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La cuenta regresiva de James Carter

 

Ruy Mauro Marini

 

Fuente: El Sol de México, México, 24 de febrero de 1977.

 

Fue sobre la base de la crítica a la administración anterior y presentándose como el hombre capaz de solucionar el cúmulo de problemas que, en el plano interno e internacional, aquejan a Estados Unidos, que Carter logró la victoria en los comicios presidenciales del año pasado. Pero, desde el 20 de enero, cuando asume el cargo, empezó para él una cuenta regresiva que, por el momento, no se enmarca en los cuatro años de su mandato, sino que opera en un margen mucho más estrecho. En efecto, una de las ventajas que Carter ofrecía al electorado norteamericano era la de ser un demócrata y, como tal, contar de partida con la mayoría parlamentaria para gobernar. Ello exhibe hoy su aspecto negativo: en noviembre de este año, tendrán lugar las elecciones para el Congreso. Si Carter no es capaz de consolidar, en este plazo, la imagen de hombre providencial que ha tratado de forjarse, tendrá que enfrentar la dura perspectiva de gobernar la mayor parte de su periodo con una mayoría republicana.

Esto es lo que explica la actividad casi histérica de la nueva administración, en su primer mes de existencia. Pero, además de la acción de dificultades imprevistas, el apuro del actual gobierno norteamericano ha conducido a resultados más bien pobres. Empezando por su programa de reactivación económica, que no sólo ha disgustado a tirios y troyanos, dentro de Estados Unidos, sino que es objeto de duras críticas por parte de gobiernos que, como el de Alemania Federal, reposan sobre economías más sólidas y, por ende, menos acostumbradas a las aventuras de los déficits y la inflación. No puede, pues, causar extrañeza que las gestiones del vicepresidente Walter Mondale por alinear a Europa occidental tras la conducción norteamericana hayan encontrado dificultades poco alentadoras para el desarrollo futuro de la política económica de Carter.

La prueba de fuerza con Alemania Federal y, de paso, con Francia y Brasil, en torno a la cuestión nuclear, ha llevado a la diplomacia norteamericana a la parálisis, en este terreno, de la que intenta salir barajando fórmulas contradictorias, que no alcanzan siquiera a tener status oficial. La solución al problema del Canal de Panamá choca con dos escollos: por un lado, la firme actitud del gobierno panameño respecto a sus posiciones básicas, lo que ha impuesto ya una derrota a Estados Unidos, al destituir Torrijos al canciller Aquilino Boyd, que se había dejado convencer demasiado fácilmente por los norteamericanos, durante su estancia en Washington; por otro, la oposición interna, que han expresado por igual los congresistas republicanos y demócratas que visitaron Panamá la semana pasada, para informarse sobre la marcha de las negociaciones.

La cuestión de las relaciones con Cuba, tras haber recibido un impulso alentador por parte del secretario de Estado, Cyrus Vance, se encuentra oscurecida de nuevo, a raíz de indicaciones hechas por el propio Carter, que hacen suponer un proceso de negociación difícil. Las intenciones de anexión definitiva de Puerto Rico a Estados Unidos no se encuentran en un punto lejano a la posición inconfortable en que las dejara el ex presidente Ford. Y, lo más grave de todo, no se ha esbozado siquiera un gesto, no se vislumbra una sola iniciativa concreta de la nueva administración para hacer frente a las repercusiones de la crisis económica sobre América Latina —y los países subdesarrollados, en general—, las cuales empiezan a configurar situaciones catastróficas, particularmente en lo que se refiere al endeudamiento externo.

Pero si el balance somero de algunas de las iniciativas más sonadas de la Administración Carter es más bien melancólico, ocurre lo contrario con los efectos que, por el hecho mismo de su existencia, ella ha generado en el plano internacional y que parecen incluso ir más allá de lo que ella pretendía. Limitémonos a un aspecto: el del restablecimiento de los derechos humanos en América Latina y —lo que no ha sido jamás planteado explícitamente por Carter— de una eventual redemocratización en la zona. A la sombra de las ambigüedades de Carter han prosperado pugnas interburguesas, que agitan más aún al ya intranquilo Brasil, y ganan fuerza en Argentina, Uruguay, Bolivia, Chile, Perú y Ecuador. Presionándoles el flanco a los sectores empresariales y políticos, e incluso militares, se observa la presencia de un creciente movimiento popular pronto a aprovechar las fisuras en el campo enemigo para conquistar terreno y ensanchar así su margen de maniobra.

Es como si, en todo el continente, se respirara el aire afiebrado que el inicio de la cuenta regresiva ha generado en Estados Unidos. Bajo su aliento, se yerguen afanes de libertad hasta ahora brutalmente acallados por las bayonetas que los militares han estado recibiendo de las manos mismas del gobierno norteamericano.