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Pinochet:

enseñanzas de un golpe militar

 

Ruy Mauro Marini

 

Fuente: El Universal, México, 14 de septiembre de 1977.

 

El pasado día 11 se cumplió en Chile el cuarto aniversario del derrocamiento del Gobierno de la Unidad Popular y de la instalación de la Junta Militar que preside el general Augusto Pinochet. En todo el mundo las fuerzas de izquierda y democráticas han manifestado una vez más su solidaridad con la lucha del pueblo chileno en contra del régimen que lo oprime. Pero la trascendencia de la fecha debe mover, además de a la solidaridad, a un esfuerzo de reflexión.

Un primer hecho a destacar es que el aniversario del golpe militar es puramente convencional. En efecto, el golpe no representó un acto aislado, concretado en una fecha precisa, sino que fue un largo proceso que empezó muchas semanas antes. El 11 de septiembre de 1973 fue más bien la culminación del copamiento del poder que los militares habían venido realizando, a lo largo y ancho del país, bajo el mismo gobierno de Allende.

Es significativo que, entre los miembros de la Junta, estén los tres ministros militares de Allende, lo que acerca el proceso golpista de Chile más al modelo seguido por Argentina y Uruguay que al de Brasil o Bolivia. Esto nos hace recordar que, en el momento del golpe, las Fuerzas Armadas ya habían asegurado el control de las principales provincias del país, particularmente las más explosivas, como Concepción, Osorno y Cautín, y dominaban la situación en el eje constituido por Santiago y Valparaíso. Y pone en evidencia el error de la Unidad Popular al haber confiado en el espíritu constitucionalista de los militares, en abstracto, permitiendo que los oficiales legalistas, que tenían nombre y apellido, fueran alejados de los puestos de mando por los golpistas.

Pero no sólo hacia atrás se extiende el proceso del golpe militar. Si su preparación había garantizado a los militares éxito en el asalto al poder, no les aseguraba automáticamente la permanencia en el mismo. La posibilidad de una resistencia abierta no se encontraba cancelada. Para que tuviera lugar esa cancelación, fue necesaria una violenta represión, que costó a la izquierda y al pueblo decenas de miles de muertos, y el repliegue desordenado de las fuerzas populares, que no les permitió hacer frente a la oleada represiva. Se había desoído una máxima política elemental, según la cual hay que estar siempre preparado para pasar de las formas de lucha pacíficas a las otras.

Ello no implica que el pueblo chileno se haya plegado sin lucha al golpe militar. Esa lucha se dio y sigue dándose, aunque con un progresivo cambio en su carácter: tras los brotes de resistencia abierta de los primeros tiempos, se ha pasado a la organización gradual de las fuerzas populares en el campo de la lucha económica y política, conformándose así un sólido movimiento de resistencia, que la Junta no ha podido erradicar. La prueba de ello es que conmemora su cuarto aniversario bajo el estado de sitio y el toque de queda, con las cárceles llenas de presos políticos y debiendo responder ante la opinión pública mundial por más de 2,500 prisioneros desaparecidos.

Ésta es una enseñanza que han debido sacar de la experiencia chilena, así como de otras similares que han tenido lugar en América Latina, las fuerzas contrarrevolucionarias imperialistas y criollas: las dictaduras militares no son aptas para la implantación de sistemas de dominación estables. El mismo Pinochet, admirador declarado del nazismo y del franquismo, se ve forzado hoy día a moderar sus excesos y a buscar un lenguaje que favorezca un cambio de fachada en el régimen chileno. En su discurso del 11 de septiembre menudearon las palabras “democracia” y “derechos humanos”, aunque empleadas en un contexto singular. Es así como nos enteramos de que la suspensión de los derechos humanos garantiza el ejercicio de los mismos y que la democracia debe ser, antes que nada, autoritaria.

Como quiera que sea, más allá de las innovaciones doctrinarias del dictador chileno, es evidente que la reacción se prepara, en América Latina, para enmascarar sus regímenes represivos. No hay duda de que ello dará lugar a nuevas ilusiones, en los sectores más ingenuos de la izquierda, que anuncian la repetición de antiguos errores. Pero la seudodemocratización no podrá dejar de abrir espacio legal, por limitado que sea, a la acción de las fuerzas populares, espacio susceptible de ser aprovechado por ellas para acelerar su acumulación de fuerzas.

Estas fuerzas tendrán que ser usadas no sólo para obligar a las dictaduras a ampliar aún más ese espacio legal, sino sobre todo para cortar el mal por la raíz, es decir, para derrocar de una vez por todas a las dictaduras mismas.