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Brasil:

una dictadura sin adversarios definidos

 

Ruy Mauro Marini

 

Fuente: El Sol de México, México, 31 de marzo de 1977.

 

A los 13 años de su instauración, el 1º de abril de 1964, el Estado militar brasileño sigue dando lugar a controversias respecto a su naturaleza, como es también el caso de las dictaduras que, con posterioridad a él, se han implantado en el cono sur. Lo esencial de la discusión gira en torno a saber si los regímenes militares sudamericanos deben o no caracterizarse como fascistas. Esto, que puede parecer a primera vista una superchería intelectual, es decisivo para enmarcar correctamente el análisis de esos regímenes y, por ende, orientar la acción de las fuerzas democráticas que se oponen a ellos.

Los problemas se presentan ya cuando examinamos el papel que cumplen los Estados militares latinoamericanos en el plano nacional. El hecho de que se perfilen allí claramente como un instrumento del sector hegemónico de la burguesía, el que responde al gran capital nacional y extranjero, y se ataque a todo intento de organización independiente de la clase obrera y el pueblo, con el propósito de excluirlos de la vida política, es insuficiente para caracterizarlos como fascistas. Esa actitud es propia de cualquier Estado capitalista contrarrevolucionario, por lo que identificarla con el fascismo corresponde a erigir, a éste en forma general de la contrarrevolución burguesa. Conclusión a todas luces inexacta.

El intento de esos Estados de justificarse mediante armas ideológicas sacadas del arsenal del fascismo clásico es también una prueba insuficiente. Sería necesario demostrar primero que la ideología del Estado militar latinoamericano se vertebra realmente en torno a los principios fascistas. Si es cierto que la Junta chilena, y en menor medida el gobierno uruguayo, se orienta en este sentido, no lo es menos que gobiernos como el de Brasil o Argentina proceden de manera distinta. La base ideológica común a esos regímenes no es el rechazo de la democracia parlamentaria (más bien, tienden generalmente a justificar su carácter autoritario como una necesidad para que ésta pueda establecerse plenamente), o el intento de poner de pie instituciones de tipo corporativo. Su base ideológica común no es otra sino la doctrina de la seguridad nacional, piedra de toque ideológica de la estrategia de la contrainsurgencia. Una y otra han sido elaboradas en Estados Unidos y aplicadas por éste a su política nacional e internacional. ¿Habría que concluir que el Estado norteamericano es también un Estado fascista?

El recurso de emplear métodos fascistas para el asalto del poder y para el ejercicio del mismo aparece de manera desigual en todos los procesos que dieron origen a las dictaduras sudamericanas. Sin embargo, en ningún caso esos métodos, que corresponden a formas de lucha de masas con fines contrarrevolucionarios, han sido decisivos para su instauración y consolidación, papel que cupo más bien a la acción de los militares en tanto que institución. Es más, en el país donde tales métodos se utilizan de manera más amplia, Argentina, su papel secundario en la estructuración y en el juego del poder ha permitido que el Partido Comunista, a diferencia de sus congéneres de Brasil y Chile, no considere que se encuentra ante un Estado fascista.

Las cosas no se vuelven más fáciles si nos fijamos en la actuación internacional de esos regímenes. Algunos estudiosos, que se adhieren a su caracterización como fascistas, pero que no pretenden negar su especificidad respecto al fascismo europeo de entreguerras, han señalado, como una diferencia de fondo entre ambos, el hecho de que las dictaduras militares del cono sur sean antinacionales y se subordinen deliberadamente al imperialismo norteamericano. Siendo correcto en lo general —en la medida en que el Estado militar es indudablemente un instrumento para promover la integración de América Latina en la actual economía capitalista mundial— ello no nos permite explicar por qué se producen choques entre esas dictaduras y Estados Unidos en torno a intereses típicamente nacionales. Menos evidente, aunque también se manifieste allí, en lo referente a la violación de los derechos humanos, ese choque de intereses se muestra con claridad en el enfrentamiento que se desenvuelve en estos momentos entre Brasilia y Washington, respecto a las pretensiones del gobierno brasileño de acceder al dominio total de la tecnología nuclear.

Todo ello nos debe llevar a preguntarnos si los 13 años de vida del régimen militar brasileño no se deben, en cierta medida, a las dificultades que han tenido las fuerzas sociales y políticas que se le oponen para precisar su carácter y, sobre esta base, definir una táctica correcta para enfrentarlo. Negarse a encarar esa posibilidad puede tener su costo. Podríamos encontrarnos mañana en la situación de esos viejos revolucionarios españoles que, no habiendo podido comprender el carácter del franquismo, han quedado al margen de su derrumbe y permanecen hoy sin entender la naturaleza y el alcance de los cambios que se están produciendo en su país.