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OTAS: la geopolítica

envenena las relaciones transandinas

 

Ruy Mauro Marini

 

Fuente: Archivo de Ruy Mauro Marini. Publicado en El Universal, México, miércoles, 5 octubre 1977.

 

El lunes pasado, en Nueva York, el canciller argentino, almirante Oscar Montes, reveló a la prensa que el Gobierno de su país, junto con otros del cono sur, desarrollan conversaciones con Sudáfrica respecto al establecimiento de una alianza militar para la defensa del Atlántico meridional. Se estima que los demás países latinoamericanos involucrados en las pláticas sean Chile, Uruguay y Paraguay.

Las revelaciones del almirante Montes no encierran ninguna novedad. Desde la segunda Guerra Mundial, los militares del cono sur, y en especial los brasileños, empezaron a manejar la idea de un pacto militar de ese tipo. Tras el desplazamiento del tráfico petrolero desde Suez hacia el cono sur africano, a raíz de la nacionalización del canal, y la penetración naval soviética en el Índico, la importancia estratégica del Atlántico sur se acrecentó y la idea tomó cuerpo.

Se han barajado dos posibilidades para darle concreción. La primera, la extensión de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) hacia el sur, mediante la incorporación a la misma de Argentina, Brasil y Sudáfrica. La segunda consiste en la creación de un nuevo pacto militar, basado esencialmente en esos tres países, el cual ha sido bautizado, antes de su nacimiento, como Organización del Tratado del Atlántico Sur (OTAS). De hecho, esta parece más viable y funciona ya en el plano naval, habiendo dado lugar a maniobras conjuntas, con la participación activa de Estados Unidos.

Así, lo que interesa en las declaraciones del canciller argentino —aparte de que son las primeras a ser emitidas por fuente tan responsable— es el que se produzcan en un momento en que las relaciones entre Argentina y Chile viven una fase delicada. Secundariamente, habría que anotar la reserva que, en reacción oficiosa, ha demostrado Brasil ante los planteamientos de Montes, debido a que, pese a su interés en el asunto, el Gobierno brasileño trata de no perjudicar la política de influencia que desarrolla hacia el resto de África.

Las dificultades que experimentan las relaciones chileno‑argentinas se derivan del deseo de Santiago de afirmar sus derechos en el Atlántico, para no quedar fuera de la alianza. En mayo último, la junta pinochetista se anotó un tanto, al beneficiarse del fallo arbitral de un tribunal internacional, que reconoció a Chile el derecho de soberanía sobre una vieja zona de litigio con Argentina: los tres islotes de Picton, Nueva y Lennox, que se encuentran ubicados en el lado atlántico del canal de Beagle.

El laudo internacional fue recibido con gran reserva por parte de los militares argentinos, en particular la Armada, que no sólo es el arma más interesada en la cuestión, sino que ejerce actualmente la gestión de los asuntos internacionales del país. Sin embargo, el gobierno del general Videla se ha guardado de emitir su opinión, valiéndose del plazo de nueve meses de que dispone para ello.

A medida que ese plazo ha ido transcurriendo, las relaciones chileno‑argentinas, considerablemente enfriadas al hacerse público el fallo sobre el Beagle, se agrian. Se ha observado incluso el intercambio de ásperas notas oficiales entre los dos gobiernos, motivadas por reclamaciones argentinas ante supuestas violaciones territoriales que habría realizado Chile en la zona.

El fin de semana pasado, tras autorización expresa del propio representante de la Marina en la junta de gobierno, almirante Emilio Massera, la Armada argentina emprendió una violenta acción militar contra barcos pesqueros búlgaros y soviéticos, que se encontraban en el área, dándole la más amplia publicidad. En Bolivia, donde se sigue con suma atención el desarrollo de las relaciones chileno‑argentinas, Radio Fides de La Paz afirmó editorialmente que la acción argentina debe interpretarse como una solemne advertencia a Santiago.

El hecho de que se haya entrado ya en el sexto mes del plazo de que dispone Buenos Aires para pronunciarse respecto al fallo arbitral hace prever una agudización de las tensiones entre los dos países. Argentina no podrá llegar al término de ese plazo sin haber creado las condiciones adecuadas para hacer pública su posición sobre el mismo, la cual, sin lugar a dudas, es de rechazo a que Chile —ese país de loca geografía— se convierta en una nación atlántica.