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Golpe en Bolivia:

cómo formar militares progresistas

 

Ruy Mauro Marini

 

Fuente: Archivo de Ruy Mauro Marini. Publicado en El Universal, México, miércoles, 29 noviembre 1978.

 

Los sobresaltos de la dictadura boliviana están lejos de tener fin: tras el sorpresivo golpe de Estado del general Pereda Asbún contra el general Hugo Bánzer, acabamos de asistir al no menos sorpresivo derrocamiento del general Pereda por una Junta Militar, encabezada por el general David Padilla. En otros términos, el intento filopopulista de Bánzer se ha visto cortado por una política más conservadora, de defensa abierta del estado militar, la cual, al parecer, viene de trocarse en su contrario, gracias al golpe de mano de una oficialidad joven nacionalista y mucho más dispuesta a conceder libertad de maniobra a las fuerzas civiles, como lo demuestra su convocatoria de elecciones generales para el año próximo. Las tendencias en que se dividen los militares bolivianos, que esos movimientos dejan percibir, no son muy distintas de las que podemos observar en países como Brasil, Ecuador, Perú e, incluso, aunque menos marcadas, Uruguay, Chile, Argentina.

Aunque fuera un error subestimar su importancia para el desarrollo de la lucha democrática, las fuerzas populares cometerían un error mayor si concibieran esas tendencias como expresiones propias, autónomas de las Fuerzas Armadas. En tanto que posibilidad individual, es decir, en tanto que predisposición personal, ellas pueden haber existido siempre y lo más probable es que haya sido así. Pero, en calidad de tendencias reales, articuladas, capaces de deslindarse unas de otras y de luchar entre sí, sólo existen como derivación de un movimiento social más amplio, como la resonancia de conflictos de intereses que sacuden a la sociedad y a los cuales no pueden permanecer indiferentes los militares.

En efecto, el proceso de redemocratización que se observa actualmente en los países sudamericanos es el resultado de distintos factores. Paralelamente al movimiento popular de oposición a las dictaduras militares, inciden en él los intereses de la misma burguesía, cuyas fracciones necesitan ampliar el espacio político para desarrollar sus pugnas, que la crisis económica ha estimulado. Por otra parte, dicho proceso expresa en cierto grado readecuaciones a que el Gobierno norteamericano procede en su estrategia internacional, movido por la necesidad de contar con regímenes más estables en sus zonas de influencia.

Es inevitable, en estas circunstancias, que dicho proceso se realice de manera contradictoria, mediante marchas y contramarchas. Tan pronto como la oposición popular avanza lo suficiente como para amenazar con tomar su conducción, se registra la reacción de la burguesía y de Estados Unidos, que tratan de mantenerla a raya. Pero, luego, la intensificación de las luchas interburguesas y las presiones norteamericanas en uno u otro sentido abren nuevas fisuras en el sistema de dominación, que la oposición popular aprovecha para intentar nuevos avances. En la medida en que se encuentran en el corazón mismo del sistema, detentando directamente el control del aparato estatal, las Fuerzas Armadas resienten la acción de ese doble movimiento, constantemente renovado, rompiéndose el monolitismo militar en que se apoyaba el régimen dictatorial.

Así es como surgen tendencias militares progresistas, centristas o reaccionarias, y es por lo que las fuerzas populares de Bolivia, así como de los demás países en que esa lucha se desarrolla, no pueden en ningún momento aceptar el mal menor, subordinarse a las fracciones militares progresistas y aminorar su propio esfuerzo, transfiriendo a otros la concreción de sus aspiraciones. Ello no haría sino abrirle amplio espacio de maniobra a las otras fuerzas sociales, que se aprovecharían para domesticar y subordinar a esos militares progresistas.

Es, al contrario, redoblando su lucha y presionando en favor de su propio proyecto como la oposición popular podrá conquistar nuevas posiciones, que le permitirán enfrentar, en lo futuro, las batallas decisivas.