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Estados Unidos:

una diplomacia sin guantes

 

Ruy Mauro Marini

 

Fuente: El Sol de México, México, 14 de abril de 1977.

 

No hace mucho, la Administración Carter sorprendió a la opinión pública mundial al proponer unilateralmente a la Unión Soviética medidas de desarme nuclear que, en principio,  son inaceptables, amenazando después a Moscú con una desenfrenada carrera armamentista, en caso de que mantenga su rechazo. Le toca ahora la vez a sus aliados de Europa Occidental. A fines de la semana pasada, el presidente norteamericano emitió también unilateralmente una declaración sobre política nuclear, en que manifiesta la disposición de Estados Unidos a renunciar al uso del plutonio como combustible y exhorta a las demás potencias atómicas a seguir el ejemplo.

Las presiones norteamericanas sobre Europa Occidental comenzaron desde que, al asumir el gobierno, Carter envió al vicepresidente Walter Mondale a Francia y Alemania Federal con el propósito de convencer a sus gobiernos de desistir de los acuerdos de cooperación nuclear que habían firmado con Paquistán y Brasil, respectivamente. Le preocupaba en particular el acuerdo germanobrasileño, que prevé, además de la construcción de ocho centrales nucleares, la instalación de una planta de enriquecimiento de uranio y otra de aprovechamiento de los residuos resultantes para la producción de plutonio. En otras palabras, el acuerdo dota a Brasil del ciclo completo de la tecnología nuclear y proporciona a Alemania Federal las condiciones para independizarse de la tutela norteamericana respecto al abastecimiento de combustible.

La primera reacción del canciller alemán, Helmut Schmidt, al recibir a Mondale, fue conciliatoria: admitió que el acuerdo con Brasil podría ser revisado en algunas de sus cláusulas. Sin embargo, bajo la presión de las grandes empresas alemanas interesadas en el negocio, endureció luego su posición. Mientras Schmidt viajaba a París para entrevistarse con el presidente Giscard d’Estaing, quien parecía dispuesto a volver atrás en sus negociaciones con Paquistán, voceros de Bonn indicaban que el acuerdo con Brasil se mantendría, siempre que este país así lo deseara. La respuesta del gobierno brasileño fue ordenar inmediatamente el inicio de las obras.

Tras una infructuosa presión del gobierno norteamericano sobre Brasilia, se hizo silencio sobre el asunto, sólo interrumpido, a fines de marzo, por la preocupación demostrada por Brasil ante la demora de Alemania Federal en expedir las licencias de exportación para el equipo requerido. Pero, recientemente, comenzaron a producirse insistentes declaraciones de funcionarios de la OCDE y de gobiernos europeos, que denotaban un gran entusiasmo por el uso de la energía nuclear.

Entre ellas destaca la del presidente de la Administración de Energía Atómica del Reino Unido, sir John Hill, quien, tras enumerar las ventajas del combustible nuclear respecto a otras fuentes de energía, expresó, el pasado 3 de abril, que no creía que esas ventajas fueran puestas en duda seriamente “ni siquiera por sus mayores detractores”. Le siguió, tres días después, la insólita afirmación del comisario de la RFA en la Comisión de Energía del Mercado Común, Guido Brunner, en el sentido de que la supresión de entregas de uranio natural por parte de Canadá y las restricciones norteamericanas a las de uranio enriquecido podrían obligar a Alemania Federal a llegar a un acuerdo con la Unión Soviética para una explotación conjunta de dicho mineral. Aunque hubiera trascendido ya que Estados Unidos impusiera a la RFA el embargo de uranio, a raíz del fracaso de Mondale, ésta había mantenido total reserva sobre el asunto, hasta la fecha.

Ha sido en ese clima que sobrevino la declaración de Carter, el 7 de abril. Mientras Francia la acogió en silencio, Inglaterra, a través de sir John Hill, expresó su desacuerdo, considerando que Estados Unidos puede darse el lujo de renunciar al plutonio tan sólo porque dispone de amplia superioridad, ante Europa Occidental y Japón, en lo que concierne a reservas de carbón y uranio; más rudo, un miembro de la Confederación Laboral Británica, John McLachlan, acusó a Estados Unidos de adoptar una estrategia cuyo propósito es permitirle recuperar el atraso que lleva respecto a la tecnología de reactores nucleares rápidos.

La amenaza de Brunner indicaba ya la disposición de Alemania Federal. En efecto, horas antes del pronunciamiento de Carter, Bonn emitió un comunicado sobre política nuclear, sustancialmente distinto en su planteamiento del que anunciaría Estados Unidos, e hizo pública su decisión de llevar a cabo el acuerdo con Brasil, expidiendo las autorizaciones de exportación de equipos que se encontraban pendientes. La delicadeza del gobierno de Schmidt, al anticiparse a la declaración de Carter y subrayar que las licencias de exportación habían sido expedidas dos días antes, no disfraza la dureza de su posición.

Queda por verse si es eficaz la política brutal que, sin distinguir amigos o enemigos, está aplicando Carter, con el claro propósito de asegurar la superioridad norteamericana en materia nuclear.