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Elecciones en Brasil:

un gobierno para la crisis

 

Ruy Mauro Marini

 

Fuente: Archivo de Ruy Mauro Marini. Publicado en El Universal, México, miércoles, 18 octubre 1978.

 

La designación del general Joao Baptista Figueiredo para ejercer la presidencia de la República, en el quinto período del régimen militar brasileño, a iniciarse el próximo año, ha sido un acto de rutina. En efecto, esa designación se realizó mediante voto indirecto y abierto, emitido por un colegio electoral en el cual los representantes del partido oficialista —Alianza Renovadora Nacional— cuentan con aplastante mayoría. La disciplina de ese partido se había ya probado, hace algunas semanas, cuando aprobó en bloque el llamado "paquete de abril", conjunto de modestas reformas propuestas por el Gobierno para hacer frente a las presiones que sobre él se ejercen en favor de la democratización del país.

El primer aspecto a considerar, en dicha designación, es la capacidad que demuestra todavía el régimen para controlar, desde arriba, el amplio movimiento social que se ha desplegado en Brasil en los últimos años, el cual ha chocado más de una vez con el estrecho marco de la dictadura. El general Figueiredo pertenece a la fracción militar hegemónica y ocupó, en el actual Gobierno, uno de los puestos clave del Estado: la dirección del Servicio Nacional de Información. Por otra parte, por lo menos en principio, deberá ejercer su mandato al amparo de la pauta reformista establecida por el "paquete de abril", el cual, limando algunas aristas del régimen militar, lo mantiene íntegro en su esencia.

Pero este es sólo un aspecto del problema. A diferencia del actual Gobierno, encabezado por el general Ernesto Geisel, que se instaló en 1974, en un momento en que apenas comenzaba la agitación social, el del general Figueiredo lo hará cuando ésta se encuentra bastante avanzada. Los distintos grupos y clases sociales se presentan movilizados, desde la oposición burguesa hasta el movimiento obrero, quien ha sacudido este año al país con huelgas bien sucedidas, las primeras de importancia desde 1968. Las capas medias, teniendo como puntal a los estudiantes y los intelectuales en general, han, por su parte, logrado levantar sus banderas democráticas. La misma unidad de las Fuerzas Armadas se ha visto trizada con la candidatura que contra Figueiredo planteó el general Euler Bentes Monteiro, apoyado por el partido opositor y el agrupamiento del sector militar más politizado en distintas organizaciones, que presionan al régimen desde su propia base.

También la situación económica se ha modificado. El gobierno del general Geisel vio apagarse el llamado "milagro", en el que se habían logrado altas tasas de crecimiento, particularmente en la industria, y sobrevenir una coyuntura difícil, que se ha ido convirtiendo en crisis. Pero esto ya no es solamente un fenómeno coyuntural, sino que expresa el agotamiento de un patrón de reproducción económica basado en la industria de bienes de consumo suntuario, en especial la automotriz. La economía brasileña se encuentra, pues, obligada a contemplar el desarrollo de su industria de bienes de capital para salir del bache, lo que afecta los intereses de los grupos burgueses directamente vinculados a la producción de lujo, donde gravita con fuerza el capital norteamericano.

Ello ha implicado una redefinición de los lazos que mantiene Brasil con la economía mundial, aumentando la importancia que asume para el país la Comunidad Económica Europea y Japón, en detrimento de Estados Unidos.

Es en ese contexto que deberá gobernar el general Figueiredo, siendo, por ahora, prematura toda previsión sobre lo que podrá hacer. En efecto, Figueiredo parece ser una garantía para los intereses norteamericanos, habiendo indicaciones de que Estados Unidos lo prefería francamente al general Euler Bentes; sin embargo, la fracción militar a que pertenece es la misma que, con Geisel, ha impulsado el estrechamiento de relaciones con Europa Occidental y Japón y ha chocado con Estados Unidos en distintos campos, en particular los de la energía nuclear, la producción de armamentos y el comercio exterior. Desde otro ángulo, el presidente electo aparece como expresión de una corriente militar conservadora, abiertamente contraria al movimiento democrático; pero la fuerza que éste ha ganado, sobre todo a lo largo de este año, permite prever que el Gobierno no podrá aplicar su programa reformista limitado sin una oposición real, capaz incluso de arrancarle concesiones significativas. De no ser así, el país podría sumergirse en una verdadera crisis política, que no haría sino agravar las dificultades económicas que ahora experimenta.