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Bolivia:

implicaciones de un golpe frustrado

 

Ruy Mauro Marini

 

Fuente: Archivo de Ruy Mauro Marini. Publicado en El Universal, México, miércoles, 21 noviembre 1979.

 

El fracaso a que fue llevado el golpe militar del coronel Alberto Natusch Bush tiene múltiples implicaciones. La primera a destacar, que era ya visible la semana pasada, cuando, contra viento y marea, Natusch se esforzaba por lograr una salida honrosa a la situación insostenible que había creado, se relaciona con el contexto global de las luchas políticas que se libran hoy en el continente. Por un camino opuesto al que han tomado, cada uno a su manera, el proceso nicaragüense y el salvadoreño, así como el brasileño, Bolivia confirma, sin lugar a dudas, que esas luchas han ingresado definitivamente en un nuevo período.

Lo que caracteriza al actual período es, como se podía observar ya desde fines de 1976, la necesidad en que se encuentran las clases dominantes y el imperialismo de asentar su dominación en Latinoamérica sobre bases distintas de las que rigieron en las dos últimas décadas y que reposaban en el uso abierto de la fuerza. Son muchas las causas que han determinado esa situación. Entre ellas, los cambios en la correlación de fuerzas internacionales, los fracasos de la política norteamericana de contrainsurgencia, la crisis económica mundial y su impacto en las contradicciones interimperialistas y en el seno de las burguesías criollas, así como, por sobre todo, la recuperación progresiva por las masas populares de su capacidad de iniciativa y lucha.

Lo importante a retener aquí es que los procesos de institucionalización democrática que se observan hoy en Perú, Ecuador, Brasil, Bolivia, El Salvador, se derivan de causas objetivas y no de la buena disposición de los grupos dominantes. Allí está la instauración de la democracia revolucionaria nicaragüense para indicar a dichos grupos el precio que tendrán que pagar si no son capaces de modificar la forma de su dominación. La consecuencia más importante de esa comprobación es que las fuerzas populares, verdadero motor de la lucha por la democracia, no tienen razón alguna para actuar de forma tímida, sino que, por lo contrario, avanzarán tanto más rápidamente, en ese contexto, cuanto más audaces se muestren en el planteamiento de sus reivindicaciones y cuanto mayor sea la energía que desplieguen para alcanzarlas.

Una segunda implicación del fracasado golpe boliviano se refiere a lo endeble de esos procesos de institucionalización, apoyados como están sobre fuerzas sociales y políticas que no se caracterizan por su vocación democrática. La atracción inicial que el intento de golpe ejerció sobre la mayoría de las Fuerzas Armadas y la vacilación qua ante él demostraron las fracciones burguesas, suscitando en un principio conatos de adhesión a Natusch, son suficientes para demostrarlo. En este sentido, Bolivia no representa una excepción, sino que anticipa las dificultades que enfrentará, en el curso de su desarrollo, el proceso de institucionalización democrática en el continente, el cual, con sus avances y retrocesos, tiende a arrojar un resultado extremadamente inestable.

Una tercera y última implicación que podemos sacar del golpe tiene que ver con el curso inmediato del proceso político boliviano. La precariedad del gobierno de Lidia Gueiler es a todas luces muy grande, puesto que, surgido de la resistencia antigolpista, se encuentra mucho más expuesto a las presiones populares que el de Guevara Arze, mientras que el pueblo no puede utilizarlo para consolidar el cauce democrático de sus luchas, bastando con ver que no le sirve siquiera para identificar y castigar a los elementos directamente comprometidos con la iniciativa golpista.

En esta perspectiva, los acontecimientos recientes de Bolivia no hacen sino anunciar una radicalización de las luchas de clases en el país, que se habían amortiguado a raíz de las vicisitudes electorales que condujeron al fracasado intento de Natusch.