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Jornada de trabajo:

solución al problema del desempleo

 

Ruy Mauro Marini

 

Fuente: Archivo de Ruy Mauro Marini. Publicado en El Universal, México, miércoles, 8 agosto 1979.

 

Si la economía marxista ha puesto un gran énfasis en la cuestión del desempleo, erigiendo a lo que Marx llamó de "ejército industrial de reserva" en mecanismo central de regulación de la cuota de plusvalía, la economía no marxista no ha quedado atrás. Más bien, al vincular el movimiento de los salarios —que depende de la oferta y demanda de fuerza de trabajo— al comportamiento de los precios, va más allá del planteamiento marxista, que niega esa relación de causalidad. Se entiende, pues, que, aun cuando hablan de pleno empleo, los economistas no marxistas se están refiriendo de hecho a una situación en la que prevalece cierto margen de desempleo, considerado como normal.

Habitualmente, ese margen se ha fijado en un 4 por ciento de la fuerza de trabajo, en las economías avanzadas. A partir de allí, sobrevendría el desequilibrio entre la oferta y demanda de trabajo, que, al traducirse en incrementos salariales, desataría presiones inflacionarias. Sin embargo, en el curso de la presente crisis capitalista, los economistas no marxistas han comenzado a modificar su punto de vista.

Así, en 1976, la revista norteamericana Fortune dio a conocer estudios hechos en el Instituto Tecnológico de Massachussets (MIT), que apuntaban a revisar el margen de desempleo habido como normal en Estados Unidos. Analizando la evolución de precios y salarios, estudiosos del MIT sostenían que, ya en 1948, cuando empezó a acelerarse la inflación, el límite mínimo de desempleo deseable era de un 5 por ciento. Desde entonces, éste habría aumentado a una proporción que oscilaría entre el 5.5 y el 6 por ciento de la fuerza de trabajo.

Es lícito preguntarse si este tipo de afirmaciones, más que expresar conclusiones científicas, no se destinan a justificar dificultades existentes. Pero, más allá de las intenciones de sus autores, el hecho es real. En plena prosperidad, la economía norteamericana tenía problemas para mantener el índice de desempleo en torno al 6 por ciento y esto se ha agravado en el curso de la crisis, que dura ya más de una década.

El problema no se presenta sólo en las economías avanzadas, sino que se configura también, y de manera más acusada, en las economías dependientes. Así, en Brasil, pese a una baja tasa de desempleo abierto, debido a como ésta se calcula, la ocupación creció al 3.4 por ciento anual en una fase de prosperidad (1968‑72), mientras que la desocupación lo hacía al 11.4 por ciento. Y en Chile, tras la recuperación económica reciente, que ha reconducido los índices de actividad a los niveles de 1970, la tasa de desempleo es de un 13 por ciento, cuando la tasa promedio de la década de 1960 no superaba el 6 por ciento.

Hay fuertes razones para sostener que el alza del desempleo, aun en fases de prosperidad, se debe, en las economías avanzadas como en las dependientes, al incremento de la productividad del trabajo en circunstancias de que no varía la jornada laboral, En otros términos, al aumentar su rendimiento sin reducir sus horas de trabajo, el obrero obstaculiza la incorporación de otros trabajadores al proceso productivo. De ser así, la solución al problema no reside, obviamente, en el freno a la productividad, sino en la reducción de la jornada laboral.

Por esto, es tan importante la lucha que libra actualmente la clase obrera europea por la semana de 35 horas, que ha permitido ya algunas categorías de trabajadores lograr conquistas en ese sentido.