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Venezuela:

burguesía desestabilizadora

 

Ruy Mauro Marini

 

Fuente: Archivo de Ruy Mauro Marini. Publicado en El Universal, México, miércoles, 7 noviembre 1979.

 

En el contexto de efervescencia social y de lucha política que caracteriza a América Latina, Venezuela no constituye una excepción. La estabilidad que la burguesía supo establecer en el país, tras el derrocamiento de la dictadura de Pérez Jiménez y los años de incertidumbre y enfrentamiento que le siguieron, se ve hoy puesta a prueba. Las manifestaciones populares de las últimas semanas y la represión que contra ellas desataron las fuerzas del orden no son sino la expresión visible de un proceso que tiene causas profundas.

Destaca, entre éstas, la exacerbación de las pugnas interburguesas, particularmente relevantes en un país donde la burguesía controla casi el 90% del electorado, a través de sus dos grandes partidos: la Democracia Cristiana (COPEI) y Acción Democrática. La derrota de esta última en las elecciones presidenciales del año pasado, que los comicios municipales de este año ratificaron, representó el rechazo de amplios sectores populares, acaudillados por los grupos burgueses vinculados al mercado interno, a los intentos del gran capital por hegemonizar el aparato de Estado, durante la gestión de Carlos Andrés Pérez. El nuevo presidente, Luis Herrera Campins, en su primera alocución al país, descartó los grandes proyectos para la exportación, que aquél impulsaba, sobre todo en el área del hierro y del aluminio, en favor de un programa de construcción de viviendas y de redistribución del ingreso, destinado a revitalizar el mercado interno.

Ese programa no ha podido, sin embargo, cristalizar. Más bien, ha sido la política del gran capital la que se ha venido imponiendo al Gobierno y lo empuja hacia el neoliberalismo que practican otros países latinoamericanos, llevándolo a liberar los precios de artículos de consumo, reducir los aranceles y tratar de contener los salarios. Mientras tanto, el fondo de 4,000 millones de dólares presupuestado para la construcción permanece en el papel y las presiones inflacionarias han comenzado a agudizarse, deteriorando el poder de compra interno.

Esa situación ha proporcionado a AD la oportunidad de plantearse la recuperación de su prestigio popular, al tiempo que le permite reaproximarse de la burguesía mediana y pequeña, que se había unido tras COPEI. Para ello, AD, bajo la conducción del ex presidente Rómulo Betancourt, se vale de su fuerza en la Central de Trabajadores de Venezuela, principal organismo sindical, en donde, de los 75,000 dirigentes que representan 8,000 sindicatos, 50.000 se encuentran bajo control del partido. Es lo que explica que el descontento que cunde en el país encuentre su expresión más radical en José Vargas, dirigente de la CTV y principal cuadro sindical de AD.

 De allí se derivan dos efectos. Por un lado, llega a extremos inusitados el enfrentamiento entre los dos grandes partidos burgueses, de que es consecuencia la represión policial desatada por el Gobierno. Por otro lado, hace crisis la lucha que, en el seno de AD, libran los dos ex presidentes, Rómulo Betancourt y Carlos Andrés Pérez, el cual parece orientarse hacia la expulsión de este último, bajo el cargo de corrupción. Jugada audaz de Betancourt, de la cual espera obtener el doblegamiento de sus adversarios internos y la recuperación del prestigio partidario, pero que podría afectar gravemente la credibilidad del régimen mismo ante las masas.

Y, sin embargo, es a la dinámica de éstas que hay que estar atentos, para seguir la línea central de los cambios que se están produciendo en Venezuela. El hecho de que la lucha interburguesa está pasando, en lo esencial, por la acción del movimiento obrero es un indicador suficiente del peso que éste ha adquirido en la vida política nacional.