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Kissinger y Brzezinski: alternativas

de la decadencia norteamericana

 

Ruy Mauro Marini

 

Fuente: Archivo de Ruy Mauro Marini. Publicado en El Universal, México, miércoles, 3 enero 1979.

 

La actual política norteamericana difiere sustancialmente de la que impulsaron las administraciones republicanas y que se identificaron con la figura de Henry Kissinger. Lo esencial en la concepción de Kissinger sobre las relaciones internacionales en nuestros días era el concepto de multipolaridad. Este tanto da cuenta de la declinación del poder imperial de Estados Unidos, debido al resurgimiento de otras potencias imperialistas, como Alemania Federal y Japón; como capta el proceso de redistribución del poder mundial en ámbitos regionales, que se expresa en la emergencia de potencias subimperialistas, como Israel, Brasil, Irán, India, Sudáfrica.

Más allá de su dimensión estrictamente política, la multipolaridad refleja los cambios que han intervenido en la economía mundial en los últimos 25 años. La profundización de las relaciones capitalistas en el marco de la internacionalización del capital en curso, no sólo ha implicado la retomada del desarrollo de las antiguas potencias imperialistas, que la guerra mundial había devastado, sino que alienta el surgimiento de centros capitalistas intermedios. Ello ha modificado la división internacional del trabajo (y del poder), que ha dejado atrás la forma simple centro periferia, para consagrar la difusión de la industria en escala mundial, al tiempo que, por el carácter amplio y acelerado de la acumulación capitalista, confiere nueva importancia a los países productores de materias primas.

La diplomacia norteamericana, bajo la conducción de Henry Kissinger, intentaba darle a ese proceso, necesariamente contradictorio y confuso, cierto ordenamiento. Buscaba, pues, preservar la posición hegemónica norteamericana sobre la base de relaciones de nuevo tipo con los demás centros y subcentros de poder. Así, en ese período, las relaciones con Europa occidental y Japón ganaron nuevo status, mientras acuerdos como el que firmó Kissinger con el Gobierno brasileño, en 1976, mostraba como se pretendía atar los nudos de la compleja red de la dominación imperialista.

El ascenso de Carter fue también el ascenso de un nuevo equipo intelectual, el de la comisión trilateral, donde destaca la figura de Brzezinski. Ese nuevo equipo trajo consigo una nueva concepción de cómo hacer frente a la redistribución mundial del poder, que tanto preocupa a Estados Unidos, porque es también la declinación de su hegemonía absoluta. Se trata, en lo fundamental, de admitir la nueva posición adquirida por Alemania Federal y Japón en la escena internacional, para, a partir de ahí, frenar la dispersión del poder en esferas regionales, anulando por tanto los reajustes —siempre peligrosos— que esto engendra.

 Tanto la multipolaridad como el trilateralismo corresponden, pues, a doctrinas que tratan de proveer a Estados Unidos de los medios para hacer frente a la declinación de la hegemonía absoluta de que había gozado, en el campo capitalista, hasta la presente década. Su diferencia estriba en que, mientras la multipolaridad parte de la aceptación del hecho para convertirlo en sostén de una hegemonía renovada, el trilateralismo niega que tal redistribución del poder sea inevitable, por lo menos en la forma que venía asumiendo. Pretende, entonces, restringir al centro el juego de la multipolaridad y restablecer en forma íntegra el esquema de poder centro periferia.

Las dificultades norteamericanas para solucionar la cuestión del Medio oriente, los movimientos excéntricos que esboza Brasil ante Estados Unidos, la amenaza de conflictos armados en Centroamérica y Sudamérica, el avance de la revolución africana en Etiopía y Afganistán están mostrando, sin embargo, que la periferia está dispuesta a hacerse oír, con o sin el consentimiento del centro. Pero, también, el avance de las luchas populares de Irán, Nicaragua y, en otro plano, Brasil, así como hechos de la talla de la resistencia palestina indican que la concepción de Kissinger, aunque menos reaccionaria que la de Brzezinski, no era menos irrealista y se encontraba igualmente llamada al fracaso.