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Carter:

una política para la crisis

 

Ruy Mauro Marini

 

Fuente: El Sol de México, México, 21 de abril de 1977.

 

La multiplicidad de iniciativas desplegadas por la administración Carter en sus primeros tres meses de existencia deja la impresión de un gobierno que actúa con prisa. Ello puede deberse a la necesidad de dar coherencia a los cambios que Carter quiere introducir en la política interna y externa de Estados Unidos, coherencia que se vería afectada si dichos cambios se aplicaran de manera discontinua y desequilibrada. Pero se debe también, sin lugar a dudas, a la intención de Carter de capitalizar en su beneficio la mayoría de que disponen actualmente los demócratas en el Congreso y de asegurar que esa mayoría se mantenga, tras las próximas elecciones legislativas.

No sorprende así que las primeras acciones del nuevo gobierno hayan privilegiado a la opinión pública norteamericana y a las corrientes políticas en que se apoya, aun a riesgo de provocar dificultades en el campo internacional. Las medidas económicas adoptadas para hacer frente a la actual crisis, la campaña internacional en pro de los derechos humanos, el giro en las negociaciones para la limitación de armas nucleares con la Unión Soviética, la oposición declarada a la proliferación nuclear, la publicidad en torno a cuestiones como las de Panamá, Cuba y el Medio Oriente, todo ello ha rendido beneficios al presidente Carter. Lo demuestra el avance registrado en su popularidad, a través de las encuestas de opinión.

Sería un error, sin embargo, creer que las acciones del actual gobierno norteamericano no son sino gestos destinados a lograr el favor popular. Más allá de las contradicciones que han surgido en su seno e incluso de los tropiezos reales que ha tenido, Carter levanta un planteamiento político global bastante coherente. Es ese planteamiento que no hay que perder de vista, para estar en condiciones de evaluar las políticas particulares en que él se expresa.

Indiqué en otra oportunidad que uno de los principales objetivos de Carter es el de resoldar las fisuras surgidas en el sistema de dominación de Estados Unidos, desde fines del gobierno de Johnson. El agravamiento de la crisis económica no hace sino complicar esa situación. En consecuencia, para Carter, lo más rentable, políticamente, a corto plazo, es la adopción de medidas tendientes a estimular la demanda y absorber parte del desempleo.

Pero esa política tiene otra implicación: presionar sobre las economías capitalistas desarrolladas, particularmente la de Alemania Federal, que no están todavía en condiciones de hacer lo mismo, una vez que aún no alcanzan aquel margen de desempleo a partir del cual pueden plantearse la recuperación económica, con plena ventaja para el capital. El énfasis germano occidental en el estímulo, no a la demanda, sino a la inversión, y en particular a las inversiones altamente selectivas en materia de ahorro de mano de obra, es una prueba de ello.

Esa política coyuntural se inscribe en una política de largo plazo, con propuesta a reafirmar la preeminencia de Estados Unidos sobre el sistema capitalista mundial, mediante el manejo de la crisis para subordinar más estrechamente, particularmente en el plano tecnológico, a las economías que la integran. Sólo esto le dará a Estados Unidos condiciones para tratar de impedir que los países socialistas, y en particular la Unión Soviética, se valga de la crisis para reforzarse a expensas del imperialismo, sea en el plano económico y militar, sea en lo que se refiere a la expansión de su campo de influencia.

Es natural, pues, que, junto con lanzar su ofensiva económica, Carter diera también inicio a la batalla tecnológica. Una y otra desembocan naturalmente en la defensa del campo de inversión que representa para Estados Unidos la industria bélica, en tanto que uno de los sectores dinámicos que abren perspectivas de superación de la actual crisis económica. Respecto a esto, la Administración Carter, está todavía en sus primeros pasos.

Pero está claro ya que el control de la tecnología nuclear es una de sus metas prioritarias. El secretario de Estado, Cyrus Vance, se encargó de comunicarlo a la Unión Soviética, al presentarle las proposiciones unilaterales norteamericanas sobre el SALT-II, que implican no sólo la destrucción de parte del arsenal nuclear soviético sino también el establecimiento de topes a su desarrollo cualitativo en ese campo. Lo sabe también Europa Occidental, a partir de la declaración sobre política nuclear que hizo Carter hace dos semanas, la cual pone límites a los intentos europeos de lograr autonomía en materia de tecnología y de abastecimiento de combustibles.

En la aplicación de la política que conviene a Estados Unidos en la actual situación de crisis mundial, Carter no ha vacilado en abrir fuego contra sus aliados europeos y la Unión Soviética, pisoteando de paso los intereses de los gobiernos militares latinoamericanos. Ha agudizado así las contradicciones internacionales, indisponiendo francamente al gobierno de Alemania Federal, provocando un impasse en las relaciones soviético norteamericanas y exacerbando el nacionalismo reaccionario de los militares del Cono Sur. La declaración sobre ventas de armamentos, que Carter anunció en su reciente discurso en la OEA, será, sin duda, un leño más echado a esa hoguera.