que sacar a la luz. Más allá de desplazamientos, por lo demás pasajeros y cambiantes, que no presentan señales de cristalización, lo que está pasando en América Latina es el desarrollo de un proceso de integración económica, política y militar, así como de reestructuración de sus aparatos productivos nacionales para responder a las exigencias de la nueva división internacional del trabajo.

Que ese proceso se desenvuelva derrumbando Estados, convulsionando sociedades, subvirtiendo pautas económicas, es inevitable. Lo que importa saber es si sus resultados se encuentran contenidos necesariamente en las causas que le dieron origen o si pueden significar una ruptura respecto a ellas, y su superación. En otros términos, si la unidad latinoamericana que se está gestando será tan sólo un momento más en la historia de nuestro capitalismo dependiente, o si el principio de una nueva etapa que implique la liquidación definitiva de esa forma de sociedad.