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Harrisburg:

el átomo como problema político

 

Ruy Mauro Marini

 

Fuente: Archivo de Ruy Mauro Marini. Publicado en El Universal, México, miércoles, 25 abril 1979.

 

El accidente nuclear de Harrisburg fue, sin duda, el más espectacular del que hayamos tenido noticia, en este terreno. Pero no necesariamente ha sido el más grave. Baste con recordar que la misma empresa constructora de la planta afectada trató de excusarse, sosteniendo que dicho accidente era similar a otros verificados en plantas de ese tipo y que la publicidad que se le daba obedecía a motivaciones políticas.

Esto quizá sea cierto, si consideramos que la política nuclear, como todo lo que se refiere a la energía, es hoy en Estados Unidos objeto de intereses contrapuestos. Además, declaraciones de autoridades norteamericanas confirman que el accidente de Harrisburg contaba con antecedentes. Más recientemente, se ha noticiado que la situación en la Unión Soviética no es distinta, al tiempo que se conocían nuevos y viejos casos del mismo género, ocurridos en Francia y otros países europeos.

Nada de esto, sin embargo, ha impedido que los gobiernos que desarrollan programas nucleares confirmaran unánimemente la vigencia de los mismos. Es más: fue en ese contexto como se reafirmó, una vez más, el acuerdo nuclear germano brasileño, con motivo de la visita del canciller Helmut Schmidt a Brasil. Y esto en circunstancias en que, pese a la censura que rigió allí hasta el año pasado, muchos sectores de la sociedad brasileña lo estén cuestionando,

Una de las objeciones planteadas se refiere al costo del programa, respecto al que implica la explotación de la energía hidráulica. En términos modestos, se estima que el precio unitario del kilovatio nuclear instalado será de 1,600 dólares. Esto contrasta con el costo de 900 dólares que presentaría el kilovatio hidráulico más alto, es decir, obtenido en la Amazonia y puesto en Río de Janeiro, incluyéndose allí la construcción de plantas y de la red de transmisión.

Los defensores del programa nuclear arguyen que esta es la única alternativa viable para un país que, como Brasil, no dispone de petróleo. Añaden que el esfuerzo se justifica, en la medida que asegura al país la transferencia de tecnología de punta. Pero, aún sin considerar otras fuentes de energía, como la solar, el hecho de que la tecnología transferida, basada en el uranio enriquecido, podrá estar anticuada dentro del plazo de quince a veinte años en que deberá completarse el programa, nos hace pensar que las cosas pueden no ser como nos las pintan. La noticia, divulgada por ocasión de la visita del vicepresidente Walter Mondale a Brasil, de que éste pretende sustituir el uranio por el torio no hace sino acentuar esa duda.

 Pero es en el terreno de la seguridad que el programa nuclear brasileño parece caminar literalmente sobre pies de barro. Las plantas en construcción están ubicadas en una zona arenosa y fangosa, donde se han producido ya deslizamientos. El aire marino —se trata de una región costeña— ha provocado la corrosión de los tubos metálicos de refrigeración de la primera planta, forzando la sustitución de los mismos por tubos de titanio, Y, en octubre de 1977, esa misma usina sufrió su 71° incendio en el corto período de cinco meses.

Un periódico oficialista brasileño dijo recientemente que oponerse al programa nuclear es "traicionar a los militares", con lo que retrató bien la situación a la que nos enfrentamos. En Brasil, un pequeño grupo se ha arrogado el derecho de hacer opciones nacionales, que interesan a todo el pueblo, sin darle a éste la posibilidad de informarse y de opinar sobre lo que mejor le conviene. Lo que Harrisburg nos ha mostrado es que ninguna opción, por más técnica que parezca, debe escapar al juicio público, aunque más no fuera por la sentencia que nos dice que muchas cabezas piensan mejor que pocas.