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Un aniversario:

enseñanza de la insurrección nicaragüense

 

Ruy Mauro Marini

 

Fuente: Archivo de Ruy Mauro Marini. Publicado en El Universal, México, viernes, 13 octubre 1978.

 

Los sucesos recientes de Nicaragua proporcionan motivo de reflexión sobre los métodos de transformación social que pone en práctica el movimiento popular latinoamericano. Allí se empleó, como forma principal de lucha, la insurrección armada, la cual constituye el resultado de las formas particulares utilizadas: la huelga general, los operativos militares de comandos, la autodefensa de masas, etc., y se ejerce básicamente en las ciudades. Su característica central es la de exigir solución definitiva en un corto plazo, para lo que debe contar con cierta condiciones.

Son dos las condiciones que nos interesan aquí: una fuerte centralización del poder estatal, aunada al estrechamiento de su base de sustentación. En otras palabras: el poder estatal no puede estar disperso entre diferentes centros de poder, como en la China en que luchó Mao, ya que esto impide el golpe de mano, obligando a combates parciales, necesariamente prolongados; por otra parte, dicho poder no debe asentarse sobre la coalición de intereses de amplios grupos sociales, lo que plantearía la tarea de aislarlos del Estado, restando viabilidad al golpe de mano, sino que debe estar sustentado sólo en su propia fuerza.

Aunque la dictadura somocista parece reunir esas dos condiciones, como la tenía la de Batista en Cuba y el régimen zarista en Rusia, la frustración a que fue conducido el movimiento insurreccional nicaragüense obliga a examinar más de cerca el problema. Un primer elemento a tomar en cuenta es el carácter de la fuerza armada que sostiene al Estado. En la Rusia zarista, esta se vio debilitada al tener que recurrir a la conscripción masiva de campesinos, en virtud de la guerra. El descontento de éstos tendió a separarlos del Estado, el cual, privado de su principal punto de sustentación, se derrumbó con facilidad.

En Cuba, la fuerza armada batistiana se constituía ya de un ejército profesional. En consecuencia, no hubo allí separación de dicha fuerza respecto al Estado, sino que, en dado momento, ella se vio paralizada, no permitiendo que se movilizaran sus cuarenta mil soldados contra los dos mil del ejército rebelde. Aunque las victorias de Fidel y sus compañeros, desmoralizando al ejército batistiano, contribuyeron a ello, su inmovilidad se debe más bien a la pérdida de su base política, representada no sólo por la burguesía cubana, sino por la burguesía y el mismo Estado norteamericano.

Reside allí, sin duda, la especificidad de países como los nuestros y es la distinta configuración que presenta este rasgo en el caso nicaragüense, lo que explica que el ejército profesional no haya sido allí paralizado. Es cierto que la burguesía de Nicaragua desea mayoritariamente el alejamiento de Somoza, como en cierto momento la cubana, pero esto no debe mover a engaño. Ni ella ni Estados Unidos —pese a sus presiones para morigerar los rasgos más brutales de la dictadura somocista— pretenden que se modifique la esencia represiva del Estado en Nicaragua y es el recelo de que esto se dé lo que lleva a Estados Unidos a vacilar respecto al reemplazo del dictador.

La confianza que Somoza manifestó en el apoyo norteamericano, durante la crisis reciente, se corresponde con la abundancia de material bélico, asesores y mercenarios que ha seguido recibiendo de aquel país, con lo cual la Guardia Nacional pudo ser pertrechada, encuadrada y preservada del embate del movimiento insurreccional popular. Los intentos de dirigentes sandinistas por ganarse la simpatía o la neutralidad de Estados Unidos resultaron inútiles, como inútiles fueron los gestos amistosos de la Unidad Popular hacia la burguesía chilena.

El papel de Estados Unidos en el mantenimiento de la dictadura somocista, a contrapelo de la voluntad valientemente expresada del pueblo nicaragüense, hace pensar que en Nicaragua, como en otros países, será necesario contar con un movimiento internacional lo suficientemente fuerte como para asegurar a los movimientos nacionales condiciones de victoria. Tenerlo presente ahora, cuando transcurre un aniversario más de la muerte de Ernesto "Che" Guevara, es el mejor homenaje que se puede prestar al guerrillero heroico.