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Huelgas de servicios:

las capas medias y la clase obrera

 

Ruy Mauro Marini

 

Fuente: Archivo de Ruy Mauro Marini. Publicado en El Universal, México, miércoles, 17 septiembre 1979.

 

Un rasgo saliente de la movilización de masas que se observa actualmente, en América Latina, es el papel activo que allí desempeña la pequeña burguesía asalariada. Una mirada a la información de prensa de los últimos días nos muestra a ese sector en plena efervescencia, en varios países. Salta a la vista la huelga de más de cien días que realiza el magisterio peruano, aunque, por el contexto político en que se da, tenga también relevancia la huelga de los maestros de Panamá.

Los bancarios brasileños de Río, São Paulo y Porto Alegre han protagonizado un paro tormentoso, que ha dado lugar a la intervención gubernamental de sus sindicatos y la detención de decenas de líderes. También los trabajadores universitarios de Bolivia fueron a la huelga la semana pasada, mientras dura ya casi un mes el conflicto abierto por los funcionarios de Hacienda y Aduanas de Colombia, paralelamente a conatos de huelga de maestros y jueces y la participación masiva de los trabajadores de servicios en el paro general del día 14. En todos esos países, los movimientos en cuestión han sido apoyados combativamente por los estudiantes.

La movilización de la pequeña burguesía asalariada latinoamericana se caracteriza, en general, por luchar por reivindicaciones económicas, en especial aumentos salariales, y por sus derechos sindicales. Desde ese punto de vista, es evidente que su dinámica va estrechamente ligada al ascenso del movimiento obrero. No sorprende así que se vuelvan más y más frecuentes las acciones de solidaridad de una clase respecto a la otra, como se observa sobre todo en Perú, o acciones francamente unitarias, como es el caso del paro general colombiano.

Ello se debe, antes que nada, al hecho de que el detonante de la movilización de los trabajadores de servicios, lo mismo que la de los obreros, es la crisis económica que vive el continente, desde 1974. En efecto, durante los años previos de prosperidad, la pequeña burguesía había logrado una situación relativamente más favorable que la clase obrera en la distribución del producto social, lo que, si no llegó a provocar su adhesión a los regímenes vigentes (en particular si se trataba de dictaduras militares), había contribuido para neutralizarla en cierto grado. La crisis no sólo anuló esa ventaja relativa, sino que la invirtió, ya que el nivel de vida de las capas medias se está deteriorando a un ritmo aún más rápido que el de los obreros.

Pero se trata allí tan sólo del detonante. El que la crisis engendre ese resultado en el comportamiento de la pequeña burguesía asalariada se debe a que, durante la fase misma de prosperidad, ella sufrió una proletarización en gran escala, vale decir se volvió más y más integrada por trabajadores asalariados. Lo que la prosperidad ocultó y la crisis revela es que esa proletarización la acerca a la clase obrera en sus condiciones de vida, lo que conlleva la identificación de las aspiraciones sociales de ambas clases y de sus formas de organización y lucha.

Los estudiantes, tanto por pertenecer ya a la pequeña burguesía asalariada como por dirigirse mayoritariamente hacia su integración a ella, resienten esa circunstancia. Por esto mismo, el actual ascenso de la movilización popular no nos muestra a un movimiento estudiantil autónomo, como se nos presentara en la década pasada, sino que subordinado a las iniciativas que plantean los trabajadores.

El sentido inmediato de este proceso es el de poner a la clase obrera en el centro de las luchas de clases en nuestros países. Su tendencia profunda, la de integrar a las masas urbanas en un amplio movimiento, que se orienta hacia la contestación radical de los regímenes capitalistas que en ellos prevalecen.