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La soga en el cuello:

hacia una moneda latinoamericana

 

Ruy Mauro Marini

 

Fuente: Archivo de Ruy Mauro Marini. Publicado en El Universal, México, miércoles, 20 junio 1979.

 

El patrón de dependencia de América Latina, que rigió hasta empezar la crisis capitalista de 1014, sólo superada después de la segunda Guerra Mundial, era sencillo. Nuestros países producían, entonces, materias primas y alimentos, que vendían en el mercado mundial, obteniendo en cambio las divisas necesarias para importar las manufacturas que necesitaban. Aparte las crisis de corta duración que a veces ocurrían, esa relación, cuyo instrumento de ajuste era la balanza comercial, pudo sostenerse sin tropiezos.

Tras la segunda guerra, la situación cambió, por dos razones fundamentales: las disponibilidades de equipos y dinero con que contaban los grandes centros imperialistas, en especial Estados Unidos, y el desarrollo de la industria manufacturera en América Latina, en los treinta años que durara la crisis. Ambos elementos confluyeron a una solución única, mediante la aceleración de la industrialización latinoamericana sobre la base de capitales extranjeros, que transfirieron a la región el dinero y los equipos excedentes en los grandes centros.

La atracción de capitales quedaba empero supeditada, para América Latina, a las oportunidades que les ofreciera para funcionar como tal. Era indispensable ampliar constantemente la escala de la acumulación, creando siempre nuevos campos de inversión, lo que a su vez exigía la ampliación de los mercados.

Aunque parte de la producción, incluso manufacturera, pudiera dirigirse al mercado mundial, su proporción más significativa tendría que realizarse en el mercado interno. Ahora bien: aun creciendo éste considerablemente, o más bien cuanto mayor fuera su expansión, más se agravaba el problema planteado por el nuevo patrón de dependencia.

En efecto, la producción realizada en el mercado interno se transforma en dinero que funciona sólo internamente. Ese dinero, en manos de las compañías extranjeras, tiene que convertirse a su vez en divisas, en dinero mundial. Y, como vimos, aunque las divisas puedan obtenerse mediante el mismo movimiento de capitales, ellas sólo son realmente efectivas, sólo pertenecen de hecho al país, si se obtienen a través de la exportación.

Planteadas así, las cosas se encaminan necesariamente hacia un callejón sin salida. Si los capitales extranjeros que entran deben contar con una escala creciente de acumulación y, pues, de mercado y si ese mercado es fundamentalmente nacional, lo que no les permite recobrar íntegramente la forma dinero que tenían al entrar, llegará un momento en que el producto de las exportaciones tendrá que dedicarse por entero o casi todo al pago de intereses y amortizaciones, así como a la repatriación de capitales. Alcanzado este límite, los capitales dejarían de llegar, pero seguirían presionando para salir, lo que llevaría al estrangulamiento definitivo al actual patrón de dependencia.

La solución para el problema depende, pues, de que la moneda de los países latinoamericanos pueda funcionar también como divisa, como dinero mundial, aunque sea en el ámbito regional. Esto explica por qué, en el reciente Congreso sobre la Libre Iniciativa en la Integración Regional, que se reunió en Sao Paulo, Brasil haya propuesto la creación de una moneda única para la ALALC, apoyada por la capacidad productiva de los propios países y desvinculada del dólar. No sorprende que haya sido Brasil, el país que más avanzó en el nuevo patrón de dependencia, quien se haya adelantado a proponer esa medida, dado que, con sus 40,000 millones de deuda externa, la soga ya le aprieta el cuello.