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Bolivia y Chile:

las dictaduras y la guerra

 

Ruy Mauro Marini

 

Fuente: Archivo de Ruy Mauro Marini. Publicado en El Universal, México, miércoles, 5 abril 1978.

 

Tras la ruptura de relaciones diplomáticas con Chile, hace dos semanas, los militares azuzan ahora en Bolivia un nacionalismo agresivo y revanchista. En su pronunciamiento del sábado pasado, en Cochabamba, el general Hugo Bánzer accionó con la amenaza de guerra y manifestó su intención de acelerar la carrera armamentista. El Gobierno peruano, a su vez, se muestra dispuesto a echar leña a la hoguera, como indica la declaración que hizo su embajador en La Paz, después del pronunciamiento de Bánzer, en el sentido de que Perú apoya la reivindicación boliviana de retorno al Pacífico.

La importancia que está readquiriendo la cuestión boliviana, en vísperas del centenario de la guerra del Pacífico, obliga a tener claro el problema de fondo. Para los bolivianos, la pérdida de territorios a manos de Chile, hace 99 años, ha dejado un sabor amargo de expoliación e injusticia, además de serles presentada como razón explicativa de su subdesarrollo. Ahora bien, aunque sea indudable que la anexión por Chile de territorios bolivianos y peruanos fue un acto de fuerza y pillaje, no se puede explicar por allí el subdesarrollo de Bolivia. Más bien es su atraso económico, su todavía endeble carácter nacional, la insuficiente maduración de sus instituciones estatales, al momento de la guerra, lo que explica en buena parte la derrota sufrida. La pérdida de territorios ha hecho más difícil superar esa situación, pero no la ha generado ni la habría evitado.

Es indispensable, para el pueblo boliviano, plantear la cuestión en estos términos. No hacerlo significa avalar la superchería de sus clases dominantes, que achacan a la mediterraneidad todos los males de la nación, buscando ocultar que éstos resultan de la explotación a que ellas han sometido a las masas, de su propia corrupción, de su sometimiento a los intereses imperialistas. Significa incluso dejarse arrastrar por la demagogia de Bánzer, que se vale de la mediterraneidad para recuperar prestigio en el actual proceso electoral y, si es posible, suspenderlo y restablecer su dictadura personal bajo el pretexto de la "guerra santa".

Pero el problema no es exclusivo del pueblo boliviano: también el pueblo chileno tiene allí responsabilidades. La dictadura pinochetista no sólo ha mostrado su incapacidad para resolver esa tarea histórica, sino que la ha agravado al pretender usar las negociaciones entabladas en 1975 para fines mezquinos y chauvinistas. No se encuentra sola, sin embargo: el reciente pronunciamiento de la Democracia Cristiana sobre el asunto es una pieza de oportunismo, mediante el cual ese partido intenta capitalizar las dificultades de Pinochet, recurriendo también al chauvinismo y tratando de aparecer como abanderado de la "seguridad nacional" chilena. En ésta, como en las demás materias sobre las que ha opinado, la DC no define el verdadero carácter de su oposición a la Junta: no plantea una alternativa política distinta, sino tan sólo busca el recambio de Pinochet por Frei, sobre la base del mismo apoyo político‑militar. Lo que en las circunstancias actuales no pasa de ser mera fantasía.

La posibilidad de que estalle realmente una nueva guerra del Pacífico es, hoy por hoy, remota. Salvo Perú, a ninguna de las fuerzas que determinan el equilibrio de la región (Estados Unidos, en primer lugar) interesa un conflicto de esa naturaleza; a lo sumo, Argentina y Brasil tratarán de sacar provecho de la tensión, sin pretender llevar las cosas más allá. Pero el chauvinismo y el revanchismo vienen de perilla al gran capital y los militares, para intentar desviar el curso de las luchas de masas, que están subiendo de tono en los tres países involucrados, y afirmar así los regímenes de superexplotación y terror que allí han implantado.