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Revolución en Irán:

nuevo fracaso norteamericano

 

Ruy Mauro Marini

 

Fuente: Archivo de Ruy Mauro Marini. Publicado en El Universal, México, miércoles, 24 enero 1979.

 

Cuando en los años cincuenta, tras el derrocamiento de Mossadegh y su política nacionalista, Estados Unidos logró poner el pie en Irán, la estrategia norteamericana era todavía la de acción directa, mediante la expansión de su fuerza militar en el mundo. Irán se convirtió, pues, en una base militar norteamericana, de importancia vital para el control del golfo Pérsico. Posteriormente, en los sesenta, Washington evolucionó hacia la idea de apoyarse en potencias subimperialistas regionales, aliados privilegiados llamados a desempeñar el papel de gendarmes de los intereses norteamericanos. Irán pasó, entonces, a combinar el doble status de base militar y país subimperialista.

La llegada de Carter a la Casa Blanca introdujo un nuevo elemento en la política exterior norteamericana: el propósito de congelar las "zonas calientes" de la periferia, mediante una desescalada en los conflictos más agudos que allí se presentaban. El acuerdo entre Israel y Egipto constituye la mejor expresión de esa línea, junto a la firma de los nuevos tratados del Canal de Panamá y el aliento a la formación de gobiernos de mayoría negra en África. En el Cercano Oriente, el control establecido con base en el subimperialismo iraní parecía consolidado y Estados Unidos no se preocupó mayormente del área.

El movimiento revolucionario actualmente en curso en ese país cogió de sorpresa a Estados Unidos. Incapaz de evaluar sus posibilidades reales y carente de alternativas a corto plazo, Carter ha cometido error tras error, sosteniendo al gobierno del Sha (sin importarle la violenta represión que éste desatara) y luego al de Baktiar. Además de provocar en las masas y en los dirigentes de la revolución iraní un activo sentimiento antinorteamericano, ello no ha correspondido al desarrollo objetivo del proceso y ya casi no deja a Estados Unidos más recurso que el que no sea el de intentar un golpe militar.

Habiendo echado por la borda, en el caso iraní, los principios más liberales de su política y hecho tabla rasa de su propio alegato en favor de los derechos humanos, Carter no puede tener ahora escrúpulos para marchar en esa dirección. Sólo la consideración de la situación política que se ha producido en Irán es capaz de frenarlo. Y lo paradójico es que esa situación, al tiempo que plantea la necesidad del golpe militar, vuelve dicho golpe extremadamente riesgoso.

En efecto, la revolución iraní ha avanzado lo suficiente como para amenazar con obtener la victoria. Es así como la dirigencia opositora islámica ha puesto sobre la mesa el problema del poder, al constituir un Consejo Revolucionario Provisional, mientras empiezan ya a formarse autogobiernos locales. El único dique al desarrollo de esa tendencia: las Fuerzas Armadas, ha comenzado a trizarse, con el surgimiento de una corriente de militares antigolpistas y pro oposición. En estas condiciones, si el golpe no se realiza, el gobierno de Baktiar se encuentra condenado (y, probablemente, aún si se realiza); pero la puesta en marcha del golpe debe contar con condiciones políticas, sobre las que no hay seguridad de que existan actualmente en Irán.

Esto es lo que explica que Carter intente, a última hora, llegar a acuerdo con el jefe islámico Khomeiny. Las contradicciones internas del movimiento revolucionario, que se expresan en las corrientes más o menos radicales que lo forman, en la sorda rivalidad entre la dirigencia religiosa y la civil, así como en la emergencia de los sectores marxistas, podría favorecer esa maniobra. Pero si esta cristaliza, conllevaría la frustración del movimiento, lo que —dado el estado actual de las masas— acarrearía, más temprano que tarde, una inestabilidad renovada, que no se limitaría a Irán.

Cualquiera que sea la salida, es poco probable que Estados Unidos pueda lograr el congelamiento de esta nueva "zona caliente".