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Estados Unidos:

entre Roosvelt y Carter

 

Ruy Mauro Marini

 

Fuente: Archivo de Ruy Mauro Marini. Publicado en El Universal, México, miércoles, 18 julio 1979.

 

La década de 1970 quedará en la memoria de la clase dominante norteamericana como un período de confusión y zozobra. Su intento de repetir, con James Carter, la hazaña que representó el liderazgo rooseveltiano en los difíciles años treinta parece estar destinado al fracaso. No por acaso la prensa ha evocado, al informar sobre su discurso del domingo pasado, la atmósfera de los últimos días de la era de Nixon.

En lo esencial, el discurso de Carter giró en torno al petróleo. Pero este no era sino la punta del iceberg, el aspecto visible de la problemática a que se refería la alocución presidencial. En ella se inscribe la aguda recesión que afecta de nuevo a la potencia imperialista, con sus secuelas de inflación y desempleo. Junto a ello, está lo que el presidente norteamericano llamó de "crisis de confianza", cuyo indicador más dramático es la caída vertical de su popularidad, que pone en tela de juicio la posibilidad de que él pueda presentarse a la reelección.

Atribuir todo esto a la política de precios de la OPEP, como lo hizo Carter, es una simpleza. Sobre todo cuando esa política no ha sido sino la respuesta a las presiones inflacionarias surgidas en el mercado mundial, en el curso de este año, de las que responden tanto la revolución en Irán como las medidas adoptadas por el propio gobierno norteamericano, con el objeto de constituir una reserva de combustible. Prueba de ello es que la reciente alza de precios decretada por la OPEP siguió con retraso las tendencias que se habían afirmado ya en el mercado mundial y que habían permitido a las compañías petroleras operar con precios muy por encima de los que fijaban los países productores.

Pero es también una simpleza de la clase dominante norteamericana creer que podría reeditar el fenómeno Roosevelt, en las actuales circunstancias. La crisis de los años treinta fue la culminación de la lucha por la hegemonía mundial que libraban Estados Unidos, Alemania y Japón, contra Inglaterra y Francia, desde principios del siglo. La derrota del Eje, que acompañó al hundimiento de la hegemonía francobritánica, dejó a Estados Unidos solo en la arena mundial, como vencedor incontestable.

Carter ascendió también en el marco de una crisis, la más brutal que ha sacudido al mundo capitalista desde los años treinta. Pero, ahora lo que está siendo socavado son los fundamentos mismos del poderío norteamericano. Estados Unidos debe enfrentarse hoy al resurgimiento de antiguas potencias imperialistas, como Alemania Federal y Japón; al fortalecimiento y expansión de los países socialistas, y sobre todo a la ola revolucionaria que recorre, continente tras continente, las naciones dependientes y semicoloniales.

 Ha sido esto último lo que ha determinado las derrotas más humillantes de Estados Unidos, en el curso de esta década. Derrotas directas, como la que experimentó a manos de los revolucionarios vietnamitas, e indirectas, como las que sufrió en África, en Irán o la que lo amenaza hoy en Nicaragua. Que el pueblo de un pequeño país como Costa Rica, ubicado en la zona más neurálgica del imperio norteamericano, haya podido echar a la calle a las fuerzas intervencionistas que allí mandara Estados Unidos, como ocurrió la semana pasada, habla con elocuencia de la decadencia del imperialismo norteamericano.

Es comprensible que, al resentirla, la nación incurra en la "crisis de confianza", a que aludió el presidente Carter. Y lo que hay que esperar es que surjan de allí nuevas fuerzas sociales, capaces de construir la grandeza norteamericana, aunque sobre bases radicalmente distintas de las de ahora, fundadas en la explotación y la violencia ejercidas en escala mundial.