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El conflicto de Teherán:

por qué los tambores suenan huecos

 

Ruy Mauro Marini

 

Fuente: Archivo de Ruy Mauro Marini. Publicado en El Universal, México, miércoles, 28 noviembre 1979.

 

La connotación religiosa y nacionalista de la crisis planteada actualmente entre Irán y Estados Unidos puede confundir un problema que en sus datos esenciales, no es difícil de entender. Lo primero a descartar es la tentación de reducir las motivaciones iraníes a cuestiones de fanatismo o de odio personal, así como de atribuirles una irresponsabilidad que está lejos de ser real. En otros términos, hay que ver a la política iraní como lo que es: un fenómeno perfectamente racional.

Esa racionalidad se explica, primero, a la luz de problemas de orden interno. En la compleja tarea de reordenar las fuerzas que habían hecho eclosión en la sociedad iraní, la exaltación del sentimiento democrático y nacional se presenta como instrumento válido, aún más cuando se destina a obstaculizar las maniobras desestabilizadoras intentadas por Estados Unidos. El acierto de plantear el enfrentamiento con esta potencia se revela en la adhesión que Jomeini ha logrado ya por parte de los kurdos y las fuerzas marxistas.

En el plano externo, Irán maneja el problema de una forma tal que muestra que el enfrentamiento con Estados Unidos es parte de una política fríamente calculada. Ello se evidencia, primero, en la delimitación del área de conflicto, mediante gestos como la liberación de los negros, asiáticos y las mujeres que se encontraban en la embajada ocupada, y la identificación precisa del enemigo, hoy día reducido a Estados Unidos e Israel. Es lo que demuestra también la prudencia del Gobierno iraní en la utilización de medidas de represalia, bastando ver cómo el rechazo del dólar como medio de pago todavía no se hace efectivo.

La identificación del enemigo corresponde a una táctica de aislarlo de sus soportes más firmes. Es notable la habilidad iraní en el sentido de impedir una posible acción trilateral, contando con el temor que las potencias de Europa Occidental y Japón tienen respecto a todo lo que pueda perturbar el ya conturbado mercado del petróleo. No sorprende, pues, que, al proponer el Chase Manhattan Bank el "autopago" de las deudas iraníes, con base en los fondos congelados en Estados Unidos, los bancos japoneses y alemanes hayan rechazado la medida sin discusión. La misma suspensión del pago de la deuda externa, decretada por Irán, le permite ahora ir a negociaciones bilaterales con sus acreedores a partir de una posición de fuerza.

Pero no hay que preocuparse sólo del enemigo, sino también de los aliados. A los más débiles, como Arabia Saudita, cuyo Gobierno vive sobre un volcán, bastaba con moverle un poco el piso para neutralizarla; el incidente de la Gran Mezquita de La Meca ha cumplido ese objetivo. Simultáneamente, el Gobierno iraní ha conmovido a toda la comunidad islámica, aún en puntos tan lejanos como la India, mientras lanza una ofensiva diplomática junto a los gobiernos y movimientos de liberación del mundo árabe, y llama a la solidaridad de todos los pueblos del mundo. En este contexto, destaca el ofrecimiento de bregar en la OPEP por una política de precios diferenciales en favor de éstos, que hizo el canciller Bani‑Sadr, quien ha dado mayor cohesión y nuevo brillo al equipo dirigente iraní.

Así, al tiempo que reaviva al movimiento democrático y nacional, Jomeini afirma su liderazgo sobre él y deshace las maquinaciones estadounidenses para derrocarlo, mientras avanza hacia la conquista de una posición de liderazgo en el mundo árabe y, en general, en el tercer mundo. Ahora, después de haber demostrado que los tambores norteamericanos realmente suenan huecos, la dirigencia iraní puede ir a la negociación, en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, para exigir y hacer las concesiones necesarias a la consolidación de su posición.

Pero, para Estados Unidos, y Carter en particular, la presente crisis habrá sido la campanada que marca el fin de una era.