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Sindicatos en Sudamérica:

una renovación obligatoria

 

Ruy Mauro Marini

 

Fuente: Archivo de Ruy Mauro Marini. Publicado en El Universal, México, miércoles, 1º de noviembre 1978.

 

Las noticias que, haciendo referencia al movimiento obrero, nos llegan desde Brasil y Chile, aunque apunten a hechos muy diversos, no dejan de tener una secreta relación. En Chile, dando un paso más en su ofensiva antisindical, la Junta Militar impuso, el día de ayer, elecciones en los sindicatos que conservan su legalidad, al tiempo que retiraba a los trabajadores estatales el derecho a sindicalizarse. En Brasil, siete mil obreros de la Fiat se han lanzado a una combativa huelga reivindicativa, sin impresionarse con las amenazas de despido de la empresa y las medidas intimidatorias adoptadas por las fuerzas policiales.

La acción de los obreros de la Fiat es parte de la lucha desplegada por los trabajadores brasileños en el curso de este año, teniendo como puntal a los sindicatos metalúrgicos, que agrupan en ese país a la rama automotriz. Esa lucha, cuyo punto alto hasta ahora fueron las huelgas que sacudieron la importante concentración industrial de Sao Paulo, en mayo y junio pasados, marca el resurgimiento del movimiento sindical en la escena nacional, tras duros años de resistencia ilegal y clandestina. Los trabajadores debieron, entonces, aprender, bajo la implacable represión, nuevos métodos de organización y lucha, echando mano de las comisiones de fábrica, las asambleas por secciones, el boicot de horas extras, el tortuguismo y el sabotaje.

El año 1978 permitió ver el resultado de esa difícil labor, al estallar las grandes huelgas en la industria paulista y al adquirir la vida sindical un nuevo dinamismo, bajo el impulso de las fuerzas de base surgidas en el período. Al lado del tumultuario congreso de los trabajadores de la industria, realizado recientemente, se han multiplicado los congresos por categorías o ramas industriales y han tenido lugar hechos sin precedentes, como el primer Congreso de la Mujer Metalúrgica, que se verificó a principios del año, en Sao Paulo. El movimiento sindical brasileño es, hoy, una fuerza real, que pesa significativamente en la política nacional e inicia la transformación de las viejas estructuras que lo aprisionaban, sacudiendo de paso los falsos líderes que de ellas se aprovechaban.

En Chile, la Junta Militar decide completar el proceso de destrucción del marco institucional en que se encuadraron, en lo pasado, las luchas de clases. Ese proceso, que pretende culminar con una nueva constitución política, en preparación, no había tocado todavía la estructura sindical, salvo la disolución de que fue objeto la Central Única de Trabajadores y el cercenamiento de nuevas formas de organización, como los cordones industriales. Ahora, tras disolver siete centrales sindicales, que agrupaban a 400,000 trabajadores, el Gobierno dispuso elecciones en los sindicatos restantes, prohibiendo que se presenten los dirigentes actualmente en ejercicio, así como quienes tengan militancia política reconocida.

Es evidente que el objetivo visado por la Junta es extirpar la influencia que la democracia cristiana, disuelta en tanto que partido, aún goza en el movimiento sindical. Pero, al remover a los actuales dirigentes, Pinochet está haciendo más que esto: está, sin saberlo, abriendo camino para que, desde la base, emerjan los cuadros que se han forjado al calor de la resistencia sindical, articulada en los comités de resistencia y fábrica. La prohibición de que los nuevos dirigentes no tengan compromiso político sólo afecta, de hecho, a quienes podían proclamar el suyo, pero no a los cuadros de izquierda, que hace mucho deben enmascarar rigurosamente su militancia.

Las medidas represivas de la Junta chilena amenazan, pues, volverse en contra suya, acelerando el proceso de reorganización sindical, que —como lo muestra la clase obrera brasileña— los trabajadores están obligados a hacer, siempre que la represión se descarga abiertamente sobre ellos.