Participantes

 

Contacto

 

EU y Europa:

ascenso y crisis del movimiento obrero

 

Ruy Mauro Marini

 

Fuente: Archivo de Ruy Mauro Marini. Publicado en El Universal, México, miércoles, 26 septiembre 1979.

 

Una de las consecuencias de la crisis actual del capitalismo es la radicalización del movimiento obrero en Estados Unidos y Europa occidental. En la prosperidad que siguió a la guerra mundial, el proletariado de esos países pasó por una larga bonanza, con altos salarios y beneficios sociales, así como una expansión del empleo tal que dio lugar a la inmigración de trabajadores extranjeros. Todo ello moderó la combatividad de los obreros, engendrando las tesis marcusianas sobre su aburguesamiento.

La crisis modificó esa situación. Las mejores condiciones de vida de los obreros habían ido pari passu con su mayor explotación como lo muestra la elevación de la productividad del trabajo. La contracción del empleo no sólo golpeó a los trabajadores extranjeros, sino que deterioró los salarios directos o indirectos de los nacionales, además de enfrentarlos también al desempleo. Esa situación se hizo particularmente grave para los jóvenes.

Fue así como, desde 1968, los obreros europeos y norteamericanos elevaron el nivel de su lucha. Durante la recesión de 1974‑1975, las huelgas menudearon y se extendieron los movimientos de solidaridad. Reforzada por su crecimiento y su organización, producto de la prosperidad, la clase obrera de los países imperialistas se presentó como una fuerza temible, desalentando cualquier veleidad fascista de la burguesía.

El movimiento obrero se vinculaba, entonces, sólidamente a sus representaciones políticas. El ascenso de las luchas obreras fue, pues, también el ascenso de las fuerzas de izquierda y liberales en los países imperialistas. De allí, el poderío de la socialdemocracia en Alemania Federal y los países del norte europeo, del partido comunista en Italia, de la unión de la izquierda en Francia, del laborismo en Inglaterra e, incluso, del Partido Demócrata en Estados Unidos.

Desde 1977, eso cambió. Al revés de abrir cauce a la movilización obrera, sus representaciones políticas se apoyaron en la fuerza de las bases para buscar acuerdos con la burguesía o tomar abiertamente el partido de ésta contra la clase obrera. Esto último caracterizó a los socialdemócratas en el poder, a los laboristas ingleses y a la administración Carter; lo primero, se ilustra con la política del eurocomunismo en la Europa latina. A lo largo de 1977 y 1978 se asistió a la contención de la dinámica ascendente del movimiento obrero y a la consecuente contraofensiva patronal, que llevaron a la declinación a las fuerzas de izquierda y liberales.

El año de 1979 nos está mostrando la reactivación del movimiento obrero europeo y norteamericano, pero sobre nuevas bases. Este no se caracteriza ya sólo por sus movilizaciones, sino sobre todo por la preocupación de sus organizaciones de masas en el sentido de deslindarse de sus partidos. Esa crisis de representación del movimiento obrero se ha manifestado reciente mente en dos hechos: la decisión del congreso de sindicatos ingleses de separarse del partido Laborista, suspendiendo incluso su financiamiento, y el distanciamiento de las organizaciones de chicanos y otras minorías norteamericanas respecto de Carter y otros líderes demócratas.

El que hayamos ingresado en una nueva recesión, que se anuncia aún más severa que la de hace cuatro años, confiere significación especial a esa circunstancia, pues, ahora, no sólo es previsible la acentuación de las luchas de la clase obrera, sino que esta trata de deshacerse de cualquier freno que la pudiera contener. El resultado visible es ya el reforzamiento de las posiciones más a la izquierda en el seno de sus representaciones políticas.