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Nicaragua:

continúa la decadencia norteamericana

 

Ruy Mauro Marini

 

Fuente: Archivo de Ruy Mauro Marini. Publicado en El Universal, México, miércoles, 27 junio 1979.

 

Uno de los aspectos que la heroica lucha del pueblo nicaragüense ha puesto en evidencia es la dificultad creciente que encuentra Estados Unidos para hacer frente a los problemas que se están planteando, hoy, en América Latina. Su incapacidad para encaminar su "solución política", es decir, el recambio de Somoza sin prejuicio de sus intereses, apareciera ya en el fracaso de sus gestiones previas a la reunión de cancilleres de la OEA. El resultado de la reunión no hizo sino confirmarla, al mostrarnos a Estados Unidos sometido a la opinión latinoamericana dominante y separado de su base real de apoyo, que se expresó en la protesta de Stroessner y otros dictadores.

En realidad, las debilidades norteamericanas se habían puesto ya de manifiesto, respecto a Nicaragua, al no ser Carter capaz de lograr el recambio de Somoza, tras la insurrección de septiembre pasado. El papel mediador que pretendió entonces adoptar, y que significó en los hechos pactar con Somoza, no hizo sino dar tiempo a que madurara el proceso revolucionario y se modificara la correlación de fuerzas en favor del FSLN. Ha sido sobre la base de su legitimación como vanguardia popular, obtenida en la insurrección de septiembre, y los avances logrados después en su unificación interna, como los sandinistas han podido finalmente asumir la conducción indisputable de la lucha antisomocista.

Eventos así no pueden ser tomados como simples tropiezos de la política exterior estadounidense: son expresión de la decadencia norteamericana y la pérdida progresiva de su hegemonía en el plano mundial. En Latinoamérica, esto ha acarreado, en los últimos años, una serie de fracasos para Estados Unidos, que marcan su retroceso en la capacidad que tenía para influir en la región.

Habría que destacar, entre los factores que determinan esa decadencia, las contradicciones interimperialistas, que se han agudizado en el contexto de la crisis económica mundial. La socialdemocracia europea ha emergido con un proyecto que parece adecuarse más a las necesidades de las burguesías latinoamericanas que el que había levantado Kissinger y que Carter ha intentado modificar sin éxito. En consecuencia, Estados Unidos ha llegado a ser puesto a la cola de la política socialdemócrata, como pasó en la Dominicana, y no ha podido impedir que ésta gane posiciones en países como Bolivia, Ecuador, Perú, Brasil, Panamá y la propia Nicaragua.

La superioridad socialdemócrata no cae, sin embargo, del cielo, sino que nace de las condiciones políticas nuevas que la lucha de los trabajadores latinoamericanos está construyendo, a partir del repunte de los movimientos de masas observado a fines de 1976. Sobre esa base, las burguesías del continente se ven forzadas a cambiar el lenguaje de la contrainsurgencia por el de la institucionalización y a acceder en concesiones sociales y económicas que eviten la repetición a lo largo de América Latina de procesos como el de Nicaragua. Es porque la socialdemocracia les ofrece un ropaje más adecuado para mantener su dominación de clase que ellas se alejan hoy de Estados Unidos.

A esta altura de los acontecimientos, el triunfo de la lucha popular nicaragüense parece ya seguro. Ello obliga a mirar más allá y preguntarse cómo actuará Estados Unidos y, en especial, la socialdemocracia europea, en sus esfuerzos para arrebatar ese triunfo de las manos del pueblo, vale decir de las manos de la vanguardia sandinista. Aunque crucial para su desarrollo, el derrocamiento de Somoza no significará la culminación de la revolución nicaragüense, lo que aconseja a mantener de pie la solidaridad internacional para con ella.