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Brasil:

¿hacia una dictadura civil?

 

Ruy Mauro Marini

 

Fuente: Archivo de Ruy Mauro Marini. Publicado en El Universal, México, miércoles, 7 septiembre 1977.

 

Brasil conmemora hoy el 155° aniversario de su independencia en el contexto de una situación política compleja, que amenaza convertirse en una crisis abierta. Son muchos los factores que trabajan en este sentido. Para fines de análisis, pueden ser resumidos en tres.

El más profundo es la inadecuación del sistema político al movimiento real de la sociedad brasileña. Esta ha sufrido cambios importantes en los últimos veinticinco años, que se han visto acelerados por el rápido crecimiento económico posterior a 1967. El resultado ha sido una mayor diversificación en la estructura de clases, que se lleva mal con el sistema de dominación centralizado y excluyente que han edificado los militares.

Es lo que se observa respecto a la burguesía, que, tras plegarse por entero a la hegemonía de la gran burguesía financiera, ha visto aumentar en su seno el peso de la fracción ligada a la producción de bienes de consumo durable y de capital, que le disputa ahora a aquélla el liderazgo político. Entre las reivindicaciones que levanta esa fracción, destácase la supresión del actual sistema bipartidario, que restringe el juego político al impedir que la oposición pueda convertirse en gobierno, y su reemplazo por un sistema de cuatro o cinco partidos, que le permita disputarle a la burguesía financiera el control del aparato estatal.

Paralelamente, la clase obrera brasileña, pese a que es hoy más numerosa, más concentrada y diversificada, como efecto del proceso mismo de acumulación, se ha vuelto más homogénea, por el hecho de que sus miembros se reclutan más entre sus filas, entre los hijos de los obreros, que entre elementos de reciente extracción campesina. Ello se completa con el proceso de proletarización en el campo, que aumenta rápidamente la masa de asalariados agrícolas.

La pequeña burguesía, por su lado, junto a la expansión de sus sectores propietarios que ha inducido el crecimiento económico, ha experimentado un aumento más rápido de sus sectores asalariado y profesional. Un indicador de las transformaciones que la afectan es el crecimiento de casi un mil por ciento, en diez años, que se ha registrado en la masa de estudiantes universitarios.

Esa estructura global compleja ha sido sacudida por el factor coyuntural representado por el colapso del "milagro económico". En efecto, el ingreso da la economía brasileña a una fase cíclica recesiva desde 1974, se ha traducido, como es natural, en la caída de los índices de crecimiento y de la tasa de inversión, así como en el aumento del desempleo y la rebaja de los niveles salariales. Todo ello ha provocado desplazamientos en las relaciones de clases y deslindado intereses, generando movimientos políticos que, pese a representar sectores tan disímiles como la gran burguesía industrial, la pequeña burguesía y la clase obrera, confluyen en la resistencia a la política económica impulsada por el FMI y la burguesía financiera.

Es sobre la base de esa amplia, aunque desorganizada, oposición que han surgido las dificultades políticas que enfrenta actualmente el régimen militar y que lo fuerzan a plantearse un conjunto de reformas, so pena de perder el control sobre las transformaciones que el sistema de dominación está obligado a sufrir. La coyuntura para proceder a esas reformas no es, por lo demás, la más favorable a la dictadura, puesto que, en los próximos meses, debe decidirse la sucesión del actual presidente de la República, general Ernesto Geisel. Esto y la repercusión de las contradicciones sociales en las fuerzas armadas han hecho enconarse allí la lucha faccional, lo que engendra una situación paradojal: la posibilidad de que el régimen se incline eventualmente por un candidato civil para suceder a Geisel, con el propósito de que se ahonden las fisuras entre los militares.

Pero, militar o civil, el nuevo presidente deberá hacer frente a la tarea de reformar el sistema político, para permitir la expresión de las contradicciones interburguesas y proporcionar a las clases populares un espacio legal de acción, sin que esto ponga en entredicho la dominación ejercida por el eje que forman la burguesía y los militares. Es lógico pensar que esas reformas se traducirán en una ampliación de las libertades democráticas, en un juego partidario más abierto, en una mayor capacidad de maniobra para las organizaciones sindicales. Pero, a menos que el proceso escapara del control militar, esa flexibilidad política tendrá que darse en el margen del Estado, sin afectar a los órganos centrales establecidos por el régimen militar, a quienes cabe la toma de decisiones: el Consejo Nacional de Seguridad, el Servicio Nacional de Informaciones y el estado mayor conjunto de las fuerzas armadas.