Participantes

 

Contacto

 

Chile:

las imposturas de Pinochet

 

Ruy Mauro Marini

 

Fuente: Archivo de Ruy Mauro Marini. Publicado en El Universal, México, miércoles, 4 enero 1978.

 

Se encuentra fijada para el día de hoy la sorpresiva consulta nacional convocada por el general Augusto Pinochet. Sin embargo, hasta el momento en que escribimos estas líneas, pesaban dudas sobre su realización. La Contraloría General de la República, órgano que verifica los actos de los demás poderes del Estado, tras haber rechazado el decreto de Pinochet (lo que le valió a su titular la destitución), no había validado aún la convocatoria. Por otra parte, subsistían problemas prácticos, respecto a las listas electorales, totalmente desactualizadas, la impresión de las boletas, etc.

Más importante todavía es el clima conflictivo suscitado por la decisión de Pinochet. En una actitud insólita, dos miembros de la Junta: el general Gustavo Leigh y el almirante José Toribio Merino, jefes de la aviación y de la armada respectivamente, condenaron la medida, disponiendo que los efectivos de sus armas no participarán en el desarrollo del acto. La Iglesia católica se ha dirigido a Pinochet, para solicitarle la cancelación o el aplazamiento de la consulta. La democracia cristiana, los radicales de derecha, gremios obreros y juristas han hecho público su rechazo a la misma. Una actitud similar fue asumida por los partidos de izquierda, ilegalizados.

Uno no puede menos que preguntarse qué pretende Pinochet, al ponerse en una posición contradictoria con sectores de las fuerzas armadas y su base política de apoyo. La respuesta no ofrece mucha dificultad. Basta mirar hacia atrás, para darse cuenta que la trayectoria del jefe de la Junta militar chilena ha consistido en un esfuerzo constante por sobreponerse al gobierno militar y convertirse en líder carismático, al estilo Franco. En esto reside una de las particularidades de la dictadura chilena respecto a otras, como la brasileña, donde se afirma el carácter colectivo e impersonal de la institución armada como fuente de poder y se le cierra el paso al caudillismo.

Tras haber asegurado su preeminencia sobre los demás miembros de la Junta, al lograr su designación como presidente de la República y, pues, jefe de gobierno y de Estado, Pinochet intenta ahora dar otro paso en la afirmación de su poder personal. Juega con dos cartas: la confianza que tiene en el patrioterismo que la Junta ha tratado de inculcar en el pueblo chileno, estos cuatro años (por esto, la consulta opone Chile al extranjero), y la seguridad de que ni Leigh ni Merino se atreverán a llevar sus diferencias al terreno del enfrentamiento, ya que este les puede costar a todos el poder.

Por otra parte, espera sacar partido de la confusión creada. Qué mejor manera —ha de pensar Pinochet— de diluir su imagen de dictador sanguinario que apareciendo como paladín de una medida supuestamente democrática (los plebiscitos no lo son en sí) contra el conjunto de la oposición. ¿No lo lleva esto a tomar también distancia respecto a los demás miembros de la Junta? ¿Y no le permite, por añadidura, posar como abanderado de la dignidad nacional contra las afrentas del extranjero?

Si esas imposturas se pudieran mantener, Pinochet saldría ganando, aún en el caso de que la consulta no tuviera lugar. Por esto, es indispensable hacer claridad sobre sus verdaderos móviles, así como resaltar lo ridículo de una consulta popular en las condiciones políticas que la dictadura militar ha impuesto a Chile. Pero, por sobre todo, es necesario impedir que el confusionismo de Pinochet deje en la sombra cuestiones fundamentales: la supresión en Chile de las libertades públicas, el entronizamiento de los intereses del gran capital nacional y extranjero, la superexplotación de los trabajadores, la erección de la tortura y el crimen en método de gobierno.