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Lo accesorio y lo principal:

institucionalización de las dictaduras

 

Ruy Mauro Marini

 

Fuente: Archivo de Ruy Mauro Marini. Publicado en El Universal, México, miércoles, 11 enero 1978.

 

La puesta en marcha de la institucionalización de las dictaduras latinoamericanas está evidenciando las contradicciones que ésta suscita en las fuerzas armadas. Trátase de un fenómeno previsible desde que éstas, en su forcejeo con el Gobierno norteamericano y la oposición burguesa interna, lograron asegurar su papel conductor en el proceso. A partir de allí, teniendo en cuenta la formación antidemocrática que los militares latinoamericanos se han dado, sobre la base de la doctrina de la contrainsurgencia elaborada por el Pentágono, era inevitable que aparecieran ellos mismos como obstáculo a que la institucionalización se convierta en una real democratización.

En Brasil, pese a la mayor maduración del régimen, los conflictos en las fuerzas armadas se hicieron públicos en octubre pasado, cuando chocaron el ministro de Ejército, general Silvio Frota, y el presidente Ernesto Geisel. Aunque el incidente haya concluido con la dimisión de Frota, el grupo de Geisel debió asumir parte de la propuesta de Frota, tendiente a reforzar a la dictadura militar, para reducir la influencia del ex ministro sobre la llamada línea dura militar. Esto se hizo patente cuando, en su discurso del 1° de diciembre pasado, Geisel limitó enormemente el alcance de la reforma política anunciada, postulando la conversión en norma constitucional de los poderes de excepción contenidos en la vigente Acta Institucional número 5.

La victoria de la facción de Geisel se ha visto así muy relativizada, sirviéndole tan sólo para reunir la fuerza suficiente para conducir la sucesión presidencial. Ello ha resultado, la semana pasada, en la designación como próximo presidente, a asumir en 1979, del general Joao Baptista Figueiredo, jefe del Servicio Nacional de Información, una de las piezas clave del sistema de poder de la dictadura. Sin embargo, esa designación ha provocado nuevos conflictos faccionales en las fuerzas armadas, que se expresaron en la exoneración del general Hugo Abreu del cargo de jefe de la Casa Militar de Geisel.

En Chile, los choques entre los dos principales integrantes de la Junta Militar: los generales Augusto Pinochet y Gustavo Leigh, que expresan la rivalidad entre el Ejército y la Aviación, datan de los primeros tiempos de la dictadura. Encabezando el arma más poderosa, Pinochet ha logrado reforzar su posición, aunque —hecho normal en las luchas faccionales— compensando el crecimiento de su poder personal con la adopción de la línea ideológica y política de su opositor, como pasa con los planteamientos de Leigh en el sentido de llegar a un régimen más próximo al fascismo, sustentado incluso por un movimiento cívico. La farsa plebiscitaria del pasado día 4 ha servido para afirmar la posición pinochetista, habiendo el dictador declarado que ahora él marcha adelante y los otros miembros de la Junta van detrás de él.

Sin embargo, no hay que tomar lo secundario por lo principal. Independientemente de los resultados favorables a sí propio que anunció Pinochet, y que nadie ha podido verificar, las principales fuerzas sociales de Chile: los partidos de izquierda, los sindicatos, la democracia cristiana, la Iglesia y sectores empresariales, se han manifestado sin tapujos contra el dictador. En Brasil, es la presión de los trabajadores y las capas medias, así como de sectores de la burguesía, lo que, expresándose a través del partido de oposición, los sindicatos, las organizaciones de intelectuales, los gremios profesionales, etc., impulsa realmente la democratización. El hecho de que facciones militares intenten dirigirla y que otras traten de obstaculizarla no es sino un elemento, y no el decisivo, en el proceso político que viven actualmente los países del cono sur.