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La Habana:

el sentido del no alineamiento

 

Ruy Mauro Marini

 

Fuente: Archivo de Ruy Mauro Marini. Publicado en El Universal, México, miércoles, 5 septiembre 1979.

 

El Movimiento de los Países No Alineados, consagrado en 1961, en la reunión de Belgrado, es un producto de la guerra fría. Su antecedente primero es la reunión de Bandung, en 1955. En aquel momento, los pueblos se veían forzados a alinearse, en su casi totalidad, en torno a los dos polos de la política internacional: Estados Unidos y Unión Soviética.

El proceso comenzara luego después de la guerra, precisamente en América Latina, con la firma del Tratado de Río de Janeiro (TIAR), en 1947. Dos años después, Europa occidental se entroncaba, a través de la OTAN, al sistema militar encabezado por Estados Unidos. Le siguieron el sudeste asiático, con la OTASE, creada en Manila, en 1954, y el Medio Oriente, a través del Pacto de Bagdad, de 1955, que se convertiría en el CENTO, en 1959. La respuesta de la Unión Soviética fue la formación del Pacto de Varsovia, en 1955.

El Movimiento de los No Alineados, impulsado por India, Egipto y Yugoslavia, representó un esfuerzo por escapar a esa red de pactos militares. Dicha red respondía al estilo diplomático‑ militar que prevaleciera entre las dos guerras mundiales, renovado ahora por la pretensión de crear un mundo bipolar. Sin embargo, al momento mismo de su formación, el no alineamiento empezaba ya a perder su sentido histórico original.

En efecto, en ese entonces se concretó el giro estratégico norteamericano, que implicó un cambio de énfasis desde el enfrentamiento directo con la Unión Soviética hacia el combate a los movimientos revolucionarios en los países dependientes y coloniales. Más que la guerra de Corea, que mostrara ya las limitaciones que tenía Estados Unidos en ese terreno, concurrieron a ese cambio la emergencia de la revolución africana, simbolizada en Lumumba; el avance de la revolución asiática, con la nueva fase de la lucha en Vietnam, así como árabe, con Argelia, y, sobre todo, la primera victoria revolucionaria en América Latina, verificada precisamente en el país donde se reúnen hoy los no alineados: Cuba.

El viraje de la estrategia norteamericana hacia la contrainsurgencia se acompañó de un proceso de proceso de progresiva distensión respecto a la Unión Soviética, particularmente en Europa, que había sido hasta entonces el área crítica en las relaciones entre las dos potencias. La reunión de Campo David, de 1959, entre Eisenhower y Jruschov, dio inicio al proceso, que entraría en una nueva fase en el curso de la presente década. Representan hitos en su desarrollo los tratados entre Alemania Federal, Polonia y la URSS, que culminaron en 1972; la firma del primer tratado de limitación de armas estratégicas (SALT), en ese mismo año, y la conferencia de Helsinki, que se completó en 1975.

En ese contexto, la cuestión clave para los pueblos que se encuentran representados hoy en La Habana se ha modificado. No es ya, como a mediados de los cincuenta, el peligro de ser arrastrados a una tercera guerra mundial. Los grandes problemas a que deben dar respuesta han pasado a ser los que se refieran al desarrollo de sus fuerzas productivas, la libertad política y el derecho a disponer de su propio destino.

La intervención de presidente Fidel Castro, en la sesión inaugural de la sexta cumbre de La Habana, planteó con claridad esa situación. El eje central de su discurso fue la tajante distinción entre lo que llamó de radicalismo cubano, que implica la opción por el socialismo y las relaciones de estrecha amistad con la URSS, de lo que son las cuestiones comunes a la gran mayoría de la humanidad. Quienes buscaban pretextos para dividir al movimiento de no alineados no pueden menos que sentirse amargamente decepcionados.