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Boicot a Chile:

amenaza a una economía vulnerable

 

Ruy Mauro Marini

 

Fuente: Archivo de Ruy Mauro Marini. Publicado en El Universal, México, miércoles, 1° agosto 1979.

 

La decisión de la central sindical mundial de tendencia socialdemócrata, CIOSL, de aplicar un boicot contra la dictadura chilena, entre el 9 y el 16 de septiembre próximo, fecha en que se cumplen seis años del derrocamiento del gobierno de Salvador Allende, se suma a la amenaza formulada en el mismo sentido por la más importante central sindical norteamericana, la AFL‑CIO. De persistir ese tipo de presión, y si va más allá de un boicot anual simbólico, la dictadura de Pinochet se verá en serias dificultades. Ello se debe a que el patrón de reproducción económica que ha impuesto al país significó para este la acentuación de su dependencia externa.

Tras la declinación iniciada en 1973 y que culmina en la depresión de 1975, la economía chilena ha entrado en un proceso de recuperación, a partir de 1976. El año pasado, aunque la tasa global de crecimiento (de un 6 por ciento), haya sido inferior a la de los años precedentes, permitió restablecer los niveles económicos de principios de la década, auspiciando un período de efectiva expansión. Sin embargo, esto se ha logrado en un marco de gran vulnerabilidad a los factores externos.

El hecho es de por sí evidente en lo que se refiere a la producción minera, tradicionalmente el punto fuerte de la economía. Dicho sector responde, en efecto, de un 60 por ciento de las exportaciones totales del país, cabiendo tan sólo al cobre la mitad de las mismas. Si se tiene en cuenta que el 65 por ciento de las exportaciones de cobre va a los mercados de Estados Unidos y Europa occidental, se podrá evaluar el impacto que representaría para Chile un boicot comercial que involucrara esos mercados.

Pero no se trata sólo de ventas para la obtención de divisas, sino de cómo éstas se gastan. Las exportaciones chilenas han aumentado de manera significativa bajo la dictadura, alcanzando el año pasado cerca de 2.500 millones de dólares, pero lo han hecho en el contexto de una apertura al exterior efectuada bajo el signo de una sustancial reducción de aranceles: éstos no superaban, en 1978, un promedio del 12 por ciento. Es comprensible, pues, que las importaciones hayan crecido aún más que las exportaciones, llegando el año pasado a 2,900 millones de dólares. Esto no sólo implica el consecuente déficit comercial, sino que crea una situación de fuerte dependencia del aparato productivo respecto al exterior.

Es así como el sector manufacturero —el que ha tenido mejor actuación en la economía chilena, con una tasa de crecimiento del 10 por ciento en 1978— presenta la tendencia a reducir la proporción de valor agregado en el producto final. Esto, que es claramente visible en el sector automotriz, el más dinámico, se observa también en ramas como la textil, en que aumenta progresivamente la utilización de telas importadas. Además de acarrear un uso menos intensivo de maquinaria y equipo, lo que obra en el sentido de limitar la inversión en capital fijo, ello hace al aparato productivo chileno altamente vulnerable a las fluctuaciones del sector externo.

Por todo ello, el boicot comercial es un instrumento de presión muy efectivo, en lo que a Chile se refiere, efectividad que resulta del elevado grado de dependencia a que la política económica de la dictadura militar ha conducido a la economía nacional. No deja de ser irónico que, al trabajar por la supeditación de la economía chilena al capitalismo mundial el régimen de Pinochet se haya puesto a merced de las presiones de la clase obrera internacional.