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Brasil: el subimperialismo en la encrucijada

 

Ruy Mauro Marini

 

Fuente: El Sol de México, México, 3 de febrero de 1977.

 

Las modificaciones que se esbozan en la política imperial norteamericana bajo la administración Carter recuerdan, por su amplitud, la reorientación que le imprimió, a principios de la década pasada, otro presidente demócrata: John F. Kennedy. Por su importancia en el Cono Sur, uno de los países más afectados en aquel entonces por la política kennediana fue Brasil, en donde los militares, tras el golpe de Estado de 1964, pusieron en marcha un ambicioso proyecto político. Los cambios que plantea hoy el presidente Carter involucran también la redefinición de aspectos sustantivos en la relaciones de Estados Unidos con Brasil y ponen en crisis a ese proyecto.

El viaje del vicepresidente Walter Mondale a Europa tuvo el efecto de poner sobre la mesa dos elementos clave en las relaciones brasileño-norteamericanas. El primero de ellos —las pretensiones de Brasilia de lograr autonomía en el campo de la tecnología nuclear— interesa a la política global de Washington; desde el momento que se encargó al subsecretario de Estado Joseph Nye la atención a los problemas de proliferación nuclear se sabía ya que la administración Carter se esforzará por restablecer el control norteamericano sobre esa materia, control que se ha visto debilitado en los últimos años. El segundo elemento —el trato privilegiado que el régimen militar brasileño espera de Washington y que le fue otorgado formalmente por Henry Kissinger— compromete al conjunto de la política norteamericana para Latinoamérica; el segundo informe de la Comisión Linowitz, dado a conocer en diciembre pasado, trazó las pautas para la actuación de la administración Carter en este sentido.

Uno de los objetos principales de la gira de Mondale fue el de convencer a las autoridades de Alemania Federal de la necesidad de revisar el acuerdo firmado el año pasado por este país con Brasil, mediante el cual se le otorgó a éste asistencia y financiamiento para el desarrollo de un programa que le permitirá dominar el ciclo completo de la tecnología nuclear, una vez que incluye el enriquecimiento de uranio y la producción de plutonio. Estos dos últimos aspectos, que habían sido objetados por el gobierno de Ford y criticados por el candidato Carter, atienden a un propósito que obsesiona a los militares brasileños, ya que los pondría en condiciones de fabricar armamento nuclear de cualquier tipo. En esta perspectiva, desde 1966, el gobierno brasileño desvirtuó lo esencial del Tratado de no Proliferación Nuclear para América Latina y se ha negado, después, sistemáticamente, a adherirse al Pacto Internacional de Ginebra sobre la materia. Con ello, aunque haya aceptado que el acuerdo con Alemania Federal incluyera cláusulas de control respecto a la utilización para fines pacíficos de las instalaciones que de allí resultarán, Brasil queda libre para construir instalaciones nucleares exentas de cualquier fiscalización internacional.

Si la oposición norteamericana a los dos aspectos que más le interesan al gobierno brasileño en el tratado con Alemania Federal era suficiente para provocar un profundo malestar entre los dos países, el hecho de que Estados Unidos procediera, en este caso, pasando por sobre Brasil y negociara directamente con Bonn no hizo sino agravar el problema. Independientemente de que ese tipo de procedimiento moleste a cualquier gobierno, tiene el agravante, respecto a Brasil, de que constituye una violación del acuerdo de consultas mutuas firmado en febrero pasado, en Brasilia, por Kissinger y el canciller Azeredo da Silveira. Ese acuerdo, que constituyó un logro importante en la política subimperialista brasileña, había sido también criticado por Carter en su campaña electoral.

Es natural, pues, que las relaciones entre Brasil y Estados Unidos pasen por una fase de tirantez sin precedentes desde que los militares asumieron el poder en aquel país. La declaración de Nye en el sentido de que los Estados Unidos asegurarán el suministro a Brasil de todo el uranio enriquecido necesario para que éste lleve a cabo su programa energético no hace sino indicar la firmeza con que Estados Unidos mantiene su veto al ingreso de Brasil al “club atómico”. La reiteración por parte del Departamento de Estado de la vigencia del acuerdo de consultas mutuas entre los dos gobiernos se hace, posteriormente, para tranquilizar a los militares brasileños respecto al proyecto político que pusieron en marcha en 1964, el cual puede resumirse en la consigna “Brasil potencia”.

La realidad es que, así como están las cosas, es poco probable que el régimen brasileño pueda mantener indemne su proyecto. Respecto a éste, el dominio integral de la tecnología nuclear no es sólo un símbolo, sino un elemento básico de sustentación, y por lo menos en este punto Brasil tendrá que hacer concesiones. La resistencia obstinada que ofrece en este momento no tiene otro objeto sino el de tratar de limitar esas concesiones a lo esencial y defender hasta donde sea posible el proyecto político global. La aceptación por parte de la administración Carter del acuerdo de consultas mutuas es, en este sentido, una victoria parcial. Sólo tendrá efecto, sin embargo, en la medida en que el gobierno brasileño logre darle contenido real, impidiendo que se repitan en el futuro hechos como la gestión de Mondale en Alemania Federal.

Para que esto fuera posible, Brasil tendría que contar con una fuerza política de que no dispone, en términos individuales, y que no puede constituir mediante el recurso a alianzas internacionales (con Argentina, por ejemplo), sin que ello implique retroceder aún más en la implementación de sus aspiraciones hegemónicas. Esta es la disyuntiva a que se enfrenta hoy el subimperialismo brasileño. Cualquiera que sea la solución a que intente llegar implicará, necesariamente, una readecuación en las líneas de acción que se había trazado.