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El ascenso obrero:

crisis de la tecnocracia

 

Ruy Mauro Marini

 

Fuente: Archivo de Ruy Mauro Marini. Publicado en El Universal, México, miércoles, 5 diciembre 1979.

 

Los hechos que marcan, en este momento, la vida política de Bolivia y Venezuela ponen una vez más en evidencia la capacidad que ha adquirido el movimiento obrero para incidir en la política del Estado, desarticulando su lógica tecnocrática. En mayor o menor grado, esa tendencia se va afirmando a lo largo de América Latina. En Bolivia, el movimiento obrero, pese a las vacilaciones de su dirección, fue el pivote del bloque social que derrotó al intento golpista de los militares encabezados por el coronel Alberto Natusch. La complejidad de las contradicciones de clases de la sociedad boliviana, que se expresa en la atomización de la izquierda y es agravada por ella, ha dado como resultado un Gobierno de transacción, hegemonizado empero por la reacción burguesa e imperialista que encarna el liderazgo de Paz Estenssoro. Ahora, la presidenta Lidia Gueiler se esfuerza por imponer al país la política económica neoliberal que preconiza el Fondo Monetario, en detrimento de la inmensa mayoría de los trabajadores.

Es sobre esta base que —como se podía prever tras el fracaso del golpe militar— se intensifica la lucha de clases, asumiendo allí papel destacado el movimiento obrero. En vísperas de la huelga general decretada por la Central Obrera para el día de hoy, las masas populares han cerrado filas tras la clase obrera, demostrándolo a través de una serie de acciones combativas. Así, los campesinos se han tomado las carreteras, las juntas vecinales han dispuesto el bloqueo de calles y los trabajadores han emprendido acciones de comando, como la toma del aeropuerto de Riberalta, mientras se preparaban manifestaciones masivas en todo el país.

La tendencia profunda de estos hechos es la formación de un bloque popular unificado, bajo conducción obrera, capaz de presentar al conjunto de la nación una alternativa política independiente. Tendencia que se ve contrarrestada por la dispersión y la debilidad de la izquierda. Sin embargo, por imperfecta que sea la traducción institucional de los desplazamientos sociales en curso, ello se manifestó ya en el progresivo aislamiento a que está siendo sometido el grupo pazestensorista y en la incapacidad de las Fuerzas Armadas para actuar, en la actual coyuntura, como un elemento homogéneo.

Los acontecimientos de Venezuela han seguido un camino parecido. Tras el viraje del gobierno de Luis Herrera Campins desde una plataforma económica redistributiva hacia la política monetarista, el sector obrero se ha movilizado. Las pugnas interburguesas, expresadas en el juego entre la Democracia Cristiana y Acción Democrática, así como al interior de esos partidos, les han facilitado a los obreros tomar la iniciativa. El proceso ha conducido, de inmediato, a la victoria del movimiento obrero, quien logró hacer aprobar por el Congreso, y acaba de obligar a que Herrera Campins lo sancione, un proyecto de ley que establece un alza general de los salarios, por encima de la tasa de inflación.

El hecho de que Herrera Campins lo haga bajo protesta, lavándose las manos de las consecuencias que ello pueda tener sobre los precios, muestra que el Gobierno es incapaz de imponer una política y debe dejar el curso de la economía librado al enfrentamiento entre obreros y patrones. Es poco probable que Lidia Gueiler pueda proceder de otra manera.

Todo ello expresa el desplazamiento de la toma de decisiones desde la esfera gubernamental a la lucha de clases directa, no pudiendo ser otra, por lo demás, la consecuencia del ascenso sostenido que ostenta, desde hace tres años, el movimiento obrero latinoamericano.