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Las taras del subdesarrollo

 

Ruy Mauro Marini

 

Fuente: El Sol de México, México, 27 de abril de 1977.

 

Una de las lacras que nos acarrea el hecho de conformar, a lo largo de América Latina, una cadena de pueblos dependientes y subdesarrollados es nuestra incapacidad para percibir nuestra propia realidad y poder definir con autonomía los problemas a que debemos dar solución. Nuestra deuda externa puede subir en flecha durante años, marcando récords internacionales, sin que tengamos conciencia de ello. Habrá que esperar que el fenómeno preocupe a los centros financieros metropolitanos, públicos y privados, y que éstos nos impongan duras medidas económicas, destinadas a asegurar que paguemos lo que les tomamos prestado, para que nuestros economistas se decidan a promover conferencias y grupos de trabajo en torno a cifras que nuestras balanzas de pagos habían puesto hace mucho en evidencia.

El respeto a los derechos humanos jamás ha sido el punto fuerte de nuestros gobiernos. Desde mediados de la década pasada, además, con el surgimiento de las modernas dictaduras militares, la privación de la libertad de opinión y asociación, la negación del derecho de huelga, la violación de la autonomía universitaria, el arresto masivo de ciudadanos, la institucionalización de la tortura, el asesinato a sangre fría de prisioneros políticos, todo ello se ha convertido en rutina en este sufrido subcontinente. Sin embargo, fue necesario que, aunque conociera de “oídas sólo la décima parte de lo que sabemos”, el pueblo norteamericano presionara a sus gobernantes, para que el tema de los derechos humanos ganara curso entre nosotros. Curso breve, por lo demás: bastó que, mediante algunas indicaciones al Congreso de su país y a la OEA, la Administración Carter manifestara su disposición de tratar el asunto con mayor discreción, para no molestar a los militares latinoamericanos, para que como por encanto se hiciera silencio sobre la materia.

Un silencio lleno de voces, por supuesto. Allí están tres prisioneros políticos brasileños: Alecio Verzola, Marcos Cardoso Filho y Roberto Calogni, detenidos en el estado de Santa Catarina, Brasil, desde noviembre de 1975, que llevan una semana de huelga de hambre, para gritar al mundo las torturas que se les ha inflingido y exigir que las autoridades militares brasileñas les apliquen las normas legales que ellas mismas han instituido. Allí está, sobre todo, la horrible realidad que el comando Farabundo Martí, de las Fuerzas Populares de Liberación de El Salvador, ha puesto al desnudo: confrontada a su exigencia de liberar 37 presos políticos, en cambio de un ministro de gobierno secuestrado, la dictadura militar salvadoreña se encuentra en aprietos, porque no puede responder sobre el paradero de 34 de ellos.

En Estados Unidos o en cualquier país capitalista desarrollado de Europa, esto habría suscitado una ola de indignación. Las primeras planas de los periódicos se llenarían de titulares sobre el escándalo; corresponsales especiales serían despachados de prisa a El Salvador, para informar sobre el terreno; gobiernos, parlamentos y universidades protestarían; partidos, sindicatos y demás asociaciones promoverían actos y entregas de firmas a las embajadas salvadoreñas. En América Latina, en cambio, tras disfrutar de una corta publicidad, los sucesos de El Salvador han caído en el silencio, incluso porque las agencias internacionales (norteamericanas en su mayoría) no entregan información sobre ellos. No se nos ha permitido siquiera conocer la lista de nombres presentada por las FPL y, en particular, el nombre de los 34 presos políticos misteriosamente desaparecidos en las cárceles de la dictadura militar salvadoreña.

No hace mucho, se conoció aquí una declaración del Bloque Popular Revolucionario de El Salvador, organización que agrupa a obreros, campesinos, maestros, estudiantes y cristianos, donde se denunciaba que, “desde hace más de 16 años, la burguesía imperialista yanqui, aliada con capitalistas criollos, viene dirigiendo y desarrollando una guerra criminal y solapada” en contra del pueblo salvadoreño. Decía después el documento: “Esta guerra no declarada es disfrazada en las campañas publicitarias con frases tales como ‘lucha contra la subversión internacional’, ‘defensa de la cultura occidental’, ‘restablecimiento del orden y la tranquilidad’, cuando en realidad constituye una inhumana y despiadada guerra en contra de las aspiraciones libertarias de nuestro pueblo, para defender y consolidar los intereses de los capitalistas y que se ha bautizado en los círculos imperialistas con el nombre de ‘guerra de contrainsurgencia’.”

Uno podía suponer quizá que es la repetición sistemática, monótona de los mismos hechos y las mismas frases lo que explica que no nos haya conmovido mayormente la desaparición de los 34 presos políticos salvadoreños. Tras ver ocurrir todos los días la misma cosa en Chile, Argentina, Brasil, nuestra sensibilidad tiende tal vez a embotarse, a perder el filo, a reaccionar menos prontamente que la de los europeos y norteamericanos.

Y, sin embargo, es absolutamente necesario que recuperemos esa sensibilidad. La indignación, decía Marx, es un sentimiento revolucionario. Indignarnos contra crímenes como este que se ha cometido en El Salvador es una manera de reivindicar nuestra condición de hombres, es una manera de combatir una de las taras del subdesarrollo.